Cristóbal Gómez Mayorga y María José Benítez Suárez
El primer descubrimiento que hacemos en la infancia es el de nuestras manos,
y con el tiempo vamos tomando conciencia de que nos pertenecen. Desde entonces se transforman en un puente
esencial de comunicación con el medio. Con ellas tocamos, acariciamos,
señalamos y cogemos lo que deseamos. Estrechamos las manos en son de paz,
acariciamos en son de amor y con ellas marcamos nuestra huella en el mundo.
Hay manos hábiles, manos dulces, manos trabajadoras, manos inventoras, manos
sensibles, manos robustas o cariñosas. Las hay grandes, que abarcan el mundo
entero, y pequeñas, que acarician y te atrapan; las hay curtidas por la
experiencia y otras que aún están aprendiendo. Hay manos de mil colores y
texturas diferentes. De las manos arrugadas es de donde más aprendemos. Y hay
manos que mecen la infancia, esas son las imprescindibles.
Las manos alzadas simbolizan participación, presencia, deseo de ser visto,
de ser escuchado, de participar. Cada día en la asamblea de clase es necesario
dar la posibilidad de que levanten la mano para hablar, para compartir, para
construir conocimientos en comunidad. Son manos deseosas de ser escuchadas.
En Educación Infantil, la mano de la maestra no es solo un apoyo físico; es
una referencia emocional y pedagógica. Es la mano que acompaña los primeros
pasos fuera del hogar, la que transmite seguridad, la que calma, la que anima y
la que da confianza. Porque en la escuela, el aprendizaje no solo se escucha:
se toca, se siente y se vive. Es necesario tener mano para guiar a las
personas, para sostener sin apretar, para indicar sin imponer.
Los niños y niñas no aprenden únicamente contenidos, aprenden a estar en el
mundo. Y lo hacen sintiendo cómo esa mano adulta sostiene, espera, corrige con
respeto y celebra los logros. Cada gesto, cada intervención, cada silencio
tiene un impacto profundo en el desarrollo emocional de la infancia. Una mano
paciente genera seguridad. Una mano firme, pero cálida, favorece la autonomía. Una
mano respetuosa construye autoestima.
En el aula conviven manos diversas: manos pequeñas que descubren, manos
torpes que necesitan tiempo, manos hábiles que avanzan con seguridad. Respetar
estas diferencias implica ofrecer propuestas abiertas, materiales variados y
tiempos flexibles, permitiendo que cada niño avance según su propio ritmo de
maduración.
Educar con las manos es educar desde la experiencia. Es reconocer que el
aprendizaje infantil nace del cuerpo, del movimiento y del contacto con el
entorno. Cuando se ofrece a los niños la posibilidad de aprender haciendo, las
manos se convierten en el puente entre el pensamiento, la acción y el
desarrollo integral.
Quizá con el tiempo las niñas y los niños no recuerden cada actividad
realizada en la escuela, pero sí recordarán cómo se sintieron en aquella clase.
Y en ese recuerdo, invisible, aunque presente, estará la mano de la maestra que
un día los sostuvo mientras crecían como personas.
Con las manos en la masa: actividades en el aula.
En Educación Infantil, el aprendizaje se construye desde la acción. Las
manos son una herramienta esencial para conocer, experimentar y comprender el
mundo. A través de ellas, los aprendices exploran su entorno, desarrollan
habilidades y dan sentido a lo que viven en el aula.
Las manos permiten la manipulación directa de los materiales, favoreciendo
aprendizajes significativos. Clasificar, amasar, ensartar, recortar o construir
no son solo actividades manuales: son experiencias que estimulan la motricidad
fina, la coordinación óculo-manual, la atención y la autonomía. Cada gesto
contribuye al desarrollo motor y cognitivo del niño.
A través de palmadas, gestos rítmicos y juegos corporales, las manos ayudan
a estructurar el tiempo, a percutir la vida del aula y a crear un clima de
grupo. El ritmo compartido fortalece la atención, la escucha y el sentimiento
de pertenencia.
En mi aula hicimos un proyecto sobre las manos muy emotivo. Mandamos a casa
folios de colores para que hicieran la silueta de las manos de padres, madres y
descendientes. Con todas esas siluetas de manos recortadas hicimos un gran
mural en la clase. Cada mano grande contenía una pequeña de diferente color. El
mural fue una expresión artística de la identidad del aula. Todas las manos
familiares presidían y acariciaban la clase. Ahora el aula era un espacio
conectado con las familias.
Cantamos canciones sobre las manos, dibujamos nuestras manos, hicimos guiñol
de manos… y nos acariciamos con masajes cariñosos.
La mano que mece la clase de Infantil no solo influye en el alumnado,
también llega a las familias, que confían en esa mano para cuidar, educar y
acompañar a sus hijos. Una maestra que sostiene con coherencia y sensibilidad
transmite tranquilidad, genera confianza y construye un puente sólido entre la
escuela y el hogar.
Además, esa mano que sostiene contribuye a la identidad del centro educativo.
Lo que se vive en Infantil sienta las bases de la convivencia, los valores y la
cultura escolar.
Y es que las manos son un medio de comunicación y cariño que no puede
faltar en las escuelas, para que la paz, tan ausente hoy en día, se haga
presente en cada instante y en cada gesto.
Deseamos que la mano educativa siga moviendo la cuna de una infancia con
futuro.
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