16 de noviembre de 2019

DIVERSIDAD, ACEPTACIÓN Y VISIBILIDAD

 Es complicado ponerse en uno de los dos lados: normales o diagnosticados. Es difícil porque la dualidad es una simplicidad y, por tanto, no es verdad. 
Entre el blanco y el negro hay una extensa gama de grises: blanco roto, gris hielo, gris perla, gris platino, gris humo, gris plomo, gris ceniza, gris pizarra,... así hasta el negro azabache. Y entre tantos colores navegamos sin llegar a ningún puerto. Es nuestra mente, en su torpeza, la que simplifica la realidad de la vida hasta el extremo de no decir certezas.
Quienes tuvimos la suerte de no ser diagnosticados en su momento, tenemos la desgracia de intentar disimular lo que nos pasa. Nos afecta al profesorado de manera especial. Por culpa de una falta de diagnóstico a tiempo, pasamos la vida proyectando en los demás todo aquello que no resolvimos en su momento.
Y vemos a niñas y niños torpes, proyectando nuestras torpezas. Vemos a niños y niñas deficientes reflejando nuestras incapacidades. Sufrimos el excesivo movimiento en espejos que reflejan nuestra inmovilidad, y acabamos rompiéndolos en mil pedazos. Distinguimos problemas familiares en la vida del alumnado, eludiendo los que sufrimos en nuestras familias. Vemos conflictos en el aula, en vez de verlos en nuestras relaciones. Vislumbramos demandas de amor, obviando nuestras carencias emocionales. Y así, todo el tiempo, vamos proyectando nuestros huecos en el alumnado.
Somos muchos los maestros y maestras que tenemos problemas en nuestras vidas, como es natural, como todo hijo de vecino o de vecina. Y es muy difícil bregar con una clase de unos 25 niños y niñas, cada cual con su peculiaridad, sin un mínimo de equilibrio personal.
Se hace necesario, hoy más que nunca, mirar lo que nos pasa para poder lidiar con la chiquillada, intentando no proyectar nuestras dificultades.
No podemos ser buenos educandos sin haber mirado primero nuestras heridas. Deberíamos adecentarnos un poco para no proyectar demasiado nuestras carencias.
Para educar debemos aceptar a todo el alumnado con sus peculiaridades, a todos los colores con sus matices; de lo contrario, estamos marginando todo lo que no hemos resuelto de lo que nos pasa.
La solución: sólo tres palabras, que se dijo Jesús Vidal en el discurso de Los Goyas sobre la película Campeones: diversidad, aceptación y visibilidad. Sólo tres palabras que no se harán realidad hasta que no solucionemos nuestros traumas no resueltos.
Diversidad, porque la realidad es compleja siempre. Sólo nuestra mirada es simple.
Aceptación, porque hay lo que hay, y de ahí hay que partir.
Visibilidad, porque si no nos mostramos corremos el riesgo de proyectar lo que escondemos y no mostrar la diversidad del alumnado.
Lo dicho: sólo cuando nos analizamos somos capaces de ver y ayudar lo que acontece a nuestro alrededor. Sólo cuando somos conscientes de nuestras carencias y las resolvemos podremos ayudar a la diversidad de la infancia.  

 
 

27 de octubre de 2019

DIAGNOSTICANDO LA ESCUELA


La vida es un sistema muy complejo, infinitamente complejo. Los humanos, con la conciencia, traspasamos la propia vida, complejizándola. Dicen que hay más sinapsis entre nuestras neuronas que estrellas en nuestra galaxia. Dicen que interactúan en función de patrones biológicos, contexto, lenguaje, emociones y relaciones con personas. Y, todo ello, mediatizado con nuestros propios pensamientos que los retroalimentan. Y cada persona tiene en su cabeza esa rica estructura compleja viviendo en situaciones dispares que diversifican aún más el sistema. Somos personas con historia que viven en contextos sociales. Cada cual se construye en un medio social y cultural determinado. Desarrollamos nuestra identidad cuanto  vivimos con gente que nos quiere, nos habla, nos mira y nos construyen como humanos. Pero, al mismo tiempo, interaccionamos en contextos hostiles, con gente y situaciones que nos ponen zancadillas a cada paso. Seguimos añadiendo complicación al tema. Para perderse, con tantas casuística, que resumí en exceso con las pocas posibilidades que me dio el lenguaje y mi entendimiento.
Pues hay gente (científicos/as, psicólogos/as, sociólogos/as, neurólogos/as, orientadores/as, pedagogos/as, maestros/as,…) que, cuando hay una dificultad, creen que el problema está en la niña o el niño de turno, en la infinitésima parte del complejo sistema. Se ponen las gafas simplificadoras (llámese método científico, investigaciones, evaluaciones, test,…) y diagnostican al eslabón más débil.

Es necesario cambiar la mirada y analizar la escuela desde la complejidad, actuar sobre las miles de variables que podemos mejorar dentro del contexto social y escolar.  
Si alguien  no puede subir escaleras es posible, digo yo, que algún técnico construyó esa escalera. Pues, mira por dónde, se diagnostica como discapacitado al que no puede saltar la barrera, en vez de diagnosticar de incompetente al ingeniero que la diseñó.
Si un niño, una niña, no aprueba un examen, es probable que el examen esté hecho para que lo supere sólo una parte de la clase. Se pueden hacer exámenes para que no apruebe nadie, para que aprueben unos pocos, la mitad de la clase, o todos. Depende de la dificultad que pongamos. Pues se le echa la culpa a quien lo suspende y no a quien lo diseñó, obviando la complejidad de causas que intervienen en las competencias del alumnado. Somos los adultos quienes ponemos la diana, y siempre culpamos a quien tira la flecha, responsabilizando a quienes no llegan, no pueden o no dominan la técnica.

Si todas las personas tenemos diferentes capacidades y ponemos una escuela con unos indicadores, estándares, objetivos, criterios, competencias,… mínimos para alcanzar, es lógico que sólo quienes se ajusten a esos criterios, llámense como se llamen, los podrán superar. Pero se diagnostica a quienes no lo superan, en vez de discapacitar a quienes pusieron ese sistema.  
Que digo yo, que sería más justo diagnosticar a las escuelas, y realizar las actuaciones necesarias para que puedan aprender todas las personas que están en ella.
Si diseñamos una escuela obligatoria para que toda la infancia aprenda, ¿por qué lo hacemos de forma que alguna gente quede fuera? Habrá un día que evaluaremos como discapacitados a quienes diseñaron esa escuela. Desde esta perspectiva, diagnosticaremos escuelas con déficit de atención, que no atienden a las necesidades de la infancia; escuelas con trastornos de espectro autista, desconectadas de la vida; escuelas con dificultades de aprendizajes, que necesitan mejorar, pero no aprenden de sus errores; escuelas con inteligencia límite, que por mucho que quieran tienen poca capacidad para cambiar; y así hasta un sinfín de etiquetas.
Y como consecuencia, podríamos realizar adaptaciones curriculares a las escuelas para que quepan todos los niños y niñas en ella, programas específicos a aulas que tienen dificultades, informes psicopedagógicos a coles que sufren carencias en la enseñanza, dictámenes a colegios con necesidades educativas especiales, etc. Para que toda la carga no se la lleve la niña o el niño, que son los elementos más débiles de un complejo sistema.

 

12 de agosto de 2019

¿LA ORATORIA EN LA ESCUELA?

Como dijo Eduardo Galeano, vivimos más en la forma que en el fondo: “Estamos en plena cultura del envase. El contrato de matrimonio importa más que el amor, el funeral más que el muerto, la ropa más que el cuerpo y la misa más que Dios”.

Y nuestros gobernantes andaluces, frutos de nuestro tiempo, están en el envoltorio más que en el regalo; y se han sacado del refajo, porque nos suena a antiguo, la actividad de la oratoria como solución estrella para la mejora de la educación, media hora de oratoria a la semana en la asignatura de Lengua: El país, (6/8/2019), ABC (5/8/2019).

La oratoria desde la Grecia clásica está vinculada al arte de hablar con elocuencia. El objetivo de la oratoria es persuadir. Se diferencia de la didáctica, que busca enseñar y transmitir conocimiento y buscar la verdad; y de la poética, que intenta deleitar a través de la estética.

Ya Sócrates, en el siglo IV a. de C., figura relevante de la oratoria griega, consideraba esa materia la principal herramienta educativa, pero insistía en la educación moral. Porque, de lo contrario quienes dominan la oratoria podrían creer a todo un auditorio que lo que es blanco es negro y viceversa. Esto nos suena muy contemporáneo: a políticos de ahora, a pos-verdad, a las nuevas narrativas, lo que no se dice no existe, etc.

Desde que surgió, la oratoria se ha utilizado para diversos ámbitos: la política, para convencer votantes; la justicia, para defender alegatos; y en la actividad comercial, para vender. ¡Pensemos en este dato!
Nadie se puede negar a que nuestros niños y niñas aprendan a hablar más y mejor. No obstante, quisiéramos hacer algunas consideraciones a la noticia estrella, porque es una solución simple a la complejidad de la escuela, de la vida y, como todas las simplicidades, es perversa.

En primer lugar, en muchas de nuestras escuelas ya se habla a diario, en exposiciones, coloquios, debates y asambleas, todos los días. No sólo media hora, ni solamente en lengua. Al menos, reconozcamos que ya se hace. Pongamos en valor a todos los centros que ya lo practican. Hay mucha bibliografía sobre el tema. Escuchemos al profesorado que ya lo practica en su aula, aprendamos cómo lo hacen y generalicemos esas metodologías participativas del alumnado. Porque la educación no se cambia por decreto, sino entre los compañeros que tienen experiencias. Sería buena idea difundir estos cambios metodológicos en los Centros de Profesorado, en donde hemos aprendido siempre de nuestros compañeros y compañeras más experimentados.
 
Creemos que se debe desarrollar la oralidad en todas las materias, no sólo en lengua. En importante que el alumnado se exprese, no media hora a la semana, sino casi todo el tiempo, todos los días. Es necesario que construyan conocimiento dialogando. Es imprescindible realizar metodologías constructivistas en las que el alumnado diga lo que piensa sobre cualquier tema y lo confronte. Que hablen de lo que saben, para desde ahí construir conocimiento. Que se expresen continuamente, porque hablando desarrollan su identidad, mejoran la seguridad en sí mismo y aprenden. Pero no ante una audiencia, buscando un liderazgo ante sus iguales. Eso me suena mal en una educación primaria en la que, se supone, estamos educando en diversidad.

Mejor hablando en asamblea (palabra maldita), entre iguales, poniendo oído, con escucha atenta. Hablar y oír deben ir siempre de la mano.
Está demostrado que aprende más quien habla que quien escucha. Porque quien habla organiza sus ideas, desarrolla empatía, intentando ser comprendido y mejora su autoestima. Porque en esta propuesta de media hora de oratoria a la semana, se presupone que en las 24,30 horas restantes habla el profesorado. Parece un parche dentro de una metodología transmisiva tradicional.

No realizamos crítica sin realizar propuesta. Proponemos, por tanto, cambiar la oratoria por el aprendizaje dialógico. Este método consiste en el diálogo entre iguales que, a través de argumentos, genera pensamiento, construye aprendizajes relevantes y produce cambio social.
Porque lo importante no es hablar, no es la oralidad, no es la verborrea. Lo importante es generar pensamiento, y expresarlo. Lo importante es hablar en todas las materias, sobre todos los temas. Lo importante es comunicar y conectar con las demás personas. Lo importante es la construcción social del conocimiento. Lo importante es pensar, aprender, sentir, comunicar, conectar y amar. Lo importante, en suma, es el contenido, no el continente.

3 de julio de 2019

¿DIAGNÓSTICOS O HISTORIAS?

Todo el mundo tiene miedo de hablar de TDAH, el diagnóstico de moda.
Y es que hasta el mismo gobierno de la Junta de Andalucía,
censuró a un neurólogo que quiso dar conferencia para ponerlo en duda.
Yo no tengo miedo porque hablo desde la ingenuidad del que no sabe de nada,
pues sólo soy un maestro que llevo, eso sí, muchos niños a mi espalda.
Seguro que existen infantes que el cerebro se les va y no pueden controlar.
No lo niego. Los he disfrutado y sufrido como el que más.
Lo que yo sí me planteo es si este famoso diagnóstico no es diagnóstico a mitad.
Me explico.
Que se mueven no hay dudas.
Que no soportan, cinco horas, sentados en una silla, lo he constatado mil veces.
Que se evaden si les habla de ciencias o matemáticas, lo constato.  
Que están en otro lado, evidente.
Pero el susodicho diagnóstico no ha recorrido el camino,
porque describe conductas y no se adentra en las causas que están detrás.
Esto sí que estoy seguro. Que las causas son diversas.
¿Cómo puede ser, que un chico con 4 años,
que presencia el maltrato de su padre a su madre, no esté inquieto?.
Pues con la firma de un neurólogo he visto yo el diagnóstico susodicho a este chico.
No tuvo que hacer prueba alguna, sólo preguntar a la madre que si el niño se movía.
Pues claro que se movía, a bocados yo estaría.
Otro caso que he vivido es de un chico con sus padres separados,
juntos ambos con sendas nuevas parejas, que hijos nuevos han traído.
que no sabe si llamarlos hermanastros o es demasiado para bebés tan pequeños,
que cada cual reside en ciudades diferentes,
y que cada pocos días tiene distinta cama, por la custodia compartida.
¿Y queremos los adultos que atiendan cuando explicamos
los grados del adjetivo, los verbos o los problemas?.
Tengo más casos curiosos, y con la iglesia topamos,
pues son coles religiosos, que tienen la mano ancha para diagnosticar TDHA.
Y es que hay que estar muy quietos, como si en misa estuvieras.
¡Y quien se mueva, diagnóstico!,
que ha pasado ya la época de quemarlos en la hoguera o mandarles penitencia.
Que nadie ose acusarme de criticar el TDAH, pues de eso yo no sé.
Sólo quiero defender cada uno de los casos que yo conozco muy bien.
Y que venga alguien a decirme, si es mejor dar anfetas,
para tapar las vergüenzas de tantas desavenencias.
 

14 de abril de 2019

VERBOS QUE CREAN REALIDADES

Es sabido que el lenguaje crea pensamiento, pero no sólo. Las palabras pueden, también, cambiar realidades. Es necesario, por tanto, modificar los nombres para mejorar la existencia.
Empecemos por nuestra profesión: Maestros Especialistas en Pedagogía Terapéutica. Comenzamos mal. La denominación está determinando la acción que realizamos y es responsable de la demanda que sufrimos. Cierto profesorado pide que normalicemos al alumnado con discapacidad. La consideración de que somos terapeutas presupone que tratamos con gente enferma a las que debemos curar. Nada más lejos de la realidad. Subyace una visión en la que nos consideran terapeutas y que nuestra actuación debe centrarse en lo individual. Es un modelo médico que se ha asumido en el medio educativo sin cuestionamiento crítico alguno.
No somos terapeutas, somos educadores. Y en educación actuamos siempre en un medio social. Aprendemos y crecemos gracias a la mirada y consideración del resto de las personas con las que convivimos. No nos mejora un especialista sino que nos construimos con los demás: personas que nos miren con aceptación, cariño, ayuda y consideración.
Para cambiar la función de quienes nos dedicamos a trabajar con la diversidad debemos cambiar primero la denominación de nuestra especialidad. Se hace necesario una nueva mirada, un nuevo nombre para que cambie las actuaciones. Podríamos llamarnos “especialistas en mejoras educativas para la diversidad”, o algo así. Desde esta concepción seríamos educadores sistémicos, con una visión holística, que intervendríamos sobre todos los elementos que condicionan una buena educación para todas las personas que viven en la escuela.
Es necesario cambiar el paradigma. Nuestra función, desde esta nueva perspectiva, no se centraría en intervenciones individualizadas sobre personas con dificultades, sino en mejorar el contexto para que mejore todo el alumnado.
Algunas de estas intervenciones serían:
·         Ayudar y compartir con el profesorado innovaciones metodológicas para trabajar con todas las personas de aula.
·         Cambiar actitudes y concepciones a todo el personal de los centros.
·         Comunicación constante con la familia para compartir visiones, experiencias y miradas sobre la marcha de sus vástagos.
·         Evaluación constante de los espacios y los tiempos para posibilitar la diversidad de necesidades y deseos del alumnado.
·         Tratamiento globalizado de las materias para que los aprendizajes sean funcionales, significativos y comprensibles, respetando la variedad de niveles y modos de aprendizajes.
·         Propuestas de actividades didácticas, dispositivos informáticos y materiales cotidianos que superen la dictadura de los libros de textos, tan segregadores ellos.
·         Superación de los exámenes como medios de evaluación discriminatoria basada en contenidos memorísticos. Evaluar, por el contrario, procesos de para la mejora de todos los elementos implicados en la educación, y no sólo en el alumnado...
Lo dicho, que para cambiar la realidad debemos comenzar por el lenguaje, que las palabras nos conforman, que somos verbos que se hacen carne, verbos que crean realidades. No somos terapeutas, somos educadores.

Abril de 2019

10 de febrero de 2019

MATICES DE GRISES

Quienes tuvimos la suerte de no ser diagnosticados en su momento, tenemos la desgracia de intentar disimular lo que nos pasa. Nos afecta al profesorado de manera especial. Por culpa de una falta de diagnóstico a tiempo, pasamos la vida viendo en los demás todo aquello que no resolvimos en su momento. Y vemos a niñas y niños torpes, proyectando nuestras torpezas. Vemos a niños y niñas deficientes reflejando nuestras incapacidades. Sufrimos el excesivo movimiento en espejos que reflejan nuestra inmovilidad, y los rompemos. Distinguimos problemas familiares en la infancia del alumnado, eludiendo los que sufrimos en nuestras familias. Vemos conflictos en la clase de los mayores, en vez de verlas en nuestras relaciones. Vislumbramos demandas de amor, obviando nuestras carencias emocionales. Y así, todo el tiempo.
Es complicado ponerse en uno de los dos lados: normales o diagnosticados. Es difícil porque la dualidad es una simplicidad y, por tanto, no es verdad. 
Entre el blanco y el negro hay una extensa gama: blanco roto, gris hielo, gris perla, gris platino, gris humo, gris plomo, gris ceniza, gris pizarra,... así hasta el azabache. Y entre tantos colores navegamos sin llegar a ningún puerto. Pasa lo mismo con la sexualidad. Hay gente simple que sólo distingue entre heterosexuales  y homosexuales, cuando la variedad de género existente está llena de matices y colores. Es nuestra mente, en su torpeza, la que simplifica la realidad de la vida hasta el extremo de no decir verdad.
Pues lo que venía diciendo: somos muchos los maestros y maestras que tenemos problemas en nuestras vidas, como es natural, como todo hijo de vecina. Y es muy difícil bregar con una clase de unos 25 niños y niñas, cada cual con su peculiaridad, sin un mínimo de equilibrio personal. Se hace necesario, hoy más que nunca, mirar lo que nos pasa para poder lidiar con la chiquillada sin proyectar nuestras dificultades.
No debemos ser maestros y maestras sin habernos mirado primero en nuestra complejidad, y adecentarnos un poco, para no proyectar demasiado nuestra simplicidad. Para educar tenemos que, no sólo vislumbrar la variedad de grises,  sino incluir todos los colores con sus matices. De lo contrario, estamos marginando todo lo que no hemos resuelto de lo que nos pasa.
La solución: sólo tres palabras que se dijo en un discurso de Los Goyas sobre la película Campeones: diversidad, aceptación y visibilidad. Sólo tres palabras que no se harán realidad hasta que no solucionemos nuestros traumas no resueltos.
 Febrero de 2019

19 de diciembre de 2018

FRUTOS DEL DESENCUENTRO

Es una simplicidad pensar que existe un enfrentamiento entre familia y escuela, por mucho que los medios de comunicación lo vociferen. Es necesario ver más allá. Los cambios sociales tan vertiginosos de estos tiempos nos han pillado en pañales. Las familias no entienden qué sucede con sus vástagos y la escuela no acaba de adaptarse a los cambios. Ante tamaña impotencia, las dos instancias caemos en la torpeza de señalar al otro como responsable. El hecho objetivo es que, en el conflicto que mantienen escuela y familia, todos los golpes se los lleva la infancia.
Desde ambas partes buscamos razones para excusarnos; y así, vamos educando en el desencuentro. Sí, nuestros niños y niñas están siendo protagonistas de una situación conflictiva que los adultos no somos capaces de resolver porque la línea que delimita cada ambiente se desdibuja en la sociedad actual. Escuela y familia  se encuentran en el mismo barco, aunque remando en dirección contraria. Las fronteras no son nítidas, y pretender seguir en el camino de  hace años, resulta obsoleto y rancio. Eran otros tiempos, otros los objetivos, las funciones estaban claras, las responsabilidades eran precisas.
Sin embargo, la solución nos parece evidente. La experiencia no miente. La responsabilidad individual es importante, pero insuficiente. Debemos buscar responsabilidades comunes. La escuela debe mirarse por dentro, valorar, examinar, ejercer la autocrítica, esa que se practica tan poco; y entender que sólo compartiendo responsabilidades se llegará a buen puerto. Acercarnos para entender, compartiendo para transformar, mirar en la misma dirección. Tener claro que el objetivo es común: el desarrollo integral de la infancia.
La familia en la actualidad es diversa, abierta, democrática, multicultural, multirracial,… pero, al mismo tiempo, está cambiando su función, estructura, disponibilidad,… La organización de la escuela se mantiene, en  infinidad de ocasiones, rígida, jerárquica, impenetrable y hermética. No es difícil adivinar que las relaciones entre ambas están destinadas a no encontrarse.
La retórica necesita acciones prácticas y, en ese sentido, son muchas las experiencias educativas que parten de la conexión entre la escuela y la familia. Ramón Flecha es un pionero en estas prácticas en España. Su aportación con las “Comunidades de Aprendizajes” ha demostrado que la colaboración entre ambas instituciones, mejora sensiblemente la educación. Las actuaciones, no sólo de las familias, sino con voluntarios que desean el cambio educativo, el cambio social. Estas prácticas aportan el convencimiento de que “todos los hombres y mujeres se educan entre sí, con la mediación del mundo” como dice Paulo Freire.  Las escuelas que trabajan en “comunidades de aprendizaje” basan su estrategia metodológica en la apertura de puertas, en la realización de prácticas educativas con padres, madres, abuelas, abuelos, estudiantes en prácticas o voluntariado. En definitiva, han apostado por el aprendizaje dialógico, y han ganado. Lo dicen los resultados, está empíricamente probado. Estas experiencias han elevado a un rango superior a las familias, que siempre estuvieron relegadas en la escuela a fiestas o tutorías. Y es que, parten del concepto de que, tanto el profesorado como las familias no somos más que facilitadores de la interacción educativa. Porque la educación no se transmite, se facilita. Porque el saber se construye, no se hereda. Y esta construcción educativa se realiza de forma holística, con participación de los agentes sociales y en diferentes contextos. La educación está determinada por la cultura, la sociedad, las modas, los medios de comunicación, la publicidad, los estereotipos sociales imperantes... Y todo ello ha de tenerse en cuenta.
Todas las personas somos protagonistas del cambio, pero sólo si educamos desde el encuentro, sin verdades absolutas, sin egos, compartiendo. Porque necesitamos personas críticas, dialogantes, pensantes, abiertas…. maduras. El milagro educativo surge en las relaciones amorosas, equilibradas, libres de prejuicios; con la mirada puesta en el futuro de nuestra infancia. Por eso, es necesario, más que nunca, encontrarnos, navegar en el mismo barco, hacia el mismo puerto: la educación integral de la infancia.     
Pensando juntos,
Ana María Fernández Marín y
Cristóbal Gómez Mayorga.
Diciembre de 2018
 

1 de diciembre de 2018

PALABRAS

Conversar es un milagro que construye seres humanos. Yo te digo, tú me dices, mientras nos acercamos. Eres cuando me hablas, soy cuando te oigo y te digo. Somos cuando conversamos. Ya lo dijo el Dr. Maturana, “yo llamo conversar a este entrelazamiento de lenguaje y emociones. Por esto el vivir humano se da, de hecho, en el conversar”.
Se produce conexión cuando nos comunicamos. Las palabras son lazos que unen cerebros y corazones. Si no hablamos, no somos nadie. Las palabras son el soporte por donde fluye nuestros pensamientos y emociones. Estamos hecho de palabras, como dijo un pajarito a Eduardo Galeano.
La gramática no es más que caminos por donde andamos para encontrarnos, las sendas del lenguaje y la comunicación. La fonética es un canto, una música celestial. La gramática son las normas necesarias que debemos de cumplir para entendernos. La semántica, la esencia, lo que sentimos, lo que queremos decir, el significado de tanto garabato. El vocabulario son los adoquines que pisamos, llenos de significados. La pragmática, el arte de la empatía y la socialización necesaria.
Y así, en ese pasear acompañados, vamos construyéndonos como seres humanos. Discurriendo por el lenguaje conversado nos hacemos personas. Somos en cuanto, armados de palabras, nos decimos y nos narramos.
Pero, hoy día, las palabras comienzan a estar huecas, vacías de tanto usarlas. Se han llenado de agujeros y ya no dicen nada. ¡Escuchad, si no, a los que mandan! No es que mientan, es que usan palabras sordas que ni dicen ni conversan, suenan huecas. Han vaciado las palabras y ya no construyen nada.
En la escuela, hay que volver a dar vida a las palabras, para que podamos entendernos, comunicar, construirnos y querernos.
Pues eso, hay que meter, dentro de la escuela, palabras vivas, palabras sinceras, palabras sentidas, palabras de amor..., palabras.

 

24 de noviembre de 2018

¿EDUCAR EN LAS CREENCIAS?

Simplificando, para entendernos, hay dos escuelas, dos principios pedagógicos, dos modos de transitar en la vida académica. Uno, el de la incertidumbre, recorriendo el camino que la filosofía anduvo durante siglos, cuestionando la existencia. El otro, más rápido, es transmitir lo ya descubierto, más directo, acaso más eficaz, pero menos verdadero.

Cada sendero tiene sus consecuencias. Si andamos el camino veloz, imponemos las verdades aceptadas para que, suponiendo una infancia irreflexiva, almacenen los conocimientos en un museo de cera, su cerebro memorístico, su sesera irreflexiva, su cabeza a secas.

Si buscamos un ser pensante e inteligente, deberemos andar, de nuevo, el camino de los descubrimientos, más lento, más incierto, menos preciso,... pero más certero.

El camino rápido es un camino religioso que se mueve por la fe. Deben creer en las verdades descubiertas. Sólo hay que decir amén. Se memoriza, se repite letra a letra, se devuelve en el examen, te la doy por buena, y me creo que sabes. Es la escuela que tenemos. Es una escuela religiosa que se mueve con la fe de verdades verdaderas.

El camino de la construcción de conocimiento es más lento. Deben transitar, con razonamiento, indagación, búsqueda, confrontación, discusión y cuestionamiento,  el camino trazado a través de los tiempos. ¡Menuda tarea!

Algunas personas preferirán el camino corto, para llegar antes, más rápido y certero, como el lobo del cuento. Pero, tiene consecuencias. Convertimos a nuestro alumnado en meros receptáculos, postes de teléfonos que transmiten la información, pero sin la emoción que fija el conocimiento descubierto.

Otras personas apostamos por el camino lento, el que se hace preguntas, el que recorre todo el sendero ya andado por la humanidad, propiciando el verdadero sentido de la existencia, y considera, a las personas que aprenden, inteligentes, gente que piensa, niños y niñas que se creen capaces.

Para ello necesitamos profesorado competente que enseñe con aprendizajes potentes, que den saltos de gigantes por la historia, que construyan el conocimiento a partir de las preguntas que la humanidad se fue haciendo a través de los tiempos. 

Nunca el sendero fácil fue el verdadero. Nunca es mejor cortar trochas cuando lo importante no es llegar rápido y primero. Si vas a Ítaca..., pues eso.

Gracias Cavafis, por tanta sabiduría, por desvelarnos que el camino es lo primero. 

noviembre de 2018

Xtóbal


3 de noviembre de 2018

SOBRE EL LÍMITE Y EL AMOR

La literatura pedagógica de los últimos tiempos es insistente: hay que poner límites a la infancia, hay que decir no, hay que contener a una chiquillada derramada... Es verdad que vivimos en tiempos líquidos y maleables, como escribe Muñoz Molina en su libro “Todo lo que era sólido”, basado en el concepto de modernidad líquida de Zygmunt Bauman .
Amor sin límites. Los límites del amor. Amar los límites. Amores limitados. Límites amorosos. Limitar los amores. Poner límites al amor,... poner amor en los límites. ¡Sí! Encontré la expresión adecuada: ¡poner amor en los límites! Esa es la esencia de cualquier proceso educativo, de cualquier litigio amoroso.
Estamos haciendo bonsáis, pequeños árboles sometidos con mil técnicas ancestrales para no dejar crecer. Ya se sabe, inseguridades y miedos nos delatan. Mejor dependientes a nuestro lado, mejor pequeños que lejanos. Las ciencias de las “Psic” lo avalan: hay que poner límites, hay que decir no, hay que someter (ellos lo llaman modificación de conducta, o no sé qué).                    
El caso es que me pongo a observar y pienso:
¿Acaso no son los niños y niñas los que nos dicen no? ¿Acaso no son las personitas de 13 ò 14 años quienes cada día nos retan? ¿Acaso los límites no es una necesidad de quienes van creciendo, especialmente en momentos claves de maduración?      
La infancia, al igual que una planta, va apuntando espacios para crecer. Va macando territorios para hacerse un hueco en el mundo. Quizás, igual que a las plantas, lo que debemos hacer es regar, dar luz, aire puro y amor. No tanto limitar.
Y es que, las personas que nos dedicamos a educar, no trabajamos sobre leyes que hay que cumplir. No hablamos de normas, ni de comportamientos adecuados o no, ni de chorradas legales con castigos ancestrales. Trabajamos sobre la complejidad de crecer, de que para madurar desarrollamos eso tan esencial que se llama identidad. Y para el desarrollo de la identidad necesitamos tiempo, espacio, e ir regando y abonando de vez en cuando, eso sí, con mucho amor. Nuestra obligación como adultos no es tanto decir no, como disfrutar de su crecimiento mientras soportamos sus no y aceptamos los límites necesarios. Menos límites y más amor. ¿O es que, acaso,  sin amor es posible poner el límite necesario?

Noviembre, 2018.

14 de octubre de 2018

CONECTADOS


Dice Humberto Maturana, biólogo y filósofo chileno, que los seres humanos somos Homo Sapiens Amoroso. Argumenta este contemporáneo humanista, Doctor Honoris Causa por la Universidad de Málaga, que la razón para la convivencia y lo social es el amor. Y como la educación es el principal legado social, además de fuente de toda convivencia, podríamos consensuar que sólo desde el amor  podemos educar.
Lo veo cada día en la escuela: el profesorado que enseña es el que ama. Para enseñar primero hay que conectar, para educar, no digamos.
¿Y cómo nos vinculamos? -Con la mirada y la escucha atenta, con el roce, que hace el cariño, con sentido del humor y risas,... y, siempre, desde el amor.
Hay personas en la escuela que no enseñan, no tanto porque no sepan, sino porque tienen dificultades de conexión con los demás, porque ellos mismos no están conectados a la vida, porque hace tiempo que no fluyen desde el amor. Hay niños y niñas que aprenden a pesar de ellas, porque vienen conectados de casa. Pero en estos tiempos cada vez vemos a una infancia más desconectadas, o conectadas ciegamente a través de una pantalla.
Somos seres amorosos y sociales. Sólo desde el equilibrio que nos da el amor y el vínculo con los seres queridos tenemos la seguridad para atrevernos a lidiar con nuevos aprendizajes. Las personas inseguras no se atreven a recorrer el camino del conocimiento, siempre tan incierto y desequilibrante.
Lo aprendí ejerciendo de maestro de Educación Infantil, que es la edad en la el vínculo es imprescindible. El profesorado de esta etapa vive en una dicotomía esencial: o vincula o no educa, o ama o fracasa en la tarea de educar.
En Educación Primaria también hay personas que saben conectar y son excelentes educadores. Pero hay personas enredadas en los contenidos, en el temario, en los libros de textos, en tareas burocráticas y en la supuesta presión familiar. Tampoco La Administración ayuda obligándonos cada vez más a mirar a plataformas burocráticas. Mirar a tantos lados limita el vínculo amoroso imprescindible en educación.
A medida que ¿subimos? en el sistema educativo percibimos menos dedicación al vínculo necesario para el aprendizaje. Y luego se quejan de que no aprenden, de que no atienden, de que no se interesan, que si patatín, que si patatán.
Ahora que me dedico al alumnado con discapacidad es cuando más estoy aprendiendo sobre la necesidad de la conexión, el vínculo y el amor. Me gusta esta tarea de conectar con quienes tienen más dificultades, con quienes para vincularse necesitan que alguien los mire aceptando su peculiaridad. Suelen tener dificultades de que el profesorado conecte con ellos. Porque los docentes estamos limitados en la capacidad de empatizar con la diversidad del aula. Y estos niños y niñas nos delatan a diario, a la vez que nos dan la oportunidad de seguir mejorando.
Muchos son los motivos por los que hay  niños y niñas que no aprenden: se ven diferentes en algún aspecto o perciben que no son como cualquiera, no cumplen las expectativas, se mueven demasiado, tienen la mente en cuestiones familiares que les inquietan, necesitan más tiempo para procesar, aprenden de otra manera, sus emociones se derraman más de lo exigido, sus sistema nervioso va a su aire,... o están ensimismados en construir su historia persona. La cuestión es que para que aprendan hay que vincularlos, como a los demás. 
Vamos aprendiendo algunas estrategias para conectar con niños y niñas desconectados, que dejan de aprender: canciones, poesías o retahílas, trucos de magia, tocar la guitarra, valorar sus capacidades, decirles lo guapo, grande, alto o listas que son, escuchar lo que dicen pacientemente,... pero, sobre todo, mirar a sus ojos con atención mientras nos hablan.
Evidentemente, el alumnado con diversidad funcional debe estar en clases normalizadas, donde la vinculación sea multidireccional, para dar la posibilidad de relación emocional con los demás. He descubierto que, en muchos casos, se conectan con algunos de sus compañeros y compañeras de clase. Nuestra función educadora es estar atentos para discernir el alumnado con capacidad de vinculación.
Acompaño desde hace años a un alumno, con un diagnóstico a la espalda de desconexión social, que desde los tres añitos se vinculó a una amiguita de clase y ahora está muy presente en la vida. Veo a diario a un chico con dificultades de comunicación, que se está vinculando con un compañero de su edad. Disfruto viéndolo en el patio jugar con su amigo a pillar. El pilla pilla y el escondite son dos juegos esenciales para la conexión vital. Sólo hay que dejarles espacios de juegos para que aprendan a mirarse, buscarse, encontrarse, conectarse, vincularse,... amarse.
He visto, muchas veces, cómo algunas personitas con dificultades de aprendizaje mejoran notablemente gracias al amor de su tutora o tutor. Pero sobre todo, siento cómo los enseñantes vamos mejorando nuestra capacidad para urdir con amor el complejo entramado del aula, conectando con miradas de cariño para que pueda producirse ese milagro llamado educación.

 

Cristóbal Gómez Mayorga

Otoño 2018

2 de marzo de 2018

¡Por cuatro esquinitas de nada!”


WorkShopOrienta, 24 de febrero de 2018. Universidad de Málaga.

Recordad este evento, esta fecha. Familias y profesionales, juntos, sintiendo y pensando sobre inclusión y diversidad en la escuela. Muchas personas con el mismo objetivo: cambiar la educación en vez de cambiar a las niñas y niños con discapacidad. Parece pretencioso pero, con tanta gente experta en la materia, me pareció, además de posible, más necesario que nunca.
En esta jornada participó gente de toda España y pasaron muchas pequeñas grandes cosas:
Todos éramos expertos, con humildad para aprender de los demás. Nos pusimos a pensar. Mucha gente sintiendo, pensando y buscando compromisos. Y es que quienes no tienen voz en la escuela gritaron en este evento. Quienes no pueden moverse, bailaron alegres. Las personas con dificultades gritaron sus capacidades. Quienes eran invisibles brillaron como luceros. Los sin palabras gritaron al viento. Las emociones se volvieron exigentes razones. La conclusión principal: debemos cambiar la escuela para que quepan todas las personas.
Algunas reflexiones que me surgieron: nos educamos por imperativo social. Nuestro cerebro y nuestra alma se adaptan al contexto y crecen al convivir con personas diferentes. Crecemos si aprendemos de los demás. Cuanto más diferentes las personas con la que nos relacionamos más inteligentes nos volvemos. La inteligencia no es más que la capacidad de pasearnos por las mentes de los demás. Así que, ante la complejidad del mundo en el que vivimos, es un lujo, y un derecho, educarnos juntas todas las personas, independientemente de las peculiaridades personales. Y es, además, una gran posibilidad para cambiar la escuela.
En la educación actual prolifera la cultura de la excelencia y la competitividad. Las personas que tienen dificultades se diagnostican, se les rellenan dictámenes y se les ponen cruces (bastante cruz llevan ya) en sus dificultades. ¿No será más fácil que cambie las escuela?
Hace más de 20 años que trabajamos por proyectos en Educación Infantil. Todos entran en nuestras aula sin  adaptación. Porque, como en el cuento “Por cuatro esquinitas de nada”, de Jérôme Ruillier
, no intentamos adaptar al alumnado, siempre buscamos cambiar el contexto. Nuestra metodología se pone en juego con cada sujeto que entra en el aula. Nuestra programación por proyectos y espacios vitales siempre pasa la prueba de fuego. Una metodología en la que cada cual aprende desde su capacidad sobre el tema que trabajemos. Proponemos no realizar ninguna adaptación a personas. La adaptación curricular, como su nombre indica, hay que hacerla al currículum: objetivos, contenidos, materiales, espacios, tiempo, evaluación, etc. Adaptemos las metodologías y los contextos para que el alumnado puedan ser lo que ya son, y que cambie para bien quien tiene que cambiar: la escuela. Así seremos mejores personas. ¡Por cuatro esquinitas de nada!”.

Febrero, 2018


28 de diciembre de 2017

DIAGNÓSTICOS OBJETIVOS, SIN SUBJETOS


DIAGNÓSTICOS OBJETIVOS, SIN SUBJETOS 
 ¿Cómo se puede diagnosticar a un niño, a una niña, sin preguntar qué les pasa? Algo le dolerá, algún síntoma sentirá, se encontrará de alguna manera, sufrirá por algo, cierto asunto le inquietará,... ¡Alguna palabra saldrá de su boca que intente explicar su sufrimiento! 
Ya son muchos los casos de diagnósticos con los que tropiezo en los que nadie preguntó a la personita sufriente qué le pasa. Sólo dos ejemplos:
Una madre llegó con un cuestionario para diadiagnosticar a su hijo de  TDAH. El caso es que saqué al niño de clase y hablé con él. Le digo que su madre está preocupada. Me dice que lo están llevando a una psicóloga. Le pregunto qué le pasa y me cuenta que está sufriendo por su hermana porque le ha ocurrido algo muy grave. Me lo cuenta. Evidentemente, para preservar el anonimato, no debo desvelar aquí su relato, pero lo que narra es para estar más que alterado y ausente. Y yo me cuestiono: ¿nadie le ha preguntado a este niño por qué no atiende en la escuela? Al poco tiempo, trae informe psicológico privado con diagnostico de Trastorno por Déficit de Atención. El orientador del centro, ante la demanda de confirmación del diagnóstico externo, quiere comprobarlo y realiza una actividad a toda la clase en la que se encuentra el alumno. Es una prueba en la que se requiere, máxima atención, memoria y capacidad ejecutiva durante un largó periodo de tiempo. En esta 
prueba saca la segunda mejor nota de la clase. Evidentemente el diagnóstico no era correcto. Simplemente estaba pasando por un periodo de conflictos familiares que le hacía estar ausente en muchos momentos de clase. Problemática que, quizás, la familia también quería esconder bajo un diagnóstico clínico. ?Se puede diagnosticar con sólo unas preguntas a un familiar, juez y parte en esta historia? Es evidente que con un cuestionario sobre TDAH lo más probable es que su hijo salga con la etiqueta, ya que todas las preguntas van enfocadas desde esa visión: no atiende en el colegio, no aprende, se mueve demasiado, está inquieto, etc.
En otra ocasión teníamos un alumno diagnosticado de TDAH desde los 4 años. No sé si la edad es adecuada para una etiqueta tan pesada. El informe venía firmado por un neurólogo. Esto ya es más serio, ¡era médico!. Pues bien, en el diagnóstico ponía como prueba de la etiqueta un cuestionario a la madre. Nadie le preguntó al niño por qué pegaba a sus compañeros, por qué estaba nervioso, por qué no atendía en la escuela, qué le pasaba... Es verdad que tenía 4 años, pero a esa de edad tengo comprobado que los niños y las niñas ya piensan, hablan y razonan. Cuando hablo con el niño me cuenta que su padre pega a su madre y él tiene que separarlos con mucha fuerza, para que no le haga daño... Se me caen dos lagrimones.
Podría contar más historias de este tipo. En cierta ocasión pasé cuestionarios de diferentes “trastornos” al mismo niño y me encajó en todos. Así que es necesario elegir muy bien el cuestionario que pasamos porque puede ser causante de su destino.  Y es que creo que bajo el yugo supuestamente objetivo de las pruebas diagnósticas de ciertos trastornos de moda, habría que introducir algún argumento subjetivo: la narración de la persona a diagnosticar. Creo que somos seres subjetivos, no somos objetos. Sería conveniente, antes de cualquier diagnóstico, preguntar primero al diagnosticado. Porque no es tan importante lo que creemos que tiene alguien, sino cómo se siente, qué le produce sufrimiento, qué cree que le pasa.
Como maestro novato de Pedagogía Terapéutica, he llegado a una conclusión provisional, como todas las conclusiones en educación. Creo que debemos ayudar a los niños y niñas preguntándoles primero cuál es su sufrimiento, porque de lo contrario estamos deshumanizando a la infancia. Debemos considerar a las personas como subjetos sintientes, reflexivos, con narración propia, autoestima, identidad y conciencia. De lo contrario estaremos deshumanizando a la infancia antes de tiempo.

Diciembre de 2017