21 de enero de 2026

LA MIRADA QUE EDUCA

Los ojos son el umbral en donde la identidad se asoma. No existen dos miradas iguales, porque más allá del color o de la forma, es la manera de mirar la que nos define. Ya se sabe que los ojos son el espejo del alma. En los ojos se nota cómo nos sentimos, cómo comprendemos el mundo y cómo nos relacionamos con él.

La infancia llega al aula con una mirada que ya trae historia. A veces, heredada de una saga familiar, con una carga genética que marca rasgos físicos, pero también con una forma particular de observar la realidad, influida por el entorno, las experiencias y la mirada de su familia. Cada niño, cada niña, mira desde su vivencia, perspectiva que nunca es igual a otra persona.

La maestra de Educación Infantil también mira de determinada manera. Su mirada no es neutra: observa, acompaña, interpreta y sostiene. A través de los ojos, la docente conoce a su alumnado, detecta inquietudes, necesidades, miedos y fortalezas. La forma en la que la maestra mira a sus alumnos influye directamente en cómo la infancia se percibe a sí misma y en cómo se siente dentro del aula. Es imprescindible trabajar las emociones en la escuela a través de la mirada: Ojos que no ven, corazón que no siente. Por eso es imprescindible una aguda mirada. 

Del mismo modo, el alumnado observa a su maestra. En esa mirada busca seguridad, aprobación, comprensión y afecto. Los bebés leen los ojos del adulto antes incluso de entender sus palabras. Por eso, una mirada atenta y respetuosa puede convertirse en una poderosa herramienta educativa. Como dice el refrán: ojos que ríen, alma que canta. 

Los ojos también pueden expresar emociones profundas. Pueden estar cansados por tristeza, apagados por dolor o inquietos por aquello que perciben y sienten. Aprender a leer esas miradas forma parte del trabajo educativo, especialmente en infantil, donde muchas emociones aún no se saben nombrar con palabras. Porque los ojos hablan cuando la boca calla. 

Los ojos son órganos importantes de los sentidos, del sentir, y sin ellos, estamos limitados. Pero en educación, más allá de ver, es esencial saber mirar: mirar con intención pedagógica, con sensibilidad y con respeto. Porque la mirada de la maestra puede convertirse en un espejo donde el niño aprenda a verse valioso, capaz y acompañado.

TRABAJAR LA MIRADA EN EL AULA

Es necesario abordar en el aula la mirada como acto de reconocimiento de las demás personas, como atención y cuidado hacia los demás. Porque la mirada es uno de los primeros lenguajes del ser humano, y permite desarrollar la observación y la curiosidad, fomentar la empatía y el reconocimiento mutuo, descubrir la belleza del mundo y crear vínculos afectivos. 

Gracias a los ojos podemos ver, aprender y descubrir. Cuando la visión presenta dificultades, existen apoyos que acompañan el proceso: lentes, adaptaciones, materiales accesibles y tiempos respetuosos. En el aula, ver no es solo una función biológica, sino una oportunidad para garantizar la inclusión y el bienestar de todo el alumnado.

Es fundamental que la maestra de infantil observe con atención la forma de mirar de su alumnado. La curiosidad, la atención dispersa, el cansancio visual o la evitación de ciertas tareas pueden ser señales de dificultades de visión o de trastornos como la dislexia. Muchas de estas dificultades pasan desapercibidas en las primeras etapas educativas, detectarlas a tiempo puede prevenir futuros problemas de aprendizaje y, sobre todo, proteger la autoestima del alumnado.

No leer, no escribir o no seguir el ritmo del aula no siempre es debido a falta de interés. A menudo es una dificultad no identificada. Por eso, la mirada docente debe ser comprensiva y preventiva, evitando el reproche, favoreciendo el acompañamiento, el refuerzo positivo, y siempre en colaboración con la familia.

Mirarse en un espejo y dibujarse es una apuesta por construir la identidad. Reconocerse en el espejo es acto de valentía que nos construye como persona. Es imprescindible en el aula de infantil tener a mano siempre un espejo que nos devuelva la imagen que tenemos. 

Es interesante preguntarnos para qué sirven los ojos, cómo vemos, cómo perciben quienes no ven, que cosas son importantes mirar, etc. Son cuestiones importantes para dialogar en asambleas de aula, porque generan pensamiento y construyen conocimientos compartidos. 

Mirarnos fijamente a los ojos en clase es una actividad que nos permite sentir el corazón de la otra persona. Porque por la mirada llegamos al alma de los demás. Siempre sorprendemos a quien no es capaz de mirar fijamente, porque los corazones heridos son incapaces de mirar. 

Para trabajar la mirada podemos partir del color de nuestros ojos. Para ello es sugerente mirarnos por pareja, dibujar los ojos de nuestros mirados y colorearlos. Un mural con el dibujo de todos los ojos del aula será una representación plástica de la diversidad del aula.

Canciones como “Veo, veo” son muy divertidas para explorar el mundo cercano a partir de la inicial del nombre de lo mirado. De aquí puede surgir una actividad de aprendizaje de lectoescritura muy conveniente mientras miramos el mundo. 

Recuerdo el microscopio en el aula para ver las cosas que habitualmente no vemos. Qué asombroso descubrir los múltiples ojos de la mosca o las ocho patas de la araña. Lo que no podemos ver siempre es un mundo enigmático por descubrir. Tengamos al menos una lupa en el aula, para descubrir lo que el ojo a penas ve. 

La mesa de luz siempre es un reclamo para el alumnado. Papeles de celofán de distintos colores producen magia a través de la luz. Distintas figuras pueden proyectar sombras insospechadas provocando juegos imaginativos. Jugar con linternas en la oscuridad o bailar a través de una sábana provocando sombras son actividades que siempre sugieren situaciones mágicas. 

Una multitud de fotos de ojos: de ancianos, de hombres y mujeres, de niños y niñas, de diferentes etnias y culturas, etc. posibilitan dialogar sobre la diversidad de los seres humanos. 

También podemos hacer teatros de miradas. Y mostrar ojos tristes, alegres, tímidos, furiosos o miedosos. Es importante trabajar las emociones en la escuela a partir de la mirada. 

Trabajar el arte a partir de los cuadros cubistas de Picasso, es una actividad que rompe estereotipos y desarrolla la creatividad. También los impresionistas franceses nos pueden ayudar a mirar la realidad a partir de puntitos de múltiples colores. Es importante en la escuela indagar y aprender de los artistas que miraron el mundo de otra manera. Dibujar autorretratos de los diferentes estilos nos ayuda a vernos desde distintas perspectivas. 

Los libros colectivos son una oportunidad de unir las distintas visiones sobre el mundo. Confeccionar libros, con la aportación de una página cada cual, sobre nuestros ojos, lo que más nos gusta ver, nuestro color favorito o sobre lo que hemos aprendido…, es una forma de socialización. 

La escuela y las familias deben compartir miradas educativas. Por tanto, es necesario que madres y padres entren en la escuela para la realización de actividades o colaboren desde casa. Es imprescindible que se sientan partícipes del aprendizaje. Para ello es interesante acabar el proyecto de nuestras miradas con una exposición de cierre con todo lo trabajado: autorretratos, fotos, dibujos y textos de todo lo aprendido. 

Un proyecto sobre la mirada permite desarrollar la empatía, el autoconocimiento, la diversidad, el cuidado y la educación emocional. Porque la mirada se convierte en un acto pedagógico, ya que permite aprender a mirar y a ser visto, a reconocer y a ser reconocido. No dejemos de experimentarlo en la escuela. 

Dice un refrán popular que no hay más ciego que el que no quiere ver. Porque la visión es algo más de lo que dicen los ojos. Mirar es escudriñar el mundo buscando respuestas jamás planteadas. 


Cristóbal Gómez Mayorga y María José Benítez Suárez 

18 de diciembre de 2025

LA CARA ES EL ESPEJO DEL ALMA

La cara es la primera representación que los bebés construyen de sí mismos. A través del rostro de su madre y su padre, quienes le devuelven la mirada, el bebé empieza a reconocerse y a formar las bases de su identidad. La evidencia científica sobre el desarrollo del esquema corporal señala que este proceso comienza, precisamente, por la cara. No es casual que los primeros dibujos infantiles sean un gran círculo simulando un sol: es su manera de representar la cara. Más adelante añaden extremidades y otros detalles, y así van consolidando la conquista del esquema corporal y la autoimagen.

El rostro actúa como significante del yo visible, germen de la identidad y punto de partida para la conexión con el Otro, con el mundo y con la conciencia de sí mismo. Nuestro lenguaje cotidiano confirma esta importancia simbólica del rostro. Expresiones como dar la cara (responsabilidad), tener cara dura (descaro), poner cara de póker (ocultar emociones) o al mal tiempo, buena cara (actitud positiva)… muestran que la cara es un territorio cargado de valores emocionales, éticos y culturales. Por eso se dice que la cara es el espejo del alma: en ella se refleja nuestra transparencia interior al relacionarnos con los demás.

La riqueza simbólica continúa en expresiones como romperse la cara (esforzarse o enfrentarse), poner cara de perro (mostrar enfado), tener la cara larga (tristeza), ir a cara descubierta (actuar con honestidad), enfrentarse cara a cara (sin intermediarios), sacar la cara por alguien (defender), a cara o cruz (dejar en manos del azar una decisión) o con qué cara (señalar desfachatez). Incluso tener monos en la cara, cuando alguien nos mira fijamente, subraya cómo el rostro es un espacio de comunicación constante.

He tenido gemelas en clase, que solo yo identificaba por la expresión de los ojos. Las demás compañeras, después de tres años, no eran capaces de llamarlas por sus nombres. En cambio, sus iguales sabían perfectamente quién era cada cual. Y es que los niños y niñas de primera infancia tienen una mirada que apunta directamente al alma y no suelen fallar para identificar la esencia de cada persona.

Por tanto, la cara se convierte en un elemento fundamental dentro del aula. Es el espejo donde niños y niñas observan, interpretan y expresan emociones, descubren su identidad y reconocen a las demás personas. Así, la cara no solo refleja emociones, sino que se convierte en un símbolo de identidad y de socialización.

Cara a cara en el aula de Educación Infantil

En Educación Infantil, mirarse cara a cara no es solo un gesto, es una experiencia pedagógica esencial. La interacción visual favorece el vínculo, la comprensión emocional y la comunicación auténtica. Mirar el rostro de otra persona ayuda a reconocer gestos, estados de ánimo y necesidades, y es la base de una convivencia empática.

Recuerdo el día que hicimos una actividad para desarrollar la autoestima. Pasamos una cajita con un espejo dentro y al abrirla cada cual debía decir: eres la persona más importante del mundo. Brotaron sonrisas por doquier al verse reflejados en el espejo. Aunque también hubo una sorpresa desagradable: no todo el mundo tiene una buena relación con sí mismo.

Es importante en la escuela infantil ponerse frente al espejo, para afrontar lo que somos, y así ir tomando conciencia de nuestro cuerpo y de quienes somos. Porque no solo miramos al espejo sino que el espejo nos mira y nos interroga. Y en ese diálogo vamos construyendo nuestra identidad. He visto, a veces, cómo cierto alumnado rompe el cristal, rechazando la imagen que tiene de sí mismo. Ya se sabe que agua turbia no hace espejo. Y es que nuestra imagen no miente, nos muestra tal como somos. Alguien que no es capaz de mirarse al espejo de frente tiene una dificultad de aceptación e inseguridad.

En la escuela debemos mirarnos a los ojos, cara a cara, como en un espejo. Así nos adentramos en el alma de la otra persona. Los maestros y maestras debemos sostener esa mirada para que la aprendan. Así se reconocen y se sienten aceptados. En clase es necesario jugar frente al espejo a disfrazarse, poner muecas o pintarse la cara. Mediante el juego el alumnado va construyendo su identidad.

Además, la cara alberga los órganos que nos conectan con el entorno: los ojos, con los que vemos; la nariz, con la que olemos y respiramos; las orejas, con las que escuchamos; la boca, que nos permite comer, hablar y besar; y el pelo, que nos protege y adorna. A través del rostro, los niños exploran sensaciones, comunican estados de ánimo y comienzan a comprender el complejo lenguaje emocional humano. Y por supuesto, es necesario recordar a las personas que presentan dificultades con algún sentido y lo compensan desarrollando otras capacidades de forma deslumbrante.

Es necesario trabajar en el aula todos los sentidos de forma vivencial. No sirve actividades rutinarias de colorear dibujos de ojos, bocas y narices.  Es imprescindible experimentar con luces y transparencias el sentido de la vista, traer frutas de verdad a diario para degustar, oír música cada día siendo consciente de cómo el sonido entra en nuestro cuerpo por el oído y nos atraviesa el corazón... También es necesario otros sentidos que tenemos olvidados: el vestibular y propioceptivo, y desarrollarlos mediante juegos de trepar, correr, arrastrar, girar, tirar, bailar o cerrar los ojos y movernos para sentir los movimientos de nuestros cuerpos.

La asamblea es el momento privilegiado del “cara a cara”. Sentados en círculo, el alumnado puede verse entre sí, escuchar con atención, compartir el turno de palabra, descubrir cómo cambian las caras según lo que cada cual expresa. En ese espacio, el rostro se convierte en un instrumento de comunicación: es donde se refleja la alegría por participar, la timidez del que empieza a hablar o la sorpresa ante lo que otro cuenta. Mirarse permite construir un sentimiento de grupo y pertenencia.

Los juegos de interacción —como imitar gestos, adivinar emociones, jugar al espejo o al “veo-veo” de las expresiones— fomentan que las niñas y los niños se observen mutuamente. El juego cara a cara mejora la conciencia emocional, la lectura de señales no verbales, la coordinación social, el respeto del turno, la comprensión del otro. El rostro, en este contexto, se convierte en un canal lúdico de aprendizaje.

Actividades plásticas como dibujarnos con diferentes expresiones, pintar autorretratos, explorar las emociones con fotografías o realizar collages con distintos materiales y colores que expresen emociones, son experiencias sinestésicas muy interesantes. Además, constatamos que cada cara es especial, ojos de distintos colores, pelos a su aire cada cual, dando la posibilidad de reflexionar a partir de fotos de personas de diferentes etnias, culturas y lugares del mundo.

También es interesante dialogar sobre la diferencias de géneros rompiendo estereotipos a partir del pelo o la vestimenta. Pero más interesante aún es sentirnos miembros de una estirpe, de una familia. Para ello podemos mandar a casa una ficha para que registren de quién es nuestra nariz, nuestra boca, nuestro pelo…, a quienes nos parecemos. Y esa información compartirla en el aula. Así vamos construyendo nuestra imagen, lo que somos y de dónde venimos.

La narración de cuentos es una herramienta poderosa para trabajar las emociones  porque ayudan a los niños y niñas a identificar lo que sienten, ponerle palabras y aprender a gestionar emociones de forma positiva.

La dramatización de cuentos, el baile, el trabajo en parejas, el mimo, las canciones o cualquier tipo de expresión corporal permite que los niños se reconozcan y expresen sentimientos y comprendan que cada cual es único y especial.

Para trabajar la identidad, los sentimientos y emociones en la escuela hay que comenzar por el rostro porque, como es sabido, la cara es el espejo del alma.

Cristóbal Gómez Mayorga y María José Benítez Suárez


25 de noviembre de 2025

EL PODER SINBÓLICO DEL NOMBRE PROPIO EN LA INFANCIA

 EL PODER SIMBÓLICO DEL NOMBRE PROPIO EN EL INFANCIA

Cristóbal Gómez Mayorga y María José Benítez Suarez

  El nombre es la primera palabra que nos otorga identidad y nos vincula con el mundo, a menudo, desde antes de nacer. Cuando nombramos a una niña o a un niño con cariño y respeto, reforzamos su autoestima y su sentido de pertenencia. Cada vez que lo llamamos, le decimos: “Te veo, existes, eres importante.” Nombrar es tocar el corazón de quien es nombrado para darle vida.

  Elegir el nombre de un bebé es una de las decisiones más dulces y trascendentes que puede vivir una familia. Detrás de ese gesto —aparentemente sencillo— se esconden deseos, memorias y raíces emocionales. El nombre será la primera palabra que identificará a ese nuevo ser, su modo de presentarse al mundo y de reconocerse. A veces elegimos un nombre porque pertenece a alguien que amamos, porque admiramos a un personaje o porque simplemente nos suena bien. Pero detenerse a pensar el porqué de ese apelativo nos conecta con algo más profundo: ¿Qué historia lleva este nombre? ¿Qué deseo o energía quiero que acompañe a mi hijo cuando lo pronuncie?

 Cuando el nombre honra a un familiar o a alguien querido, puede sentirse como una forma de protección y continuidad. Pero es importante que ese homenaje no se convierta en una carga. Nombrar debe permitir existir en libertad. Conozco a padres que rompieron con la tradición del pueblo de llamar a su hija con el nombre de sus antepasados. Como consecuencia, la niña nunca fue querida por los abuelos, quienes solían olvidar su nombre y su onomástica (El inconsciente actuando). A veces, en casa no se les llama por el nombre, sino con diminutivos como “nene”, “hijo” o “titi”. Pero el nombre es parte de su identidad y pronunciarlo con respeto es reconocer su existencia. 

  Cada nombre tiene su propia música. Desde los primeros meses, los bebés reaccionan al sonido de su nombre, y alrededor de los tres años lo reconocen como parte central de su identidad. Cuando mamá, papá o la “seño” lo pronuncian con ternura, el niño siente que es visto, que es reconocido, que existe, que es amado. El tono, la cadencia y el cariño con que se dice el nombre es un mensaje que queda grabado emocionalmente. Cada “Gabriel, qué bien lo hiciste”, cada “Juan, te estaba esperando” se convierte en una semilla de autoestima y seguridad. 

 El camarero del lugar donde suelo ir a comer los fines de semanas le ha puesto a su hijo Lamín. Por el futbolista Lamine Yamal. Algunos niños reciben el nombre de Daniel inspirado en la película “Daniel el travieso”. Y hay chicas que llevan nombres de novelas de éxito televisivo. La cultura imperante compite, y muchas veces gana a la cultura popular en esta era digital. En esa batalla simbólica, el nombre sigue siendo una herramienta poderosa para construir identidad, afecto y comunidad. Debemos tenerlo en cuenta.

 Por otro lado, usar  el nombre en los momentos cotidianos —al saludar, al jugar, al pedir algo con amabilidad— refuerza el vínculo emocional. Si solo lo escuchan cuando se les corrige (“¡Juan, no!”, “¡Gabriel, deja eso!”), pueden asociarlo con tensión o culpa. En cambio, cuando el nombre suena en momentos de afecto, se transforma en una caricia sonora que da confianza. Nombrar con respeto es reconocer: “te veo, te escucho, sé quién eres”.  Escuchar el nombre con un tono amable y constante fortalece la seguridad emocional. Evitemos que solo lo escuchen en momentos de corrección. El nombre debe sonar sobre todo en el juego, en el afecto y en la alegría. Porque el nombre ayuda a construir autoestima y confianza.  Las expectativas que depositamos en nuestros hijos y en sus nombres marcan más de lo que creemos. 

 Cómo trabajar en el aula la identidad a partir del nombre.  

 Construir la identidad del alumnado en el aula comienza por reconocer lo más esencial: el nombre propio. Nombrar es permitir que existan. Por eso, una propuesta sencilla, pero poderosa, es comenzar el curso con una nota a las familias en la que se les pida el nombre del niño o la niña y el motivo por el que lo eligieron.  Esa historia compartida en la asamblea de clase, se convierte en un acto de reconocimiento, memoria y pertenencia. 

 Después, invitamos a las familias a decorar en media cartulina la inicial del nombre de su hijo o hija. Así, la clase se llena de letras significativas. La M de María, la P de Pedro, la A de Alejandra… Letras que llegan cargadas de afecto y que hacen que aprenderlas sea más fácil y emocionante. Porque llenar la clase de nombres y letras significativas permite que los niños y niñas se sientan visibles, y por tanto que sean.  Usar el nombre del alumnado en la escuela es un acto pedagógico. Verlo escrito en la percha, la silla o los materiales crea un vínculo con el espacio escolar. 

   Además, el nombre propio suele ser la primera palabra significativa para aprender a leer y escribir. A partir de él, el niño comprende el valor simbólico del lenguaje y descubre la relación entre el sonido, la forma escrita y su significado. Es un puente entre su mundo familiar y el escolar. 

 El modo en que la maestra pronuncia cada nombre deja huella. Su voz se convierte en referencia de seguridad, pertenencia y confianza. Nombrar es también cuidar y construir vínculos. Porque nombrar a un niño no es solo llamarlo: es reconocer su historia, su voz y su ser. 

Cada nombre propio encierra una historia que acompaña al niño o la niña toda la vida. Puede ser fruto de un deseo, de un desencuentro o de una ilusión. Y es importante descubrir esa historia en el aula. 

 Tengo en clase un Francisco Alejandro porque los padres no se ponían de acuerdo y al final le llaman Alex. Esto me vino bien porque así lo distingo de mi otro Alejandro. Tengo una María de los Ángeles, una María Julieta y otra María. Escribir “María de los Ángeles” con tantas letras es agotador, así que la llamo Ángeles y a la otra chica, Julieta.   Recuerdo una niña que se llamaba “Yaiza”, a la cual me dirigía diciendo: “Mirad a mi Yaiza que bien lo ha hecho” y un día un niño me dijo: “Seño, Miyaiza hoy no ha venido”. Ese día pensé: que importante es el nombre con que nos dirigimos a cada cual. 

 El nombre denota una historia imaginada antes de que las niñas y los niños crezcan y se definan por sí mismos. Hay nombres de moda que llegan al aula y te encuentras con cuatro María, varios Daniel, Alejandro o Hugo, y terminas usando el apellido para distinguirlos. 

  Recuerdo que un viernes saqué las “casitas de los nombres” y, aunque no tengo ningún Wenceslao en clase, se les pegó el nombre en el oído. También recuerdo una alumna llamada Jacqueline. Y que en una reunión inicial le pedí a su madre que escribiera el nombre en un papel, y me respondió: “Es que no sé escribirlo”. Pensé: “¿Por qué no le habrá puesto Ana, como ella, que es más fácil?”

  Para un niño de tres años, la “seño” no es simplemente quien enseña; es una figura de apego, alguien que da seguridad, ternura y guía. El modo en que es nombrada tiene un fuerte impacto emocional. La forma en que la maestra pronuncia su nombre o se hace llamar deja huella. 

Cuando una criatura llega al colegio, su nombre se convierte en parte de su vida social. Lo ve escrito y siente reconocerlo, señalarlo, y más tarde, a escribirlo con orgullo. Ese pequeño acto —trazar su nombre en un papel— es, para él, una declaración de existencia: “esto soy yo”.   En las aulas de Infantil, el nombre está presente en muchos lugares: en su percha, donde deja la chaqueta; en su silla, su espacio personal; en la lista de la clase, donde se reconoce como parte del grupo; en su ficha o dibujo, que firma orgulloso aunque solo trace unas letras o garabatos. Estos pequeños detalles son mucho más que organización: son actos simbólicos de pertenencia. Ver su nombre escrito cada día, reconocerlo entre los demás, señalar o pronunciarlo en voz alta, fortalece su identidad y su autoestima. 

  El momento en que logra escribirlo por primera vez es mucho más que un logro gráfico: es un paso hacia la autonomía y la conciencia de sí. El niño descubre que tiene una palabra propia, una marca única que lo representa. Por eso es tan importante que la escuela y la familia pronuncie y escriba su nombre correctamente, con respeto, sin acortarlo ni cambiarlo sin permiso. Cada letra, cada sílaba, refuerza su identidad, su pertenencia y su confianza en el entorno. 

 El nombre es la primera palabra que representa a un ser humano, y que escucha cada día desde que nació. Por eso, cuando entra al colegio, su nombre se convierte en el puente entre su mundo familiar y el mundo escolar. Cuando la maestra lo llama por su nombre —con un tono amable, cercano, constante—, el niño siente que existe dentro del grupo. Ese sonido conocido le da seguridad emocional: su nombre le suena a hogar, a vínculo, a reconocimiento. Desde ahí se construye el primer paso del aprendizaje: la confianza. Un niño que se siente nombrado y mirado con respeto, se siente capaz de aprender. 

 Desde la mirada constructivista, el aprendizaje del niño parte siempre de lo que ya sabe y vive de su experiencia significativa. Y pocas cosas son tan significativas para él como su propio nombre. Por ello, Emilia Ferreiro y Ana Teberosky, nos invitan a enseñar a leer y escribir a partir del nombre. (!) El nombre propio es la primera palabra significativa para aprender a leer y escribir. A través de él, el niño descubre que las letras tienen un orden, que los sonidos se representan gráficamente, que el lenguaje tiene forma. Esa relación afectiva con su nombre hace que el aprendizaje sea emocionalmente significativo: no aprende letras por obligación, sino porque le pertenecen. 

 Además, reconocer los nombres de sus compañeros en la lista o en los materiales del aula le permite ampliar su conciencia social: aprende a identificar al otro, a respetar las diferencias y a comprender que cada persona es única. Reconocer su nombre y el de los demás favorece la identidad, la convivencia y el respeto entre iguales. 

 Nombrar al niño por su nombre, escribirlo en los espacios del aula y darle valor es mucho más que una rutina escolar: refuerza su autoestima, fomenta su sentido de pertenencia, despierta su curiosidad por la lectura y la escritura y le enseña a reconocer y valorar la identidad propia y ajena. Pero nombrar a un niño no es solo elegir una palabra bonita. Es un acto de amor, de memoria y de futuro. Detrás de cada “Juan”, “Gabriel” o “María” hay un deseo profundo: proteger, honrar, acompañar y dar identidad. Y cada vez que pronunciamos un nombre con ternura proyectamos un deseo que puede hacerse realidad.

 


(!) Ferreiro E. y Teberosky A. (1979) Los sistemas de escritura en el desarrollo del niño. Siglo XXI Editores.

 

21 de septiembre de 2025

LA FORTALEZA: REFLEXIONES SOBRE LENGUAJE, DIVERSIDAD Y APRENDIZAJE EN LA INFANCIA

Esta historia, como muchas de las que escribo, surgió en un paseo por el rebalaje de la playa. Me encanta andar donde rompen las olas mientras oigo su cantar. Me hace pensar. Esta vez, paseaba con mi compañera Isabel, maestra de Educación Infantil, felizmente jubilada como yo. Me cuenta mi amiga que en una playa de Marbella escuchó a un niño pequeño decir a sus amigos: “voy a construir una fortaleza de arena con mi excavadora”. Le vino a la mente esta anécdota al escuchar a un chico jugando en la orilla decir: “vamos a hacer un castillo”. Mientras uno dice “voy a construir una fortaleza con mi excavadora”, el otro simplemente propone “hacer un castillo”.

Juntos reflexionamos sobre la importancia del lenguaje para tener éxito en la escuela. En infantil lo constatamos cada día.
Imaginad a estos dos niños en la misma aula de Educación Infantil. Uno emplea el verbo construir en vez del genérico hacer. Además emplea un lenguaje culto, como fortaleza y excavadora; amén de construir una frase gramaticalmente más compleja. El otro chico dice un castillo, sin complementos ni remilgos. Pues bien, cuando en la escuela se enseña a leer y a pensar, el chico de Marbella tiene una gran ventaja sobre el otro chico, ya que posee mayor capacidad lingüística y, por tanto, un pensamiento más complejo. Ya sabemos que pensamiento y lenguaje van juntos (Piaget[i] y Vigotsky[ii]).

Pues resulta que, a pesar de las diferencias en la entrada a la escuela, exigimos igualdad en la salida. Como me decía mi profesor Miguel Ángel Santos Guerra en las clases de pedagogía: “No se trata de pesar el pollo sino de darle de comer”[iii]. Así que no es cuestión de evaluación sino de educar en la diversidad.

Hay quienes apuestan por la segregación: colegios para el niño de “Marbella” y colegios para el alumnado de pueblo. Hay quien cree que el chico con más lenguaje estando junto con el que tiene carencias restará sus posibilidades. Pero yo no lo veo así. Creo que la diversidad es la mejor de las soluciones.

Cuento otra anécdota.

Una chica gitana proveniente de un barrio empobrecido juega sin cesar con un compañero muy inteligente pero no se atreve a jugar. Es un chico con altas capacidades pero con dificultades de relación. Gracias a ella, acabó el curso revolcándose en la alfombra con su compañera.

En la organización de mi aula se propicia el aprendizaje mutuo. Cada cual puede enseñar a los demás. Porque aprendemos y nos educamos en compañía.

Así en la asamblea cada cual habla a su forma y manera y nos vamos corrigiendo y aprendiendo unos de otros.

En el tiempo libre por ambiente, cada cual juega a lo que quiere y aprende de las demás personitas lo que le cuesta.

Sentados en las mesas, cada cual mira de soslayo a quien está a su lado y va corrigiendo sus dificultades y aprendiendo sus carencias.

Porque la escuela debe ser el lugar en donde la diferencia se convierta en fortaleza y no en barrera.

 



[i] Piaget, J. (1984). “El lenguaje y el pensamiento en el niño” (13ª ed.). Editorial Crítica.

 [ii] Vygotsky, L. S. (2020). “Pensamiento y lenguaje” (J. P. Tosaus Abadía, Trad.). Ediciones Paidós.

[iii] Santos Guerra, M.Al (2003) “La evaluación: un proceso de diálogo, comprensión y mejora”. Ed. Narcea. 
 

23 de junio de 2025

CONSTRUYENDO UN FUTURO CREATIVO: APORTACIONES EN EDUCACIÓN INFANTI

Desafíos y Oportunidades en la Educación Creativa para niños y niñas de 0 a 6 años CONSTRUYENDO UN FUTURO CREATIVO: APORTACIONES EN EDUCACIÓN INFANTIL

Una entrevista dialógica a mi referente pedagógica en Educación Infantil: Mari Carmen Díez Navarro, en la revista Creatividad y Sociedad. Todo un lujo, un placer y un honor. 


http://creatividadysociedad.com/wp-admin/Art%C3%ADculos/38/cys-38-articulos/cys-38-9.pdf.

 

18 de junio de 2025

SER DOCENTE EN EDUCACIÓN INFANTIL

El aprendizaje humano es un viaje que comienza en el sentir, atraviesa la emoción y desemboca en la razón. Al principio, somos puro instinto, un mar de sensaciones que nos envuelve, nos moldea, nos conecta con el mundo sin mediaciones. Luego llegan las percepciones y, con ellas, el despertar de las emociones. Para ello, es imprescindible la comunicación de un ser humano que oriente esas primeras impresiones. La lógica y el intelecto, esa brújula que nos guía, tardan en florecer. Por tanto, la función educadora de los primeros años es acompañar emocionalmente a la infancia en su desarrollo sensorial y motriz.

Pero para educar en la primera infancia hay que despojarse de las máscaras, abrir el alma y permitir que las emociones fluyan libres. Las niñas y los niños son un espejo que nos reflejan con total claridad, un radar que capta la verdad oculta tras cada gesto. Perciben lo que somos y desnudan lo impostado como educadores. Por eso, el primer pilar de la educación infantil es la conexión. Sin ella, toda enseñanza carece de sentido.

Conectar significa mirar con el corazón, escuchar con la piel, tocar con la ternura de quien sabe que cada infante es un universo. Es entregarse a la complicidad de los afectos, a la magia de una mirada cómplice que dice más que mil palabras. Es reconocerse en lo que uno es, en sus miedos y fortalezas, en sus certezas y dudas. Desde ese reconocimiento sincero, surge la verdadera educación. Porque, en estas edades tempranas, no educamos con lo que sabemos sino con lo que somos.

Cada niña y cada niño crecen a su propio ritmo, danzan al compás de su evolución. Respetar su tiempo, comprender sus procesos y acompañar sin imponer es el segundo requisito para educar. En cada clase hay tantos estilos de desarrollo como personas. Debemos ser guía sin imponer un único camino.

La cultura es el tercer horizonte. Comprender sus luces y sombras nos permite transmitir saberes que nutren, pero también cuestionar hábitos que limitan. La cultura también desempeña un papel fundamental en la educación infantil. Desde una perspectiva sociocultural, los conocimientos transmitidos deben favorecer el pensamiento crítico, permitiendo que los niños desarrollen habilidades para evaluar y cuestionar las normas establecidas. En la infancia, la piel, el movimiento, la voz y el juego son los verdaderos maestros. Cantos, cuentos, rimas y espacios de libertad creativa valen más que cualquier pantalla brillante.

Finalmente, la diversidad y la inclusión son pilares fundamentales: ese océano de matices donde cada ser es único, donde el respeto a cada cual no es un acto sino una esencia. Escuchar a cada pequeña voz y acoger su identidad en la comunidad es sembrar las semillas de un mundo más justo. La aceptación de la diversidad no solo tiene un impacto social positivo, sino que también desarrolla la autonomía, la autoestima, la identidad y, en última instancia, la felicidad.

Comprender la interrelación entre emoción, cognición y contexto social es clave para diseñar estrategias educativas que fomenten un desarrollo integral en la infancia. Por eso, aunque el intelecto reclame su trono en la adultez, las emociones nunca abandonan el aprendizaje, porque en la infancia son la raíz y el cielo de todo saber.

 

13 de diciembre de 2024

JUGANDO A PENSAR CON «LA BELLA DURMIENTE»

Los cuentos son mitos ancestrales que se transmiten mediante narraciones tradicionales de nuestros antepasados y que, de alguna manera, nos conforman. Por ello, es necesario traerlos a la escuela para revisarlos con nuevas miradas, generando habilidades de pensamiento en la infancia. 

En clase de infantil, todas las semanas, disfrutamos de cuentos clásicos y modernos. En esta ocasión trabajamos La bella durmiente del bosque, de los hermanos Grimm, como parte de un Proyecto de Filosofía para niños. Ha sido una experiencia muy gratificante, generadora de conocimientos, capacidad reflexiva y emociones.

La actividad se realiza en una clase de Educación Infantil de 5 años, con 27 criaturas expectantes y con ansias de aprender. Es un aula muy compleja y diversa, pero llevamos tres cursos trabajando juntos, y sabemos hacer una asamblea, discutir sobre cualquier tema y realizar diferentes actividades de forma autónoma: plásticas, musicales, científicas, narraciones, etc.

Los objetivos principales que me propuse con este cuento fueron:

-Desarrollar capacidades de comunicación generando pensamiento autónomo.

-La socialización del grupo mediante vínculos afectivos.

-El desarrollo de habilidades de pensamiento.

He aprovechado el cuento La Bella Durmiente para trabajar en clase diversas actividades: disfrutamos con la historia, la dramatizamos, bailamos con el vals La Bella Durmiente de Tchaikovski, hicimos un mural artístico sobre estar dormido o despierto, confeccionamos un libro en donde escribimos y dibujamos secuencias de la historia y, además, hemos filosofado sobre cuestiones que nos plantea este maravilloso cuento: la diferencia entre estar muerto o dormido, valores éticos cómo la bondad y la maldad, la valentía y la cobardía, la sinceridad y la falsedad, la prudencia, etc.

Comenzamos leyendo el cuento La Bella Durmiente. A continuación, hacemos una actividad dialógica en asamblea, que grabo y transcribo para mostrar la importancia de generar pensamiento y lenguaje en estas edades tan determinantes en la educación de la infancia.

He aquí algunos momentos dialógicos que disfrutamos:

Maestro: ¿Os ha gustado el cuento?

-Todos: Siiiiiiiii.

 Maestro: Para hablar en la asamblea tenemos unas normas que hay que cumplir ¿Cuáles son las reglas para hablar?

- Hablar de uno en uno.

- Levantar la mano.

- Escuchamos al que habla y nos callamos.

Maestro: ¿Qué es lo que más os ha gustado del cuento?

- A mí, cuando se dieron la mano.

-A mí me gusta cuando se dieron un beso en los labios.

Maestro: Eso no ha salido, ¿no? ¿Yo lo he leído?

-Sí

-No

Maestro: Lo leo otra vez (Leo la secuencia del despertar de la princesa y no habla de beso en los labios)

-A mí me ha gustado cuando le toma de la mano.

-A mí cuando se queda dormida la Bella Durmiente.

-Cuando se dan la mano.

-Cuando se rompió el hechizo.

-Cuando se pinchó el dedo.

-Cuando le dio un beso.

-Cuando dijo que estaba contento y también cuando se pinchó el dedo.

-Cuando se besaron.

-¡No se besaron!

Maestro: yo no lo he leído.

-Se besaron en la peli.

Maestro: ¿En el libro no sale y en la peli sí?

(Aclaramos que el cuento fue escrito antes y la película se basa en esa historia, pero hay cosas que varían. Aprenden que hay diferentes visiones y medios para narrar una misma historia).

Maestro: Otra pregunta: ¿La Princesa estaba muerta o dormida?

-Desmayada

-Dormida

Maestro: Pero un hada le dijo que se moriría si se pinchaba…

-Una maldición

Maestro: Luego, ¿qué pasó?

-Que el hada buena le echó otro hechizo bueno para que se quedara dormida.

Maestro: Ah, que en vez de morirse, se quedara dormida. Vale.

-Y vosotros sabéis en qué se diferencia dormir y morir.

-No

-No

Maestro: A ver, ¿Qué es morirse?, y ¿qué es dormirse?

-Dormirse es cuando tienes sueño.

Maestro: ¿Y morir?

-Morir es cuando a uno le matan.

-Que dormir es echar la siesta y morirse es alguien que no respira nada y le llevan al médico.

 -Lo llevan al médico, pero no se cura.

Maestro: ¿qué lo llevan al médico, pero no se cura?

-Si está respirando y muy mala sí la llevan al médico, pero si ya está muerta, no.

-Ya se va al cielo.

Maestro: a ver, qué diferencia encuentras entre estar dormida y muerta.

-Dormido es cuando se pincha y muerto es cuando le hace el hechizo.

(…)

-Yo sé otra diferencia. Si está dormido te despierta, pero si está muerto ya no te despiertas más.

-Si estás muerto te vas al cielo.

Maestro: ¿Estáis de acuerdo?

-Te despiertas en el cielo. Mi abuelo ya se ha despertado. Es que cuando lo llevan al cielo está muerto, pero en el cielo se convierte en ángeles y entonces reviven.

Maestro: ¿Tú, qué crees?

-Si está en el cielo no se moja.

Maestro: ¿Si está en el cielo no se moja? ¿Por qué?

-Porque está encima de las nubes.

Maestro: ¡Ah!

-Yo lo sé, porque cuando yo estaba encima de las nubes no nos llovía.

Maestro: ¿Cuándo has estado tú encima de las nubes?

-Cuando fui a París en avión.

Maestro: Voy a hacer otra pregunta. ¿Qué pasaría si el que está dormido es el príncipe en vez de la princesa?

-Que la mujer le besa.

Maestro: Le besa, ¿para qué?

-Para que despierte el hombre.

Maestro: A ver, ¿qué más pasaría si es el hombre el que está dormido?

-Que si se muere el príncipe, la princesa lo ve y llora.

Maestro: ¿Y lo deja dormido o lo despierta?

-Lo llevará al cementerio.

-Que lo entierra.

Maestro: ¿Y no lo despertará?

-No

Maestro: Voy a hacer otra pregunta. ¿Cuál de los dones, los regalos que dan las hadas a la princesa, os gusta más? A ver si nos acordamos de los dones entre todos.

-De cantar, de bailar

-Que sepa luchar

Maestro: Que sea valiente, ¿no? ¿Qué más?

-La sinceridad

 Maestro: Muy bien, la sinceridad, que diga siempre la verdad. Y otro es la prudencia. ¿Sabéis lo que es la prudencia?

(Silencio)

Maestro: Que no se precipite, que sea tranquila, que se porte bien,… De todos los dones, ¿Cuál os gusta más?

-La valentía

-Sinceridad

-Ser buena

-Cantar

-Bailar

-Ser valiente

 (...)

Maestro: Quien quiere contar cuándo no fue sincero o sincera alguna vez, cuando dijo alguna mentira.

-Que yo iba a montar el árbol y no lo montamos.

-Yo engañé a mi padre.

-Me puse la peluca… (Inaudible)

A continuación necesitamos movernos y realizamos una sesión de psicomotricidad con una actividad sinestésica. Simulamos que nos pinchamos con una aguja y nos caemos al suelo, cerramos los ojos y nos quedamos dormidos, como La Bella Durmiente, durante 100 años (unos minutos). Todos tendidos en la alfombra, en silencio, simulando, sintiendo y pensando. En ese momento, les digo que elijan un color que represente estar dormido.  Luego voy tocando uno por uno y van despertando. Ahora, pensamos en un color que represente estar despierto. A continuación nos ponemos en corro. Por orden, van diciendo el color de dormido y el color de despierto que han pensado. Lo verbalizan y luego colorean dos cuadrados de papel, uno con el color de dormido y el otro de despierto. Con todos los cuadraditos de dormido hacemos un mural y con todos los de despierto, otro. Les escribimos el nombre a cada mural y lo exponemos en la clase. Es una actividad de sinestesia, que une sensaciones diferentes para desarrollar mentes creativas y divergentes. Generan una comunicación inusual entre los sentidos que permite colorear sensaciones y traducirlo a lenguaje.

 A continuación, en asamblea hablamos de los colores que predominan en cada mural y su significado. Transcribo literal:

Maestro: ¿Qué diferencias veis entre los dos murales?

-El dormido es más oscuro

-Hay más negros.

 -Y verdes.

Maestro: ¿Por qué verde?

-Porque cuando cerraba los ojos veía verde.

Maestro: ¿Y el mural de despierto?

-El despierto tiene muchos amarillos

Maestro: ¿Por qué?

-Porque hay más luz.

-Es más claro.

En el tiempo libre por ambientes realizan multitud de actividades sugeridas o no previstas: juegan al cuento, hacen teatro, confeccionan caretas o varitas mágicas, colorean y pintan dibujos de castillos, príncipes y princesas, leen el cuento, escuchan música o bailan.  

Al final del proyecto, en asamblea, evaluamos lo que más les ha gustado de lo que hemos trabajado con La Bella Durmiente. Es importante crear conciencia y reflexión de lo aprendido.

-Me gustaba cuando se daban la mano.

-Me gusta lo de los colores.

-Cuando hicimos teatro de bodas

-Cuando se despiertan.

-Me gusta lo de los colores.

-Me gusta lo de los colores.

-Me ha gustado dibujar el castillo.

- Me ha gustado lo de los colores.

- Me ha gustado lo de los colores.

- Que se iba a morir la Bella Durmiente.

- Me ha gustado cuando la Bella Durmiente se muere.

Fue una delicia escuchar las voces de la infancia y cómo van construyendo conocimientos en grupo y mostrando sus sentimientos y peculiaridades.

En esta propuesta sobre un cuento, se han utilizado estrategias para el desarrollo del pensamiento crítico y filosófico: la atención, la confrontación de ideas, la causalidad y las consecuencias, la adopción de distintos puntos de vistas y, especialmente, la construcción de conocimiento compartiendo diferentes miradas de un mismo hecho.

La única dificultad encontrada es la gran cantidad de alumnado, ya que limita las posibilidades dialógicas y genera cansancios en las esperas. No obstante, debido al interés despertado por el tema, no hubo demasiados problemas.

Me ha sorprendido gratamente la capacidad del alumnado abordando conversaciones sobre la muerte y, especialmente, me ha llamado la atención que les haya motivado mucho la actividad plástica de pasar los conceptos despierto o dormido a colores. Son actividades que requieren de una capacidad mentar abstracta que nunca imaginé que lo hicieran de forma tan natural y que les gustara tanto. También me ha sorprendido cómo hablan de lo que ya tienen en sus mentes y no de lo que perciben. Por ejemplo, cuando aseguraban que el príncipe besa a la princesa para despertarla, a pesar de leerles la secuencia por dos veces. Parece que una imagen vale más que mil palabras (porque vieron la película), frenando la capacidad perceptiva y de razonamiento. Esto implica la necesidad de trabajar el pensamiento y la reflexión en este mundo de imagen y estímulos constantes.

Tres semanas después de este proyecto, siguen en clase jugando a La Bella Durmiente, haciendo varitas mágicas, bodas con arroz que traen de casa, dibujando príncipes y princesas o jugando a que están dormidos. Y es que cuando una actividad toca el alma de la infancia produce aprendizajes significativos que perduran para toda la vida, posibilitando habilidades de pensamiento y desplegando emociones y sentimientos.