24 de septiembre de 2021

INTENTANDO INNOVAR EN LA ESCUELA

Recuerdo, cuando empezamos a trabajar en Educación Infantil un grupito de maestras y maestros, un tanto ingenuos, que luchábamos en mil batallas contra los obstáculos que nos impedían enseñar con metodologías innovadoras. Nos persiguieron inspecciones educativas, direcciones de colegios, compañeras y compañeros. No comprendíamos nada. ¡Quienes deberían alentar la innovación en la escuela nos ponían zancadillas! 

Con el tiempo nos dimos cuenta que sufrimos por nuestra torpeza, por no comprender la dificultad de cambiar una organización educativa tan férrea y anquilosada como es la escuela.

Dimos cursos sobre lo que hacíamos en nuestras aulas por los Centros de Profesorado, en un intento de mostrar nuestras tímidas innovaciones sobre ambientes en el aula, lectoescritura constructivista o trabajo por proyectos. Fue una experiencia gratificante pero quizás, solo para quienes impartimos las ponencias, porque nos ayudó a sistematizar nuestra práctica. Pero ahora pensamos que no sirvieron demasiado para mejorar la escuela. Cuando vamos a cursos, conferencias, jornadas y encuentros educativos buscamos la pócima que calme nuestro desasosiego. Porque solo escuchando no se aprende demasiado; y es por eso que nos aferramos a nuestra experiencia pasada, a la escuela de cuando éramos niñas o niños: cartillas de leer, memorización, exámenes y castigos.

Ahora se sigue, en la mayoría de los colegios, enseñando a leer y escribir con el método tradicional, hace tiempo denostado por la ciencia. Quizás, no sirvió de mucho tanto esfuerzo para intentar convencer de nuestras evidencias educativas innovadoras. Si acaso, nos valió para reflexionar sobre nuestro trabajo, aumentar nuestra autoestima, para perfeccionar nuestra práctica y para mejorar como enseñantes. Pensando en la distancia, hemos aprendido que impartiendo charlas no cambiamos la realidad de la escuela.

Compartiendo experiencias y errores, hemos aprendido características esenciales de los Centros Educativos, como de cualquier organización social que se precie, que dificultan cualquier proceso de innovación y mejora. Estas son algunas de ellas:

- Siempre aprende el que habla de lo que hace y pocas veces el que escucha. Aprendemos mostrando lo que hacemos y reflexionando sobre ello. Quienes crecen son los ponentes, en esa liturgia de jornadas y conferencias. Quienes solo escuchan no cambia demasiado. Para aprender hay que, primero, hacer; luego, pensar y compartir el análisis de la acción; y, por último, llevarlo de nuevo a la práctica. Sabiendo como sabíamos que se aprende con la reflexión de nuestro trabajo en grupo, fuimos dando charlas, por los caminos, sobre nuestras prácticas. Era como enseñar un mapa del paisaje que recorrimos. Y, ya se sabe, que en el plano nunca está lo vivido.

- Todo intento de cambio produce una reacción (acción-reacción, principio físico que siempre se cumple). Nunca pretendas cambiar el status quo esperando el beneplácito. Si empujas al sistema, sentirás en tu alma la resistencia. De la innovación nunca se sales ileso. Cualquier intento de transformación produce sufrimiento, pero éste también enseña. Eso aprendimos intentando cambiar la escuela.

- No esperes el aplauso de quienes trabajan a tu lado. La inseguridad de algunas personas salta por los aires cuando te conviertes en espejo en los que se miran y no les gusta lo que ven. Es necesario conectar con redes de contactos lejos de donde trabajamos, donde nadie te conozca, (eso hicimos siempre). Allí encontrarás el verdadero valor de lo que haces. Al no existir relaciones de cariño, de poder, celos o rivalidad, juzgarán sólo tu trabajo y sabrás el verdadero valor de lo que haces. Son pocas las personas que tienen la suerte de trabajar juntas compartiendo y valorando a quienes tienes a tu lado; solo ocurre cuando el grupo ha trabajado mucho sus emociones personales.

- Si trabajas de forma diferente al resto de la gente, se necesita valor para navegar en soledad. Raras veces encuentras a personas que reconozcan tu trabajo y te ayuden en la tarea. Es muy importante descubrir entre tanta «normalidad» a quienes, como tú, busca innovar y mejorar la educación.  La innovación requiere de gente dispuesta a asumir la duda permanente y la soledad.

- Nunca te enfrentes al poder directamente, aunque tengas más razón que un santo. El poder es el que puede, no necesariamente el que sabe, y menos aún quien tiene razón. No malgaste saliva en explicar. El poder suele querer mantener la paz social del centro educativo que dirige. Si molestas demasiado, te castigan.

- Todas las personas tenemos un vacío, un hueco en nuestro interior que nos inquieta. Quienes nos dedicamos a educar se nos ensancha ese agujero. Debemos aprender a llenar nuestras lagunas para poder educar de forma saludable, pero siempre desde la experiencia. Los discursos y textos pedagógicos, las conferencias, la charlas, ponencias y reuniones… alumbran, sugieren y dan ideas, pero sólo cuando se practican y se viven en carne propia nos ayudan a mejorar, de lo contrario nunca diluyen nuestras carencias. Y es que aprendemos de la reflexión sentida, en grupo, de lo que hacemos. Aprendemos cuando una chispa se enciende, no cuando nos obligan a perfeccionarnos. Porque la llama del aprendizaje prende desde dentro. Y cada cual arde a su tiempo y manera.  Solo desde nuestro interior podemos tapar ese vacío que todas las personas llevamos dentro.

- Por último, debemos tomar conciencia de que trabajamos en una institución férrea que se resiste a cualquier cambio o innovación. La lucha para cambiar la escuela es dura, pero merece la pena.

17 de septiembre de 2021

OJOS AZULES QUE MIRAN, A VECES

 OJOS AZULES QUE MIRAN, A VECES.

Tengo un alumno con los ojos más bonitos del mundo pero le cuesta mirar (paradojas de la vida). No sabemos el porqué pero, tiene dificultades en conectar. Investigando y probando, fui descubriendo que había situaciones emocionales en las que se vinculaba: masajitos en la cabeza, sobre el suelo bocarriba, saltando en la cama elástica, con la canción Un Elefante se balanceaba… y jugando a Los tres cerditos con los muñecos del cuento dentro de una casita. Cada vez que me veía entrar a su clase me decía, mirándome a los ojos: ¡Los tres cerditos, Cristóbal! Y me regalaba una mirada azul cielo de esas que te atraviesan el alma. No hay placer más grande que una conexión visual de alguien a quien le cuesta mirar.

Es un alumno propenso a diagnósticos, informe psicopedagógico, historial médico, dictamen de escolarización y no sé cuántas cosas más. Pero yo no me fijé en el color de sus ojos ni en las posibles etiquetas, sino en los momentos de conexión emocional.

El caso es que nos íbamos de vacaciones de verano y le regale esa casita de Los tres cerditos a su mamá, para que jugara con su hijo en verano. Y mira por dónde, esa madre me escribe diciendo que su hijo seguía desconectado, pero cuando le enseñó la casita dijo: ¡Cristóbal!, ¡Los tres cerditos! Soplaré, soplaré y la casa derrumbaré.

Y es que hay que buscar los momentos, actividades, juegos y relaciones donde se produzca ese milagro de la conexión entre los seres humanos. Esos momentos psicomágicos que, no sabemos por qué, hacen vincular a la infancia con la realidad. Y, en la distancia, estoy conectado con el chico de ojos azules gracias a ese cuento en el que el lobo quiere comerse a quien no tienen conciencia sobre la realidad.

La capacidad de conectar del profesorado tiene que ver con el carácter y la actitud de cada persona, con la forma de ser, con la abertura sentimental, con el estado mental, con el equilibrio emocional, con la capacidad de introspección... En magisterio, no solo hay que estudiar las teorías introspectivas, de las que a veces carecen los planes de estudios, sino que habría que aprender sobre lo que nos pasa como educadores cuando nos enfrentamos a un grupo de personas que empiezan a sentir la vida. Porque hay que aprenderse, hay que ponerse en juego  y vincularse. Sólo así podremos educar al alumnado.

Si no eres capaz de mirar a los ojos de alguien, cómo vas a educar. Las niñas y los niños te huelen. No hay posibilidad de engaño con las emociones de la infancia. Conectar tiene que ver con la consideración de la otra persona desde la verdad de lo que eres. Quizás, este sea el secreto: entrar en lo personal, escuchar, mirar, sentir, sostener y conectar. Y de eso va el vínculo. No sirven, por tanto, los protocolos pseudopsicológicos de técnicas que se aprenden para enseñar. No se puede educar si no nos entregamos.  Es imprescindible conectar, vincular afectivamente y darnos en cuerpo y alma. Eso me enseñó ese niño de ojos azules inquietantes a quien le cuesta mirar.

Tengo una Administración Educativo con unos ojos preciosos, pero que nunca miran donde tienen que mirar. Porque resulta que el personal educativo nos desvivimos por ayudar al niño de ojos azules; pero llevamos dos años, desde el Equipo de Orientación, pidiendo un apoyo para que le ayude a poder estar en el aula con los demás, porque no controla esfínteres y tiene ciertas necesidades. Pero esos ojos maravillosos de la Administración Educativa que se muestran en los discursos políticos miran para otro lado, no sabe ver la realidad. Y su familia lleva dos años viniendo al colegio a cambiar el pañal de su hijo, y ahora, ya desesperada, desea poner un apoyo por medio de la asociación de Autismo pagado por ellos, cuando la educación es gratuita y las leyes se llenan la boca con palabras de inclusión, gratuidad y diversidad.

Lástima de ojos azules preciosos que le cuesta mirar y tiene que mendigar la ayuda de una Administración insensible que, aunque muestre unos preciosos ojos, no sabe ver lo que es su responsabilidad.

27 de agosto de 2021

La teta de mamá

Es difícil de comprender el sufrimiento que generan los celos en la infancia. Para explicarlo siempre pongo el mismo ejemplo: que tu pareja se enamore de otra persona.

Imagina que eres madre, eres feliz, estás repleta de amor y caricias y, de pronto, descubres a tu pareja agarrado a una teta que no es la tuya. Esos labios que saborearon tus pechos ahora habitan otra ambrosía.

Imagina que eres padre, eres feliz, estás repleto de amor y caricias y, de pronto, encuentras a otra persona saboreando el néctar del pecho de tu pareja.

Pues imagina una personita pequeña que mamaba de la teta de su mamá y ahora esa teta es para otra personita. Piensa que dormía en la cama de sus padres y, ahora, un bebé ocupa ese lugar placentero. Sólo entonces comprenderás el sufrimiento que genera ese desplazamiento. 

Si los adultos sufrimos con una infidelidad, pensemos en una niña de tres años o en un niño de cuatro o cinco que viven esa realidad. Pues eso les pasa a las criaturitas que tienen una hermanita o un hermanito, que poseían una madre en exclusiva y ahora tienen que compartir amores.

 A los seis o siete años ya están en otra situación. Ya soltaron el pecho, ya son mayores, ya soportan a un inútil bebé, que solo llora, duerme, mama y se hace caca encima; que no sabe comer y tiene que chupar la teta de su mamá. Cuando somos mayores nos identificamos con la mamá o el papá que cuidan al bebé. A edades más maduras ya no hay celos, hay comprensión, cuidado, identificación y empatía, porque salimos del egocentrismo infantil. Nos situamos en otra posición y es entonces cuando crecemos.

Si nos viene una hermana o un hermano pequeño tenemos que acostumbrarnos, primero, a la reciente situación y, después, reubicarnos en la nueva estructura familiar. Ya no somos en exclusiva, ahora somos alguien más. Nos han robado lo que creíamos nuestro, lo que éramos. Tenemos que salir del egocentrismo infantil por fuerza mayor, pero, a veces, no estamos preparados.

Y es que la edad de los críos es muy importante. No es lo mismo tener dos años, tres o siete. No es igual tener la capacidad de comprender una nueva situación a que se dispare la emoción incontrolada de quien aún no tiene conciencia ni pensamiento lógico. Por ello hay que tener paciencia y comprensión para elaborar las nuevas situaciones que encontramos en la infancia.

Hace muchos años, por eso lo cuento, una maestra de infantil me pidió ayuda para que le acompañara en una tutoría con familia. Un niño de cuatro años se mostraba en clase desafiante, dominador, tirano, prepotente, controlador… Le dije que citara tanto al padre como a la madre. Es necesario, siempre, trabajar en la estructura familiar. Le pregunté a la madre que donde dormía el hijo. Es imprescindible analizar los momentos importantes de la vida: dormir, comer, ir al baño, deseos y necesidades.

Después de un ratito de charla y de establecer un buen rapporte, me cuenta la madre que su hijo se acuesta con ella, apretado. Y no se duerme si no es tocándole el pecho con la mano. Miro al padre y le digo: esa teta ya no es del niño, ya creció demasiado. Ahora puede ser tuya de nuevo. A los pocos días ese padre, que antes estaba angustiado, me da un abrazo de los que se ponen los corazones a latir al mismo ritmo. Algo importante tuvo que ocurrir en el lecho familiar gracias a mis palabras certeras.

Es evidente que la entrevista dio sus frutos. Tomaron conciencia de que había llegado el momento de una reubicación familiar. Ya no podía sostenerse la diada madre-hijo, sino que tendría que cambiar a una estructura triangular donde padre y madre estén arriba y el hijo en el vértice de abajo.

El caso es que ese padre y esa madre, después de la entrevista, reestructuraron su familia, y el hijo aprendió cuál era su sitio en la configuración familiar y, como consecuencia, en el colegio desaparecieron las conductas desafiantes, sin castigos ni medicamentos. Y es que, a veces, las palabras, si son certeras, curan.

Es importante saber siempre el lugar que ocupan las niñas y niños en la familia, si son únicos, parejas o familia numerosa, y en qué posición están los descendentes en la estructura familiar. También es imprescindible vislumbrar cómo se comportan en la escuela;  y, sobre todo, es imprescindible saber la función que tiene la teta de mamá en esa estructura social.

 

6 de julio de 2021

 NO ME VOY DEL TODO

Me jubilo. Pero tengo todo el verano para hacerme a la idea. Para ir soltando lastres y amores. Aunque no creo que deje de ser maestro de escuela: se me clavó en el alma esta profesión-pasión.

Esto no es una despedida porque me fui yendo poco a poco, porque hace tiempo que me estoy despidiendo. No obstante, quisiera conservar ese poquito que me queda para no irme del todo del mundo educativo, que fue y sigue siendo una buena parte de mi vida.

Y es que me fui en gran medida cuando dejé la Educación Infantil. Esos fueron mis mejores años. En donde di todo lo que supe y no dejé de aprender para seguir dando más aún. En esos más de 20 años aprendí todo lo que sé de la infancia, porque esas niñas y niños de 3 a 5 años son la mayor universidad para quienes quieran aprender de la vida. Y yo siempre tuve las orejas abierta de par en par (y dicen por ahí que fui alumno aventajado). Todo lo que aprendí lo fui dando a quienes quisieron abrir sus orejas. No quise nunca quedarme nada para mí. Me encantó compartir experiencias. Eso me llenó de una gran satisfacción. Ya se sabe que quien da es quien más recibe.

Luego vino el gran reto de acabar mis años profesionales intentando ayudar a la infancia más necesitada. Siempre me dediqué a ella como tutor del aula; pero ahora dedicaría todo el tiempo a esas criaturas que fracasan en la escuela porque esta no está preparada para albergar la diversidad de la sociedad. Y creo que me equivoqué porque no se puede ayudar desde la especialización, desde la exclusividad, desde el diagnóstico. Solo podemos aprender en la diversidad del aula, en el grupo, con los iguales (como yo lo hacía antes de ser especialista en Pedagogía Terapéutica). Sólo podemos educar en la diversidad desde una concepción de aceptación de las diferencias, desde metodologías abiertas, desde la educación inclusiva de verdad, desde las tutorías de aula, desde proyectos integrales de centro. Porque en la escuela todas las personas debemos ser atendidos, cada cual a su manera y con su peculiaridad, por toda la comunidad educativa.

Esto no quiere decir que no haya aprendido en estos últimos cursos como especialista en Pedagogía Terapéutica. Cada niña, cada niño, me ha enseñado algo. Especialmente he aprendido de quienes tenían más necesidades. Gracias mil veces a esa infancia especial y sus familias por haberme enseñado tanto. Pero creo que no solo yo he aprendido con esas personitas peculiares, sino que también ha aprendido mi escuela. Estoy seguro de ello. Sé que todo el alumnado de mi cole ha mejorado su humanidad y empatía gracias a quienes tienen capacidades diferentes. Porque hay cosas que solo se aprende en la convivencia. Y también las maestras y maestro hemos aprendido, y las familias. Toda la comunidad educativa ha mejorado gracias a las personas con diversidad funcional. Hemos aprendido que nos educamos en comunidad, que nadie se educa en soledad, que la diversidad es riqueza, que, ante todo, somos seres humanos.

La madre de mi alumna más especial lleva días llorando mi ida. Sí, me jubilo. Me voy. Me ha llegado la hora (esa no, la de la jubilación). Y me sienta bien ese regalo de lágrimas tan sentidas. Pero ya le dije: si algo hice bien en el cole con tu hija es que me puedo ir tranquilo porque ella estará bien atendida. Y es que mi labor como especialista en Pedagogía Terapéutica fue la de cambiar el cole, no a la niña. Antes solían decir por los pasillos: ¿esta niña por qué no está en un centro específico? Hasta las especia-listas (no sé por qué del nombre porque muy listas no parecían) dijeron que esta chica debería estar en un centro especializado: porque no comunicaba, no entendía, porque solo realizaba rutinas, porque el centro no estaba preparado, etc.

Pero mira por dónde, esta chica tan especial, que no tenía expectativas de futuro, ya sabe leer y escribe sus deseos, está en mi cole incluida como parte importante del funcionamiento del centro, todo el alumnado la quiere, es parte de la comunidad educativa. Y sus compañeras y compañeros han mejorado como personas, han desarrollado empatía, aceptación de la diferencia, comprensión, amabilidad, paciencia, escucha… y tantos valores imprescindibles de la educación que necesitamos en esta sociedad. Y todo gracias a esta niña tan especial.

Es por eso que me voy sin sensación de abandono, porque sé que mi colegio seguirá funcionando igual que cuando yo estaba. Porque si algo he hecho bien ha sido no hacerme imprescindible. Siempre habrá profesorado que luchará por la aceptación de la diversidad. Lo mejor que hice es intentar que el colegio se impregnara de la aceptación de la diversidad del alumnado. Me gusta la idea de haber puesto mi granito de arena para el colegio funcione mejor. Espero haberlo conseguido de alguna manera. Porque educamos igual que las olas crean orilla: al retirarse.  

No digo adiós sino hasta siempre. Guardaré en mi alma un poquito de mi escuela igual que espero que otro poco de mí se quede en mi colegio de toda la vida. Quizás siga presente entre las paredes del colegio, o en el patio, en el árbol de morera que planté para darles comida, cada primavera, a los gusanos de seda de mi aula. Quizás siga, de algún modo, dentro del niño que no mira a los ojos, o de la niña que aletea, o del chico que tiene dificultades varias para las mates. Quizás siga junto a todas esas chicas y chicos, que solo necesitan que las amen como a las demás. Eso me haría mucha ilusión: haberme quedado flotando en el alma de las niñas y niños a los tuve el honor de ayudar mientras me hacían mejor maestro.

Pido perdón por si pude hacer daño intentando mejorar la escuela. Es difícil cambiar la educación sin llevarse a alguien «palante» en algún momento, solo quise lo mejor para lo único importante de la escuela: el alumnado. Y perdón, especialmente, a todas esas niñas y niños a quienes no supe ayudar lo suficiente.

Aquí seguiré con el poquito de escuela que me quedó dentro, por si alguien necesita ayuda en este duro quehacer que es la educación de la generación con el futuro más incierto. Porque quizás puedo ayudaros a comprender dos cosas que yo aprendí en mi vida profesional: la importancia de la educación y la dificultad que conlleva.

Gracias a tantas personitas que, en el camino, me han enseñado tanto, y gracias a todas las personas que gastan su tiempo con la infancia, porque de ellas es el reino de este mundo, que es el único cielo.

24 de mayo de 2021

CADA CUAL ES ESPECIAL

 No somos individuos. Somos un sistema complejo que vivimos en contextos. Si queremos conocer quienes somos debemos tener una visión holística de la realidad. Para vernos de verdad es necesario abrir los ojos de par en par: mirar lo que somos cuando actuamos en interacción dentro de una relación. Somos diferentes en función de miles de circunstancias. Nos mostramos como personas distintas dependiendo de las diferentes situaciones: si estamos solos, en el trabajo, con amistades o frente al mar. Porque nos construimos como personas en un medio complejo: natural, social, cultural y emocional.

Somos más que lo que aparentamos individualmente. Somos en la interacción de muchos elementos: cultura, ambiente, naturaleza, historia, percepción y mil cosas más, y siempre con la mirada distorsionada que tenemos. Somos lo que somos capaces de ver en el espejo que la compleja realidad nos muestra. Pues eso: somos dentro de un contexto.

Por ello, no es lo mismo ser primer hijo, que segundo, que tercero, en la relación familiar. Ser primogénito nos determina. Se parece más el carácter de los primeros hijos de familias diferentes que hijos de la misma familia. Y ser hijas, ya ni te digo. El orden en la dinastía o el género nos marca más que las condiciones sociales. También nos condiciona la religión, la ideología, nuestras familias o el lugar del mundo en el que nos ha tocado vivir.

Ser el primer hijo o hija de una familia es muy determinante en la construcción de la identidad. Nuestra madre puso todo en su deseo de ser madre en su primera criatura y nuestro padre puso todo su deseo de trascender. Los miedos de cómo cuidar y educar a la primera criatura que engendramos se materializan en la crianza de ese primer vástago. Nos construimos como seres únicos y permanentes en función de las expectativas de quienes nos engendró. Cuando llega un segundo hijo o hija ya nada es igual. Madres y padres ya no son lo mismo. No es igual tener una hija, un hijo, ser primero, segundo o tercero, porque ya no somos la misma persona después de haber tenido un descendiente.

Las personitas cuando nacen se construyen desde un lugar. Entre verse como primer deseo o como alguien más hay una gran diferencia. Nos determina demasiado el lugar que ocupamos en nuestra familia. Ser el de en medio, el emparedado, marca una gran diferencia en la construcción de nuestra identidad. Ser segundo de tres es casi como ser nadie. Quizás sea mejor ser el pequeño, el que se llevará todos los mimos y las complacencias. Ser primero siempre sufre la loza de quien lleva toda la responsabilidad de ser un buen hijo, una buena hija, para no defraudar a su madre y a su padre, que pusieron todas sus expectativas en sus mejores deseos.  Esto  depende en gran medida de sexo y de las expectativas que hubiera en su madre o su padre.  

Así que nunca digamos que hemos educados a nuestras hijas o hijos de la misma manera. El contexto es muy diferente. Cada hija, cada hijo es un ser especial. Y en la escuela no digamos. ¡Uf, qué complejidad!

 

18 de diciembre de 2020

FIN DEL VIAJE

Solo una mochila con sueños me acompañaba, como parte indisociable de mi cuerpo, en este último viaje. Cogí el tren de la esperanza sin destino prefijado. Me alejaba sin demora de la inquietante rutina: de ese llevar mascarillas en los labios, de la distancia de seguridad tan poco segura para el alma, del lavado de manos habitual, que empezaba a borrar mis huellas dactilares: mi propia identidad.

Hay dos tipos de viajes: uno el que busca un destino; el otro, el que huye de alguna parte. Este segundo era el sendero que emprendí.

¡Huir!. Eso hacía, huir a ninguna parte, a máxima velocidad.

Sentí que me iba lejos, muy lejos, por camino sin retorno, hacia el otro lado del mundo.

Fue un viaje hacia dentro, hacia lo más hondo del alma. Viví una aventura de sufrimientos, de angustias, de miedos. Una travesía de nubes, de humo, de nada y de todo al mismo tiempo.

Percibí que no sólo yo viajaba sino que, sin saber cómo, me convertí en sendero de miles de objetos que transitaban por mi cuerpo: tubos, agujas, antibióticos, calmantes… y mil cosas que no recuerdo. Sentía como todo navegaba despacio dentro de mí. Me vi como encrucijada por donde transitaban cientos de viajeros a lugares prefijados intentando detener mi destino irremediable.

Sin saber cómo ni cuándo, me encontré a medio camino, rodeado de seres ancestrales vestidos con batas blancas, mascarillas y pantallas transparentes, en un vehículo que emitía ruidos y luces estridentes.

Este viaje imaginaba, mientras estuve ingresado en la UCI del hospital, justo una semana después del fatídico día en el que, maldita la hora, me dio por besar a mi amiga, sin saber que besaba a la muerte inesperada.

Eso pensaba yo cuando todos los senderos de mi cuerpo se alinearon para llegar a la orilla de la laguna Estigia con el propósito de navegar, por sus aguas calmas, hasta el fin inevitable del viaje.

22 de agosto de 2020

EL CORONACURSO

La vuelta a clase en esta situación de pandemia exige tomar medidas que garanticen la seguridad sanitaria antes de  abrir los colegios. Las principales actuaciones que es necesario realizar no dependen de la comunidad educativa sino de la Administración. Para guardar distancia de seguridad hay que bajar la ratio del aula, habilitar nuevos espacios y contratar personal de limpieza, apoyo, comedor y más profesorado. Porque en un aula no caben 25 niñas y niños guardando la distancia recomendada. Es imprescindible personal de limpieza de forma permanente. Los comedores necesitan hacer varios turnos para guardar distancias de seguridad, más espacios y extremar la higiene. Los transportes escolares también necesitan cumplir las normas. Así como el aula matinal o las actividades extraescolares.

Las instrucciones que los poderes públicos han dictando cargan la responsabilidad a las direcciones de los centros y al profesorado. No han adoptado ninguna medida eficaz, sólo recomendaciones imprecisas sin invertir en todo lo que se necesita.

El curso está ya cerca y no podemos esperar a que el poder político asuma sus competencias y den soluciones a tantas necesidades. Ante la complejidad de la escuela no sirven los protocolos: no es lo mismo infantil que primaria, cada alumnado es diferente, cada centro es único y no sabemos las circunstancias que se van a presentar. Los aseos son los que son, las entradas, pasillos, patios, aulas y demás dependencia ya tenían carencias espaciales desde hace tiempo en la mayoría de los centros educativos. Como no esperamos respuesta administrativa a los problemas que se avecinan debemos, en la medida de lo posible, hacer lo que buenamente sabemos y podemos.

Lo deseable es reinventar la escuela, porque el confinamiento ya existía en esos habitáculos cuadrados llenos de sillas y mesas en los que, en pocas ocasiones, se cumplía la normativa en cuanto a espacio por alumnado. Quizás esta situación puede ser una oportunidad para generar cambios sustanciales. He aquí algunas sugerencias para ir pensando:

Lo principal para educar es estar presentes, mirar a los ojos y escuchar. Para ello debemos, en primer lugar, escucharnos por dentro, solucionar nuestros miedos para poder luego atemder a los demás. Las maestras y los maestros tenemos que soltar nuestra angustia antes de tratar con el alumnado. Así que es primordial tener cierta seguridad en el trabajo para sentirnos relajados. Antes que nada, debemos trabajar los vínculos entre el profesorado para luego poder vincular al alumnado. Deberíamos compensar este tiempo de angustia y el mucho trabajo telemático que hemos realizado y restaurar todas nuestras heridas para poder ayudar a nuestros escolares.

Sin conexión no hay educación. Hay que acercarse emocionalmente para tocar los corazones de las niñas y niños de la clase. Si nos tapamos la boca con mascarillas debemos aprender a sonreír con los ojos. Lo que sea, para poder conectar. La distancia de seguridad necesaria es sólo física. Así que para compensar se necesita más contacto emocional. Traspasar las mascarillas y las mamparas requiere de palabras más sensibles. Esta vez se hace necesario, más que nunca, escuchar individualmente y no sólo al grupo. Cada cual tiene su peculiaridad en la conquista de su equilibrio emocional.

Las familias también deben estar conectadas con el profesorado emocionalmente. Sólo si están relajadas, confiadas y tranquilas tendremos alumnado con posibilidades educativas. No debemos prejuzgar a las madres y padres de nuestro alumnado porque cada cual vivió la realidad de forma distinta y no lo sabemos. Debemos estar tranquilos y cercanos para poder soportar sus inquietudes. Así nos mandarán al colegio niños y niñas más equilibrados.  Tampoco todas las familias tienen las mismas posibilidades y necesidades. Que los colegios estén abiertos no debe implicar que tengan que venir a clase todos los días ni a todas horas la totalidad del alumnado. Abrir variabilidad de asistencia podría ser una posibilidad para bajar la ratio. Es un momento suficientemente peligroso que requiere buscar soluciones imaginativas a la masificación de los colegios. Es necesario atender a quienes tienen menos posibilidades educativas.

Debemos aprovechar esta realidad tan compleja para realizar los cambios metodológicos que siempre debimos hacer y que ahora son necesarios. Trabajar con espacios y materiales naturales no estaría mal. La vuelta a la naturaleza es ahora imprescindible porque es más saludable que el aula. El patio del colegio es un lugar que podemos aprovechar para aprender. Es necesario evitar los espacios cerrados. También podemos salir al campo, a la playa, al bosque o a la ciudad.  Concebir la comunidad como espacio educativo es una buena posibilidad: museos, parques, castillos, mercados, jardines y plazas.

Los árboles del colegio pueden ser templos de aprendizaje. A su alrededor podemos hacer asambleas, contar cuentos o leer. También se podría aprender muchos contenidos con ellos: hojas flores, frutos, texturas, fotosíntesis, ecología, insectos, pájaros, coger materiales para realizar actividades plásticas, aprender del recorrido de las sombras que dibujan en el suelo o percibir las texturas de su corteza.

El huerto escolar o el jardín son los mejores lugares para aprender sobre la naturaleza. La polinización de las flores la podemos ver en directo, así como el milagro de la germinación o el nacimiento de una flor.

En el cole no sólo enseñamos, sino que también educamos. Y además de educar podemos ser agentes de salud si realizamos actividades terapéuticas. Es necesario trabajar mediante el diálogo y la expresión el miedo que nos ha generado esta pandemia. Pero, sobre todo, es necesario jugar. El juego es la mejor medicina para todos los males del alma de la infancia.

Hay que hacer teatro para dramatizar y sacar fuera toda la angustia que nos provoca el virus, utilizando el cuerpo y la emoción. Es imprescindible volver a la psicomotricidad que nunca debió salir de la escuela, para que el alma grite todo lo que lleva dentro a través del cuerpo, porque con la expresión corporal nos ponemos en juego y lanzamos al aire todos nuestros enredos.

Trabajar los cuentos y los textos literarios se hace ahora más importante que nunca, porque ya se sabe que las historias nos recomponen el alma narrándonos de nuevo.  

La actividad dialógica es imprescindible para sacar fuera el trauma. Hay que intentar que el alumnado hable y converse sobre cualquier tema que estemos trabajando. Es importante dialogar sobre lo que sentimos. Porque si hablamos pensamos, y quienes hablan con los demás mejoran la mente y diluye sus emociones derramadas. 

Muchos creen que los medios tecnológicos han sustituido nuestra labor educativa, pero como técnicas frías y distantes conecta a baja intensidad. Sirven para mandar deberes y tareas, pero no para educar. ¡Tengámoslo presente! Podemos y debemos seguir usándolos como herramientas, pero siempre debe existir una persona humana que medie. Podemos crear en el colegio lugares informatizados para que busquen, investiguen e indaguen sobre cualquier tema que estemos trabajando. Debe haber talleres de tecnología para asistir en pequeños grupos. Es necesario deshomogeneizar las actividades, dejar que cada equipo pueda hacer distintas tareas en lugares diferentes, para así mantener distancias de seguridad.

Es sabido que la educación online ha aumentado las diferencias educativas que ya existían entre el alumnado de distintos estratos sociales, desatendiendo una de las misiones de la escuela que es compensar necesidades. Es hora de revertir la tendencia. Es necesario metodologías integradoras que ayuden al alumnado con más dificultades. Los aprendizajes cooperativos, los grupos interactivos, las parejas de ayuda mutua o patrullas como los scouts, son posibilidades de organización a partir de grupos pequeños que se ayudan y que trabajan juntos sobre proyectos y tareas integrales. Hay que evitar la enseñanza competitiva tan nefasta para todo el alumnado. Tanto para quienes tienen altas capacidades, que suelen ser rechazados, como para quienes tienen más dificultades. Debemos trabajar coordinados, lo hemos aprendido en el confinamiento: todas las personas somos necesarias y vamos en un mismo barco que es nuestro planeta.

Para todas estas propuestas hay que romper la estructura hermética de asignaturas y horarios. No podemos crear burbujas educativas, como propone la administración, si en cada grupo clase entra especialistas de inglés, francés, educación física, música y religión, que se pasean por todas las aulas. Si cada media hora tienen una asignatura distinta con un profesorado diferente la existencia de una persona infestada se expandiría por todo el colegio. Hay que volver a un magisterio generalista, trabajando todas las asignaturas juntas por medio de proyectos, actividades vivenciales o tareas integrales, a través de las cuales aprendamos sobre un mundo que nunca debió de ser parcelado en materias. Sólo integrando los saberes aprenderemos de la vida desde una visión interrelacionada y global.

Ya sé que es difícil reinventar la educación pero, quizás, esta pandemia nos permita soñar una nueva escuela, más saludable, solidaria, natural y amable. ¡Debemos intentarlo!

 

26 de junio de 2020

NO HA SIDO TIEMPO PERDIDO


Solemos pensar que el tiempo es oro, eso nos han inculcado, y que lo perdemos si no producimos lo que el sistema nos demanda. El dios Crono nos devora como nos cuenta Goya en su enigmática pintura de Saturno. Pero puede que el tiempo sea vida en vez de dinero y no lo hayamos perdido en este confinamiento.
El profesorado, a veces, pretende enseñar una cosa y el alumnado aprende otra muy distinta. Suele pasar, pero en este tiempo de pandemia, mucho más, porque no controlamos ni conocemos las circunstancias en las que se encuentra cada cual. Los maestros y maestras nos lanzamos de cabeza a enseñar para que nuestro alumnado no perdiera el tiempo en este confinamiento, igual que muchas personas se lanzaron a los supermercados a comprar papel higiénico, sin pensar. Ya llegó el momento de la calma, tiempo de reflexión y de balance provisional. Veamos pues si hemos perdido el tiempo o hemos aprendido algo en estos momentos educativos inusuales.
Pues resulta que llevamos mucho tiempo en los centros educativos con programas TIC (Tecnologías de la Información y el Conocimiento) y en apenas dos meses hemos asimilado más del uso de las tecnologías que en todos los años anteriores. Y es que se aprende cuando hay necesidad. Es la función la que crea el órgano. Tanto el profesorado, las familias y los niños y niñas hemos aprendido a escribir textos en Words y presentaciones en PowerPoint, a editar imágenes, crear carpetas para organizar el trabajo, entrar en Classroom para las clases, dominar el correo electrónico, comunicar por Whatsapp, Hangout, Facebook o Instagram, hacer videoconferencias por cualquiera de los programas que la cultura digital nos ofrece y mil cosas más.
Las familias, el alumnado y el profesorado nos hemos puesto las pilas porque un bicho nos pinchaba. Los maestros y las maestras nos hemos reciclado en pocos días y hemos sido capaces de hacer videoconferencias de Equipos Docentes, Claustros, Consejos Escolares, Reuniones de ciclo, Tutorías y clases online. Hemos realizado cientos de blog, periódicos y revistas educativas digitales, hemos seleccionado contenidos educativos de la red, conectando con diferentes programas con las familias, etc. En definitiva, hemos teletrabajado, algo que sólo vislumbrábamos en personal privilegiado de grandes corporaciones internacionales.
Los niños y niñas, que estaban enganchados a los videojuegos y a historias intrascendentes de Youtube o Tic Toc, han empleado por primera vez el móvil para algo más productivo aprendiendo las mil posibilidades que la tecnología nos brinda.  
En sólo dos meses, además de los contenidos académicos trabajados a distancia, hemos conseguido el objetivo de hacer funcionales las tecnologías de la información y comunicación. Por ello, no debemos pensar que hemos perdido el tiempo. No sabemos hasta qué punto hemos aprendido cosas que no teníamos previstas.
Pero no sólo hemos aprendido contenido tecnológico, también hemos comenzado a valorar cosas que antes teníamos y no le dábamos importancia. Hemos descubierto la necesidad de conectar con los demás. Y tanto alumnado, familias y profesorado nos hemos comunicado de manera esencial, por necesidad y con deseo.
También hemos aprendido el valor de la solidaridad, las profesiones más importantes para vivir, que la unión hace la fuerza, que el estado y los poderes públicos se deben ocupar de lo público, del bien común, que la familia es siempre el sostén básico de la sociedad y que siempre hay quien para salir del pozo sigue cavando hacia abajo en vez de ayudar, pero a esos no hay que hacerles caso.
Por eso creo que, aunque queden lagunas de lengua o matemáticas, seguro que hemos aprendido algo muy esencial que no teníamos previsto: que no se pierde nunca el tiempo si se gana para la vida. 
Xtóbal, verano 2020-06-26

21 de abril de 2020

LA FUNCIÓN DOCENTE EN EL CONFINAMIENTO


En estos días de pandemia por el coronavirus, la educación institucional está ausente, y es difícil el aprendizaje sin presencia. Menos mal que los maestros y las maestras intentamos por todos los medios subvertir estas circunstancias e imaginamos entrar en los hogares de nuestro alumnado para acompañarle de alguna manera. 
Las familias tienen una responsabilidad educativa relacionada con el apego, la crianza y las primeras normas sociales desde el amor incondicional, pero están asumiendo en este tiempo de confinamiento una educación institucional que no les corresponde. Es la escuela la que tiene el deber de realizar esta función social porque es la encargada de vertebrar las relaciones sociales entre iguales, la formación de ciudadanos y la transmisión del acervo cultural del mundo en que vivimos.
La importancia que tenemos los educadores no es sólo por nuestra habilidad para enseñar, que también, sino por nuestra capacidad de conectar emocionalmente para poder trasmitir nuestro legado cultural. No hay educación sin sujetos humanos vinculantes. Y somos, queramos o no, referentes educativos que posibilitan el deseo de saber. No se aprende con técnicas, programas sofisticados o actividades deshumanizadas. Debe haber siempre una conexión humana que sustente ese deseo de conocer cosas nuevas. Y es ahí donde los maestros y maestras debemos estar presentes. Si no podemos en directo por el confinamiento habrá que hacerlo virtualmente, pero el alumnado nos tiene que ver, oír, sentir y saber que estamos presentes. Debe haber un vínculo transferencial en el hecho educativo. Es necesario mostrarnos, es imprescindible la subjetivación de la enseñanza si queremos construir seres humanos.
La labor que estamos realizando con tantas dificultades no hubiera sido posible sin la colaboración de las familias. Porque somos educadores en la medida que padres y madres nos sitúan en ese lugar de referentes culturales. Las familias no pueden suplir la labor del profesorado porque deben realizar su papel, que es mucho más necesario: el de sostener, el de ayudar, el de dar seguridad, alimento y cariño. Pero con respecto a la enseñanza reglada su labor es de vínculo con la escuela, y desde esa conexión entre la casa y el profesorado se hace posible que los niños y las niñas sigan aprendiendo.
Desde hace tiempo se ha experimentado con las llamadas máquinas de enseñar, con programas sofisticados de aprendizajes, con robótica educativa,… pero sólo han servido para el aprendizaje en personas adultas o con destrezas concretas. Para educar a la infancia es imprescindible el profesorado, porque en el trasvase de conocimiento debe haber un vínculo humano. Los maestros y las maestras no sólo trasmitimos contenidos sino que, sobre todo, educamos.  Y educar tiene que ver con verse reflejada en otra persona y aspirar a adquirir sus conocimientos y experiencia.  
Ciertas demandan de la Administración Educativa en estos momentos se centran en los contenidos curriculares y la evaluación explicitando una concepción de sistema educativo instrumental, basada en aprendizajes académicos, en donde se prioriza los aspectos cognitivos y disciplinares, no teniendo en cuenta la relación personal, amorosa y vinculante entre profesorado y alumnado, que es la base del aprendizaje.  Y es que la Administración, desde hace tiempo, ha burocratizado la enseñanza hasta el extremo de perder la esencia de la misma, que no es más que la conexión transferencial simbólica entre los educadores y la infancia para transmitir el legado cultural de nuestro mundo.
Así que es necesario valorar todo el trabajo que están realizando las maestras y los maestros en este confinamiento porque, a pesar de las dificultades, se están haciendo presentes: buscando medios propios, improvisando, aprendiendo nuevas plataformas de comunicación, desviviéndose por seguir siendo referentes de su alumnado de forma personal. Es la pasión que están poniendo lo que provoca el hecho educativo: el interés en conectar, el esfuerzo para hacerse presente, la energía invertida, el tiempo que dedican y la ilusión en el trabajo que despliegan a pesar de tantas dificultades. Porque es el amor al saber y a los niños y niñas del aula lo que hace posible el milagro de aprender.
Para un buen aprendizaje debe haber una identificación con el enseñante, y es por eso que debemos seguir mostrándonos aunque sea a distancia: con nuestra imagen, con palabras, a nuestra forma y manera. El caso es que el alumnado sienta que estamos presentes, que estamos cerca. Es difícil, pero se está haciendo: con vídeos de ánimo de las distintas escuelas, con bailes, cuentos, canciones, actividades, propuestas visuales, por teléfono, por WhatsApp, por Classroom o conectando desde el teléfono personal. Da igual la manera, lo importante es vincular al alumnado.
Sigamos pues dando aplausos a quienes están en primera línea de lucha por el coronavirus porque nos salvan la vida. Los educadores sólo necesitamos valoración y conexión, aunque sea a distancia, para que la educación y el aprendizaje sigan surtiendo efecto. Y para ello sólo pedimos la complicidad de las familias y algo de comprensión del resto de la ciudadanía.


15 de abril de 2020

LAS COSAS SON LO QUE SON


Cuando la vida nos tambalea, y este es el caso con la epidemia del coronavirus, es bueno parar, tomar conciencia y reflexionar. Es necesario en estos momentos de crisis volver la vista atrás, coger impulso y dar un gran salto hacia el futuro. Para ello sería recomendable leer a los filósofos griegos que hace tiempo ya sufrieron en la vida y pensaron sobre dificultades como las que estamos viviendo.
Nietzsche iluminó mi desasosiego y navegué en su propuesta: “sólo ha existido un filósofo en la historia digno de tal nombre, Epicteto”. Nos ha llegado poco de la sabiduría de este desconocido filósofo, pero puede servirnos de referencia por su carácter esencial. Su obra puede resumirse en la siguiente máxima: “lo que es, es”.
Pero tenemos un cerebro que se pone nervioso cuando la realidad no encaja con las expectativas que tenía programadas. Y es por eso que ante esta pandemia comenzamos a sentirnos inquietos, angustiados, desequilibrados,… buscando causas y culpables, criticando y dando soluciones a toro pasado. Y nos hemos convertidos en epidemiólogos, científicos, sociólogos y políticos en poco tiempo.
Epicteto nos aclara una obviedad: las cosas son lo que son. Y es que hemos vivido en un mundo hedonista, de fantasía, ilusiones y de profecías propuestas por el mercado imposibles de satisfacer. El mal de nuestras vidas ha estado en nuestra mente, en las ideologías, en nuestras expectativas, en los objetivos inalcanzables, en nuestras ilusiones de ilusos. Y esta es la causa primera de la depresión de nuestra condición humana en esta crisis que nos ha tocado vivir. No echemos la culpa a nadie ante esta contrariedad, a todo ser viviente nos pilló a contrapié porque no estábamos preparados. No hay que mirar atrás sino buscar soluciones. Lo primero es la aceptación. No nos habíamos percatado del peligro, pero ya es tarde para lamentaciones. Aceptémosla y miremos el futuro. Lo que hay es lo que es.  
No hay que ir a los griegos porque lo que necesitamos es sentido común. Hasta en mi pequeño pueblo hace tiempo que llegaron a esta profunda conclusión: “Si a un gato le pisas el rabo, por la otra punta maúlla”. Y es que las cosas son lo que son y tienen las consecuencias que tienen.
Este es el momento de aprender que la vida hay que tomarla como va viniendo. Podemos hacer lo que esté en nuestras manos, cada cual su granito de arena para construir de nuevo la vida. Que nadie siga poniendo palos en la rueda, que lo que hay es que ayudar, cada cual en lo que pueda, que ya las circunstancias irán diciendo. No hay más.
En estos tiempos tan acelerados en los que estábamos inmersos, la vida pasaba a nuestro lado a gran velocidad. La inercia nos llevaba en volandas y en esa locura es imposible ver nada, comprender nada, vivir tan siquiera. Era necesario parar en seco. La reflexión requiere quietud, mirar sin prisas. Y desde esa atalaya de la serenidad que las circunstancias nos ha impuesto comprenderemos que la vida da vueltas y sólo hay que esperar a que llegue de nuevo a nuestro lado para seguir sufriéndola y disfrutándola.
Acabemos con una reflexión que hubiera dicho Epicteto: debemos tener la valentía de cambiar lo que se puede cambiar, la fortaleza para soportar lo que no se puede cambiar y la inteligencia para distinguir una cosa de la otra.
 Abril 2020

5 de abril de 2020

CUANDO VOLVAMOS AL COLE

Cuando volvamos al colegio ya nada será lo mismo, esta situación nos habrá cambiado de alguna manera: algunos chicos y chicas vendrán con el miedo a cuestas, otros con traumas no resueltos por el confinamiento. Muchos llegarán con deseo de ver a sus amistades, otros con ganas de abrazar a sus maestras y maestros. Seguro que entrarán en el centro con reparo y ganas al mismo tiempo. También el profesorado será diferente: quizás más cariñoso y comprensivo, o más receloso y reservado, quién sabe. El caso es que todas las personas seremos distintas. Unas habrán madurado y otras se sentirán heridas.
Vislumbro ese primer día de escuela, todos desbordados por emociones indescifrables. Imagino al profesorado cargado de prisas y angustias: lo que se ha dado del temario de mala manera, lo que aún nos queda, la evaluación final está cerca, que no nos da tiempo, “ozú” que calor, y la inspección siempre amenazante.
Un rato llevo escribiendo y aún no he citado la causa que nos ha tenido encerrados y conectándonos a distancia durante tanto tiempo. Pues eso nos puede pasar, que no seamos capaces de hablar de lo que nos ha ocurrido, que evitemos apresar con palabras ese bicho tan pequeño que a muchas personas se ha llevado al cielo. Y, ya se sabe, lo innombrable siempre es causa de desasosiego, angustia y miedo.
Después de abrazarnos, la primera tarea que debemos abordar será decir a gritos: ¡se acabó el coronavirus! Y nombrarlo, dibujarlo, escribirlo, cantarlo, hacer versos, cuentos y teatros. Porque los traumas se enquistan si no sabemos expresarlos, ¡y qué mejor forma de vencerlos que juntos en los centros educativos!   
Este confinamiento nos ha enseñado mucho, porque lo que no mata engorda, porque las cosas importantes no se aprenden en la escuela sino en la vida. Y en estos días se nos ha grabado a fuego aprendizajes que nos acompañarán para siempre: que hay que lavarse las manos, que la familia es importante, que hay que visitar a las abuelas y los abuelos, que tenemos vecindad dispuesta a ayudarnos, que la sanidad hay que cuidarla porque nos salva la vida, que la unión hace la fuerza, que los miedos son naturales pero se vencen aceptándolos y hablado de ellos, que todas las personas somos iguales y no depende del dinero, la fama o del puesto.
También habremos aprendido a valorar cosas que antes no teníamos en cuenta: lo bello que es el cielo, la lluvia tras la ventana o la brisa de la mañana en la cara; el enigma de un animal, una planta o el universo; lo importante que es mirar con los ojos bien abiertos hasta llegar hasta el alma; que la amistad es imprescindible para seguir viviendo; que hay que hacer deporte y pasear cada día,…. y lo bien que sienta un abrazo o un beso.  
Por eso que hemos cambiado también cambiará la escuela, porque hemos hecho parón y cuenta nueva. Y como hemos aprendido seguro que transformamos, eso espero, las tareas rutinarias por aprendizajes duraderos, los libros y asignaturas por proyectos vivenciales, los silencios castigos por debates muy sinceros.
Y las familias, cansadas de tanto encierro, además de haber disfrutado de sus queridos infantes, valorarán más la escuela y juntos formaremos una verdadera comunidad educativa. Y cambiaremos los héroes y heroínas que teníamos en nuestras vidas. Y haremos homenajes a nuestros padres y madres que estuvieron cuidándonos desde sus trabajos: agricultores, transportistas, ganaderos, policías, barrenderos, sanitarios, cajeras de supermercado, personal de la limpieza o bomberos.
Lo dicho: cuando volvamos al cole, después de tanto sufrir por el susodicho bicho, ya todo será distinto. Y esperemos que haya servido este mal para mejorar la escuela y educar de mejor manera a la generación venidera.
Xtóbal, abril de 2020
 

28 de marzo de 2020

LA JUVENTUD EN LAS NUBES

Han dejado huérfanas las calles, vacíos los bares de copa y los descampados. Han abandonado los parques y jardines de tímidas luces. Han desalmado las fiestas y han abandonado los labios del beso de madrugada. ¿Dónde está ahora la juventud inquieta, cuya existencia se nutría fuera de las casas? ¿Cómo sobreviven sin asfalto amor, humos y cervezas? ¿Cómo llevan estar confinados bajo el sagrado palio de la sacrosanta familia?

En las nubes. La juventud siempre volando. Pero esta vez, la nube es internet. Están hablando, buscando, escuchando, cantando, jugando, estudiando y amando, todo por la red. Menos mal que están conectados.
¿Os imagináis una pandemia sin conexión para una juventud cuyas neuronas funcionan a base de megas y han desarrollado su identidad con el móvil en la mano? ¿Qué hubiera pasado sin soporte telemático? ¡Sorprendido estoy de lo bien que sufren el encierro! Eso tiene mucho mérito. ¡Un aplauso en los balcones para las jóvenes y los jóvenes! Eso sí, a altas horas de la madrugada, cuando están despiertos.

Perdonen ustedes, se me fue la olla con la introducción. Parece una canción de Sabina, y no es el caso. Yo quería hablar de la enseñanza de la juventud en estos momentos de confinamiento. Voy a ello.
Una crisis es una oportunidad para mejorar. Por eso propongo cambiar metodologías en los institutos, dar sentido a lo que estudian. Deberíamos trabajar por proyectos, aprovechar las circunstancias actuales para dar coherencia a las asignaturas y enfocarlas partiendo de situaciones problemáticas, como ésta que sufrimos. En estos momentos hay montones de jóvenes realizando tediosos comentarios de textos sobre el Cantar del Mío Cid, por ejemplo. Proponemos en cambio realizar críticas sobre textos periodísticos actuales que tratan la epidemia que tanto nos angustia.

Ha tenido que venir una crisis para poner patas arriba la enseñanza. Sería interesante trabajar sobre lo que nos está pasando. Es una oportunidad para tratar temas tan complejos sobre los que pasamos de puntillas a diario en los institutos; como ¿quién toma las decisiones cuando hay un problema: la ONU, el Parlamento Europeo, la OMS, los gobiernos nacionales, los autonómicos, o alcaldes y alcaldesas? ¿En qué gastamos los recursos? ¿Cuál sería el criterio? ¿Qué cosas son importantes? También podemos aprender sobre las epidemias y enfermedades, porque ésta no es la primera. Y podemos tirar de la Historia para investigar sobre la peste en la Edad Media. O indagar en la Geografía Humana y aprender que en África hay muchas enfermedades que matan a miles de gente cada día. O tomar conciencia de que en estos momentos es virulenta la epidemia de “dengue” en América Latina. Podemos enseñar funciones matemáticas que estudian la curva de evolución de los contagios del virus actual. Los periódicos están llenos de estadísticas que podemos aprovechar para aprender matemáticas. También  podemos analizar el tratamiento sobre el tema desde distintas fuentes de información (periódicos, webs o fake news)  O centrarnos en cuestiones bioquímicas sobre cómo funciona el virus: es todo un viaje mesiánico desde que entra en nuestra boca o nariz hasta bloquear los alvéolos pulmonares y nos impiden respirar. Y no debemos obviar el tratamiento filosófico: el miedo, la angustia, lo individual o lo social, el abordamiento político, etc. Y todo ello en la nube, por internet, conectados, bajo el techo familiar, salvando vidas sin salir de casa, parando de estudiar sólo un ratito para aplaudir a las ocho de la tarde, y una cervecita después.
Creemos que lo esencial que debemos aprender en los centros educativos es: lo que somos, junto a los demás seres vivos, que estudia las Ciencias de la Naturaleza; lo que hemos sido hasta nuestros días, que estudia La Historia; y en qué mundo vivimos, que lo trata la Geografía física, humana y económica. También es importante cultivar las artes, que es la máxima expresión creativa que construimos los humanos. Y todo ello con los instrumentos que tenemos para pensar, conceptualizar y comunicar, que nos presta la Lengua, las Matemáticas o la Filosofía.
Pero hemos dividido todo el contenido en porciones y lo hemos repartido en temas de libros de textos. Y pensamos que dando diariamente un trocito de conocimiento se juntarán en la cabeza de los chavales. Pues estamos equivocados. Los aprendizajes solo son relevantes si están globalizados, tienen sentido y son funcionales. Y ahora podemos soñar una gran oportunidad para cambiar la manera de enseñar.

Si de esta forma contextualizada se aprende más y mejor podíamos seguir trabajando, cuando todo esto acabe, con metodologías de proyectos, partiendo de situaciones problemáticas de la realidad actual: contaminación, crisis energética, el hambre en el mundo, etc.
 Y así habrá servido para algo esta maldita epidemia a una juventud que perece que está en las nubes, pero son el futuro de la humanidad. 

 

24 de marzo de 2020

NO HAY MAL QUE POR BIEN NO VENGA


La ONU ha solicitado que se paren las guerras porque hay que combatir a un enemigo común, el coronavirus. No  me lo puedo creer, un bichito tan pequeño ganando la gran batalla, lo que parecía imposible de proponer.  
Los bancos mundiales inyectan dinero para los estados, para los necesitados, para sanidad, para paliar la pandemia,… Los gurús del liberalismo interviniendo el mercado. No me lo puedo creer, un bichito tan pequeño cambiando el mundo antes que los antisistemas.  
Mientras que el Rey de España hablaba por la tele, una cacerolada en los balcones pidiendo su dimisión y que su padre done todo lo que, ilícitamente, se llevó. Nunca un rey hizo tanto por La República. No me lo puedo creer, un bichito tan pequeño cambiando formas de estado.
Los campos de fútbol cerrados y no se ha parado el mundo. Los jugadores disfrutan el mejor encuentro de su historia jugando con sus  familias. Un bichito tan pequeño cambiando las reglas de juego.  
Adolescentes del mundo junto a sus familiares hasta altas horas de la madrugada. Niños y niñas que juegan en casa con padres y madres en vez de con funcionarios. Mayores que nunca fueron tan cuidados. Un bichito tan pequeño velando por las familias: lo que nadie nunca soñó.
En la Edad Media aumentó la mortalidad de la peste por rezar confinados en las iglesias. La nueva religión, que es la ciencia, nos confina en nuestras casas. Cada cual en su morada y Dios en la de todos. ¡Pues sí que ha cambiado el cuento! Un bichito tan pequeño cambiando las religiones.
En unos días de parón se ha mejorado la atmósfera, ya podemos respirar y salvar el ecosistema. Paradojas de la vida: lo que es una infección nos está salvando el planeta.
Cada tarde en el balcón aplaudimos a los héroes de nuestra civilización. No son deportistas, ni artistas, ni millonarios, ni youtubers. Son sanitarios, cajeras, policías, basureros, pescadores, agricultores, carteros y carteras. Gente trabajadora del pueblo, los únicos imprescindibles. Y mira tú por dónde, gracias al maldito bicho hemos tomado conciencia.
Muchos héroes y heroínas salvando el mundo sin apenas hacer nada, tan sólo quedándose en casa. Nunca se hizo tanto sin hacer apenas nada: paradojas de la vida que un bichitos nos mostró.
Que si público o privado, que si estado o libertad de mercado. Pues se acabó la contienda. En el estado estamos todas las personas. En el mercado, sálvese quien pueda. Pues mira tú que el bichito nos ha enseñado política de la buena.  
Las personas corremos para llegar a ningún sitio. De pronto se para todo y vamos a lo más profundo de nosotros mismos. Un bichito tan pequeño relativizando el tiempo.  
Y los educadores haciendo teletrabajo. Se ha liado un caos tremendo: quienes no tienen internet, ni tabletas, ni ordenador; quienes padres trabajando, quienes no tienen paciencia, quienes no sé qué es lo que pasa pero no nos aclaramos. Por favor, ¡qué acabe esto pronto y se abran las escuelas!
Lo dicho: que no hay mal que por bien no venga.

Cristóbal Gómez Mayorga