15 de octubre de 2011

LLENANDO HUEQUITOS



Todos nacemos con un hueco en las entrañas. Ese agujero que nos dejó el pecho de nuestra madre en la boca, ese hueco que nos deja el primer abrazo en el alma. Esa oquedad que solemos llenar de llantos, de comida, de angustia, o de nada. Ese hueco es el origen del deseo, que nos arrastra por el mundo en busca de cosas, de seres o de sombras. Es por eso que nos pasamos la vida llenando nuestra boca con chucherías, tabaco, comidas o compras. Es por eso que nos abrazamos a cualquier credo que nos salve.
Somos seres impletos que venimos al mundo a llenarnos de vida, de otros, de mundo, de amores.
Todos tenemos vacios que intentamos llenar. Los niños y niñas de la primera infancia comienzan a tener su primer gran hueco, el que deja su madre. Y este inmenso hueco, buscan llenarlo, con una voracidad extrema, cuando la mamá se aleja. Al principio, con objetos que huelen a madre o a hogar: el trapito, el chupe, o el juguete de apego. Más tarde, se sustituyen estos objetos por personas, y ahí estamos los educadores para ofrecernos como vínculos. Al poco tiempo, si sabemos retirarnos a tiempo, lo llenan con amigos. Si estamos acertados podemos influir para que lo llenen de valores, de deseos de conocimiento, de capacidad de trabajo, de disfrutes y de voluntad de saber. Si no estamos atentos los llenarán de chuches, de ilusiones de ilusos, de falsos dioses y de consumo.
Durante los primeros años de escolaridad, la separación de la familia, produce pérdida de indentidad. Se deja de ser parte de la madre o del padre durante un tiempo para no ser nadie. Es una época convulsa, de ansiedad y pesadumbre. La necesidad de ser, la necesidad de identidad es el principal modelador de la personalidad de los niños y las niñas de estas edades. Es por ello que se enganchan con cualquier personaje de la televisión que se les presenta como héroe, con cualquier muñeco o muñeca que les calme el alma, con cualquier personaje que se cuele en su corazón y llene su vacío emocional.
Cuando vienen al cole por primera vez, vemos a niños y niñas deambular por el patio de recreo como zombis vivientes, perdidos, aungustiados, ansiosos. Buscando una mano donde agarrarse, una mirada donde reflejarse, una sonrisa en donde descansar, mientras vienen sus madres a recogerlos. A recoger sus pedazos. Vienen sus familias y de nuevo los sacian de amor, llenan sus huequitos de afectos, los colman de paz, los estabilizan emocionalmente. Así hasta que, poco a poco, comienzan a soportar la pérdida, a asumir su huequito, a madurar su espera, a posponer su plenitud.

Cristóbal Gómez Mayorga
octubre de 2011.