7 de octubre de 2016

EDUCANDO JUGANDO



Hoy, sesión de psicomotricidad. Aula de Infantil de 4 años en donde atiendo, desde el Aula Abierta a la Diversidad, a un chico y dos chicas con necesidades específicas de apoyo educativo. Trabajamos con toda la clase. Yo dirijo la sesión y la tutora, esta vez, está pendiente por si surgen dificultades, por si alguien necesitan ayuda. Intercambiamos papeles, porque somos pareja educadora.

En el salón de usos múltiples, damos la consigna: un aro para dos. Quien tenga pareja puede coger su aro. Se afanan por buscar compañía. Algunos se resisten pero, al final, el deseo de jugar les puede y se esfuerzan en encontrar. Un chico quiere jugar sólo, se resiste a compartir aro con alguien. Le digo que no puede ser. Que o comparte aro o se sienta. Pasado un rato me dice que quiere jugar. Así que se acopla con su pareja. Es el deseo el que fuerza su egocentrismo y desarrolla su capacidad de frustración. Madura al luchar consigo mismo. Al final decide y acepta la norma sin castigo ni imposición. Se impone la lógica, no hay un aro para cada uno.

Suena la música y vamos dando consignas: la pareja dentro de aro, corriendo sin caerse; el aro en el suelo y los dos dentro bailando; uno fuera y otro dentro, como si fuese carroza con caballo; ambos mirándose a la cara, cogidos del aro y dando vueltas; todos pescando otros aros de otras parejas,…

Múltiples negociaciones se producen en cada juego: quienes mandan y dominan, quienes ceden, quienes deciden cómo se juega, quienes no se atreven;... Ricas situaciones educativas en las que los deseos, el poder y la empatía se ponen en juego. Un montón de risas que ayudan en la negociación. Un sinfín de disfrutes en la sala.

Luego la consigna es: juego libre con los aros. Cada cual juega a lo que desea. Y es entonces cuando desarrollan imaginación y se la juegan en la vida, cuando desarrollan autonomía. Los hay que siguen en parejas, otros se unen en grupo. Y juegan a caballos, coches o saltos, a rodar o a malabares. Después de un rato, se unen en grandes grupos para jugar. Suele pasar siempre en sesiones de psicomotricidad libre, que acaban todos unidos organizados. Vamos vislumbrando el proceso de socialización, de conquistar amistades, de crear vínculos. Y asistimos al milagro de la creación de grupos sociales, compartiendo, creando normas y viviendo historias narradas por ellas y ellos.

Se acaba la sesión y nos sentamos a relajarnos. Toman la palabra alzando la mano, de uno en uno, para escucharnos. Qué nos ha gustado más, qué no nos ha gustado, qué juego nos hemos inventado,...Y así vamos atando, con palabras sentidas, las emociones derramadas.

Y mientras bailamos, jugamos y nos expresamos vamos madurando nuestras destrezas motrices y creciendo como personas, conociéndonos y empatizando, unos y otras, juntos, en la diversidad que somos.

¡No es tan difícil! ¡Y es tan necesario!

Cristóbal Gómez Mayorga

Otoño de 2016



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