Cristóbal Gómez Mayorga y María José Benítez Suarez
La Educación Infantil constituye un
territorio privilegiado para sembrar las bases de una cultura igualitaria. En
esta etapa, la construcción de la identidad se entrelaza con la experiencia
cotidiana y la escuela puede convertirse en un espacio donde los cuidados, la
corresponsabilidad y la diversidad se vivan con naturalidad. Como recuerda Vigotsky[i],
el aprendizaje se produce en interacción con otras personas, y es precisamente
en esas interacciones donde se modelan los significados sociales que
acompañarán a las niñas y los niños durante toda su vida.
El 8 de marzo celebramos el Día
Internacional de la Mujer. Es necesario reivindicar la importancia de la mujer
en la sociedad, tantas veces silenciada y reducida a un simple papel. La
aportación de la mujer a la sociedad debe ser reconocida, valorada y difundida.
Pero esta onomástica no es solo una celebración: es un tiempo de reflexión
sobre la percepción que se ha tenido y se tiene de la mujer. Celebramos el Día
de la Mujer para que todas las personas seamos iguales y tengamos los mismos
derechos y responsabilidades, independientemente de creencias, ideología,
cultura o género.
Obviamente, es imprescindible luchar
por la igualdad de todos los seres humanos. Para ello, vamos a empezar haciendo
un homenaje a las mujeres que tenemos cerca, muchas veces invisibilizadas:
nuestras madres, hermanas, parejas, abuelas…, que fueron imprescindibles en
nuestras vidas. Pero este día no es solo para reconocer a quienes caminaron de
puntillas por la vida siendo tan esenciales, sino para reivindicar la igualdad
entre hombres y mujeres en nuestra sociedad. De eso va el feminismo, y por eso
debemos ser feministas mujeres y hombres.
Para construir un mundo más justo es
necesaria la colaboración de todas las personas que lo habitamos y el
reconocimiento de cada una de ellas. Debemos poner en valor, dentro y fuera de
casa, el trabajo de las mujeres habitualmente ninguneadas. Para ello, comencemos
por valorar y compartir las tareas del hogar y de cuidado, menesteres a menudo
invisibles, desvalorizados, duros, marginados, pero imprescindibles, que
históricamente han recaído sobre ellas. La igualdad comienza en casa,
compartiendo las tareas del hogar, y debe culminar en el espacio público,
revirtiendo leyes, inercias y costumbres que han perjudicado al sexo femenino a
lo largo de la historia.
No basta con valorar: debemos pasar
a la acción. Quien nunca cocinó, cuidó a alguien dependiente, limpió la casa,
puso lavadoras, dobló la ropa o la guardó en el armario, difícilmente puede
hablar de feminismo, porque no lo siente. Quien nunca pensó en qué hacer de
comer, comprar alimentos y dedicó horas a cocinar, no sabe nada de la vida.
Quienes no cuidaron a sus seres queridos en momentos de fragilidad desconocen
la ética y la moral. La igualdad comienza cuando nos calzamos los zapatos de
quienes cuidan a los más vulnerables.
En asuntos de amor debemos tomar
buena nota, porque hay relaciones que no son amor, sino posesión, control y
sumisión. El amor tiene mil lecturas. Querer no significa poseer. Si me
quieres, no debes limitar mi libertad; si te amo, no debo pretender que me ames
igual. El amor es entrega, nunca demanda ni exigencia de correspondencia. El
amor no se rige por la ley de la física: “si
doy, me das; si te quiero, te necesito y me tienes que corresponder”. No es
así como se ama. De esos desajustes surgen tantos desvaríos en forma de “la maté porque eras mía”. De ahí nacen
muchas formas de violencia.
La juventud debe aprender a amar
desinteresadamente desde temprano. Tanto la escuela como la familia deben educar
igualdad, porque el futuro de la humanidad necesita otra forma de amar. Amar
rima con dar, nunca con poseer, dominar o controlar.
En el Día de la Mujer reivindicamos
la igualdad, para que el amor fluya sin relaciones de poder, sin convertir la
intimidad en un instrumento de poder en
la salud y en la enfermedad…, sin más mujeres asesinadas.
Educar en igualdad: actividades de aula
La coeducación, entendida desde una
perspectiva crítica, no se reduce a actividades puntuales ni a celebraciones
anuales. Implica transformar la cultura escolar para que la igualdad sea una
práctica cotidiana. En la clase del alumnado de tres años de Educación Infantil,
trabajamos la igualdad todos los días del año porque es un tema transversal.
Aunque en la fecha señalada hacemos actividades más específicas para
visibilizar el papel de la mujer en la sociedad.
Para ello hemos realizado talleres
de tareas domésticas en el patio del colegio con la participación de las
familias: hacer la cama, cambiar y bañar muñecos, poner enchufes, lavar los
platos, usar herramientas, doblar la ropa, barrer y fregar, clavar un clavo,
etc. Estas actividades se inscriben en la tradición de la
pedagogía de la vida práctica que defendieron Montessori[ii]
y
Freinet[iii].
Pero aquí adquieren un matiz coeducativo. Se trata de romper la asociación
entre género y tarea, permitiendo que niños y niñas experimenten la
corresponsabilidad desde la acción.
Otra buena propuesta fue hacer
cupones de tareas del hogar. Cada cual se compromete a realizar una tarea en
una semana: hacer la cama, tirar la basura, ayudar a poner la mesa… o cuidar a
la abuela enferma. Por supuesto hicimos listados con el nombre de la niña o el
niño y su compromiso. Cada reto conseguido se premia con un aplauso de la
asamblea.
También hacemos talleres de cocina
con ayuda de familiares. Para aprender es imprescindible poner las manos en la
masa. La salida al mercado del pueblo y la posterior preparación de una
macedonia en el aula constituyen experiencias de aprendizaje globalizado,
coherentes con el enfoque de proyectos. Pero además, introducen una dimensión
ética: la alimentación como acto de cuidado. La igualdad, en este contexto, no
se enseña como contenido abstracto, sino que se compra, se cocina, se trocea,
se mezcla y se comparte.
También es importante realizar
actividades de tareas de casa, grabarlas en vídeo o hacer fotos y llevarlas a
la escuela para compartir experiencias de responsabilidad y disfrute.
En asamblea hemos preguntado por
nuestra mujer preferida y, aunque se ha colado alguna abuela y alguna
protagonista de cuento, la respuesta mayoritaria ha sido “mi mamá”. Para un ser
de tres años, la madre es lo más importante, porque nos cuida, acaricia, da
cobijo y seguridad. Eso nos dijeron las niñas y los niños del aula. Las hemos
invitado al aula para que nos cuenten sus trabajos, tanto dentro como fuera de
casa. Fue una experiencia emotiva y enriquecedora.
En los rincones de juego, la vida entra
sin pedir permiso. Dos niñas jugaban a las mamás y discutían por un bebé de
plástico. Hasta que una dijo: “Pues las
dos podemos ser mamás, como las mamás de Ricardo”. Y en ese instante, la
diversidad familiar dejó de ser un concepto para convertirse en una escena
luminosa.
Es importante acoger en el aula la
diversidad de familias existentes. Para ello es imprescindible crear espacios y
tiempos que posibiliten la espontaneidad de la infancia. Es necesario crear ambientes
de actividades diversas y tiempos libres de juego donde la vida entre en la
escuela de forma natural.
También dedicamos tiempo a las
mujeres que la Historia olvidó. Las dibujamos, escribimos sus nombres, narramos
sus vidas, las soñamos. Hablar en el aula sobre mujeres pioneras en la ciencia,
el arte, la cultura o el deporte hará que la mitad de nuestro alumnado se
identifique con ellas y tenga referentes para cambiar este mundo tan
androcéntrico. Queríamos que las niñas del aula encontraran espejos donde
mirarse y que los niños aprendieran que el mundo no lo construyeron solo los
hombres. En cada mural, una mujer recupera su lugar y en cada mirada infantil,
nace un referente nuevo.
Ojalá llegue el día en que no
necesitemos un 8 de marzo. Mientras
tanto, la escuela tiene la responsabilidad, y el privilegio, de educar en
igualdad desde la vida cotidiana, desde los gestos pequeños, desde la ternura y
la justicia. Porque la igualdad no se enseña: se vive. Y en las aulas de
Infantil, cada gesto es una oportunidad para construir un mundo más habitable.
Queda mucho por andar. Seguiremos
luchando y educando en las escuelas por la igualdad entre todas las personas,
para ser más felices, hombres y mujeres, niñas y niños, por igual. Porque no
hay igualdad sin corresponsabilidad, ni libertad sin cuidado
compartido.
[i] Vygotsky, L.
S. (1979). El desarrollo de los procesos psicológicos superiores. Editorial
Crítica.
[ii] Montessori, M. (1912). El método Montessori: La pedagogía científica aplicada a la educación de la infancia. Editorial Diana.
[iii] Freinet, C. (1964). La
educación por el trabajo. Editorial Laia.