28 de marzo de 2020

LA JUVENTUD EN LAS NUBES

Han dejado huérfanas las calles, vacíos los bares de copa y los descampados. Han abandonado los parques y jardines de tímidas luces. Han desalmado las fiestas y han abandonado los labios del beso de madrugada. ¿Dónde está ahora la juventud inquieta, cuya existencia se nutría fuera de las casas? ¿Cómo sobreviven sin asfalto amor, humos y cervezas? ¿Cómo llevan estar confinados bajo el sagrado palio de la sacrosanta familia?

En las nubes. La juventud siempre volando. Pero esta vez, la nube es internet. Están hablando, buscando, escuchando, cantando, jugando, estudiando y amando, todo por la red. Menos mal que están conectados.
¿Os imagináis una pandemia sin conexión para una juventud cuyas neuronas funcionan a base de megas y han desarrollado su identidad con el móvil en la mano? ¿Qué hubiera pasado sin soporte telemático? ¡Sorprendido estoy de lo bien que sufren el encierro! Eso tiene mucho mérito. ¡Un aplauso en los balcones para las jóvenes y los jóvenes! Eso sí, a altas horas de la madrugada, cuando están despiertos.

Perdonen ustedes, se me fue la olla con la introducción. Parece una canción de Sabina, y no es el caso. Yo quería hablar de la enseñanza de la juventud en estos momentos de confinamiento. Voy a ello.
Una crisis es una oportunidad para mejorar. Por eso propongo cambiar metodologías en los institutos, dar sentido a lo que estudian. Deberíamos trabajar por proyectos, aprovechar las circunstancias actuales para dar coherencia a las asignaturas y enfocarlas partiendo de situaciones problemáticas, como ésta que sufrimos. En estos momentos hay montones de jóvenes realizando tediosos comentarios de textos sobre el Cantar del Mío Cid, por ejemplo. Proponemos en cambio realizar críticas sobre textos periodísticos actuales que tratan la epidemia que tanto nos angustia.

Ha tenido que venir una crisis para poner patas arriba la enseñanza. Sería interesante trabajar sobre lo que nos está pasando. Es una oportunidad para tratar temas tan complejos sobre los que pasamos de puntillas a diario en los institutos; como ¿quién toma las decisiones cuando hay un problema: la ONU, el Parlamento Europeo, la OMS, los gobiernos nacionales, los autonómicos, o alcaldes y alcaldesas? ¿En qué gastamos los recursos? ¿Cuál sería el criterio? ¿Qué cosas son importantes? También podemos aprender sobre las epidemias y enfermedades, porque ésta no es la primera. Y podemos tirar de la Historia para investigar sobre la peste en la Edad Media. O indagar en la Geografía Humana y aprender que en África hay muchas enfermedades que matan a miles de gente cada día. O tomar conciencia de que en estos momentos es virulenta la epidemia de “dengue” en América Latina. Podemos enseñar funciones matemáticas que estudian la curva de evolución de los contagios del virus actual. Los periódicos están llenos de estadísticas que podemos aprovechar para aprender matemáticas. También  podemos analizar el tratamiento sobre el tema desde distintas fuentes de información (periódicos, webs o fake news)  O centrarnos en cuestiones bioquímicas sobre cómo funciona el virus: es todo un viaje mesiánico desde que entra en nuestra boca o nariz hasta bloquear los alvéolos pulmonares y nos impiden respirar. Y no debemos obviar el tratamiento filosófico: el miedo, la angustia, lo individual o lo social, el abordamiento político, etc. Y todo ello en la nube, por internet, conectados, bajo el techo familiar, salvando vidas sin salir de casa, parando de estudiar sólo un ratito para aplaudir a las ocho de la tarde, y una cervecita después.
Creemos que lo esencial que debemos aprender en los centros educativos es: lo que somos, junto a los demás seres vivos, que estudia las Ciencias de la Naturaleza; lo que hemos sido hasta nuestros días, que estudia La Historia; y en qué mundo vivimos, que lo trata la Geografía física, humana y económica. También es importante cultivar las artes, que es la máxima expresión creativa que construimos los humanos. Y todo ello con los instrumentos que tenemos para pensar, conceptualizar y comunicar, que nos presta la Lengua, las Matemáticas o la Filosofía.
Pero hemos dividido todo el contenido en porciones y lo hemos repartido en temas de libros de textos. Y pensamos que dando diariamente un trocito de conocimiento se juntarán en la cabeza de los chavales. Pues estamos equivocados. Los aprendizajes solo son relevantes si están globalizados, tienen sentido y son funcionales. Y ahora podemos soñar una gran oportunidad para cambiar la manera de enseñar.

Si de esta forma contextualizada se aprende más y mejor podíamos seguir trabajando, cuando todo esto acabe, con metodologías de proyectos, partiendo de situaciones problemáticas de la realidad actual: contaminación, crisis energética, el hambre en el mundo, etc.
 Y así habrá servido para algo esta maldita epidemia a una juventud que perece que está en las nubes, pero son el futuro de la humanidad. 

 

24 de marzo de 2020

NO HAY MAL QUE POR BIEN NO VENGA


La ONU ha solicitado que se paren las guerras porque hay que combatir a un enemigo común, el coronavirus. No  me lo puedo creer, un bichito tan pequeño ganando la gran batalla, lo que parecía imposible de proponer.  
Los bancos mundiales inyectan dinero para los estados, para los necesitados, para sanidad, para paliar la pandemia,… Los gurús del liberalismo interviniendo el mercado. No me lo puedo creer, un bichito tan pequeño cambiando el mundo antes que los antisistemas.  
Mientras que el Rey de España hablaba por la tele, una cacerolada en los balcones pidiendo su dimisión y que su padre done todo lo que, ilícitamente, se llevó. Nunca un rey hizo tanto por La República. No me lo puedo creer, un bichito tan pequeño cambiando formas de estado.
Los campos de fútbol cerrados y no se ha parado el mundo. Los jugadores disfrutan el mejor encuentro de su historia jugando con sus  familias. Un bichito tan pequeño cambiando las reglas de juego.  
Adolescentes del mundo junto a sus familiares hasta altas horas de la madrugada. Niños y niñas que juegan en casa con padres y madres en vez de con funcionarios. Mayores que nunca fueron tan cuidados. Un bichito tan pequeño velando por las familias: lo que nadie nunca soñó.
En la Edad Media aumentó la mortalidad de la peste por rezar confinados en las iglesias. La nueva religión, que es la ciencia, nos confina en nuestras casas. Cada cual en su morada y Dios en la de todos. ¡Pues sí que ha cambiado el cuento! Un bichito tan pequeño cambiando las religiones.
En unos días de parón se ha mejorado la atmósfera, ya podemos respirar y salvar el ecosistema. Paradojas de la vida: lo que es una infección nos está salvando el planeta.
Cada tarde en el balcón aplaudimos a los héroes de nuestra civilización. No son deportistas, ni artistas, ni millonarios, ni youtubers. Son sanitarios, cajeras, policías, basureros, pescadores, agricultores, carteros y carteras. Gente trabajadora del pueblo, los únicos imprescindibles. Y mira tú por dónde, gracias al maldito bicho hemos tomado conciencia.
Muchos héroes y heroínas salvando el mundo sin apenas hacer nada, tan sólo quedándose en casa. Nunca se hizo tanto sin hacer apenas nada: paradojas de la vida que un bichitos nos mostró.
Que si público o privado, que si estado o libertad de mercado. Pues se acabó la contienda. En el estado estamos todas las personas. En el mercado, sálvese quien pueda. Pues mira tú que el bichito nos ha enseñado política de la buena.  
Las personas corremos para llegar a ningún sitio. De pronto se para todo y vamos a lo más profundo de nosotros mismos. Un bichito tan pequeño relativizando el tiempo.  
Y los educadores haciendo teletrabajo. Se ha liado un caos tremendo: quienes no tienen internet, ni tabletas, ni ordenador; quienes padres trabajando, quienes no tienen paciencia, quienes no sé qué es lo que pasa pero no nos aclaramos. Por favor, ¡qué acabe esto pronto y se abran las escuelas!
Lo dicho: que no hay mal que por bien no venga.

Cristóbal Gómez Mayorga

19 de marzo de 2020

¿TAREAS PARA CASA?

 
Una ola de angustia virulenta reina sobre nuestras cabezas y se ha instalado especialmente en el alma de la infancia.
 La información navega sin control por los hogares, dejando una sensación de desasosiego que también atemoriza a nuestros escolares y que debemos atender. Nuestras funciones como educadores es transformar información por conocimiento y emociones derramadas en sentimientos pensados.
Pero resulta que las autoridades gubernamentales ha decretado el trabajo desde casa y nos ha mandado tarea: mantener nuestra labor docente desde la distancia. Y sin pensarlo demasiado hemos trasladado la escuela a casa mandando deberes, temas del libro de texto, actividades mil y un sinfín de enlaces en las cientos de plataforma que la sociedad moderna nos ofrece.
Y no hemos tenido en cuenta que hay cientos de familias que no tienen internet, ni ordenador, ni impresora o se han quedado sin tinta. Y una mayoría de gente no está al día en tecnologías, que aunque llevan tiempo wapaseando con el móvil son consumidores-analfabetos digitales.
Cada aprendizaje tiene sentido en el contexto en que se desarrolla. Y no tiene razón hacer actividades de lengua en el salón de la casa. Primero porque pierden toda sentido y significatividad. Mejor sería escribir cartas a sus tutores y tutoras o los amigos que están confinados. Pero también porque muchas familias trabajan y no pueden ayudar, algunas no saben y otras no pueden estar con sus hijos las 5 horas de escuela en casas. Además, como en las familias hay confianza es donde se manifiesta el rechazo a la escuela, muchos niños y niñas luchan contra los padres y madres para no hacer las tareas que a regañadientes hacen en el aula.
Toda crisis nos invita a pensar y cambiar. Reflexionemos pues para intentar mejorar. Estamos perdiendo una oportunidad única: romper los muros de la escuela y llevar la educación a la vida real.
Para poder aprender primero hay que quitar la angustia. La pirámide de las necesidades de Maslow así nos lo muestra: primero comer, en segundo lugar tener seguridad para perder el miedo y, por último, viene el aprender. Para ello la primera actividad que debemos proponer el profesorado de cualquier nivel educativo es afrontar la angustia que genera el coronavirus y hablar de ello: redacciones, poemas, preguntas, dibujos, debates, investigaciones,… todo tipo de tareas que sirvan para mitigar el miedo. En todas ellas se aprende las competencias claves, no nos preocupemos. Para ello contamos con motivación sobrada porque es un tema de plena necesidad e interés. Aunque no es bueno estar todo el día con el tema. Sólo lo necesario para responder a las preguntas que se generan y apaciguar el miedo.
En segundo lugar es una posibilidad única que podemos aprovechar para no hacer nada, para aburrirnos, para dejar la mente en blanco, para descansar. Es necesario resetear nuestro acelerado cerebro. Dejarlo en calma. No tiene sentido llenar la agenda en días de conflicto emocional porque bajarán nuestras defensas y estaremos más propensos a pillar cualquier bicho, y no sólo el susodicho coronavirus.
En tercer lugar, como estamos en casa, es el momento para educar en todos esos contenidos trasversales que tanto nos cuesta trasmitir en la escuela porque no es el contexto adecuado: la salud, la higiene, la alimentación, el descanso, las horas de sueño, la colaboración en tareas domésticas, las relaciones familiares, los juegos en familia, los afectos, etc. Es el momento de mandar como tarea hacer la cama, ayudar a la comida, limpiar la casa, recoger,… Así no habrá que tratarlo el día de la paz, de la mujer o en el programa de coeducación. También podemos trabajar la necesidad de lavarnos las manos, porque siempre debemos luchar con los agentes patógenos que están siempre a nuestro lado. Es el momento y el lugar para trabajar los hábitos de higiene en el contexto adecuado para aprenderlo. ¡Y qué decir de una alimentación sana! Es preciso comprender lo de la nutrición, las defensas, la alimentación saludable, la lucha que en el cuerpo siempre se produce entre salud y enfermedad y en la que podemos ganar la partida si nos aplicamos.
Muy importante para el desarrollo de la infancia es el juego. Ahora tenemos tiempo para ello. Una actividad tan terapéutica, tan necesaria, tan rica para el aprendizaje y que nunca tenemos tiempo durante el curso con tantas actividades y tareas programadas. Así que podemos utilizar el tiempo para jugar, cantar, bailar, disfrazarnos o hacer teatro.
Y por último y más importante, con las iniciativas comunitarias que abundan en las redes sociales podemos aprender solidaridad. Que no estamos solos en el universo. Que somos parte de un todo. Que sólo juntos podemos ganar a cualquier contrariedad que nos amenace. Y podemos mandar agradecimientos a tanta gente que nos están ayudando para que estemos sanos: personal sanitario, de limpieza, transportistas, dependientes, etc.
En conclusión, dejemos de mandar tantas tareas escolares para casa. Nuestro trabajo lo podremos hacer sin machacar a las familias con exigencias escolares. Con dar sugerencias y estar conectados para lo que necesiten ya vale. Quizás nuestro mejor consejo para los chicos y chicas que están en casa sea que se dediquen a las artes: la creatividad, la música, la pintura, la escritura, el teatro, el cine, el baile..., lo que nos transforma como seres humanos capaces de superarnos. Porque sólo el arte puede mitigar tanta angustia.
 Cristóbal Gómez Mayorga

28 de febrero de 2020

LA GAYA PEDAGOGÍA

Argumenta Nietzsche que la vida es tan compleja y las palabras tan simples que es difícil mostrar la verdad de forma narrada. El método científico está sujeto al lenguaje y, por ello, está limitado para explicar fielmente la realidad. Se necesita un nuevo paradigma más parecido a la música que no sólo explique sino que haga sentir y conocer la realidad de las cosas de una forma más vital y alegre. Es lo que Nietzsche llama “La Gaya Ciencia”.
También en educación necesitamos una “Gaya Pedagogía” que pueda aproximarse al verdadero hecho educativo. Son muchas las metodologías, enfoques, movimientos e innovaciones que pretenden alumbrar soluciones definitivas a la complejidad de la enseñanza y el aprendizaje. Y las maestra y los maestros andamos liados buscando una verdad que nos sostenga, en este difícil quehacer diario entre tantas tendencias y teorías.
La neurociencia, actualmente tan de moda, nos regala avances insospechados, nadie lo duda, hace tiempo que lo sabíamos. Por fin la ciencia demuestra que la emoción es central en el acto educativo. Pero, claro, no sólo aprende el cerebro. Somos seres sociales, vinculados emocionalmente, que tienen una cultura, ideología, historia y conciencia. Somos algo más que lo que está en el cuerpo.
La educación emocional ha significado un gran avance en los últimos tiempos. Se ha demostrado que una persona equilibrada emocionalmente tiene más éxito social y es más feliz en la vida. Pero, ¡cuidado!, he visto muchas veces en la escuela a chavales coloreando caritas contentas mientras se aburrían como una ostra.
Los aprendizajes cooperativos, con implicación de la familia y la comunidad, es una forma de aprendizaje eficaz como muy bien se ha demostrado. Pero puede quedarse sólo en el método. Aunque es verdad que añade contenidos imprescindibles, como la vertebración social, el aprendizaje solidario o la empatía, no cuestiona otros contenido. ¡A ver si aprendemos muy bien cosas que no debemos!
La enseñanza globalizada, actividades integrales, las unidades didácticas integradas, los aprendizajes basados en proyectos,… han sido y serán formas coherentes de aprender contenidos porque siempre el todo es más que la suma de las partes; porque se aprende los contenidos en contextos de forma significativa. Pero es necesario elegir cuales son los temas a aprender. Y eso es una decisión ética y política importante. No sólo hay que aprender bien, sino que hay que decidir qué es necesario saber para la vida.
Las metodologías activas centradas en el juego, que desde hace tiempo apuestan por el aprendizaje autónomo de las niñas y niños en contextos ricos y sugerentes de experimentación, como los aprendizajes heurísticos o las escuelas libres y en la naturaleza tienen la dificultad de que, paradójicamente, necesitan de hábiles educadores reflexivos que programen esos espacios y experiencias. Mientras más libre sea la escuela más necesario es un experto profesorado.
Las enseñanzas tecnológicas, como las TIC, última panacea de nuestro tiempo, pretende, mediante la revolución que ha supuesto la informática,  solucionar todos los problemas educativos. Pero nos emplaza a una realidad virtual que ya nos está creando problemas. Estamos habituados a ver grandes pizarras digitales presidiendo el aula en las que sólo se proyecta el libro de texto para que hagan las tareas. Y, sobre todo, vemos a un alumnado cada vez más desconectado de lo social y más conectado a las pantallas y a lo virtual.
Las metodologías interactivas basadas en la construcción de pensamiento, como las clases dialógicas o las aulas filosóficas, educan generando pensamiento y ayudan sobremanera a crear ciudadanos críticos. Nada nuevo desde Séneca, pero muy necesarias en este mundo tan complejo. Necesitamos para ello profesorado experto en el arte del cuestionar más que en las técnicas de enseñar.
La educación en la naturaleza, ecológica y ambiental surge, hoy día, como contrapartida al mundo digital, tecnológico y economicista. La ley del péndulo. Volvemos a los orígenes, a tocar tierra en educación. A ver si, al menos, levantamos el cemento de los patios de los colegios.
La investigación acción o las Lesson Study son las metodologías investigadoras que producen mejores resultados para el perfeccionamiento del profesorado. Miremos, si no, a Japón y Singapur en los ranking mundiales. Pero necesitamos abandonar nuestros egos para dejarnos evaluar por nuestros iguales.
También destacar las tendencias espirituales: educación en valores, Waldorf, Yoga y Mindfulness, entre otras, que buscan objetivos más esenciales en la construcción del ser humano. A veces, fuera de la realidad de nuestras escuelas.
Y para finalizar destacamos las últimas tendencias en educación: las inteligencias múltiples y la pedagogía holística, dos pretensiones de una visión total de la educación. Pero quizás de tanto mirar la complejidad se les escapa la mirada y la escucha de los niños y niñas en las escuelas.
Simple y torpe resumen hemos realizado de las tendencias educativas actuales. Pero queremos concluir que necesitamos una pedagogía con menos palabras, casi siempre huecas; con menos narraciones, sin lenguaje siquiera. Una Gaya Pedagogía, como diría Nietzsche, que argumente con música, que haga sinfonías, óperas y canciones; que lo integre todo, para que podamos aprender bailando, cantando, jugando, pensando, mirando, escuchando, compartiendo, sintiendo y amando. ¡Celebremos pues la Gaya Pedagogía!, una solución integradora que mejore la educación de la Gaya Tierra.  

 

16 de febrero de 2020

EXPECTATIVAS

EXPECTATIVAS



http://www.revistas.uma.es/index.php/mgn/article/view/6923/7078


http://www.revistas.uma.es/index.php/mgn/article/view/6923/7077


6 de enero de 2020

LA COMUNIDAD EDUCADORA

La madre de mi alumna favorita me ha felicitado por el buen trabajo realizado con su hija. Como si yo fuera la única causa de la buena marcha de esta chica.

La concepción educativa personalista, unidireccional, es una simplificación mecanicista que explica más nuestra cultura individualista que la verdadera realidad de cómo se aprende. Ni el cerebro es lineal, ni es un circuito, ni funciona como un programa informático. Nadie educa solo. No es tan simple la tarea de enseñar. La palabra clave para acercarnos un poco a la complejidad del hecho educativo se llama comunidad. Es necesario, por tanto, tener una visión holística.

Nuestra limitación conceptual ha inventado metáforas para explicar fenómenos tan complejos como el hecho educativo. Y se nos escapa de las manos algo que los behavioristas llamaron la caja negra. Ellos la aislaron en sus experimentos para que no interfirieran en los resultados de sus investigaciones. Y lo que de verdad hicieron fue dejar a un lado la verdadera esencia de lo humano.
Se han realizado múltiples investigaciones científicas explicando causas y consecuencias de cualquier conducta humana, excluyendo la esencia compleja que de verdad la explica. Y ahí estamos, con la ciencia tanteando, pasito a pasito, aceptando sólo lo que cabe en un pequeño experimento con variables limitadas.

¿Y si en vez de tres causas que expliquen el comportamiento humano son millones? Nos perdemos. Pero resulta que la ciencia debería desechar toda investigación que, aún siendo rigurosa con el método científico, no cumple con la finalidad de cualquier ciencia: explicar la verdad de lo que pasa en la vida.
Hemos trasladado las investigaciones médicas, sobre los virus que producen enfermedades y que se detecta por unos síntomas, al terreno educativo. Como si una persona dependiera sólo de un par de detonantes. Esto es un reduccionismo evidente, simplificación absurda.

Si soy impulsivo, puede tener causas genéticas. Si es así, no tenemos ni idea de los miles de agentes causantes. Puede tener un origen social, ya suma otro millar de razones. Tuvo un trauma de pequeño; depende de cómo lo viviera, mil circunstancias no previstas difíciles de saber. ¿Y si la causa es la interacción de todas ellas? Mil por mil, millones de causas interaccionando. En fin, nos perdemos. Pero es fácil para cierta ciencia contar por lo sano, para dar una explicación precisa. Que el alumnado se mueve demasiado, se pone una etiqueta y una medicación. ¡Genial! Todos contentos. Ya no hay más que pensar. Y los que venden soluciones rápidas, siempre ganando.
Pero hoy sabemos que se aprende de forma más compleja. Sólo tenemos leves ideas de cuáles son las condiciones que inciden en cualquier aprendizaje. Lo que sí sabemos es que hay contextos que los favorecen. No es cuestión de buscar variables aisladas porque, a veces, la causalidad está, precisamente, en la simultaneidad de muchas interacciones; y siempre incide la reflexibilidad del pensamiento de quien aprende.

Quien crea que es muy buen educador porque coge a un niño y lo enseña es un ingénuo. Seguro que el peor educador coge al mismo niño y también lo enseña. Porque el mayor potencial del aprendizaje lo trae el propio niño, la propia niña, en función de su historia y el contexto en el que vive.  
La mayoría de educadores ya lo sabemos: no es mejor el profesorado que enseña al chico “bueno”, sino quien mejora a quienes tienen todas las condiciones en su contra.

Y hoy, cuando una familia me felicita por el trabajo realizado en el colegio, pienso que el éxito es labor de todo un centro y sus contextos sociales y familiares, porque nadie educa en solitario.
Y por eso hago extensible esta felicitación de la madre de mi alumna favorita a sus tutoras, al equipo de orientación, especialista en audición y lenguaje, acompañante “sombra”, profesorado del cole, dirección, AMPA, alumnado, sus compañeros de clase que tanto le ayudaron y que tanto aprendieron con ella, personal de la cocina y limpieza, agentes culturales que intervinieron a lo largo del curso; y, por supuesto, al conserje del colegio, excelente conector de relaciones, haciéndole broma constantemente, bisagra esencial para que las puertas del centro y del alma se abran de par en par.  

Y es que educa el contexto, la comunidad, no sólo el profesorado. ¡A ver si nos damos cuenta!

8 de diciembre de 2019

PANTALLAS


Supongamos que un bebé, en sus primeros años de vida, en plena etapa de apego, se cría mirando una tableta, el ordenador, la tele o el móvil. Es bien sabido que una persona acaba de construir su cerebro fuera del útero de la madre. Pues, supongamos que su mamá y papá abandonan a su vástago en manos de estos artefactos tecnológicos para estar más tranquilos, o trabajan hasta altas horas y dejan al bebé en casa de los abuelos. Sigamos suponiendo: los abuelos no tienen tiempo, ni energía, ni pueden estar interactuando con el bebé todo el tiempo y lo abandona demasiado rato frente a una pantalla, para que se entretenga.

Pensemos qué tipo de mente se formará si la estimulación es excesiva y la configuración de su cerebro se forja con estímulos visuales y acústicos veloces en un cerebro que aún procesa sin capacidad simbólica y con muchas limitaciones.

Pues resulta que en estos momentos nos están llegando a los colegios chicos y chicas construidos por pantallas, sin que medie nada de lo humano .

Sigamos suponiendo. Este chico llega a la escuela, con poquitos años, bastante desconectado. Y en la escuela infantil con unos 25 seres y sólo una persona a su cargo, para poder manejarlos y que estén quietecitos, los conectan a la gran pantalla. Es sorprendente lo enchufados que se quedan mirando los “cantajuegos” o los dibujos animados de moda.

Vemos a diario al nuevo alumnado que llega a los colegios con comportamientos poco socializados. Y comienza la demanda: “este niño no me mira, no me hace caso y no comunica demasiado”. Y desde la psicología se diagnostica con las etiquetas que la ciencia ha construido en estos tiempos. Alguien los podría etiquetar de desatentos, diagnóstico muy de moda últimamente, pero es algo más grave. No es un problema neurológico, es un tema cultural de nuestra época. Aunque acabará siendo un problema psiquiátrico, no lo dudemos. Los males sociales acaban siempre fosilizando identidades. Ya se sabe que el cerebro, en los primeros años de vida, se construye por interacción social y amorosa.

Será difícil desandar lo andado. A ver cómo lo afrontamos. Menuda tarea se nos encomienda al profesorado de las primeras etapas: generar seres ya deshumanizados desde sus comienzos. Pues en esas estamos. Porque es posible que si en la construcción del nuevo ser no media nada de lo humano no pueda construirse una persona. Nos construimos como seres humanos cuando otro ser humano nos interpela, nos habla, nos acaricia y dan sentido a los reflejos primarios. Somos barro modelados por las manos, las palabras y los ojos de otro ser que nos mira con deseo.

Nos encontramos ante una nueva realidad. No es cuestión de reparar, no hay nada roto. Simplemente hay una construcción diferente. Las personas somos historias construidas a base de palabras y afectos. No es solución arreglar ningún desperfecto porque nada se rompió, sino que se generó el cerebro de otra manera. El ser humano se construye mediante el amor y el deseo de otro, y comienza cuando el bebé conecta con esa primera mirada de la madre mientras lo amamanta. Y ya cuelga en Internet un niño mamando mientras mira una pantalla. ¡Qué horror!

Hasta la Organización Mundial de la Salud ha realizado una guía para la población mundial con la recomendación de “cero pantalla antes de los dos años; y hasta los cinco años, mientras menos mejor”.

¿Y qué podemos hacer? Creemos que es urgente que los adultos hagamos lo posible para que la infancia pierda de vista los medios tecnológicos en los primeros años de vida. Ya sabemos que el mercado y los poderes nos quieren conectados a pantallas, desconectados de la vida; pero debemos rebelarnos. Es imprescindible, antes de que sea demasiado tarde, que los políticos, educadores y profesionales de la psique humana levanten la voz y adviertan del gran peligro que el futuro nos depara.

Como solución proponemos lo que siempre se hizo con los bebés: la manta en el suelo para gatear, la pelota, canciones, los cinco lobitos, el escondite, el parque y jugar a pillar. Y siempre bajo la atenta mirada de un adulto humano.

16 de noviembre de 2019

DIVERSIDAD, ACEPTACIÓN Y VISIBILIDAD

 Es complicado ponerse en uno de los dos lados: normales o diagnosticados. Es difícil porque la dualidad es una simplicidad y, por tanto, no es verdad. 
Entre el blanco y el negro hay una extensa gama de grises: blanco roto, gris hielo, gris perla, gris platino, gris humo, gris plomo, gris ceniza, gris pizarra,... así hasta el negro azabache. Y entre tantos colores navegamos sin llegar a ningún puerto. Es nuestra mente, en su torpeza, la que simplifica la realidad de la vida hasta el extremo de no decir certezas.
Quienes tuvimos la suerte de no ser diagnosticados en su momento, tenemos la desgracia de intentar disimular lo que nos pasa. Nos afecta al profesorado de manera especial. Por culpa de una falta de diagnóstico a tiempo, pasamos la vida proyectando en los demás todo aquello que no resolvimos en su momento.
Y vemos a niñas y niños torpes, proyectando nuestras torpezas. Vemos a niños y niñas deficientes reflejando nuestras incapacidades. Sufrimos el excesivo movimiento en espejos que reflejan nuestra inmovilidad, y acabamos rompiéndolos en mil pedazos. Distinguimos problemas familiares en la vida del alumnado, eludiendo los que sufrimos en nuestras familias. Vemos conflictos en el aula, en vez de verlos en nuestras relaciones. Vislumbramos demandas de amor, obviando nuestras carencias emocionales. Y así, todo el tiempo, vamos proyectando nuestros huecos en el alumnado.
Somos muchos los maestros y maestras que tenemos problemas en nuestras vidas, como es natural, como todo hijo de vecino o de vecina. Y es muy difícil bregar con una clase de unos 25 niños y niñas, cada cual con su peculiaridad, sin un mínimo de equilibrio personal.
Se hace necesario, hoy más que nunca, mirar lo que nos pasa para poder lidiar con la chiquillada, intentando no proyectar nuestras dificultades.
No podemos ser buenos educandos sin haber mirado primero nuestras heridas. Deberíamos adecentarnos un poco para no proyectar demasiado nuestras carencias.
Para educar debemos aceptar a todo el alumnado con sus peculiaridades, a todos los colores con sus matices; de lo contrario, estamos marginando todo lo que no hemos resuelto de lo que nos pasa.
La solución: sólo tres palabras, que se dijo Jesús Vidal en el discurso de Los Goyas sobre la película Campeones: diversidad, aceptación y visibilidad. Sólo tres palabras que no se harán realidad hasta que no solucionemos nuestros traumas no resueltos.
Diversidad, porque la realidad es compleja siempre. Sólo nuestra mirada es simple.
Aceptación, porque hay lo que hay, y de ahí hay que partir.
Visibilidad, porque si no nos mostramos corremos el riesgo de proyectar lo que escondemos y no mostrar la diversidad del alumnado.
Lo dicho: sólo cuando nos analizamos somos capaces de ver y ayudar lo que acontece a nuestro alrededor. Sólo cuando somos conscientes de nuestras carencias y las resolvemos podremos ayudar a la diversidad de la infancia.  

 
 

27 de octubre de 2019

DIAGNOSTICANDO LA ESCUELA


La vida es un sistema muy complejo, infinitamente complejo. Los humanos, con la conciencia, traspasamos la propia vida, complejizándola. Dicen que hay más sinapsis entre nuestras neuronas que estrellas en nuestra galaxia. Dicen que interactúan en función de patrones biológicos, contexto, lenguaje, emociones y relaciones con personas. Y, todo ello, mediatizado con nuestros propios pensamientos que los retroalimentan. Y cada persona tiene en su cabeza esa rica estructura compleja viviendo en situaciones dispares que diversifican aún más el sistema. Somos personas con historia que viven en contextos sociales. Cada cual se construye en un medio social y cultural determinado. Desarrollamos nuestra identidad cuanto  vivimos con gente que nos quiere, nos habla, nos mira y nos construyen como humanos. Pero, al mismo tiempo, interaccionamos en contextos hostiles, con gente y situaciones que nos ponen zancadillas a cada paso. Seguimos añadiendo complicación al tema. Para perderse, con tantas casuística, que resumí en exceso con las pocas posibilidades que me dio el lenguaje y mi entendimiento.
Pues hay gente (científicos/as, psicólogos/as, sociólogos/as, neurólogos/as, orientadores/as, pedagogos/as, maestros/as,…) que, cuando hay una dificultad, creen que el problema está en la niña o el niño de turno, en la infinitésima parte del complejo sistema. Se ponen las gafas simplificadoras (llámese método científico, investigaciones, evaluaciones, test,…) y diagnostican al eslabón más débil.

Es necesario cambiar la mirada y analizar la escuela desde la complejidad, actuar sobre las miles de variables que podemos mejorar dentro del contexto social y escolar.  
Si alguien  no puede subir escaleras es posible, digo yo, que algún técnico construyó esa escalera. Pues, mira por dónde, se diagnostica como discapacitado al que no puede saltar la barrera, en vez de diagnosticar de incompetente al ingeniero que la diseñó.
Si un niño, una niña, no aprueba un examen, es probable que el examen esté hecho para que lo supere sólo una parte de la clase. Se pueden hacer exámenes para que no apruebe nadie, para que aprueben unos pocos, la mitad de la clase, o todos. Depende de la dificultad que pongamos. Pues se le echa la culpa a quien lo suspende y no a quien lo diseñó, obviando la complejidad de causas que intervienen en las competencias del alumnado. Somos los adultos quienes ponemos la diana, y siempre culpamos a quien tira la flecha, responsabilizando a quienes no llegan, no pueden o no dominan la técnica.

Si todas las personas tenemos diferentes capacidades y ponemos una escuela con unos indicadores, estándares, objetivos, criterios, competencias,… mínimos para alcanzar, es lógico que sólo quienes se ajusten a esos criterios, llámense como se llamen, los podrán superar. Pero se diagnostica a quienes no lo superan, en vez de discapacitar a quienes pusieron ese sistema.  
Que digo yo, que sería más justo diagnosticar a las escuelas, y realizar las actuaciones necesarias para que puedan aprender todas las personas que están en ella.
Si diseñamos una escuela obligatoria para que toda la infancia aprenda, ¿por qué lo hacemos de forma que alguna gente quede fuera? Habrá un día que evaluaremos como discapacitados a quienes diseñaron esa escuela. Desde esta perspectiva, diagnosticaremos escuelas con déficit de atención, que no atienden a las necesidades de la infancia; escuelas con trastornos de espectro autista, desconectadas de la vida; escuelas con dificultades de aprendizajes, que necesitan mejorar, pero no aprenden de sus errores; escuelas con inteligencia límite, que por mucho que quieran tienen poca capacidad para cambiar; y así hasta un sinfín de etiquetas.
Y como consecuencia, podríamos realizar adaptaciones curriculares a las escuelas para que quepan todos los niños y niñas en ella, programas específicos a aulas que tienen dificultades, informes psicopedagógicos a coles que sufren carencias en la enseñanza, dictámenes a colegios con necesidades educativas especiales, etc. Para que toda la carga no se la lleve la niña o el niño, que son los elementos más débiles de un complejo sistema.