16 de febrero de 2020

EXPECTATIVAS

EXPECTATIVAS



http://www.revistas.uma.es/index.php/mgn/article/view/6923/7078


http://www.revistas.uma.es/index.php/mgn/article/view/6923/7077


6 de enero de 2020

LA COMUNIDAD EDUCADORA

La madre de mi alumna favorita me ha felicitado por el buen trabajo realizado con su hija. Como si yo fuera la única causa de la buena marcha de esta chica.

La concepción educativa personalista, unidireccional, es una simplificación mecanicista que explica más nuestra cultura individualista que la verdadera realidad de cómo se aprende. Ni el cerebro es lineal, ni es un circuito, ni funciona como un programa informático. Nadie educa solo. No es tan simple la tarea de enseñar. La palabra clave para acercarnos un poco a la complejidad del hecho educativo se llama comunidad. Es necesario, por tanto, tener una visión holística.

Nuestra limitación conceptual ha inventado metáforas para explicar fenómenos tan complejos como el hecho educativo. Y se nos escapa de las manos algo que los behavioristas llamaron la caja negra. Ellos la aislaron en sus experimentos para que no interfirieran en los resultados de sus investigaciones. Y lo que de verdad hicieron fue dejar a un lado la verdadera esencia de lo humano.
Se han realizado múltiples investigaciones científicas explicando causas y consecuencias de cualquier conducta humana, excluyendo la esencia compleja que de verdad la explica. Y ahí estamos, con la ciencia tanteando, pasito a pasito, aceptando sólo lo que cabe en un pequeño experimento con variables limitadas.

¿Y si en vez de tres causas que expliquen el comportamiento humano son millones? Nos perdemos. Pero resulta que la ciencia debería desechar toda investigación que, aún siendo rigurosa con el método científico, no cumple con la finalidad de cualquier ciencia: explicar la verdad de lo que pasa en la vida.
Hemos trasladado las investigaciones médicas, sobre los virus que producen enfermedades y que se detecta por unos síntomas, al terreno educativo. Como si una persona dependiera sólo de un par de detonantes. Esto es un reduccionismo evidente, simplificación absurda.

Si soy impulsivo, puede tener causas genéticas. Si es así, no tenemos ni idea de los miles de agentes causantes. Puede tener un origen social, ya suma otro millar de razones. Tuvo un trauma de pequeño; depende de cómo lo viviera, mil circunstancias no previstas difíciles de saber. ¿Y si la causa es la interacción de todas ellas? Mil por mil, millones de causas interaccionando. En fin, nos perdemos. Pero es fácil para cierta ciencia contar por lo sano, para dar una explicación precisa. Que el alumnado se mueve demasiado, se pone una etiqueta y una medicación. ¡Genial! Todos contentos. Ya no hay más que pensar. Y los que venden soluciones rápidas, siempre ganando.
Pero hoy sabemos que se aprende de forma más compleja. Sólo tenemos leves ideas de cuáles son las condiciones que inciden en cualquier aprendizaje. Lo que sí sabemos es que hay contextos que los favorecen. No es cuestión de buscar variables aisladas porque, a veces, la causalidad está, precisamente, en la simultaneidad de muchas interacciones; y siempre incide la reflexibilidad del pensamiento de quien aprende.

Quien crea que es muy buen educador porque coge a un niño y lo enseña es un ingénuo. Seguro que el peor educador coge al mismo niño y también lo enseña. Porque el mayor potencial del aprendizaje lo trae el propio niño, la propia niña, en función de su historia y el contexto en el que vive.  
La mayoría de educadores ya lo sabemos: no es mejor el profesorado que enseña al chico “bueno”, sino quien mejora a quienes tienen todas las condiciones en su contra.

Y hoy, cuando una familia me felicita por el trabajo realizado en el colegio, pienso que el éxito es labor de todo un centro y sus contextos sociales y familiares, porque nadie educa en solitario.
Y por eso hago extensible esta felicitación de la madre de mi alumna favorita a sus tutoras, al equipo de orientación, especialista en audición y lenguaje, acompañante “sombra”, profesorado del cole, dirección, AMPA, alumnado, sus compañeros de clase que tanto le ayudaron y que tanto aprendieron con ella, personal de la cocina y limpieza, agentes culturales que intervinieron a lo largo del curso; y, por supuesto, al conserje del colegio, excelente conector de relaciones, haciéndole broma constantemente, bisagra esencial para que las puertas del centro y del alma se abran de par en par.  

Y es que educa el contexto, la comunidad, no sólo el profesorado. ¡A ver si nos damos cuenta!

8 de diciembre de 2019

PANTALLAS


Supongamos que un bebé, en sus primeros años de vida, en plena etapa de apego, se cría mirando una tableta, el ordenador, la tele o el móvil. Es bien sabido que una persona acaba de construir su cerebro fuera del útero de la madre. Pues, supongamos que su mamá y papá abandonan a su vástago en manos de estos artefactos tecnológicos para estar más tranquilos, o trabajan hasta altas horas y dejan al bebé en casa de los abuelos. Sigamos suponiendo: los abuelos no tienen tiempo, ni energía, ni pueden estar interactuando con el bebé todo el tiempo y lo abandona demasiado rato frente a una pantalla, para que se entretenga.

Pensemos qué tipo de mente se formará si la estimulación es excesiva y la configuración de su cerebro se forja con estímulos visuales y acústicos veloces en un cerebro que aún procesa sin capacidad simbólica y con muchas limitaciones.

Pues resulta que en estos momentos nos están llegando a los colegios chicos y chicas construidos por pantallas, sin que medie nada de lo humano .

Sigamos suponiendo. Este chico llega a la escuela, con poquitos años, bastante desconectado. Y en la escuela infantil con unos 25 seres y sólo una persona a su cargo, para poder manejarlos y que estén quietecitos, los conectan a la gran pantalla. Es sorprendente lo enchufados que se quedan mirando los “cantajuegos” o los dibujos animados de moda.

Vemos a diario al nuevo alumnado que llega a los colegios con comportamientos poco socializados. Y comienza la demanda: “este niño no me mira, no me hace caso y no comunica demasiado”. Y desde la psicología se diagnostica con las etiquetas que la ciencia ha construido en estos tiempos. Alguien los podría etiquetar de desatentos, diagnóstico muy de moda últimamente, pero es algo más grave. No es un problema neurológico, es un tema cultural de nuestra época. Aunque acabará siendo un problema psiquiátrico, no lo dudemos. Los males sociales acaban siempre fosilizando identidades. Ya se sabe que el cerebro, en los primeros años de vida, se construye por interacción social y amorosa.

Será difícil desandar lo andado. A ver cómo lo afrontamos. Menuda tarea se nos encomienda al profesorado de las primeras etapas: generar seres ya deshumanizados desde sus comienzos. Pues en esas estamos. Porque es posible que si en la construcción del nuevo ser no media nada de lo humano no pueda construirse una persona. Nos construimos como seres humanos cuando otro ser humano nos interpela, nos habla, nos acaricia y dan sentido a los reflejos primarios. Somos barro modelados por las manos, las palabras y los ojos de otro ser que nos mira con deseo.

Nos encontramos ante una nueva realidad. No es cuestión de reparar, no hay nada roto. Simplemente hay una construcción diferente. Las personas somos historias construidas a base de palabras y afectos. No es solución arreglar ningún desperfecto porque nada se rompió, sino que se generó el cerebro de otra manera. El ser humano se construye mediante el amor y el deseo de otro, y comienza cuando el bebé conecta con esa primera mirada de la madre mientras lo amamanta. Y ya cuelga en Internet un niño mamando mientras mira una pantalla. ¡Qué horror!

Hasta la Organización Mundial de la Salud ha realizado una guía para la población mundial con la recomendación de “cero pantalla antes de los dos años; y hasta los cinco años, mientras menos mejor”.

¿Y qué podemos hacer? Creemos que es urgente que los adultos hagamos lo posible para que la infancia pierda de vista los medios tecnológicos en los primeros años de vida. Ya sabemos que el mercado y los poderes nos quieren conectados a pantallas, desconectados de la vida; pero debemos rebelarnos. Es imprescindible, antes de que sea demasiado tarde, que los políticos, educadores y profesionales de la psique humana levanten la voz y adviertan del gran peligro que el futuro nos depara.

Como solución proponemos lo que siempre se hizo con los bebés: la manta en el suelo para gatear, la pelota, canciones, los cinco lobitos, el escondite, el parque y jugar a pillar. Y siempre bajo la atenta mirada de un adulto humano.

16 de noviembre de 2019

DIVERSIDAD, ACEPTACIÓN Y VISIBILIDAD

 Es complicado ponerse en uno de los dos lados: normales o diagnosticados. Es difícil porque la dualidad es una simplicidad y, por tanto, no es verdad. 
Entre el blanco y el negro hay una extensa gama de grises: blanco roto, gris hielo, gris perla, gris platino, gris humo, gris plomo, gris ceniza, gris pizarra,... así hasta el negro azabache. Y entre tantos colores navegamos sin llegar a ningún puerto. Es nuestra mente, en su torpeza, la que simplifica la realidad de la vida hasta el extremo de no decir certezas.
Quienes tuvimos la suerte de no ser diagnosticados en su momento, tenemos la desgracia de intentar disimular lo que nos pasa. Nos afecta al profesorado de manera especial. Por culpa de una falta de diagnóstico a tiempo, pasamos la vida proyectando en los demás todo aquello que no resolvimos en su momento.
Y vemos a niñas y niños torpes, proyectando nuestras torpezas. Vemos a niños y niñas deficientes reflejando nuestras incapacidades. Sufrimos el excesivo movimiento en espejos que reflejan nuestra inmovilidad, y acabamos rompiéndolos en mil pedazos. Distinguimos problemas familiares en la vida del alumnado, eludiendo los que sufrimos en nuestras familias. Vemos conflictos en el aula, en vez de verlos en nuestras relaciones. Vislumbramos demandas de amor, obviando nuestras carencias emocionales. Y así, todo el tiempo, vamos proyectando nuestros huecos en el alumnado.
Somos muchos los maestros y maestras que tenemos problemas en nuestras vidas, como es natural, como todo hijo de vecino o de vecina. Y es muy difícil bregar con una clase de unos 25 niños y niñas, cada cual con su peculiaridad, sin un mínimo de equilibrio personal.
Se hace necesario, hoy más que nunca, mirar lo que nos pasa para poder lidiar con la chiquillada, intentando no proyectar nuestras dificultades.
No podemos ser buenos educandos sin haber mirado primero nuestras heridas. Deberíamos adecentarnos un poco para no proyectar demasiado nuestras carencias.
Para educar debemos aceptar a todo el alumnado con sus peculiaridades, a todos los colores con sus matices; de lo contrario, estamos marginando todo lo que no hemos resuelto de lo que nos pasa.
La solución: sólo tres palabras, que se dijo Jesús Vidal en el discurso de Los Goyas sobre la película Campeones: diversidad, aceptación y visibilidad. Sólo tres palabras que no se harán realidad hasta que no solucionemos nuestros traumas no resueltos.
Diversidad, porque la realidad es compleja siempre. Sólo nuestra mirada es simple.
Aceptación, porque hay lo que hay, y de ahí hay que partir.
Visibilidad, porque si no nos mostramos corremos el riesgo de proyectar lo que escondemos y no mostrar la diversidad del alumnado.
Lo dicho: sólo cuando nos analizamos somos capaces de ver y ayudar lo que acontece a nuestro alrededor. Sólo cuando somos conscientes de nuestras carencias y las resolvemos podremos ayudar a la diversidad de la infancia.  

 
 

27 de octubre de 2019

DIAGNOSTICANDO LA ESCUELA


La vida es un sistema muy complejo, infinitamente complejo. Los humanos, con la conciencia, traspasamos la propia vida, complejizándola. Dicen que hay más sinapsis entre nuestras neuronas que estrellas en nuestra galaxia. Dicen que interactúan en función de patrones biológicos, contexto, lenguaje, emociones y relaciones con personas. Y, todo ello, mediatizado con nuestros propios pensamientos que los retroalimentan. Y cada persona tiene en su cabeza esa rica estructura compleja viviendo en situaciones dispares que diversifican aún más el sistema. Somos personas con historia que viven en contextos sociales. Cada cual se construye en un medio social y cultural determinado. Desarrollamos nuestra identidad cuanto  vivimos con gente que nos quiere, nos habla, nos mira y nos construyen como humanos. Pero, al mismo tiempo, interaccionamos en contextos hostiles, con gente y situaciones que nos ponen zancadillas a cada paso. Seguimos añadiendo complicación al tema. Para perderse, con tantas casuística, que resumí en exceso con las pocas posibilidades que me dio el lenguaje y mi entendimiento.
Pues hay gente (científicos/as, psicólogos/as, sociólogos/as, neurólogos/as, orientadores/as, pedagogos/as, maestros/as,…) que, cuando hay una dificultad, creen que el problema está en la niña o el niño de turno, en la infinitésima parte del complejo sistema. Se ponen las gafas simplificadoras (llámese método científico, investigaciones, evaluaciones, test,…) y diagnostican al eslabón más débil.

Es necesario cambiar la mirada y analizar la escuela desde la complejidad, actuar sobre las miles de variables que podemos mejorar dentro del contexto social y escolar.  
Si alguien  no puede subir escaleras es posible, digo yo, que algún técnico construyó esa escalera. Pues, mira por dónde, se diagnostica como discapacitado al que no puede saltar la barrera, en vez de diagnosticar de incompetente al ingeniero que la diseñó.
Si un niño, una niña, no aprueba un examen, es probable que el examen esté hecho para que lo supere sólo una parte de la clase. Se pueden hacer exámenes para que no apruebe nadie, para que aprueben unos pocos, la mitad de la clase, o todos. Depende de la dificultad que pongamos. Pues se le echa la culpa a quien lo suspende y no a quien lo diseñó, obviando la complejidad de causas que intervienen en las competencias del alumnado. Somos los adultos quienes ponemos la diana, y siempre culpamos a quien tira la flecha, responsabilizando a quienes no llegan, no pueden o no dominan la técnica.

Si todas las personas tenemos diferentes capacidades y ponemos una escuela con unos indicadores, estándares, objetivos, criterios, competencias,… mínimos para alcanzar, es lógico que sólo quienes se ajusten a esos criterios, llámense como se llamen, los podrán superar. Pero se diagnostica a quienes no lo superan, en vez de discapacitar a quienes pusieron ese sistema.  
Que digo yo, que sería más justo diagnosticar a las escuelas, y realizar las actuaciones necesarias para que puedan aprender todas las personas que están en ella.
Si diseñamos una escuela obligatoria para que toda la infancia aprenda, ¿por qué lo hacemos de forma que alguna gente quede fuera? Habrá un día que evaluaremos como discapacitados a quienes diseñaron esa escuela. Desde esta perspectiva, diagnosticaremos escuelas con déficit de atención, que no atienden a las necesidades de la infancia; escuelas con trastornos de espectro autista, desconectadas de la vida; escuelas con dificultades de aprendizajes, que necesitan mejorar, pero no aprenden de sus errores; escuelas con inteligencia límite, que por mucho que quieran tienen poca capacidad para cambiar; y así hasta un sinfín de etiquetas.
Y como consecuencia, podríamos realizar adaptaciones curriculares a las escuelas para que quepan todos los niños y niñas en ella, programas específicos a aulas que tienen dificultades, informes psicopedagógicos a coles que sufren carencias en la enseñanza, dictámenes a colegios con necesidades educativas especiales, etc. Para que toda la carga no se la lleve la niña o el niño, que son los elementos más débiles de un complejo sistema.

 

12 de agosto de 2019

¿LA ORATORIA EN LA ESCUELA?

Como dijo Eduardo Galeano, vivimos más en la forma que en el fondo: “Estamos en plena cultura del envase. El contrato de matrimonio importa más que el amor, el funeral más que el muerto, la ropa más que el cuerpo y la misa más que Dios”.

Y nuestros gobernantes andaluces, frutos de nuestro tiempo, están en el envoltorio más que en el regalo; y se han sacado del refajo, porque nos suena a antiguo, la actividad de la oratoria como solución estrella para la mejora de la educación, media hora de oratoria a la semana en la asignatura de Lengua: El país, (6/8/2019), ABC (5/8/2019).

La oratoria desde la Grecia clásica está vinculada al arte de hablar con elocuencia. El objetivo de la oratoria es persuadir. Se diferencia de la didáctica, que busca enseñar y transmitir conocimiento y buscar la verdad; y de la poética, que intenta deleitar a través de la estética.

Ya Sócrates, en el siglo IV a. de C., figura relevante de la oratoria griega, consideraba esa materia la principal herramienta educativa, pero insistía en la educación moral. Porque, de lo contrario quienes dominan la oratoria podrían creer a todo un auditorio que lo que es blanco es negro y viceversa. Esto nos suena muy contemporáneo: a políticos de ahora, a pos-verdad, a las nuevas narrativas, lo que no se dice no existe, etc.

Desde que surgió, la oratoria se ha utilizado para diversos ámbitos: la política, para convencer votantes; la justicia, para defender alegatos; y en la actividad comercial, para vender. ¡Pensemos en este dato!
Nadie se puede negar a que nuestros niños y niñas aprendan a hablar más y mejor. No obstante, quisiéramos hacer algunas consideraciones a la noticia estrella, porque es una solución simple a la complejidad de la escuela, de la vida y, como todas las simplicidades, es perversa.

En primer lugar, en muchas de nuestras escuelas ya se habla a diario, en exposiciones, coloquios, debates y asambleas, todos los días. No sólo media hora, ni solamente en lengua. Al menos, reconozcamos que ya se hace. Pongamos en valor a todos los centros que ya lo practican. Hay mucha bibliografía sobre el tema. Escuchemos al profesorado que ya lo practica en su aula, aprendamos cómo lo hacen y generalicemos esas metodologías participativas del alumnado. Porque la educación no se cambia por decreto, sino entre los compañeros que tienen experiencias. Sería buena idea difundir estos cambios metodológicos en los Centros de Profesorado, en donde hemos aprendido siempre de nuestros compañeros y compañeras más experimentados.
 
Creemos que se debe desarrollar la oralidad en todas las materias, no sólo en lengua. En importante que el alumnado se exprese, no media hora a la semana, sino casi todo el tiempo, todos los días. Es necesario que construyan conocimiento dialogando. Es imprescindible realizar metodologías constructivistas en las que el alumnado diga lo que piensa sobre cualquier tema y lo confronte. Que hablen de lo que saben, para desde ahí construir conocimiento. Que se expresen continuamente, porque hablando desarrollan su identidad, mejoran la seguridad en sí mismo y aprenden. Pero no ante una audiencia, buscando un liderazgo ante sus iguales. Eso me suena mal en una educación primaria en la que, se supone, estamos educando en diversidad.

Mejor hablando en asamblea (palabra maldita), entre iguales, poniendo oído, con escucha atenta. Hablar y oír deben ir siempre de la mano.
Está demostrado que aprende más quien habla que quien escucha. Porque quien habla organiza sus ideas, desarrolla empatía, intentando ser comprendido y mejora su autoestima. Porque en esta propuesta de media hora de oratoria a la semana, se presupone que en las 24,30 horas restantes habla el profesorado. Parece un parche dentro de una metodología transmisiva tradicional.

No realizamos crítica sin realizar propuesta. Proponemos, por tanto, cambiar la oratoria por el aprendizaje dialógico. Este método consiste en el diálogo entre iguales que, a través de argumentos, genera pensamiento, construye aprendizajes relevantes y produce cambio social.
Porque lo importante no es hablar, no es la oralidad, no es la verborrea. Lo importante es generar pensamiento, y expresarlo. Lo importante es hablar en todas las materias, sobre todos los temas. Lo importante es comunicar y conectar con las demás personas. Lo importante es la construcción social del conocimiento. Lo importante es pensar, aprender, sentir, comunicar, conectar y amar. Lo importante, en suma, es el contenido, no el continente.

3 de julio de 2019

¿DIAGNÓSTICOS O HISTORIAS?

Todo el mundo tiene miedo de hablar de TDAH, el diagnóstico de moda.
Y es que hasta el mismo gobierno de la Junta de Andalucía,
censuró a un neurólogo que quiso dar conferencia para ponerlo en duda.
Yo no tengo miedo porque hablo desde la ingenuidad del que no sabe de nada,
pues sólo soy un maestro que llevo, eso sí, muchos niños a mi espalda.
Seguro que existen infantes que el cerebro se les va y no pueden controlar.
No lo niego. Los he disfrutado y sufrido como el que más.
Lo que yo sí me planteo es si este famoso diagnóstico no es diagnóstico a mitad.
Me explico.
Que se mueven no hay dudas.
Que no soportan, cinco horas, sentados en una silla, lo he constatado mil veces.
Que se evaden si les habla de ciencias o matemáticas, lo constato.  
Que están en otro lado, evidente.
Pero el susodicho diagnóstico no ha recorrido el camino,
porque describe conductas y no se adentra en las causas que están detrás.
Esto sí que estoy seguro. Que las causas son diversas.
¿Cómo puede ser, que un chico con 4 años,
que presencia el maltrato de su padre a su madre, no esté inquieto?.
Pues con la firma de un neurólogo he visto yo el diagnóstico susodicho a este chico.
No tuvo que hacer prueba alguna, sólo preguntar a la madre que si el niño se movía.
Pues claro que se movía, a bocados yo estaría.
Otro caso que he vivido es de un chico con sus padres separados,
juntos ambos con sendas nuevas parejas, que hijos nuevos han traído.
que no sabe si llamarlos hermanastros o es demasiado para bebés tan pequeños,
que cada cual reside en ciudades diferentes,
y que cada pocos días tiene distinta cama, por la custodia compartida.
¿Y queremos los adultos que atiendan cuando explicamos
los grados del adjetivo, los verbos o los problemas?.
Tengo más casos curiosos, y con la iglesia topamos,
pues son coles religiosos, que tienen la mano ancha para diagnosticar TDHA.
Y es que hay que estar muy quietos, como si en misa estuvieras.
¡Y quien se mueva, diagnóstico!,
que ha pasado ya la época de quemarlos en la hoguera o mandarles penitencia.
Que nadie ose acusarme de criticar el TDAH, pues de eso yo no sé.
Sólo quiero defender cada uno de los casos que yo conozco muy bien.
Y que venga alguien a decirme, si es mejor dar anfetas,
para tapar las vergüenzas de tantas desavenencias.
 

14 de abril de 2019

VERBOS QUE CREAN REALIDADES

Es sabido que el lenguaje crea pensamiento, pero no sólo. Las palabras pueden, también, cambiar realidades. Es necesario, por tanto, modificar los nombres para mejorar la existencia.
Empecemos por nuestra profesión: Maestros Especialistas en Pedagogía Terapéutica. Comenzamos mal. La denominación está determinando la acción que realizamos y es responsable de la demanda que sufrimos. Cierto profesorado pide que normalicemos al alumnado con discapacidad. La consideración de que somos terapeutas presupone que tratamos con gente enferma a las que debemos curar. Nada más lejos de la realidad. Subyace una visión en la que nos consideran terapeutas y que nuestra actuación debe centrarse en lo individual. Es un modelo médico que se ha asumido en el medio educativo sin cuestionamiento crítico alguno.
No somos terapeutas, somos educadores. Y en educación actuamos siempre en un medio social. Aprendemos y crecemos gracias a la mirada y consideración del resto de las personas con las que convivimos. No nos mejora un especialista sino que nos construimos con los demás: personas que nos miren con aceptación, cariño, ayuda y consideración.
Para cambiar la función de quienes nos dedicamos a trabajar con la diversidad debemos cambiar primero la denominación de nuestra especialidad. Se hace necesario una nueva mirada, un nuevo nombre para que cambie las actuaciones. Podríamos llamarnos “especialistas en mejoras educativas para la diversidad”, o algo así. Desde esta concepción seríamos educadores sistémicos, con una visión holística, que intervendríamos sobre todos los elementos que condicionan una buena educación para todas las personas que viven en la escuela.
Es necesario cambiar el paradigma. Nuestra función, desde esta nueva perspectiva, no se centraría en intervenciones individualizadas sobre personas con dificultades, sino en mejorar el contexto para que mejore todo el alumnado.
Algunas de estas intervenciones serían:
·         Ayudar y compartir con el profesorado innovaciones metodológicas para trabajar con todas las personas de aula.
·         Cambiar actitudes y concepciones a todo el personal de los centros.
·         Comunicación constante con la familia para compartir visiones, experiencias y miradas sobre la marcha de sus vástagos.
·         Evaluación constante de los espacios y los tiempos para posibilitar la diversidad de necesidades y deseos del alumnado.
·         Tratamiento globalizado de las materias para que los aprendizajes sean funcionales, significativos y comprensibles, respetando la variedad de niveles y modos de aprendizajes.
·         Propuestas de actividades didácticas, dispositivos informáticos y materiales cotidianos que superen la dictadura de los libros de textos, tan segregadores ellos.
·         Superación de los exámenes como medios de evaluación discriminatoria basada en contenidos memorísticos. Evaluar, por el contrario, procesos de para la mejora de todos los elementos implicados en la educación, y no sólo en el alumnado...
Lo dicho, que para cambiar la realidad debemos comenzar por el lenguaje, que las palabras nos conforman, que somos verbos que se hacen carne, verbos que crean realidades. No somos terapeutas, somos educadores.

Abril de 2019

10 de febrero de 2019

MATICES DE GRISES

Quienes tuvimos la suerte de no ser diagnosticados en su momento, tenemos la desgracia de intentar disimular lo que nos pasa. Nos afecta al profesorado de manera especial. Por culpa de una falta de diagnóstico a tiempo, pasamos la vida viendo en los demás todo aquello que no resolvimos en su momento. Y vemos a niñas y niños torpes, proyectando nuestras torpezas. Vemos a niños y niñas deficientes reflejando nuestras incapacidades. Sufrimos el excesivo movimiento en espejos que reflejan nuestra inmovilidad, y los rompemos. Distinguimos problemas familiares en la infancia del alumnado, eludiendo los que sufrimos en nuestras familias. Vemos conflictos en la clase de los mayores, en vez de verlas en nuestras relaciones. Vislumbramos demandas de amor, obviando nuestras carencias emocionales. Y así, todo el tiempo.
Es complicado ponerse en uno de los dos lados: normales o diagnosticados. Es difícil porque la dualidad es una simplicidad y, por tanto, no es verdad. 
Entre el blanco y el negro hay una extensa gama: blanco roto, gris hielo, gris perla, gris platino, gris humo, gris plomo, gris ceniza, gris pizarra,... así hasta el azabache. Y entre tantos colores navegamos sin llegar a ningún puerto. Pasa lo mismo con la sexualidad. Hay gente simple que sólo distingue entre heterosexuales  y homosexuales, cuando la variedad de género existente está llena de matices y colores. Es nuestra mente, en su torpeza, la que simplifica la realidad de la vida hasta el extremo de no decir verdad.
Pues lo que venía diciendo: somos muchos los maestros y maestras que tenemos problemas en nuestras vidas, como es natural, como todo hijo de vecina. Y es muy difícil bregar con una clase de unos 25 niños y niñas, cada cual con su peculiaridad, sin un mínimo de equilibrio personal. Se hace necesario, hoy más que nunca, mirar lo que nos pasa para poder lidiar con la chiquillada sin proyectar nuestras dificultades.
No debemos ser maestros y maestras sin habernos mirado primero en nuestra complejidad, y adecentarnos un poco, para no proyectar demasiado nuestra simplicidad. Para educar tenemos que, no sólo vislumbrar la variedad de grises,  sino incluir todos los colores con sus matices. De lo contrario, estamos marginando todo lo que no hemos resuelto de lo que nos pasa.
La solución: sólo tres palabras que se dijo en un discurso de Los Goyas sobre la película Campeones: diversidad, aceptación y visibilidad. Sólo tres palabras que no se harán realidad hasta que no solucionemos nuestros traumas no resueltos.
 Febrero de 2019

19 de diciembre de 2018

FRUTOS DEL DESENCUENTRO

Es una simplicidad pensar que existe un enfrentamiento entre familia y escuela, por mucho que los medios de comunicación lo vociferen. Es necesario ver más allá. Los cambios sociales tan vertiginosos de estos tiempos nos han pillado en pañales. Las familias no entienden qué sucede con sus vástagos y la escuela no acaba de adaptarse a los cambios. Ante tamaña impotencia, las dos instancias caemos en la torpeza de señalar al otro como responsable. El hecho objetivo es que, en el conflicto que mantienen escuela y familia, todos los golpes se los lleva la infancia.
Desde ambas partes buscamos razones para excusarnos; y así, vamos educando en el desencuentro. Sí, nuestros niños y niñas están siendo protagonistas de una situación conflictiva que los adultos no somos capaces de resolver porque la línea que delimita cada ambiente se desdibuja en la sociedad actual. Escuela y familia  se encuentran en el mismo barco, aunque remando en dirección contraria. Las fronteras no son nítidas, y pretender seguir en el camino de  hace años, resulta obsoleto y rancio. Eran otros tiempos, otros los objetivos, las funciones estaban claras, las responsabilidades eran precisas.
Sin embargo, la solución nos parece evidente. La experiencia no miente. La responsabilidad individual es importante, pero insuficiente. Debemos buscar responsabilidades comunes. La escuela debe mirarse por dentro, valorar, examinar, ejercer la autocrítica, esa que se practica tan poco; y entender que sólo compartiendo responsabilidades se llegará a buen puerto. Acercarnos para entender, compartiendo para transformar, mirar en la misma dirección. Tener claro que el objetivo es común: el desarrollo integral de la infancia.
La familia en la actualidad es diversa, abierta, democrática, multicultural, multirracial,… pero, al mismo tiempo, está cambiando su función, estructura, disponibilidad,… La organización de la escuela se mantiene, en  infinidad de ocasiones, rígida, jerárquica, impenetrable y hermética. No es difícil adivinar que las relaciones entre ambas están destinadas a no encontrarse.
La retórica necesita acciones prácticas y, en ese sentido, son muchas las experiencias educativas que parten de la conexión entre la escuela y la familia. Ramón Flecha es un pionero en estas prácticas en España. Su aportación con las “Comunidades de Aprendizajes” ha demostrado que la colaboración entre ambas instituciones, mejora sensiblemente la educación. Las actuaciones, no sólo de las familias, sino con voluntarios que desean el cambio educativo, el cambio social. Estas prácticas aportan el convencimiento de que “todos los hombres y mujeres se educan entre sí, con la mediación del mundo” como dice Paulo Freire.  Las escuelas que trabajan en “comunidades de aprendizaje” basan su estrategia metodológica en la apertura de puertas, en la realización de prácticas educativas con padres, madres, abuelas, abuelos, estudiantes en prácticas o voluntariado. En definitiva, han apostado por el aprendizaje dialógico, y han ganado. Lo dicen los resultados, está empíricamente probado. Estas experiencias han elevado a un rango superior a las familias, que siempre estuvieron relegadas en la escuela a fiestas o tutorías. Y es que, parten del concepto de que, tanto el profesorado como las familias no somos más que facilitadores de la interacción educativa. Porque la educación no se transmite, se facilita. Porque el saber se construye, no se hereda. Y esta construcción educativa se realiza de forma holística, con participación de los agentes sociales y en diferentes contextos. La educación está determinada por la cultura, la sociedad, las modas, los medios de comunicación, la publicidad, los estereotipos sociales imperantes... Y todo ello ha de tenerse en cuenta.
Todas las personas somos protagonistas del cambio, pero sólo si educamos desde el encuentro, sin verdades absolutas, sin egos, compartiendo. Porque necesitamos personas críticas, dialogantes, pensantes, abiertas…. maduras. El milagro educativo surge en las relaciones amorosas, equilibradas, libres de prejuicios; con la mirada puesta en el futuro de nuestra infancia. Por eso, es necesario, más que nunca, encontrarnos, navegar en el mismo barco, hacia el mismo puerto: la educación integral de la infancia.     
Pensando juntos,
Ana María Fernández Marín y
Cristóbal Gómez Mayorga.
Diciembre de 2018
 

1 de diciembre de 2018

PALABRAS

Conversar es un milagro que construye seres humanos. Yo te digo, tú me dices, mientras nos acercamos. Eres cuando me hablas, soy cuando te oigo y te digo. Somos cuando conversamos. Ya lo dijo el Dr. Maturana, “yo llamo conversar a este entrelazamiento de lenguaje y emociones. Por esto el vivir humano se da, de hecho, en el conversar”.
Se produce conexión cuando nos comunicamos. Las palabras son lazos que unen cerebros y corazones. Si no hablamos, no somos nadie. Las palabras son el soporte por donde fluye nuestros pensamientos y emociones. Estamos hecho de palabras, como dijo un pajarito a Eduardo Galeano.
La gramática no es más que caminos por donde andamos para encontrarnos, las sendas del lenguaje y la comunicación. La fonética es un canto, una música celestial. La gramática son las normas necesarias que debemos de cumplir para entendernos. La semántica, la esencia, lo que sentimos, lo que queremos decir, el significado de tanto garabato. El vocabulario son los adoquines que pisamos, llenos de significados. La pragmática, el arte de la empatía y la socialización necesaria.
Y así, en ese pasear acompañados, vamos construyéndonos como seres humanos. Discurriendo por el lenguaje conversado nos hacemos personas. Somos en cuanto, armados de palabras, nos decimos y nos narramos.
Pero, hoy día, las palabras comienzan a estar huecas, vacías de tanto usarlas. Se han llenado de agujeros y ya no dicen nada. ¡Escuchad, si no, a los que mandan! No es que mientan, es que usan palabras sordas que ni dicen ni conversan, suenan huecas. Han vaciado las palabras y ya no construyen nada.
En la escuela, hay que volver a dar vida a las palabras, para que podamos entendernos, comunicar, construirnos y querernos.
Pues eso, hay que meter, dentro de la escuela, palabras vivas, palabras sinceras, palabras sentidas, palabras de amor..., palabras.