22 de agosto de 2020

EL CORONACURSO

La vuelta a clase en esta situación de pandemia exige tomar medidas que garanticen la seguridad sanitaria antes de  abrir los colegios. Las principales actuaciones que es necesario realizar no dependen de la comunidad educativa sino de la Administración. Para guardar distancia de seguridad hay que bajar la ratio del aula, habilitar nuevos espacios y contratar personal de limpieza, apoyo, comedor y más profesorado. Porque en un aula no caben 25 niñas y niños guardando la distancia recomendada. Es imprescindible personal de limpieza de forma permanente. Los comedores necesitan hacer varios turnos para guardar distancias de seguridad, más espacios y extremar la higiene. Los transportes escolares también necesitan cumplir las normas. Así como el aula matinal o las actividades extraescolares.

Las instrucciones que los poderes públicos han dictando cargan la responsabilidad a las direcciones de los centros y al profesorado. No han adoptado ninguna medida eficaz, sólo recomendaciones imprecisas sin invertir en todo lo que se necesita.

El curso está ya cerca y no podemos esperar a que el poder político asuma sus competencias y den soluciones a tantas necesidades. Ante la complejidad de la escuela no sirven los protocolos: no es lo mismo infantil que primaria, cada alumnado es diferente, cada centro es único y no sabemos las circunstancias que se van a presentar. Los aseos son los que son, las entradas, pasillos, patios, aulas y demás dependencia ya tenían carencias espaciales desde hace tiempo en la mayoría de los centros educativos. Como no esperamos respuesta administrativa a los problemas que se avecinan debemos, en la medida de lo posible, hacer lo que buenamente sabemos y podemos.

Lo deseable es reinventar la escuela, porque el confinamiento ya existía en esos habitáculos cuadrados llenos de sillas y mesas en los que, en pocas ocasiones, se cumplía la normativa en cuanto a espacio por alumnado. Quizás esta situación puede ser una oportunidad para generar cambios sustanciales. He aquí algunas sugerencias para ir pensando:

Lo principal para educar es estar presentes, mirar a los ojos y escuchar. Para ello debemos, en primer lugar, escucharnos por dentro, solucionar nuestros miedos para poder luego atemder a los demás. Las maestras y los maestros tenemos que soltar nuestra angustia antes de tratar con el alumnado. Así que es primordial tener cierta seguridad en el trabajo para sentirnos relajados. Antes que nada, debemos trabajar los vínculos entre el profesorado para luego poder vincular al alumnado. Deberíamos compensar este tiempo de angustia y el mucho trabajo telemático que hemos realizado y restaurar todas nuestras heridas para poder ayudar a nuestros escolares.

Sin conexión no hay educación. Hay que acercarse emocionalmente para tocar los corazones de las niñas y niños de la clase. Si nos tapamos la boca con mascarillas debemos aprender a sonreír con los ojos. Lo que sea, para poder conectar. La distancia de seguridad necesaria es sólo física. Así que para compensar se necesita más contacto emocional. Traspasar las mascarillas y las mamparas requiere de palabras más sensibles. Esta vez se hace necesario, más que nunca, escuchar individualmente y no sólo al grupo. Cada cual tiene su peculiaridad en la conquista de su equilibrio emocional.

Las familias también deben estar conectadas con el profesorado emocionalmente. Sólo si están relajadas, confiadas y tranquilas tendremos alumnado con posibilidades educativas. No debemos prejuzgar a las madres y padres de nuestro alumnado porque cada cual vivió la realidad de forma distinta y no lo sabemos. Debemos estar tranquilos y cercanos para poder soportar sus inquietudes. Así nos mandarán al colegio niños y niñas más equilibrados.  Tampoco todas las familias tienen las mismas posibilidades y necesidades. Que los colegios estén abiertos no debe implicar que tengan que venir a clase todos los días ni a todas horas la totalidad del alumnado. Abrir variabilidad de asistencia podría ser una posibilidad para bajar la ratio. Es un momento suficientemente peligroso que requiere buscar soluciones imaginativas a la masificación de los colegios. Es necesario atender a quienes tienen menos posibilidades educativas.

Debemos aprovechar esta realidad tan compleja para realizar los cambios metodológicos que siempre debimos hacer y que ahora son necesarios. Trabajar con espacios y materiales naturales no estaría mal. La vuelta a la naturaleza es ahora imprescindible porque es más saludable que el aula. El patio del colegio es un lugar que podemos aprovechar para aprender. Es necesario evitar los espacios cerrados. También podemos salir al campo, a la playa, al bosque o a la ciudad.  Concebir la comunidad como espacio educativo es una buena posibilidad: museos, parques, castillos, mercados, jardines y plazas.

Los árboles del colegio pueden ser templos de aprendizaje. A su alrededor podemos hacer asambleas, contar cuentos o leer. También se podría aprender muchos contenidos con ellos: hojas flores, frutos, texturas, fotosíntesis, ecología, insectos, pájaros, coger materiales para realizar actividades plásticas, aprender del recorrido de las sombras que dibujan en el suelo o percibir las texturas de su corteza.

El huerto escolar o el jardín son los mejores lugares para aprender sobre la naturaleza. La polinización de las flores la podemos ver en directo, así como el milagro de la germinación o el nacimiento de una flor.

En el cole no sólo enseñamos, sino que también educamos. Y además de educar podemos ser agentes de salud si realizamos actividades terapéuticas. Es necesario trabajar mediante el diálogo y la expresión el miedo que nos ha generado esta pandemia. Pero, sobre todo, es necesario jugar. El juego es la mejor medicina para todos los males del alma de la infancia.

Hay que hacer teatro para dramatizar y sacar fuera toda la angustia que nos provoca el virus, utilizando el cuerpo y la emoción. Es imprescindible volver a la psicomotricidad que nunca debió salir de la escuela, para que el alma grite todo lo que lleva dentro a través del cuerpo, porque con la expresión corporal nos ponemos en juego y lanzamos al aire todos nuestros enredos.

Trabajar los cuentos y los textos literarios se hace ahora más importante que nunca, porque ya se sabe que las historias nos recomponen el alma narrándonos de nuevo.  

La actividad dialógica es imprescindible para sacar fuera el trauma. Hay que intentar que el alumnado hable y converse sobre cualquier tema que estemos trabajando. Es importante dialogar sobre lo que sentimos. Porque si hablamos pensamos, y quienes hablan con los demás mejoran la mente y diluye sus emociones derramadas. 

Muchos creen que los medios tecnológicos han sustituido nuestra labor educativa, pero como técnicas frías y distantes conecta a baja intensidad. Sirven para mandar deberes y tareas, pero no para educar. ¡Tengámoslo presente! Podemos y debemos seguir usándolos como herramientas, pero siempre debe existir una persona humana que medie. Podemos crear en el colegio lugares informatizados para que busquen, investiguen e indaguen sobre cualquier tema que estemos trabajando. Debe haber talleres de tecnología para asistir en pequeños grupos. Es necesario deshomogeneizar las actividades, dejar que cada equipo pueda hacer distintas tareas en lugares diferentes, para así mantener distancias de seguridad.

Es sabido que la educación online ha aumentado las diferencias educativas que ya existían entre el alumnado de distintos estratos sociales, desatendiendo una de las misiones de la escuela que es compensar necesidades. Es hora de revertir la tendencia. Es necesario metodologías integradoras que ayuden al alumnado con más dificultades. Los aprendizajes cooperativos, los grupos interactivos, las parejas de ayuda mutua o patrullas como los scouts, son posibilidades de organización a partir de grupos pequeños que se ayudan y que trabajan juntos sobre proyectos y tareas integrales. Hay que evitar la enseñanza competitiva tan nefasta para todo el alumnado. Tanto para quienes tienen altas capacidades, que suelen ser rechazados, como para quienes tienen más dificultades. Debemos trabajar coordinados, lo hemos aprendido en el confinamiento: todas las personas somos necesarias y vamos en un mismo barco que es nuestro planeta.

Para todas estas propuestas hay que romper la estructura hermética de asignaturas y horarios. No podemos crear burbujas educativas, como propone la administración, si en cada grupo clase entra especialistas de inglés, francés, educación física, música y religión, que se pasean por todas las aulas. Si cada media hora tienen una asignatura distinta con un profesorado diferente la existencia de una persona infestada se expandiría por todo el colegio. Hay que volver a un magisterio generalista, trabajando todas las asignaturas juntas por medio de proyectos, actividades vivenciales o tareas integrales, a través de las cuales aprendamos sobre un mundo que nunca debió de ser parcelado en materias. Sólo integrando los saberes aprenderemos de la vida desde una visión interrelacionada y global.

Ya sé que es difícil reinventar la educación pero, quizás, esta pandemia nos permita soñar una nueva escuela, más saludable, solidaria, natural y amable. ¡Debemos intentarlo!

 

26 de junio de 2020

NO HA SIDO TIEMPO PERDIDO


Solemos pensar que el tiempo es oro, eso nos han inculcado, y que lo perdemos si no producimos lo que el sistema nos demanda. El dios Crono nos devora como nos cuenta Goya en su enigmática pintura de Saturno. Pero puede que el tiempo sea vida en vez de dinero y no lo hayamos perdido en este confinamiento.
El profesorado, a veces, pretende enseñar una cosa y el alumnado aprende otra muy distinta. Suele pasar, pero en este tiempo de pandemia, mucho más, porque no controlamos ni conocemos las circunstancias en las que se encuentra cada cual. Los maestros y maestras nos lanzamos de cabeza a enseñar para que nuestro alumnado no perdiera el tiempo en este confinamiento, igual que muchas personas se lanzaron a los supermercados a comprar papel higiénico, sin pensar. Ya llegó el momento de la calma, tiempo de reflexión y de balance provisional. Veamos pues si hemos perdido el tiempo o hemos aprendido algo en estos momentos educativos inusuales.
Pues resulta que llevamos mucho tiempo en los centros educativos con programas TIC (Tecnologías de la Información y el Conocimiento) y en apenas dos meses hemos asimilado más del uso de las tecnologías que en todos los años anteriores. Y es que se aprende cuando hay necesidad. Es la función la que crea el órgano. Tanto el profesorado, las familias y los niños y niñas hemos aprendido a escribir textos en Words y presentaciones en PowerPoint, a editar imágenes, crear carpetas para organizar el trabajo, entrar en Classroom para las clases, dominar el correo electrónico, comunicar por Whatsapp, Hangout, Facebook o Instagram, hacer videoconferencias por cualquiera de los programas que la cultura digital nos ofrece y mil cosas más.
Las familias, el alumnado y el profesorado nos hemos puesto las pilas porque un bicho nos pinchaba. Los maestros y las maestras nos hemos reciclado en pocos días y hemos sido capaces de hacer videoconferencias de Equipos Docentes, Claustros, Consejos Escolares, Reuniones de ciclo, Tutorías y clases online. Hemos realizado cientos de blog, periódicos y revistas educativas digitales, hemos seleccionado contenidos educativos de la red, conectando con diferentes programas con las familias, etc. En definitiva, hemos teletrabajado, algo que sólo vislumbrábamos en personal privilegiado de grandes corporaciones internacionales.
Los niños y niñas, que estaban enganchados a los videojuegos y a historias intrascendentes de Youtube o Tic Toc, han empleado por primera vez el móvil para algo más productivo aprendiendo las mil posibilidades que la tecnología nos brinda.  
En sólo dos meses, además de los contenidos académicos trabajados a distancia, hemos conseguido el objetivo de hacer funcionales las tecnologías de la información y comunicación. Por ello, no debemos pensar que hemos perdido el tiempo. No sabemos hasta qué punto hemos aprendido cosas que no teníamos previstas.
Pero no sólo hemos aprendido contenido tecnológico, también hemos comenzado a valorar cosas que antes teníamos y no le dábamos importancia. Hemos descubierto la necesidad de conectar con los demás. Y tanto alumnado, familias y profesorado nos hemos comunicado de manera esencial, por necesidad y con deseo.
También hemos aprendido el valor de la solidaridad, las profesiones más importantes para vivir, que la unión hace la fuerza, que el estado y los poderes públicos se deben ocupar de lo público, del bien común, que la familia es siempre el sostén básico de la sociedad y que siempre hay quien para salir del pozo sigue cavando hacia abajo en vez de ayudar, pero a esos no hay que hacerles caso.
Por eso creo que, aunque queden lagunas de lengua o matemáticas, seguro que hemos aprendido algo muy esencial que no teníamos previsto: que no se pierde nunca el tiempo si se gana para la vida. 
Xtóbal, verano 2020-06-26

21 de abril de 2020

LA FUNCIÓN DOCENTE EN EL CONFINAMIENTO


En estos días de pandemia por el coronavirus, la educación institucional está ausente, y es difícil el aprendizaje sin presencia. Menos mal que los maestros y las maestras intentamos por todos los medios subvertir estas circunstancias e imaginamos entrar en los hogares de nuestro alumnado para acompañarle de alguna manera. 
Las familias tienen una responsabilidad educativa relacionada con el apego, la crianza y las primeras normas sociales desde el amor incondicional, pero están asumiendo en este tiempo de confinamiento una educación institucional que no les corresponde. Es la escuela la que tiene el deber de realizar esta función social porque es la encargada de vertebrar las relaciones sociales entre iguales, la formación de ciudadanos y la transmisión del acervo cultural del mundo en que vivimos.
La importancia que tenemos los educadores no es sólo por nuestra habilidad para enseñar, que también, sino por nuestra capacidad de conectar emocionalmente para poder trasmitir nuestro legado cultural. No hay educación sin sujetos humanos vinculantes. Y somos, queramos o no, referentes educativos que posibilitan el deseo de saber. No se aprende con técnicas, programas sofisticados o actividades deshumanizadas. Debe haber siempre una conexión humana que sustente ese deseo de conocer cosas nuevas. Y es ahí donde los maestros y maestras debemos estar presentes. Si no podemos en directo por el confinamiento habrá que hacerlo virtualmente, pero el alumnado nos tiene que ver, oír, sentir y saber que estamos presentes. Debe haber un vínculo transferencial en el hecho educativo. Es necesario mostrarnos, es imprescindible la subjetivación de la enseñanza si queremos construir seres humanos.
La labor que estamos realizando con tantas dificultades no hubiera sido posible sin la colaboración de las familias. Porque somos educadores en la medida que padres y madres nos sitúan en ese lugar de referentes culturales. Las familias no pueden suplir la labor del profesorado porque deben realizar su papel, que es mucho más necesario: el de sostener, el de ayudar, el de dar seguridad, alimento y cariño. Pero con respecto a la enseñanza reglada su labor es de vínculo con la escuela, y desde esa conexión entre la casa y el profesorado se hace posible que los niños y las niñas sigan aprendiendo.
Desde hace tiempo se ha experimentado con las llamadas máquinas de enseñar, con programas sofisticados de aprendizajes, con robótica educativa,… pero sólo han servido para el aprendizaje en personas adultas o con destrezas concretas. Para educar a la infancia es imprescindible el profesorado, porque en el trasvase de conocimiento debe haber un vínculo humano. Los maestros y las maestras no sólo trasmitimos contenidos sino que, sobre todo, educamos.  Y educar tiene que ver con verse reflejada en otra persona y aspirar a adquirir sus conocimientos y experiencia.  
Ciertas demandan de la Administración Educativa en estos momentos se centran en los contenidos curriculares y la evaluación explicitando una concepción de sistema educativo instrumental, basada en aprendizajes académicos, en donde se prioriza los aspectos cognitivos y disciplinares, no teniendo en cuenta la relación personal, amorosa y vinculante entre profesorado y alumnado, que es la base del aprendizaje.  Y es que la Administración, desde hace tiempo, ha burocratizado la enseñanza hasta el extremo de perder la esencia de la misma, que no es más que la conexión transferencial simbólica entre los educadores y la infancia para transmitir el legado cultural de nuestro mundo.
Así que es necesario valorar todo el trabajo que están realizando las maestras y los maestros en este confinamiento porque, a pesar de las dificultades, se están haciendo presentes: buscando medios propios, improvisando, aprendiendo nuevas plataformas de comunicación, desviviéndose por seguir siendo referentes de su alumnado de forma personal. Es la pasión que están poniendo lo que provoca el hecho educativo: el interés en conectar, el esfuerzo para hacerse presente, la energía invertida, el tiempo que dedican y la ilusión en el trabajo que despliegan a pesar de tantas dificultades. Porque es el amor al saber y a los niños y niñas del aula lo que hace posible el milagro de aprender.
Para un buen aprendizaje debe haber una identificación con el enseñante, y es por eso que debemos seguir mostrándonos aunque sea a distancia: con nuestra imagen, con palabras, a nuestra forma y manera. El caso es que el alumnado sienta que estamos presentes, que estamos cerca. Es difícil, pero se está haciendo: con vídeos de ánimo de las distintas escuelas, con bailes, cuentos, canciones, actividades, propuestas visuales, por teléfono, por WhatsApp, por Classroom o conectando desde el teléfono personal. Da igual la manera, lo importante es vincular al alumnado.
Sigamos pues dando aplausos a quienes están en primera línea de lucha por el coronavirus porque nos salvan la vida. Los educadores sólo necesitamos valoración y conexión, aunque sea a distancia, para que la educación y el aprendizaje sigan surtiendo efecto. Y para ello sólo pedimos la complicidad de las familias y algo de comprensión del resto de la ciudadanía.


15 de abril de 2020

LAS COSAS SON LO QUE SON


Cuando la vida nos tambalea, y este es el caso con la epidemia del coronavirus, es bueno parar, tomar conciencia y reflexionar. Es necesario en estos momentos de crisis volver la vista atrás, coger impulso y dar un gran salto hacia el futuro. Para ello sería recomendable leer a los filósofos griegos que hace tiempo ya sufrieron en la vida y pensaron sobre dificultades como las que estamos viviendo.
Nietzsche iluminó mi desasosiego y navegué en su propuesta: “sólo ha existido un filósofo en la historia digno de tal nombre, Epicteto”. Nos ha llegado poco de la sabiduría de este desconocido filósofo, pero puede servirnos de referencia por su carácter esencial. Su obra puede resumirse en la siguiente máxima: “lo que es, es”.
Pero tenemos un cerebro que se pone nervioso cuando la realidad no encaja con las expectativas que tenía programadas. Y es por eso que ante esta pandemia comenzamos a sentirnos inquietos, angustiados, desequilibrados,… buscando causas y culpables, criticando y dando soluciones a toro pasado. Y nos hemos convertidos en epidemiólogos, científicos, sociólogos y políticos en poco tiempo.
Epicteto nos aclara una obviedad: las cosas son lo que son. Y es que hemos vivido en un mundo hedonista, de fantasía, ilusiones y de profecías propuestas por el mercado imposibles de satisfacer. El mal de nuestras vidas ha estado en nuestra mente, en las ideologías, en nuestras expectativas, en los objetivos inalcanzables, en nuestras ilusiones de ilusos. Y esta es la causa primera de la depresión de nuestra condición humana en esta crisis que nos ha tocado vivir. No echemos la culpa a nadie ante esta contrariedad, a todo ser viviente nos pilló a contrapié porque no estábamos preparados. No hay que mirar atrás sino buscar soluciones. Lo primero es la aceptación. No nos habíamos percatado del peligro, pero ya es tarde para lamentaciones. Aceptémosla y miremos el futuro. Lo que hay es lo que es.  
No hay que ir a los griegos porque lo que necesitamos es sentido común. Hasta en mi pequeño pueblo hace tiempo que llegaron a esta profunda conclusión: “Si a un gato le pisas el rabo, por la otra punta maúlla”. Y es que las cosas son lo que son y tienen las consecuencias que tienen.
Este es el momento de aprender que la vida hay que tomarla como va viniendo. Podemos hacer lo que esté en nuestras manos, cada cual su granito de arena para construir de nuevo la vida. Que nadie siga poniendo palos en la rueda, que lo que hay es que ayudar, cada cual en lo que pueda, que ya las circunstancias irán diciendo. No hay más.
En estos tiempos tan acelerados en los que estábamos inmersos, la vida pasaba a nuestro lado a gran velocidad. La inercia nos llevaba en volandas y en esa locura es imposible ver nada, comprender nada, vivir tan siquiera. Era necesario parar en seco. La reflexión requiere quietud, mirar sin prisas. Y desde esa atalaya de la serenidad que las circunstancias nos ha impuesto comprenderemos que la vida da vueltas y sólo hay que esperar a que llegue de nuevo a nuestro lado para seguir sufriéndola y disfrutándola.
Acabemos con una reflexión que hubiera dicho Epicteto: debemos tener la valentía de cambiar lo que se puede cambiar, la fortaleza para soportar lo que no se puede cambiar y la inteligencia para distinguir una cosa de la otra.
 Abril 2020

5 de abril de 2020

CUANDO VOLVAMOS AL COLE

Cuando volvamos al colegio ya nada será lo mismo, esta situación nos habrá cambiado de alguna manera: algunos chicos y chicas vendrán con el miedo a cuestas, otros con traumas no resueltos por el confinamiento. Muchos llegarán con deseo de ver a sus amistades, otros con ganas de abrazar a sus maestras y maestros. Seguro que entrarán en el centro con reparo y ganas al mismo tiempo. También el profesorado será diferente: quizás más cariñoso y comprensivo, o más receloso y reservado, quién sabe. El caso es que todas las personas seremos distintas. Unas habrán madurado y otras se sentirán heridas.
Vislumbro ese primer día de escuela, todos desbordados por emociones indescifrables. Imagino al profesorado cargado de prisas y angustias: lo que se ha dado del temario de mala manera, lo que aún nos queda, la evaluación final está cerca, que no nos da tiempo, “ozú” que calor, y la inspección siempre amenazante.
Un rato llevo escribiendo y aún no he citado la causa que nos ha tenido encerrados y conectándonos a distancia durante tanto tiempo. Pues eso nos puede pasar, que no seamos capaces de hablar de lo que nos ha ocurrido, que evitemos apresar con palabras ese bicho tan pequeño que a muchas personas se ha llevado al cielo. Y, ya se sabe, lo innombrable siempre es causa de desasosiego, angustia y miedo.
Después de abrazarnos, la primera tarea que debemos abordar será decir a gritos: ¡se acabó el coronavirus! Y nombrarlo, dibujarlo, escribirlo, cantarlo, hacer versos, cuentos y teatros. Porque los traumas se enquistan si no sabemos expresarlos, ¡y qué mejor forma de vencerlos que juntos en los centros educativos!   
Este confinamiento nos ha enseñado mucho, porque lo que no mata engorda, porque las cosas importantes no se aprenden en la escuela sino en la vida. Y en estos días se nos ha grabado a fuego aprendizajes que nos acompañarán para siempre: que hay que lavarse las manos, que la familia es importante, que hay que visitar a las abuelas y los abuelos, que tenemos vecindad dispuesta a ayudarnos, que la sanidad hay que cuidarla porque nos salva la vida, que la unión hace la fuerza, que los miedos son naturales pero se vencen aceptándolos y hablado de ellos, que todas las personas somos iguales y no depende del dinero, la fama o del puesto.
También habremos aprendido a valorar cosas que antes no teníamos en cuenta: lo bello que es el cielo, la lluvia tras la ventana o la brisa de la mañana en la cara; el enigma de un animal, una planta o el universo; lo importante que es mirar con los ojos bien abiertos hasta llegar hasta el alma; que la amistad es imprescindible para seguir viviendo; que hay que hacer deporte y pasear cada día,…. y lo bien que sienta un abrazo o un beso.  
Por eso que hemos cambiado también cambiará la escuela, porque hemos hecho parón y cuenta nueva. Y como hemos aprendido seguro que transformamos, eso espero, las tareas rutinarias por aprendizajes duraderos, los libros y asignaturas por proyectos vivenciales, los silencios castigos por debates muy sinceros.
Y las familias, cansadas de tanto encierro, además de haber disfrutado de sus queridos infantes, valorarán más la escuela y juntos formaremos una verdadera comunidad educativa. Y cambiaremos los héroes y heroínas que teníamos en nuestras vidas. Y haremos homenajes a nuestros padres y madres que estuvieron cuidándonos desde sus trabajos: agricultores, transportistas, ganaderos, policías, barrenderos, sanitarios, cajeras de supermercado, personal de la limpieza o bomberos.
Lo dicho: cuando volvamos al cole, después de tanto sufrir por el susodicho bicho, ya todo será distinto. Y esperemos que haya servido este mal para mejorar la escuela y educar de mejor manera a la generación venidera.
Xtóbal, abril de 2020
 

28 de marzo de 2020

LA JUVENTUD EN LAS NUBES

Han dejado huérfanas las calles, vacíos los bares de copa y los descampados. Han abandonado los parques y jardines de tímidas luces. Han desalmado las fiestas y han abandonado los labios del beso de madrugada. ¿Dónde está ahora la juventud inquieta, cuya existencia se nutría fuera de las casas? ¿Cómo sobreviven sin asfalto amor, humos y cervezas? ¿Cómo llevan estar confinados bajo el sagrado palio de la sacrosanta familia?

En las nubes. La juventud siempre volando. Pero esta vez, la nube es internet. Están hablando, buscando, escuchando, cantando, jugando, estudiando y amando, todo por la red. Menos mal que están conectados.
¿Os imagináis una pandemia sin conexión para una juventud cuyas neuronas funcionan a base de megas y han desarrollado su identidad con el móvil en la mano? ¿Qué hubiera pasado sin soporte telemático? ¡Sorprendido estoy de lo bien que sufren el encierro! Eso tiene mucho mérito. ¡Un aplauso en los balcones para las jóvenes y los jóvenes! Eso sí, a altas horas de la madrugada, cuando están despiertos.

Perdonen ustedes, se me fue la olla con la introducción. Parece una canción de Sabina, y no es el caso. Yo quería hablar de la enseñanza de la juventud en estos momentos de confinamiento. Voy a ello.
Una crisis es una oportunidad para mejorar. Por eso propongo cambiar metodologías en los institutos, dar sentido a lo que estudian. Deberíamos trabajar por proyectos, aprovechar las circunstancias actuales para dar coherencia a las asignaturas y enfocarlas partiendo de situaciones problemáticas, como ésta que sufrimos. En estos momentos hay montones de jóvenes realizando tediosos comentarios de textos sobre el Cantar del Mío Cid, por ejemplo. Proponemos en cambio realizar críticas sobre textos periodísticos actuales que tratan la epidemia que tanto nos angustia.

Ha tenido que venir una crisis para poner patas arriba la enseñanza. Sería interesante trabajar sobre lo que nos está pasando. Es una oportunidad para tratar temas tan complejos sobre los que pasamos de puntillas a diario en los institutos; como ¿quién toma las decisiones cuando hay un problema: la ONU, el Parlamento Europeo, la OMS, los gobiernos nacionales, los autonómicos, o alcaldes y alcaldesas? ¿En qué gastamos los recursos? ¿Cuál sería el criterio? ¿Qué cosas son importantes? También podemos aprender sobre las epidemias y enfermedades, porque ésta no es la primera. Y podemos tirar de la Historia para investigar sobre la peste en la Edad Media. O indagar en la Geografía Humana y aprender que en África hay muchas enfermedades que matan a miles de gente cada día. O tomar conciencia de que en estos momentos es virulenta la epidemia de “dengue” en América Latina. Podemos enseñar funciones matemáticas que estudian la curva de evolución de los contagios del virus actual. Los periódicos están llenos de estadísticas que podemos aprovechar para aprender matemáticas. También  podemos analizar el tratamiento sobre el tema desde distintas fuentes de información (periódicos, webs o fake news)  O centrarnos en cuestiones bioquímicas sobre cómo funciona el virus: es todo un viaje mesiánico desde que entra en nuestra boca o nariz hasta bloquear los alvéolos pulmonares y nos impiden respirar. Y no debemos obviar el tratamiento filosófico: el miedo, la angustia, lo individual o lo social, el abordamiento político, etc. Y todo ello en la nube, por internet, conectados, bajo el techo familiar, salvando vidas sin salir de casa, parando de estudiar sólo un ratito para aplaudir a las ocho de la tarde, y una cervecita después.
Creemos que lo esencial que debemos aprender en los centros educativos es: lo que somos, junto a los demás seres vivos, que estudia las Ciencias de la Naturaleza; lo que hemos sido hasta nuestros días, que estudia La Historia; y en qué mundo vivimos, que lo trata la Geografía física, humana y económica. También es importante cultivar las artes, que es la máxima expresión creativa que construimos los humanos. Y todo ello con los instrumentos que tenemos para pensar, conceptualizar y comunicar, que nos presta la Lengua, las Matemáticas o la Filosofía.
Pero hemos dividido todo el contenido en porciones y lo hemos repartido en temas de libros de textos. Y pensamos que dando diariamente un trocito de conocimiento se juntarán en la cabeza de los chavales. Pues estamos equivocados. Los aprendizajes solo son relevantes si están globalizados, tienen sentido y son funcionales. Y ahora podemos soñar una gran oportunidad para cambiar la manera de enseñar.

Si de esta forma contextualizada se aprende más y mejor podíamos seguir trabajando, cuando todo esto acabe, con metodologías de proyectos, partiendo de situaciones problemáticas de la realidad actual: contaminación, crisis energética, el hambre en el mundo, etc.
 Y así habrá servido para algo esta maldita epidemia a una juventud que perece que está en las nubes, pero son el futuro de la humanidad. 

 

24 de marzo de 2020

NO HAY MAL QUE POR BIEN NO VENGA


La ONU ha solicitado que se paren las guerras porque hay que combatir a un enemigo común, el coronavirus. No  me lo puedo creer, un bichito tan pequeño ganando la gran batalla, lo que parecía imposible de proponer.  
Los bancos mundiales inyectan dinero para los estados, para los necesitados, para sanidad, para paliar la pandemia,… Los gurús del liberalismo interviniendo el mercado. No me lo puedo creer, un bichito tan pequeño cambiando el mundo antes que los antisistemas.  
Mientras que el Rey de España hablaba por la tele, una cacerolada en los balcones pidiendo su dimisión y que su padre done todo lo que, ilícitamente, se llevó. Nunca un rey hizo tanto por La República. No me lo puedo creer, un bichito tan pequeño cambiando formas de estado.
Los campos de fútbol cerrados y no se ha parado el mundo. Los jugadores disfrutan el mejor encuentro de su historia jugando con sus  familias. Un bichito tan pequeño cambiando las reglas de juego.  
Adolescentes del mundo junto a sus familiares hasta altas horas de la madrugada. Niños y niñas que juegan en casa con padres y madres en vez de con funcionarios. Mayores que nunca fueron tan cuidados. Un bichito tan pequeño velando por las familias: lo que nadie nunca soñó.
En la Edad Media aumentó la mortalidad de la peste por rezar confinados en las iglesias. La nueva religión, que es la ciencia, nos confina en nuestras casas. Cada cual en su morada y Dios en la de todos. ¡Pues sí que ha cambiado el cuento! Un bichito tan pequeño cambiando las religiones.
En unos días de parón se ha mejorado la atmósfera, ya podemos respirar y salvar el ecosistema. Paradojas de la vida: lo que es una infección nos está salvando el planeta.
Cada tarde en el balcón aplaudimos a los héroes de nuestra civilización. No son deportistas, ni artistas, ni millonarios, ni youtubers. Son sanitarios, cajeras, policías, basureros, pescadores, agricultores, carteros y carteras. Gente trabajadora del pueblo, los únicos imprescindibles. Y mira tú por dónde, gracias al maldito bicho hemos tomado conciencia.
Muchos héroes y heroínas salvando el mundo sin apenas hacer nada, tan sólo quedándose en casa. Nunca se hizo tanto sin hacer apenas nada: paradojas de la vida que un bichitos nos mostró.
Que si público o privado, que si estado o libertad de mercado. Pues se acabó la contienda. En el estado estamos todas las personas. En el mercado, sálvese quien pueda. Pues mira tú que el bichito nos ha enseñado política de la buena.  
Las personas corremos para llegar a ningún sitio. De pronto se para todo y vamos a lo más profundo de nosotros mismos. Un bichito tan pequeño relativizando el tiempo.  
Y los educadores haciendo teletrabajo. Se ha liado un caos tremendo: quienes no tienen internet, ni tabletas, ni ordenador; quienes padres trabajando, quienes no tienen paciencia, quienes no sé qué es lo que pasa pero no nos aclaramos. Por favor, ¡qué acabe esto pronto y se abran las escuelas!
Lo dicho: que no hay mal que por bien no venga.

Cristóbal Gómez Mayorga

19 de marzo de 2020

¿TAREAS PARA CASA?

 
Una ola de angustia virulenta reina sobre nuestras cabezas y se ha instalado especialmente en el alma de la infancia.
 La información navega sin control por los hogares, dejando una sensación de desasosiego que también atemoriza a nuestros escolares y que debemos atender. Nuestras funciones como educadores es transformar información por conocimiento y emociones derramadas en sentimientos pensados.
Pero resulta que las autoridades gubernamentales ha decretado el trabajo desde casa y nos ha mandado tarea: mantener nuestra labor docente desde la distancia. Y sin pensarlo demasiado hemos trasladado la escuela a casa mandando deberes, temas del libro de texto, actividades mil y un sinfín de enlaces en las cientos de plataforma que la sociedad moderna nos ofrece.
Y no hemos tenido en cuenta que hay cientos de familias que no tienen internet, ni ordenador, ni impresora o se han quedado sin tinta. Y una mayoría de gente no está al día en tecnologías, que aunque llevan tiempo wapaseando con el móvil son consumidores-analfabetos digitales.
Cada aprendizaje tiene sentido en el contexto en que se desarrolla. Y no tiene razón hacer actividades de lengua en el salón de la casa. Primero porque pierden toda sentido y significatividad. Mejor sería escribir cartas a sus tutores y tutoras o los amigos que están confinados. Pero también porque muchas familias trabajan y no pueden ayudar, algunas no saben y otras no pueden estar con sus hijos las 5 horas de escuela en casas. Además, como en las familias hay confianza es donde se manifiesta el rechazo a la escuela, muchos niños y niñas luchan contra los padres y madres para no hacer las tareas que a regañadientes hacen en el aula.
Toda crisis nos invita a pensar y cambiar. Reflexionemos pues para intentar mejorar. Estamos perdiendo una oportunidad única: romper los muros de la escuela y llevar la educación a la vida real.
Para poder aprender primero hay que quitar la angustia. La pirámide de las necesidades de Maslow así nos lo muestra: primero comer, en segundo lugar tener seguridad para perder el miedo y, por último, viene el aprender. Para ello la primera actividad que debemos proponer el profesorado de cualquier nivel educativo es afrontar la angustia que genera el coronavirus y hablar de ello: redacciones, poemas, preguntas, dibujos, debates, investigaciones,… todo tipo de tareas que sirvan para mitigar el miedo. En todas ellas se aprende las competencias claves, no nos preocupemos. Para ello contamos con motivación sobrada porque es un tema de plena necesidad e interés. Aunque no es bueno estar todo el día con el tema. Sólo lo necesario para responder a las preguntas que se generan y apaciguar el miedo.
En segundo lugar es una posibilidad única que podemos aprovechar para no hacer nada, para aburrirnos, para dejar la mente en blanco, para descansar. Es necesario resetear nuestro acelerado cerebro. Dejarlo en calma. No tiene sentido llenar la agenda en días de conflicto emocional porque bajarán nuestras defensas y estaremos más propensos a pillar cualquier bicho, y no sólo el susodicho coronavirus.
En tercer lugar, como estamos en casa, es el momento para educar en todos esos contenidos trasversales que tanto nos cuesta trasmitir en la escuela porque no es el contexto adecuado: la salud, la higiene, la alimentación, el descanso, las horas de sueño, la colaboración en tareas domésticas, las relaciones familiares, los juegos en familia, los afectos, etc. Es el momento de mandar como tarea hacer la cama, ayudar a la comida, limpiar la casa, recoger,… Así no habrá que tratarlo el día de la paz, de la mujer o en el programa de coeducación. También podemos trabajar la necesidad de lavarnos las manos, porque siempre debemos luchar con los agentes patógenos que están siempre a nuestro lado. Es el momento y el lugar para trabajar los hábitos de higiene en el contexto adecuado para aprenderlo. ¡Y qué decir de una alimentación sana! Es preciso comprender lo de la nutrición, las defensas, la alimentación saludable, la lucha que en el cuerpo siempre se produce entre salud y enfermedad y en la que podemos ganar la partida si nos aplicamos.
Muy importante para el desarrollo de la infancia es el juego. Ahora tenemos tiempo para ello. Una actividad tan terapéutica, tan necesaria, tan rica para el aprendizaje y que nunca tenemos tiempo durante el curso con tantas actividades y tareas programadas. Así que podemos utilizar el tiempo para jugar, cantar, bailar, disfrazarnos o hacer teatro.
Y por último y más importante, con las iniciativas comunitarias que abundan en las redes sociales podemos aprender solidaridad. Que no estamos solos en el universo. Que somos parte de un todo. Que sólo juntos podemos ganar a cualquier contrariedad que nos amenace. Y podemos mandar agradecimientos a tanta gente que nos están ayudando para que estemos sanos: personal sanitario, de limpieza, transportistas, dependientes, etc.
En conclusión, dejemos de mandar tantas tareas escolares para casa. Nuestro trabajo lo podremos hacer sin machacar a las familias con exigencias escolares. Con dar sugerencias y estar conectados para lo que necesiten ya vale. Quizás nuestro mejor consejo para los chicos y chicas que están en casa sea que se dediquen a las artes: la creatividad, la música, la pintura, la escritura, el teatro, el cine, el baile..., lo que nos transforma como seres humanos capaces de superarnos. Porque sólo el arte puede mitigar tanta angustia.
 Cristóbal Gómez Mayorga

28 de febrero de 2020

LA GAYA PEDAGOGÍA

Argumenta Nietzsche que la vida es tan compleja y las palabras tan simples que es difícil mostrar la verdad de forma narrada. El método científico está sujeto al lenguaje y, por ello, está limitado para explicar fielmente la realidad. Se necesita un nuevo paradigma más parecido a la música que no sólo explique sino que haga sentir y conocer la realidad de las cosas de una forma más vital y alegre. Es lo que Nietzsche llama “La Gaya Ciencia”.
También en educación necesitamos una “Gaya Pedagogía” que pueda aproximarse al verdadero hecho educativo. Son muchas las metodologías, enfoques, movimientos e innovaciones que pretenden alumbrar soluciones definitivas a la complejidad de la enseñanza y el aprendizaje. Y las maestra y los maestros andamos liados buscando una verdad que nos sostenga, en este difícil quehacer diario entre tantas tendencias y teorías.
La neurociencia, actualmente tan de moda, nos regala avances insospechados, nadie lo duda, hace tiempo que lo sabíamos. Por fin la ciencia demuestra que la emoción es central en el acto educativo. Pero, claro, no sólo aprende el cerebro. Somos seres sociales, vinculados emocionalmente, que tienen una cultura, ideología, historia y conciencia. Somos algo más que lo que está en el cuerpo.
La educación emocional ha significado un gran avance en los últimos tiempos. Se ha demostrado que una persona equilibrada emocionalmente tiene más éxito social y es más feliz en la vida. Pero, ¡cuidado!, he visto muchas veces en la escuela a chavales coloreando caritas contentas mientras se aburrían como una ostra.
Los aprendizajes cooperativos, con implicación de la familia y la comunidad, es una forma de aprendizaje eficaz como muy bien se ha demostrado. Pero puede quedarse sólo en el método. Aunque es verdad que añade contenidos imprescindibles, como la vertebración social, el aprendizaje solidario o la empatía, no cuestiona otros contenido. ¡A ver si aprendemos muy bien cosas que no debemos!
La enseñanza globalizada, actividades integrales, las unidades didácticas integradas, los aprendizajes basados en proyectos,… han sido y serán formas coherentes de aprender contenidos porque siempre el todo es más que la suma de las partes; porque se aprende los contenidos en contextos de forma significativa. Pero es necesario elegir cuales son los temas a aprender. Y eso es una decisión ética y política importante. No sólo hay que aprender bien, sino que hay que decidir qué es necesario saber para la vida.
Las metodologías activas centradas en el juego, que desde hace tiempo apuestan por el aprendizaje autónomo de las niñas y niños en contextos ricos y sugerentes de experimentación, como los aprendizajes heurísticos o las escuelas libres y en la naturaleza tienen la dificultad de que, paradójicamente, necesitan de hábiles educadores reflexivos que programen esos espacios y experiencias. Mientras más libre sea la escuela más necesario es un experto profesorado.
Las enseñanzas tecnológicas, como las TIC, última panacea de nuestro tiempo, pretende, mediante la revolución que ha supuesto la informática,  solucionar todos los problemas educativos. Pero nos emplaza a una realidad virtual que ya nos está creando problemas. Estamos habituados a ver grandes pizarras digitales presidiendo el aula en las que sólo se proyecta el libro de texto para que hagan las tareas. Y, sobre todo, vemos a un alumnado cada vez más desconectado de lo social y más conectado a las pantallas y a lo virtual.
Las metodologías interactivas basadas en la construcción de pensamiento, como las clases dialógicas o las aulas filosóficas, educan generando pensamiento y ayudan sobremanera a crear ciudadanos críticos. Nada nuevo desde Séneca, pero muy necesarias en este mundo tan complejo. Necesitamos para ello profesorado experto en el arte del cuestionar más que en las técnicas de enseñar.
La educación en la naturaleza, ecológica y ambiental surge, hoy día, como contrapartida al mundo digital, tecnológico y economicista. La ley del péndulo. Volvemos a los orígenes, a tocar tierra en educación. A ver si, al menos, levantamos el cemento de los patios de los colegios.
La investigación acción o las Lesson Study son las metodologías investigadoras que producen mejores resultados para el perfeccionamiento del profesorado. Miremos, si no, a Japón y Singapur en los ranking mundiales. Pero necesitamos abandonar nuestros egos para dejarnos evaluar por nuestros iguales.
También destacar las tendencias espirituales: educación en valores, Waldorf, Yoga y Mindfulness, entre otras, que buscan objetivos más esenciales en la construcción del ser humano. A veces, fuera de la realidad de nuestras escuelas.
Y para finalizar destacamos las últimas tendencias en educación: las inteligencias múltiples y la pedagogía holística, dos pretensiones de una visión total de la educación. Pero quizás de tanto mirar la complejidad se les escapa la mirada y la escucha de los niños y niñas en las escuelas.
Simple y torpe resumen hemos realizado de las tendencias educativas actuales. Pero queremos concluir que necesitamos una pedagogía con menos palabras, casi siempre huecas; con menos narraciones, sin lenguaje siquiera. Una Gaya Pedagogía, como diría Nietzsche, que argumente con música, que haga sinfonías, óperas y canciones; que lo integre todo, para que podamos aprender bailando, cantando, jugando, pensando, mirando, escuchando, compartiendo, sintiendo y amando. ¡Celebremos pues la Gaya Pedagogía!, una solución integradora que mejore la educación de la Gaya Tierra.  

 

16 de febrero de 2020

EXPECTATIVAS

EXPECTATIVAS



http://www.revistas.uma.es/index.php/mgn/article/view/6923/7078


http://www.revistas.uma.es/index.php/mgn/article/view/6923/7077


6 de enero de 2020

LA COMUNIDAD EDUCADORA

La madre de mi alumna favorita me ha felicitado por el buen trabajo realizado con su hija. Como si yo fuera la única causa de la buena marcha de esta chica.

La concepción educativa personalista, unidireccional, es una simplificación mecanicista que explica más nuestra cultura individualista que la verdadera realidad de cómo se aprende. Ni el cerebro es lineal, ni es un circuito, ni funciona como un programa informático. Nadie educa solo. No es tan simple la tarea de enseñar. La palabra clave para acercarnos un poco a la complejidad del hecho educativo se llama comunidad. Es necesario, por tanto, tener una visión holística.

Nuestra limitación conceptual ha inventado metáforas para explicar fenómenos tan complejos como el hecho educativo. Y se nos escapa de las manos algo que los behavioristas llamaron la caja negra. Ellos la aislaron en sus experimentos para que no interfirieran en los resultados de sus investigaciones. Y lo que de verdad hicieron fue dejar a un lado la verdadera esencia de lo humano.
Se han realizado múltiples investigaciones científicas explicando causas y consecuencias de cualquier conducta humana, excluyendo la esencia compleja que de verdad la explica. Y ahí estamos, con la ciencia tanteando, pasito a pasito, aceptando sólo lo que cabe en un pequeño experimento con variables limitadas.

¿Y si en vez de tres causas que expliquen el comportamiento humano son millones? Nos perdemos. Pero resulta que la ciencia debería desechar toda investigación que, aún siendo rigurosa con el método científico, no cumple con la finalidad de cualquier ciencia: explicar la verdad de lo que pasa en la vida.
Hemos trasladado las investigaciones médicas, sobre los virus que producen enfermedades y que se detecta por unos síntomas, al terreno educativo. Como si una persona dependiera sólo de un par de detonantes. Esto es un reduccionismo evidente, simplificación absurda.

Si soy impulsivo, puede tener causas genéticas. Si es así, no tenemos ni idea de los miles de agentes causantes. Puede tener un origen social, ya suma otro millar de razones. Tuvo un trauma de pequeño; depende de cómo lo viviera, mil circunstancias no previstas difíciles de saber. ¿Y si la causa es la interacción de todas ellas? Mil por mil, millones de causas interaccionando. En fin, nos perdemos. Pero es fácil para cierta ciencia contar por lo sano, para dar una explicación precisa. Que el alumnado se mueve demasiado, se pone una etiqueta y una medicación. ¡Genial! Todos contentos. Ya no hay más que pensar. Y los que venden soluciones rápidas, siempre ganando.
Pero hoy sabemos que se aprende de forma más compleja. Sólo tenemos leves ideas de cuáles son las condiciones que inciden en cualquier aprendizaje. Lo que sí sabemos es que hay contextos que los favorecen. No es cuestión de buscar variables aisladas porque, a veces, la causalidad está, precisamente, en la simultaneidad de muchas interacciones; y siempre incide la reflexibilidad del pensamiento de quien aprende.

Quien crea que es muy buen educador porque coge a un niño y lo enseña es un ingénuo. Seguro que el peor educador coge al mismo niño y también lo enseña. Porque el mayor potencial del aprendizaje lo trae el propio niño, la propia niña, en función de su historia y el contexto en el que vive.  
La mayoría de educadores ya lo sabemos: no es mejor el profesorado que enseña al chico “bueno”, sino quien mejora a quienes tienen todas las condiciones en su contra.

Y hoy, cuando una familia me felicita por el trabajo realizado en el colegio, pienso que el éxito es labor de todo un centro y sus contextos sociales y familiares, porque nadie educa en solitario.
Y por eso hago extensible esta felicitación de la madre de mi alumna favorita a sus tutoras, al equipo de orientación, especialista en audición y lenguaje, acompañante “sombra”, profesorado del cole, dirección, AMPA, alumnado, sus compañeros de clase que tanto le ayudaron y que tanto aprendieron con ella, personal de la cocina y limpieza, agentes culturales que intervinieron a lo largo del curso; y, por supuesto, al conserje del colegio, excelente conector de relaciones, haciéndole broma constantemente, bisagra esencial para que las puertas del centro y del alma se abran de par en par.  

Y es que educa el contexto, la comunidad, no sólo el profesorado. ¡A ver si nos damos cuenta!