30 de junio de 2022

LA PERVERSIÓN DEL LENGUAJE

Lenguaje y pensamiento, Pensamiento y lenguaje. Piaget y Vigotsky, respectivamente, sembrando la esencia de nuestro tiempo. Porque la nueva forma de dominación no es la esclavitud, ni el feudo, ni el capitalismo que controla los medios de producción, aunque eso también; la nueva forma de control es el lenguaje. Uno suizo y el otro ruso, pero ambos, en la distancia, anticiparon en el siglo pasado una cuestión central de nuestro tiempo: el lenguaje como nueva forma de dominación. 

Las conquistas históricas, que han permitido mejoras en la sociedad del bienestar, corren peligro porque narraciones perversas dominan nuestras mentes. Ya se sabe, pensamos con el lenguaje. Y los medios de comunicación, con sus dueños vigilantes, dominan la alquimia de convertir en verdad las mentiras dichas con palabras precisas. No importa lo que sucede sino cómo narran lo que pasa. Y los poderes lo saben, y se dedican, en cuerpo y ¿alma?, a controlar nuestro pensamiento mediante el verbo.

El verbo se hace carne, lo dice hasta la Biblia. El lenguaje nos configura. Y hay todo un ejército mediático modelando el barro primigenio para recrearnos sumisos, crédulos, ignorantes… Sólo hay que ver como la clase trabajadora vota a partidos que representan a quienes la explota, como los productos más contaminantes nos invaden con anuncios ecológicos con fundo azul y aguas cristalinas; como los grandes poderes de la comunicación adormecen a los ciudadanos con la simpatía de unas realidades inexistentes en las pantallas, cómo las mujeres han quedado borradas de la historia con un lenguaje sexista…, como los centros educativos se llenan la boca de vocablos grandilocuentes de inclusión, diversidad, compensación, educación para la paz, convivencia… y demás palabras vaciadas de contenido; mientras, a la vez, siguen ejerciendo la discriminación, la dominación, la reproducción de clases sociales… y esparciendo la ignorancia por toda la ciudadanía.

La educación emplea un lenguaje cada vez más hueco, carente de realidad. Utiliza términos grandilocuentes sin referentes en la vida real. Estamos en una época de formas y no de esencias. El lenguaje es el traje perfecto en donde esconder la desnudez de la verdadera realidad:

- “La escuela es para todas las personas”, pero quienes tienen más dificultades, fracasan en ella.

- “Los centros educativos compensan desigualdades”, pero seguimos poniendo exámenes iguales para todo el alumnado, sabiendo de antemano quién fracasará.

- “El esfuerzo es lo importante”, pero no tenemos en cuenta las características biológicas, históricas o sociales de cada individuo y solo valoramos los contenidos. ¿Esto implica que quien fracasa no se esfuerza lo suficiente? Estamos negando, con el lenguaje, las causas personales, históricas, psicológicas o sociales que hacen que muchas niñas y niños no puedan cumplir con lo exigido en la escuela, a pesar de su esfuerzo.

- “Trabajamos para mejorar la convivencia”. Pero la legislación impone metodologías, asignaturas, exámenes, libros de texto, currículum, exámenes…, que marginan a quienes tienen más dificultades, y lógicamente se alteran la armonía en las relaciones.

No existen niñas y niños vagos. Ese término no está científicamente probado. Es una simplificación vulgar. Lo que existe es alumnado que fracasa en la escuela porque no tiene las destrezas que ésta requiere, debido a multitud de causas. Si alguien tiene dislexia es normal que tenga faltas de ortografía, si tiene discalculia suele confundir los números, si es tetrapléjico no podrá subir una escalera para ir a su aula del primer piso, si tiene mutismo no podrá expresarse con el habla... La vagancia es una construcción social de un sistema educativo hegemónico que no acepta la diversidad.

El lenguaje mediatiza la cultura y la vida social. Por eso creo que el lenguaje no es solo un medio de comunicación sino un medio de dominación. Porque las palabras son un instrumento que impone un sistema de control. Por tanto, para cambiar la educación debemos desaprender el lenguaje dominante y comenzar a nombrar la realidad de nuevo. Debemos, por consiguiente, crear nuevas palabras y diferentes narraciones: más inclusivas, más justas, más educativas, más humanas.

El lenguaje nos configura, irremediablemente. Por tanto, es necesaria una actitud crítica que desenmascare a la gente desalmada, una mirada perspicaz que vea la realidad sin mediación de un lenguaje adulterado, una nueva narración que evite las construcciones perversas que están creando un mundo tan inhumano.  

20 de junio de 2022

VINCULACIÓN AFECTIVA

Una alumna de Máster de la Universidad de Málaga me pide una entrevista sobre la necesidad afectiva en la tarea de educar. Está investigando los vínculos en las relaciones educativas y le ha parecido relevante mi humilde opinión como maestro de escuela que siempre tiró de la emoción en su función docente.

Me pongo a pensar sobre el tema y me viene a la cabeza, y al corazón, (órganos más vinculados de lo que se cree) que, como decía Pascal, el corazón tiene razones que la razón no entiende. Quiero decir que pensamos irremediablemente con la emoción. Y la razón anda ahí dando argumentos a lo que sentimos en cada momento. Así somos los seres humanos. Por tanto, en todo proceso educativo es imprescindible el vínculo y la conexión emocional entre las personas. Luego vendrá la razón a poner orden y concierto a las emociones derramadas para poder entender lo que nos pasa.

El caso es que conozco a maestras y maestros que sacaron muy buenas notas en las oposiciones de magisterio, que disertaron de forma elocuente sobre el supuesto didáctico que le presentaron, que supieron la legislación educativa perfectamente, que hicieron proyectos teóricos de la más alta calificación…, pero, cuando nadaron en la práctica, no salieron a flote, porque les faltan vinculación con las personitas a las que pretendían educar. Toda su extensa sapiencia no cuaja en la vida real de la infancia. Las niñas y niños del aula delatan, a diario, sus incapacidades.

También conozco a gente poco preparada académicamente que saben conectar con el alumnado a pesar de sus carencias en conocimientos científicos. Son personas con empatía, que intuyen la forma de conectar emocionalmente con la infancia. Ejemplo de ello es la conserje de mi colegio. Es una de las pocas personas a la que mi alumna con TEA abraza, acaricia y besa de forma espontánea. Y es que ilumina a quien se acerca porque irradia una luz especial.

Lo ideal es tener, al mismo tiempo, conocimientos y capacidad emocional para conectar con el alumnado. Porque no podemos enseñar si antes no hemos vinculado. Solo donde hay conexión es posible el milagro de la educación. Sólo donde hay amor es posible educar.

Cada niña, cada niño, tiene necesidad de afecto y vinculación emocional. Quien sabe encontrarlos será una buena educadora, un buen educador. Para quien quiera conectar doy algunas claves que he aprendido con la experiencia: mirar a los ojos, poner oreja, tener paciencia, escuchar, no corregir demasiado, atender sus demandas, tener empatía, comprender otros puntos de vista…, vincular.  Hay mucho de magia en la educación. Solo personas especiales tienen el don de la conexión emocional. Si ya has conectado, sólo entonces, podrás enseñar, mejorar las capacidades de tu alumnado y educar.

Cuántas personas conozco con la titulación pertinente que no saben hablarle a una criaturita de primera infancia. Sé de especialistas que, cuando un infante tiene dificultades de comportamiento, aplican, como dice la teoría más simplista, un programa de modificación de conducta con economía de fichas, sin indagar en qué es lo que, tras la conducta, siente, padece y sufre la criatura.

Lo primero que debemos hacer, para ayudar al alumnado, es poner oreja para saber qué siente y piensa sobre lo que le pasa. No podemos, desde el control de su conducta, con premios y castigos, cambiar la conciencia. Alguien que no sabe conectar con el sufrimiento de una persona no puede educar.

Por el contrario, conozco a otros profesionales que, mediante el juego, son capaces de conectar con la infancia. A partir de ahí comienza el proceso educativo. No somos seres de comportamientos, eso es lo que se ve a simple vista; somos seres sintientes, con toda la complejidad que conlleva la experiencia del sentir. Somos seres emocionales, sociales y con conciencia.

Pues eso le dije a la alumna de Máster que buscaba respuestas: para ejercer el magisterio, primero, hay que conectar, ser una persona vinculante. Porque solo desde el amor podemos educar.

12 de junio de 2022

CONTRA EL RACISMO Y LA GUERRA, DESDE LA ESCUELA

Después de mi jubilación, volví un día al colegio para revivir emociones, para sentir qué quedaba de mi trabajo durante muchos años como maestro de escuela. Y resulta que, una alumna de sexto de primaria, de padres marroquíes, se abalanzó hacia mí y me dio el mayor de los abrazos. No era una alumna de necesidades especiales a las que yo atendía, por eso me extrañó. Pero recordé un incidente en el que, hace tiempo, intervine con ella. Ya se sabe que, la educación tiene efectos inesperados a largo plazo. 

Resulta que un alumno de quinto curso me dijo que una chica de pelo negro rizado, cara preciosa y rasgos magrebíes, le había pegado. Lo primero que hice es hablar con esta niña, que ya apuntaba a mujer, y le argumenté que no está bien hacer daño a un compañero. Lo segundo que hice es escuchar su justificación. Me dice que este chico le llama a menudo «mora» y le increpaba para que se fuera a su país. Acepto su ira. Es duro, habiendo nacido en España, que alguien te diga que tienes que irte de donde naciste. Es humillante que no te acepten como compañera de clase por ser diferente. Le digo que la comprendo pero que eso no justifica resolver los conflictos a golpes.

-Debes hablar con él y decirle cómo te sientes -eso le dije.

Luego hablo con el chico y le argumento que está mal lo que le hizo esta chica pero que debe comprender que le dolió mucho que quisiera que se fuera de España, porque ella nació aquí. Y que se sintió muy dolida, y por eso reaccionó así.

A los dos días viene el chico y me dice que ya ha resuelto el problema. La chica me dijo que su compañero le había pedido perdón y que ya eran amigos de nuevo. Se había resuelto el conflicto sólo hablando y comprendiendo el dolor de cada cual, desarrollando empatía, sin necesidad de castigos. Este chico había aprendido que con sus insultos podía herir a otra persona; además, comprendió que en España vive gente de distintas partes del mundo y que eso nos enriquece. Sé que, en el fondo, le gustaba esa chica pero no fue correspondido. Siempre buscamos justificaciones a nuestro dolor. Y el racismo es una simplicidad muy recurrente que suele utilizarse cuando la vida nos contradice.

Debemos aprender en la escuela que todos fuimos, alguna vez, de otro país. Porque algún antepasado llegó, en tiempos pasados, a nuestra casa, buscando el sustento. Porque los países se formaron a base de guerras y dominaciones para sobrevivir. Porque, en última instancia, todas las personas somos inmigrantes venidos de África, donde se forjó el homo sapiens en tiempos inmemoriales. Y es que todas las personas somos inmigrantes en alguna época de nuestro pasado.

Pero toda la gente vivimos, irremediablemente, en el mismo planeta. Es importante aprenderlo para que, en un futuro, se acaben las guerras. ¡Crucial tarea tiene el profesorado de primera enseñanza! Por eso creo que es importante resolver bien los pequeños conflictos que se generan en la escuela. Porque ahí empieza el camino hacia la paz del mundo. ¡Menuda responsabilidad tenemos las maestras y los maestros de escuela!

3 de junio de 2022

LA MAGIA EDUCATIVA

Argumentan que la educación tiene efectos a largo plazo. Está escrito que para educar hay que crear un vínculo emocional. Dicen que educamos cuando la enseñanza se graba a fuego en el alma de los educandos. Pues, hoy, se han hecho realidad las tres máximas, al mismo tiempo.

Después de meses de jubilación, fui a mi colegio para revivir viejas emociones. Tenía necesidad de ver la evolución de mi antiguo alumnado. Entré como mucha ilusión y algo de miedo, por si las chicas y chicos que yo atendía no me recordaban después de un año de ausencia. Pero ocurrió un acto mágico que me conmovió sobremanera. Mi antiguo alumno de ojos azules que, a veces, le cuesta mirar, que tiene dificultades de conexión, que me costó mucho que sus bellos ojos se fijaran en mí…, cuando me vio, dijo ¡Cristóbal!, y me abrazó. Estuvo un rato mirándome fijo a los ojos, tocándome la cara y recitando mi nombre muy emocionado. Las profes que allí estaban se conmovieron. ¿Cómo es posible que después de tanto tiempo, un chico, que no hay forma de que nos mire, se acuerde de un maestro que trabajó el año anterior con él? ¿Cómo un niño de 4 años, con supuesta incapacidad de conexión, se entusiasma tanto, en contra de lo que reza su diagnóstico?

No soy un santero ni una persona especial. La magia siempre tiene truco. Hay un buen trabajo detrás. Solo soy un profesional que, según lo visto, fui capaz de conectar y llegar al corazón de este niño y de su familia de forma perdurable.

Le cuento a la madre de este alumno el momento emocional que hemos vivido en el aula. Y le digo que algo debe estar pasando en su casa para que me recuerde de manera tan querida porque, de lo contrario, no me lo explico. Y ella me dice que me tiene grabado en canciones que le mandé en videos, que juega con la casita de Los tres cerditos que le regalé, que le habla mucho de mí, que canta las canciones que yo le cantaba, etc. Pues ahí estaba el truco.

Si queremos educar tenemos que conectar con las familias, trazar un puente afectivo para que los deseos de la casa y la escuela se entrelacen. Creo que la educación tiene mucho de magia y amor. Pero, para ello, hay que ser un buen profesional que sepa conectar a todas las personas implicadas en la educación. Es necesario llegar a lo emocional, tener complicidad con las familias, hacer de la escuela un centro de amor y esperanza en las posibilidades de cualquier niño de preciosos ojos azules que le cueste mirar. Porque, si ponemos emoción y empeño, lo educativo trasciende a través del espacio y tiempo.

Gracias, Maribel (mi compañera de Audición y Lenguaje), por tus emocionadas lágrimas y por tu insistencia para que inmortalizara este momento mágico. Pero, ya ves, no es magia, y tú lo sabes. Es un trabajo que todo profesorado deberíamos aprender a realizar: sin conexión verdadera, sin amor, no hay posibilidad de educar. Nos lo enseñó este chico de ojos azules que, a veces, le cuesta mirar. Ese que te hizo llorar cuando contemplaste las consecuencias de una educación emocional, que se produce a largo plazo y quedó grabada a fuego en el alma gracias a una familia que supo crear conexión con la escuela.  


26 de mayo de 2022

¿EDUCAR LAS EMOCIONES?

La educación emocional está de moda. No hay libro, congreso, jornada o programa de perfeccionamiento actual, que no verse sobre el tema. Es una muestra de la influencia de la Psicología sobre la educación. Es conveniente que el profesorado aprenda sobre las emociones pero, en la práctica didáctica no debe ser trabajada como contenido, sino sentirlas y hablar de lo que nos pasa por dentro. He visto, demasiadas veces, a niñas y niños en el aula coloreando dibujos de caras tristes y alegres mientras se aburrían como una ostra.

En mi grupo de trabajo de infantil, desde hace treinta años, nunca hicimos actividades para educar lo emocional. Siempre creímos que la emoción debía de estar enredada en cualquier proyecto o actividad de aula de manera trasversal y omnipresente. Porque somos seres emocionales, no hay otra posibilidad. No es algo que enseñar, sino que debemos tenerlo presente. Lo escribí hace muchos años en mi libro Atando sentimientos con palabras.

Siempre buscamos proyectos en donde lo emocional estaba presente. Porque la emoción no es un tema a aprender, sino una fuerza interior que nos conmueve e incita a devorar conocimientos relevantes en la infancia. Por eso tratamos temas como Los monstruos, porque sabíamos que los miedos estaban agazapados, levantando emociones en los primeros años de vida. También trabajamos muchos cuentos, porque en ellos están implícitos los conflictos emocionales de la vida. Más tarde diseñamos el proyecto Mi casas, mi calles y pueblo, porque es lo conocido, vivido y sentido cada día. Y, además, investigamos sobre Nuestros países, pensando en el alumnado que nos venía de fuera, porque sabíamos que necesitaban conectar emocionalmente con sus orígenes. Siempre estudiamos sobre cuestiones donde lo emocional surgía de forma natural. Nunca nos dedicamos a la emoción como un contenido aislado. Porque la emoción no es un tema de estudio, como está ocurriendo en muchos colegios, sino un estado de ánimo que nos invita a aprender de forma ávida y deseosa. Porque la educación es transitar por un camino emocional sobre las cuestiones importantes para nuestras vidas.

No creemos que trabajar las emociones se pueda hacer de forma aislada, con una actividad o desde una disciplina, y luego pasar a clase de Matemáticas o Lengua sin tenerlas en cuenta. Lo emocional está siempre presente, por lo que debemos formarnos para integrarla en cualquier materia, en todas las actividades, en las relaciones personales, en la diversidad de circunstancias que se dan en la escuela. Pero no solo en el contenido a trabajar está la emoción presente, también en la metodología, en las relaciones sociales que se establecen el aula, en la relación con las familias...

Por tanto, es necesario realizar actividades que hagan  aflorar las emociones: juegos grupales, canciones, teatro, cuentos, magia, pintura, bailes y toda expresión que implique conectar con el cuerpo y el alma. Es imprescindible que todo estado emocional del alumnado sea tenido en cuenta: alegrías y penas, miedos, pesares, tristezas, satisfacción, ira, sosiego y paz. Y tratarlo en las asambleas de clase, en el patio, en el pasillo… en cualquier circunstancia. Hablar de lo que nos pasa, sentimos o nos inquieta. Poner palabras a nuestras emociones derramadas. Así nos vamos construyendo como personas equilibradas y sanas.

 

16 de mayo de 2022

EL APRENDIZAJE DE LOS COLORES O LA CONSTRUCCIÓN DEL ARCO IRIS

Percibimos la realidad con los ojos de la afectividad, o como dice José Antonio Marina en El laberinto sentimental: El mundo es afectivamente construido. Cada niño lleva un proceso de aprendizaje diferente en función de su afectividad. Muchos maestros y maestras hemos olvidado esto y pretendemos enseñar, por ejemplo, los colores, desde una concepción racionalista: a todos los mismos colores siguiendo un orden supuestamente lógico. Fueron mis jóvenes alumnas y alumnos quienes me enseñaron el proceso de aprendizaje de los colores. Yo sólo tuve que estar atento y tomar buena nota. 

Cuando Juani llegó a clase con la esperanza de cumplir 3 años en diciembre, ya sabía el color verde. Lo utilizaba de forma insistente en todos sus dibujos; mezclaba diferentes verdes. El sol, la casa, la flor y las personas siempre eran verdes. Mis intentos para ampliar su gama de colores fueron inútiles. Él era del Betis, que tiene la camiseta verde, como su padre.

Rocío coloreaba de rosa todo lo que tocaba. Rosa como el vestido que su mamá le ponía, rosa como el lacito de su cabeza que su mamá le ataba, rosa como las zapatillas rosas que su madre le calzaba. Durante muchos meses le fue imposible aprender otro color que no fuese el rosa, que de su madre había aprehendido.

A Javi le gusta el color azul, que es de niño, según decía. Su liderazgo en la clase hizo que algunos compañeros comenzaran a aprender este color: azul como Javi. La evolución del aprendizaje de los colores del alumnado dice mucho de la sociología de la clase y del medio cultural del que provienen.

A María no le parecía importante el color sino el hecho de que, por arte de magia, los lápices derramaran su sangre en el papel. Se pasaba horas coloreando de forma aleatoria. Nunca había tenido colores. Cada día me pedía un lápiz y un papel que se llevaba a su casa y me los devolvía, religiosamente, al día siguiente, llenito de colores.

Marta es muy madura; sabe todos los colores, pero siempre pinta de negro. Todos los niños y niñas en algún momento pasan por este color cuando algún conflicto se atraviesa en sus vidas, pero lo de Marta iba para largo, los problemas de su casa estaban oscureciendo su corazón.

Jose pasó rápidamente por los diferentes colores en forma escalonada. Después, descubrió la mezcla y todos sus dibujos dejaron de tener colores definidos. Parecían laberintos multicolores con los que, quizás, expresaba la complejidad de su mente.

Alejandro es un poco glotón y siempre se empeña en pintar con el color «Coca cola». 

 A mitad de curso, una dulce y encantadora niña entró en clase coloreando con un enigmático color lila. Todos lo aprendieron rápidamente. Hasta Mohamed, que parecía incapaz de aprender algún color, llegó un día y me dijo: ¿verdad, maestro, que este color se llama lila? Se había enamorado de ella.

No debemos enseñar los colores de uno en uno, de forma progresiva y lógica, comenzando por los primarios, como nos indican ciertos manuales, sino que debemos proporcionar relación con todos, dando opción cada día a que elijan el color del aro, la pelota, el lápiz o la cuerda que deseen. Cada uno irá construyendo afectivamente unos colores determinados, produciéndose un aprendizaje que respeta la individualidad de cada cual.

El arco iris no se construye montando colores uno encima del otro, sino que es una explosión multicolor que se produce en el cielo y alcanza de forma diferente el corazón de cada persona.

 

2 de mayo de 2022

LA REVOLUCIÓN EDUCATIVA DESDE EL AMOR

Los medios de comunicación nos bombardean creando un imaginario que asocia, en nuestras mentes, revolución con violencia. La revolución suele identificarse con la juventud quemando contenedores y lanzando piedras sobre el orden establecido en forma de RoboCop (no sé por qué, cuando los jóvenes están pelando la pava y haciendo botellón en esos años en que buscan su identidad). Esta es la iconografía que el poder utiliza para desmontar cualquier cambio político, social o educativo, que desea subvertir el statu quo existente en nuestros días: la pobreza, la desigualdad, el analfabetismo, el deterioro de la naturaleza, el racismo, la ignorancia, la privatización de la salud, la meritocracia en educación o la sociedad patriarcal. Esta iconografía sobre lo radical no es baladí. Hay todo un sistema conspirando para desarmar cualquier cambio que implique, de verdad, crear una sociedad sin privilegios, más justa y feliz. 

Pero radical viene de raíz. Y sí, soy radical en educación porque intento llegar a lo más profundo en las relaciones educativas. Y en la raíz de la educación está el amor. Solo desde el amor podemos cambiar las cosas. Es desde el amor a la infancia desde donde podemos ser revolucionarios para rechazar los libros de textos como catecismos de verdades absolutas que tanto daño hacen al pensamiento crítico, y poder abrazar la diversidad como única verdad imprescindible en este mundo insolidario e injusto. Es desde el amor desde donde rechazamos las bancas alineadas y el alumnado de uno en uno, que responden a intereses de la una sociedad individualista. Es desde el amor revolucionario desde donde rechazamos la fila, la sirena de la entrada al colegio, los exámenes estandarizados, los castigos al alumnado y las sillas de pensar, por muy sutiles que sean. Porque el amor a la infancia, a todas las personitas que se hacen un hueco en la vida, implica realizar cambios radicales en una escuela que sigue, desde años inmemoriales, discriminando a quienes más necesidades tienen.

Creo que todo movimiento revolucionario debe estar sustentado en el amor: el amor al otro, el amor al diferente, el amor a la naturaleza, el amor a la humanidad, el amor al conocimiento. Pero el poder, que no entiende de sentimientos, suele ver conspiración en todo intento de desmontar su usura, el negocio sin escrúpulo, la desvergüenza de quienes roban, la política al servicio de las élites, que se creen dueños de este mundo.

Es por eso que necesitamos un cambio radical en la escuela, pero siempre desde el amor. Porque no hay educación sin una actitud crítica. Porque solo desde la conexión profunda con cada personita que habita la escuela podemos hacer la revolución. Porque no hay revolución verdadera si no es desde el amor al prójimo.

Ya sé que suena a ingenuidad y se puede quedar sólo en un deseo. Pero más ingenuo es creer que los dioses de las distintas religiones nos salvarán, que hay un dios verdadero, cuando cada cual tiene el suyo y se pelean por ello, que el cielo nos protege o que los rituales religiosos nos salvarán. Cuando llega una pandemia, nos dejamos de tonterías y abrazamos la Ciencia. Porque el pensamiento mágico es normal en la niñez y en las civilizaciones primitivas. Pero ya es hora de crecer y abrazar la filosofía y el conocimiento científico.

Es necesario tomar conciencia sobre el funcionamiento de nuestra sociedad, sobre cómo operan los poderes existentes, sobre todas sus artimañas para que no cambie nada. La ignorancia crea miedo y el miedo, ira y violencia. Ya lo escribió Freud hace tiempo en El porvenir de una ilusión.  Cuando la ciencia se generalice caerá la religión dominadora. Aunque es complicado porque el poder lucha con uñas y dientes para que los pobres sigan ignorantes, y tengan miedo, y desarrollen violencia. Sólo la cultura nos librará de la servidumbre del pensamiento simple. En esto, la escuela tiene una importante responsabilidad, pero solo, si hacemos la revolución, y el profesorado hace suya la lucha por la emancipación de todas las personas de este mundo independientemente de su sexo, cultura, capacidad o religión. Eso sí, siempre, desde la no violencia y el amor.


7 de abril de 2022

POR DIEZ MINUTITOS DE NADA

Desde hace años, trabajando en educación infantil, yo entraba al colegio diez minutos antes de lo estipulado para organizar mi clase y mi mente inquieta. Abría las ventanas para que entrara la luz del nuevo día, ordenaba un poco el espacio y me acomodaba a la dura tarea que me esperaba bregando con veintitantas criaturitas de tres, cuatro o cinco años, durante cinco horas seguidas, que tiene su dificultad.  

Esos diez minutitos que llegaba antes al aula permitían conectarme con la realidad: saludaba a las niñas y niños de la clase de uno en uno y dialogaba con las familias, que me contaban las incidencias de la noche, cómo se encontraban emocionalmente o cualquier contrariedad que necesitaran compartir. Cuando llegaba la hora establecida, nos íbamos a la asamblea despacito para ponernos a trabajar. El alumnado había tenido tiempo de aclimatarse al nuevo espacio, saludar a sus amistades, mitigar la angustia del cambio tan profundo que supone pasar del cálido hogar a una fría institución escolar, y yo apaciguaba mi alma para la incertidumbre que siempre produce la tarea de educar.  

Estos diez minutitos de nada no fueron bien vistos por algunos compañeras y compañeros de mi colegio. Buscaron mil argucias para criticarlo: porque aún no era la hora estipulada, porque las familias no deben entrar a la escuela, porque el alumnado tiene que ponerse en fila como siempre se hizo, que si el timbre no ha sonado, que «si patatín, que si patatán». Muchos conflictos supusieron defender mis criterios pedagógicos, acordes con el respeto a la infancia, contra las costumbres anquilosadas en la organización escolar.

Pero, ¡mira por dónde!, después de treinta años de lucha, llegó una pandemia y el protocolo oficial obligó a que todo el profesorado estuviera diez minutos antes en sus clases para que el alumnado entrara con distancia de seguridad. Y sin criterio pedagógico alguno, solo por motivos sanitarios, empezó a cambiar la escuela gracias a esos diez minutitos de nada que ahora eran de obligado cumplimiento.

La primera consecuencia fue que los familiares no se aglutinaban, todas a la vez, en la puerta del centro, esperando la hora exacta de entrar, aparcando en cualquier sitio, formando un sinfín de problemas de tráficos que ponían nerviosas a las familias y, por consiguiente, a sus hijas e hijos, que entraban al cole con el mal humor provocado por un caos monumental.

Lo bueno que pasó fue que las niñas y niños entraron al centro de uno en uno, que saludaban y decían buenos días, que se mostraban tranquilos y que en la puerta del colegio ya no se producía conflicto alguno porque el tráfico fluía con normalidad. Además desaparecieron las filas y el timbrazo antes de entrar.

Los centros educativos, como cualquier organización social, son resistentes a experimentar cambios en su funcionamiento, porque las liturgias y costumbres se osifican en sus estructuras resistiéndose a ser demolidos. Son como organismos humanos que crean mecanismos de defensa ante cualquier agente patógeno extraño amenazante.

Muchas rutinas y prácticas de las escuelas, quizás, fueron necesarias en su momento pero hace tiempo que perdieron su función. No obstante, perduran, hoy día, en la mayoría de los centros educativos y son muy difíciles de cuestionar. Y es que asumimos hábitos mentales imposibles de erradicar. Entre ellos están: la sirena  como reclamo temporal, la fila en la entrada, el sentarse de uno en uno, el no poderse levantar, el libro de texto como axioma, las asignaturas con sus rígidos horarios… y muchas costumbres más.

Esperemos que los cambios que ha traído la pandemia en los colegios, a pesar de tantos males, se queden para siempre, porque han mejorado la humanización de las escuelas, aunque haya sido de forma casual. ¡Merece la pena, un cambio profundo en la escuela por diez minutitos de nada!


1 de abril de 2022

LIBROS DE TEXTOS QUE NOS IMPIDEN APRENDER

Carlitos, es un chico de primer curso de Primaria que está empezando a leer y escribir. Es sabido que el alumnado tiene diferentes ritmos de aprendizaje en la adquisición de esta destreza, en función de su madurez, ambiente cultural y otras peculiaridades. Carlitos debería estar muy contento porque ha realizado la hazaña más determinante de su vida académica: ya comienza a dar significados a esos grafismos que son muy importantes para la comprensión de la vida cultural. Pero la escuela no deja que disfrute de ese momento tan especial. Ahora que sabe cómo se hacen las letras le obligan a leer en un libro de texto de primer curso en donde los grafismos han cambiado. La b ya no es la que conoce, ahora aparece como b. Y este nuevo dibujo se parece mucho a la d. Y si le das la vuelta es como una p, que al revés es la q. Ahora que sabía cómo se escribían las letras han cambiado las reglas de codificación. Y es por eso que se siente torpe, incompetente y con baja autoestima. Porque lo que dominaba, después de mucho esfuerzo, ahora cree no saberlo. 

Ocurre que los libros de textos de primer curso de Primaria no tienen en cuenta los momentos evolutivos de cada etapa de la infancia. Quienes hicieron esos textos no saben que el cerebro de una personita de 6 años percibe que una silla es una silla aunque este bocabajo, mirando hacia la izquierda o hacia la derecha. El cerebro está preparado para ver los objetos independientemente de su situación espacial. Y es por eso que no comprende que una p sea distinta de una q, de una b o de una d. Cuando el cerebro madura, allá por los 7 ó 8 años, distingue la lateralidad de los grafismos y ya está preparado para aprender a leer sin problema. Como el alumnado crece a diferentes ritmos hay que dar oportunidad a quienes aún no están en el momento adecuado. En todas las clases hay, al menos, un año de desfase de maduración entre todo el alumnado; así que un tercio de la clase se quedará descolgado porque aún no está maduro para integrar la complejidad de las nuevas reglas de lectura y escritura. Otro tercio lo aprenderá a duras penas. Pero el profesorado, quizás, solo se fije en el tercio que responde a las exigencias. Así se genera una estratificación del alumnado entre listos, normales y torpes, con la consecuente suerte de autoestima diferente para cada niña y niño de clase.

Vemos a menudo en la escuela que los libros de textos segregan al alumnado con menos madurez, con pocos recursos o menos estimulación sociocultural, creándoles dificultades en la adquisición de competencias en la compresión y expresión de textos. Ante esta situación el profesorado intenta hacer lo que puede compensando la incompetencia de políticas educativas desacertadas que validan libros de textos inapropiados.

El tema no es baladí, porque los libros de textos de primeros cursos de Primaria no tienen en cuenta estas cuestiones, y al poner tipografías caligráficas inapropiadas para estas edades, además de textos excesivos, están segregando al alumnado que aún no tiene la madurez suficiente para asimilar tales cambios. Y, sin querer, están condenando a las chicas y chicos menos maduros a una codificación de torpes.

Muchas veces se cosifica a las niñas y niños en el colegio con diagnósticos de dislexia, falta de atención, retrasos en el desarrollo y otras etiquetas cuando, en la mayoría de los casos, no hay más que un libro de texto desacertado que no deja tiempo para dejarles madurar. Entonces, un problema de enseñanza se convierte en un déficit en las personas. En vez de diagnosticar una carencia en la metodología, diagnosticamos al alumnado que encuentra dificultades debido a su madurez natural. Constatamos pues que, en educación manda el mercado y las editoriales a costa del sufrimiento de la infancia y, siempre, con la complicidad de las administraciones educativas, que avalan a editoriales carentes de criterios pedagógicos.

10 de marzo de 2022

EDUCAR PARA LA PAZ

Ya lo sé, soy un ingenuo. Por mucho que cambio de canal, no veo a personas ingenuas como yo que reclamen la paz en el mundo. En los telediarios y programas de debates de televisión, o en las redes sociales, solo contemplo a gente racional que dispara mil discursos justificando la guerra: hay que defender la patria, hay que repeler la agresión, debemos ayudar con armas al pueblo para que se defienda… Debo ser el más ingenuo del mundo porque siento y pienso desde otro lugar.

Me siento identificado con la reflexión de Eduardo Galeano:

«Las guerras mienten. Ninguna guerra tiene la honestidad de confesar: “yo mato para robar”. Las guerras siempre invocan nobles motivos: matan en nombre de la paz, en nombre de Dios, en nombre de la civilización, en nombre del progreso, en nombre de la democracia».

He pasado mi vida profesional como maestro de escuela acudiendo a cursos de educación para la paz. He sido durante años coordinador del proyecto Escuela Espacio de Paz. He resuelto, en la asamblea de mi aula, situaciones conflictivas mediante la comunicación, el debate, la discusión, la empatía y el amor. Es lo que manda la legislación de todas las administraciones de mi país. Siempre creí que si quieres la paz debes prepararte para la paz, y nunca para la guerra. En esta idea eduqué a mi alumnado. Pero, mira por dónde, me siento un ingenuo porque, los mismos poderes que instaron para que educara para paz, ahora justifican la guerra.

Creo que la educación ha fracasado. Algo estamos haciendo mal como sociedad. Puede que los políticos hayan considerado a la educación como un entretenimiento para los párvulos porque no son productivos ni votan. Siempre hubo una desconsideración de la infancia y, por ende, del profesorado que se dedica a ella con toda ilusión. Aunque también es posible que el sistema educativo se sustente en una estructura y metodología con criterios de individualidad, competencia y homogeneidad, en vez de basarse en ideales de cooperación, bien común y diversidad. El caso es que no hemos educados para una paz verdadera.

Quizás sea que, en la sociedad de consumo, también se venda material de guerra y esto genere beneficios para algunos poderes. Es posible que en la era mercantil las energías sean una forma de enriquecimiento para mucha gente. Quizás la guerra sea un medio de enriquecimiento para poderosos. Lo que es seguro es que los muertos siempre los pone el pueblo, de cualquier bando, de cualquier país, de cualquier ideología. Siempre hay señores de la guerra que salen ganando y soldados de a pie que pierden dinero y vida. Es posible que los soldados, que fueron a la escuela, no aprendieran que la patria es una entelequia, que lo que importa son las vidas humanas. Y en eso quizás, el profesorado y la administración educativa, tengamos alguna responsabilidad.

Gandhi luchó por la independencia de su país, contra el mayor imperio de su tiempo, mediante la desobediencia civil no violenta. Y ganó. No hemos aprendido nada de ello. Está bien reconocer a este líder espiritual en todos los actos escolares en el día de la paz, pero hemos aprendido poco de lo que dijo:

«Ojo por ojo, el mundo acabará ciego».

«La violencia es el miedo a los ideales de los demás».

Quizás Gandhi fue un ingenuo, como yo, pero ganó la independencia y la dignidad de su pueblo mediante la paz. Estaría bien aprender de ello.

Imaginad: todo un pueblo con las manos pintadas de blanco, pidiendo paz, frente a los tanques, frente a las bombas, frente al odio… No hay mayor poder que el de quien no quiere luchar. Ya lo dijo Gandhi: «No hay camino para la paz, la paz es el camino».


6 de marzo de 2022

EL INFINITO EN LA ESCUELA

He disfrutado leyendo el ensayo de Irene Vallejo El infinito en un junco. Este maravilloso texto, que versa sobre el devenir de los libros a través de la historia, nos muestra cuándo aparecen las primeros escritos, cómo surgieron los papiros, la importancia de las personas que memorizaban las enseñanzas de los grandes pensadores, qué influencia tuvo la Gran Biblioteca de Alejandría en el desarrollo de la humanidad y las consecuencias de la destrucción de su legado para el porvenir de la vida humana. En definitiva, cuenta los acontecimientos trascendentales, sociales y políticos, que permitieron la trasmisión del saber a lo largo de la historia. Porque somos lo que somos gracias a la escritura y a las personas que hicieron posible su conservación, difundiendo el saber de cada época y soportando las inclemencias de cada tiempo. He aprendido que sin la memoria que se ha transmitido en lo escrito no seríamos nada.

Me sorprendió en este ensayo cómo los grandes filósofos de la Antigua Grecia recelaban de la escritura. Hasta entonces, existía la trasmisión oral, y los textos estaban en la memoria de personas sabias. Existían verdaderas bibliotecas vivas que albergaban el saber de su época en su mente. Con la aparición de la escritura dejarían de ser imprescindibles los narradores, que tenían el conocimiento en sus cabezas y, por consiguiente, mermaría la capacidad de memoria en los seres humanos. Además, con la escritura, la gente dejaría de pensar por sí mismo, sólo repetirían los textos escritos de los grandes pensadores. Ese mismo dilema se plantea hoy día con las redes sociales. Si todo está en internet, la gente dejará de pensar y solo copiará y trasmitirá lo que han difundido otras personas. Ya se sabe que la mayoría de los internautas no son más que poster de telégrafos que transmiten la información que les llega sin contrastar y sin apenas haberlas leído. Menos mal que siempre hay gente que piensa y crea. ¡Menos mal!

Para educar hay que ser muy leído, cultivado, amante de la cultura, consciente de las dificultades políticas de cada tiempo, solidario con las vicisitudes que sufrieron muchas personas para ser reconocidas como tales: variabilidad cultural, inmigración, mujeres, diversidad sexual, discapacidad... Y es por eso que debemos, además ser personas cultas, tener una implicación ética y política con el momento histórico en el que vivimos. Porque educamos para mejorar a las personas y, por consiguiente, a este mundo en el que vivimos.

Por tanto, debemos trasmitir a nuestro alumnado el amor por los libros, porque en ellos está nuestra cultura, nuestra historia, lo que somos como civilización. Porque las maestras y los maestros enseñamos mucho más que las letras. Debemos ser trasmisores de nuestro legado, de nuestra cultura. Podemos propiciar que los estudiantes se nutran del progreso de nuestro pasado y sean testigos para las generaciones futuras. 

En la formación del profesorado, a veces, somos cortos de mira. Realizamos cursos de perfeccionamiento muy específicos sobre técnicas concretas de cómo leer, escribir o trabajar las matemáticas; sobre las tics, meteorologías o inteligencias múltiples. Pero un buen docente debe ser, además, alguien instruido. Porque en las escuelas enseñamos lo que somos, lo que hemos vivido, viajado, cocinado, aprendido, amado o leído. Tenemos la responsabilidad de ser personas cultivadas. No podemos ser maestro, maestra, profesorado de instituto o de universidad, sin tener en casa una biblioteca con varios centenares de volúmenes. ¡Qué menos! Porque sólo desde la cultura podemos generar gente culta.

Debemos estar capacitados para ser puentes entre el pasado y el prometedor futuro del alumnado que formamos. Porque la escuela fue, y debe seguir siendo, el lugar donde los conocimientos sobre nuestra historia germinen en las futuras generaciones, para que no se pierda nuestra memoria, para que no cometamos los mismos errores del pasado, para poder proyectar un futuro esperanzador, teniendo en cuenta que el infinito de la humanidad comenzó allá en Egipto, en papiros hechos de juncos, en donde nuestra civilización comenzó a escribir una prometedora historia futura. 

26 de febrero de 2022

NO ERA TEA, ¿Y AHORA, QUÉ?

Es la segunda vez que diagnostican a un alumno de mi colegio como TEA (trastorno del espectro autista) y luego resulta que no es. Si en cada colegio pasa esto, multiplica. Sólo deseo prudencia. A los tres años es pronto para diagnosticar con una etiqueta tan contundente y determinante. He aprendido en mis largos años como maestro de Educación Infantil que primero hay que descartar todas las posibilidades biológicas, sensoriales o sociales que se puedan dar, aunque muestren síntomas evidentes. Ya sé que está en los manuales, pero se nos puede pasar por alto con mucha facilidad. Una cosa es la conducta que percibimos y otra el funcionamiento de la mente que, a esas edades, aún está en construcción. Y es que sobre las funciones cerebrales hay que ser muy precavido porque no sabemos casi nada. Eso no quiere decir que no trabajemos con ese alumnado que nos llega con ciertas dificultades. Siempre hay que dedicar la máxima atención a quienes entran en la escuela con algún desvarío, porque es el momento crítico para solucionar cualquier contrariedad en el desarrollo que altere el aprendizaje y la vida posterior.

Tuve a un chico que, con tres años, varios especialistas le vieron comportamientos propios de autismo. Saltaron las alarmas y nos pusimos a observar y evaluar sus desvaríos. Menos mal que el orientador del centro tenía una visión de equipo y nos puso a pensar: a la familia, al especialista en pedagogía terapéutica, a la especialista en audición y lenguaje, a la tutora y al profesorado que le daba clase. Así que nos desvivimos en compartir observaciones y conjeturas. Algunos siempre vieron autismo en el chaval. Otros, siempre vimos otras cosas. El caso es que comenzamos por el principio, por donde hay que empezar: derivarlo al médico de cabecera y pedir pruebas de todos sus sentidos. Resulta que le descubren una miopía magna (más de siete dioptría en cada ojo). Como es lógico, este chico, que no veía casi nada, hacía síntomas de dificultades sensoriales muy típicos de las personas con autismo. Cuando se diagnosticó su dificultad de forma adecuada y se corrigió su problema de visión  fue desarrollando todas sus capacidades y dejó de tener un comportamiento autista. Pero su familia ya se había leído todo lo que internet ofrece sobre este espectro tan desequilibrante y todo lo que su corazón fue capaz de soportar. Y después de mucho tiempo, muchos siguieron mirando a este chico desde la posibilidad de ser persona con TEA. Ese es el peligro de las etiquetas, que determinan la visión que tenemos sobre nuestros nuestro alumnado.

El otro caso fue con un alumno que tuve en infantil hace tiempo. Llegó con una etiqueta pegada a su espalda, a la de su madre, a  la de su padre, a la de toda la familia. «Es TEA y no hay nada que discutir», dijo la orientadora. Yo, como maestro de infantil, siempre vi relaciones emocionales con su madre al recogerlo del cole y cierto apego conmigo, por lo que dudaba del diagnóstico tan certero y determinante. Pero con el poder-saber que ejercen los especialistas, a veces, es difícil dialogar. Resulta que al final de la educación infantil, con cinco años, le quitaron la etiqueta porque desaparecieron esos síntomas tan evidentes. Porque, a veces, no es TEA, «y ahora quien me quita los años de sufrimientos y noches sin que el sueño aparezca». Y, sobre todo, quien asegura que esa mirada descalificante no ha producido heridas irreparables en esa persona.

Ya sé que es complicado hacer un diagnóstico para el Equipo de Orientación de los colegios, pero creo que hay que actuar con cautela y esperanza. Hay que trabajar con ese alumnado en sus dificultades sin mirar a través de ninguna etiqueta: desarrollando todas sus posibilidades con la esperanza de que saldrá adelante. Y aunque finalmente tenga autismo, debemos seguir trabajando desde la consideración de que es una persona especial, como cualquier otra.

Eduquemos pues a todas las personas con sus peculiaridades, trabando en sus dificultades, sin miradas estereotipadas. Esa es la mejor forma de educar.

¿Y si es TEA, qué…?


14 de enero de 2022

ASOMBRAR

La función principal de una maestra, de un maestro, de una profesora o profesor de instituto o de universidad, es asombrar: llevar al alumnado a ese lugar mágico en donde habitan las estrellas, dejarlos perplejos, entusiasmados, con ganas de más. Ahí radica el secreto de la educación.

Pero asombrar no es hacer un castillo con cajas de cartón para ilustrar un proyecto educativo sobre La Edad Media, mientras que en el aula se realizan actividades rutinarias de colorear o copiar. He visto demasiados educandos que se desviven en hacer fuegos artificiales en las efemérides y luego aburren al alumnado con fichas rutinarias, tareas para casa y exámenes. Cuando hablo de asombrar me refiero a despertar en el intelecto esa llama que prende cuando la vida nos cuestiona.

Los contenidos que deberíamos aprender, en este mundo tan complejo, son infinitos; por lo que tenemos dos opciones a la hora de enseñar. Una es elegir los pocos conocimientos básicos que creemos esenciales y memorizarlos. Eso hacen los currículos oficiales y los libros de textos: reducir la realidad a trocitos de contenidos para enseñar. La otra opción es educar la mente para que aprenda cualquier información que les llegue y sepa contextualizar, digerir, escudriñar, contrastar, criticar, inferir, sentir y reflexionar en este mundo tan saturado de estímulos.

Solo he conocido y experimentado un método de aprendizaje, basado en una teoría científica del conocimiento, que deja al alumnado asombrado y con ganas de aprender: el constructivismo. Lo he experimentado cientos de veces. Básicamente, trata de extraer las ideas previas del alumnado, lo que saben, compartir esa información con los demás, estructurarla, ver contradicciones y resolverlas dialogando para, a partir de ahí, crear interrogantes (inclusores) que generen el deseo de buscar respuestas a las disonancias cognitivas que nos producen nuevos conocimientos. Así se crean mapas conceptuales, que son estructuras de conocimiento por los que nuestro pensamiento puede navegar.

Cuando nos enfrentamos a cuestionamientos que chocan con las hipótesis que creemos evidentes, sufrimos un desasosiego que dispara nuestro interés y nuestra atención, y buscamos respuestas que nos apacigüen. Es lo que ocurre cuando contemplamos un truco de magia que no comprendemos, que nos despierta una emoción desorbitada por aprender una explicación que nos tranquilice.

Es un camelo, por tanto, los llamados mapas conceptuales que vienen en los libros de textos, porque no se han construido con las ideas previas del alumnado concreto del aula. Una vez más, se cogen conceptos de teorías científicas y se prostituyen. Es una contradicción metodológica dar un mapa conceptual, ya elaborado, para que el alumnado lo estudie. Eso sustituye a los cuadritos amarillos de antaño, que resumían lo que había que aprender de memoria para poner en el examen. Pues este fraude es permitido por las autoridades educativas, que acreditan unos libros de textos contrarios a las teorías científicas.  Porque un mapa conceptual es un concepto de la teoría constructivista, que consiste en la construcción del conocimiento que hace el alumnado a partir de preguntas bien orientadas y actividad dialógica entre sus iguales.

La Didáctica siempre fue la hermana pequeña de la Pedagogía. Pero hoy quiero elevarla a lo más alto de la educación. La Didáctica es la disciplina que se encarga de desarrollar técnicas y materiales para un mejor aprendizaje de cada una de las materias. Y debemos reconocer que el profesorado tiene muchas carencias sobre cómo dar las clases de forma adecuada en las diferentes asignaturas. Gran culpa de ello la tiene la dependencia de los libros de textos. Pongo dos ejemplos de prácticas constructivistas para ilustrar la verdadera construcción del conocimiento, uno de Matemáticas y otro de Ciencias Sociales.

Ejemplo uno.- Entro en una clase de tercero de Primaria como especialista en Pedagogía Terapéutica para ayudar a una chica que tiene dificultades en esa aula. Pero, esta vez, intuyo que la que tiene dificultades es la maestra. Como es tan generosa me permite que participe en su explicación y se lo agradezco. Están dando las unidades de medida y lleva un rato leyendo la definición del libro de lo que es un metro, un decímetro, un centímetro, etc. Yo miro al alumnado y sé que no se enteran. Porque la maestra explica desde el libro y no desde los conocimientos previos del alumnado. Entonces intervengo preguntando: ¿qué es un metro? (buscando las ideas previas). Es entonces cuando las niñas y niños del aula se ponen a pensar. Nunca le habían hecho una pregunta tan simple pero esencial. Y comienzan a decir que es una cosa que sirve para medir, que es de madera o metal, que si mi padre tiene uno porque es albañil…

Afino el cuestionamiento: poned las manos mostrando la distancia que creéis que es un metro. Todo el alumnado sitúa sus manos mirando de reojo a diestro y siniestre para corregir la posición en función de quien sabe más o saca mejores notas. Saco una regla de un metro y la voy comparando con las distancias de separación de sus manos. Todos van corrigiendo. En el celebro de cada chica y chico de clase se está produciendo en ese momento una ruptura epistemológica, un rompimiento de sus hipótesis sobre el concepto de metro. Están motivados, y van construyendo y comprendiendo que un metro no es algo material sino un espacio vacío, una distancia, una dimensión espacial. Y es que el contenido de las magnitudes requiere de una ruptura de las hipótesis infantiles que tienen en sus mentes. Miles de circuitos neuronales se mueven y se acomodan al nuevo descubrimiento.

Luego les planteé que con el metro no podemos medir cosas pequeñas. Así surgió la necesidad de dividirlo en diez partes que son los decímetros, etc. El tema es plantearles cuestionamientos, rupturas epistemológicas para que ensanchen su mente. Este es el camino para volvernos más inteligente.

Ya está bien de enaltecer la memoria, que sirve para el examen y olvidamos al otro día. Cuando construimos un saber verdadero perdura toda la vida. Porque la llamada memoria a corto plazo es para algunas cosas básicas pero no para generar nuevos conocimientos. Recordamos a largo plazo cuando lo aprendido se ha fijado en nuestra mente en circuitos cerebrales de forma permanente. Y a eso se llama aprendizajes significativos, que se producen mediante inclusores, a partir de rupturas epistemológicas.

Ejemplo dos.- Entro en un aula de sexto curso de primaria, como especialista en Pedagogía Terapéutica, para ayudar a una alumna diagnosticada que tiene ciertas dificultades. Pronto detecto que es el maestro el que tiene problemas para explicar la materia. Están dando el tema de los Descubrimientos del Nuevo Mundo. Pero veo que leen el libro como si fuera La Biblia. Verdades que hay que memorizar para luego vomitarlas en un examen. Como el maestro es un cielo, aunque lo suyo no es la Didáctica, me pide que intervenga. Eso lo hace grande. Pocas personas reconocen sus carencias. Cambio de tercio. Pregunto al alumnado: ¿Por qué creéis que Colon fue a América? Muchos tenían claro que fue para descubrirla. En esas respuestas denotan que sus mentes no distinguían entre causas y consecuencia, entre objetivo y resultados. Tenían un esquema de memorización, el que había aprendido en la escuela. Son sus ideas previas y de ahí hay que partir. Nadie los había puesto a pensar. Entonces les di un dato: en esa época no había electricidad ni, por tanto, frigoríficos para conservar la comida. ¿Cómo lo hacían para guardar los alimentos durante tiempo? Después de muchas intervenciones construimos la necesidad de conservar las carnes y los pescados con las especies venidas de Asia. Fue entonces cuando aprendimos las rutas de las especies, tan necesarias para Europa en ese momento. Le di un plano de la época, en donde, evidentemente, no estaba América, porque aún no sabían los europeos que existía. Y fueron descubriendo entre todos, poco a poco, lo cerca que estaba Asia de España por el mar en vez de recorrer toda la ruta de Marco Polo. Y, de pronto, alucinaron. Se dieron cuenta, y por tanto aprendieron, que el descubrimiento de América fue un hecho fortuito causado por necesidades humanas. Después de esa actividad toda la clase me aplaudió. Habían sentido en sus carnes la emoción de aprehender un nuevo conocimiento. ¡Habían descubierto América!

Y es que el verdadero aprendizaje debe ser significativo y funcional. Ya sé que todo el mundo argumenta con estos conceptos sus proyectos educativos en las oposiciones y en las programaciones de aula; pero suelen ser palabras vacías que se contradicen con las metodologías que llevan a cabo en el aula. Y es que hay que saber de donde provienen los términos que utilizamos, conocer las teorías científicas y cómo llevarlas a la práctica. No basta con nombrar a Piaget, Vigotsky, Ausubel o Bruner para justificar nuestra ignorancia. Hay que vivir en nuestras carnes la práctica educativa en la que el alumnado es el centro del aprendizaje. Ya sé que mucha culpa está en la legislación educativa, en la formación inicial, en La Universidad, en los planes de estudios del futuro profesorado, en los libros de textos y en las oposiciones.

En conclusión, que hay que saber asombrar, pero no desde el espectáculo embaucador sino desde el solivianto intelectual que nos provoca una disonancia cognitiva. Necesitamos de asignaturas, actividades, másteres, cursos, congresos…, que nos enseñe la Didáctica de cada materia y las prácticas reales de contenidos concretos. Porque creo que educar es asombrar, tanto cognitiva como emocionalmente. A ahí puede estar una de las claves de la innovación educativa.

6 de enero de 2022

EDUCANDO NOS PONEMOS EN JUEGO

Conocí a un maestro que siempre andaba regañando a las niñas más vistosas. Entraba en cólera cuando una chica mona no le hacía caso. Se enfadaba cuando alguna lo desconcentraba. Indagué sobre el tema. ¿Cómo un maestro de infantil podía humillar a una niña, de esa manera? Descubrí que este educador pasaba por dificultades de identidad de género no asumidas. Tenía un problema con las mujeres y otros conflictos que intuyo pero no acabo de entender. El caso es que proyectaba su malestar con algunas de sus alumnas, vaya usted a saber por qué.

Y es que a la escuela hay que venir habiendo elaborado lo que somos y lo que sentimos. No podemos intervenir con el alumnado desde nuestros desequilibrios y frustraciones. Es difícil educar emocionalmente sin asumir nuestras debilidades. Por eso, el profesorado debe estar muy bien formado, tanto intelectual como emocionalmente.

Conocí a una maestra que humilla al alumnado que tenía dificultades de aprendizaje: que si la letra, que si el orden, que si faltas de ortografías, que si los acentos… Especialmente, a los niños. Indagué sobre el tema porque me interesaba investigar las causas por las que una maestra rechazaba a los más desvalidos. Buscaba una explicación para tan horrible comportamiento de una educadora. Y descubrí que ella era gordita de pequeña y en su cole la maltrataban. Y volvió al mismo lugar donde le produjeron ese dolor: la escuela. Y se hizo maestra para intentar solucionar ese trauma y, como no encontró la manera, lo proyectó con los niños que más se parecían ella. Por eso el profesorado debe estar muy bien formado, tanto intelectual como emocionalmente, para no proyectar sus carencias.

Recuerdo, hace años, a una maestra que se llevaba al alumno más travieso al baño, con ella. Decía que no se fiaba de dejarlo en el aula sin vigilancia y necesitaba tenerlo muy cerca para controlarlo. Y sin querer queriendo, lo abrazaba y le decía lo mucho que lo quería. El caso es que existe un limbo indeterminado entre el deseo insatisfecho de la profesora y el amor al alumnado. No quiero acusar de nada a esta maestra porque no hizo nada inmoral, que yo sepa. Tampoco quiero que nos centremos en este caso concreto. Sólo quiero decir que al cole hay que venir equilibrado emocionalmente. A la escuela hay que ir con el trabajo de introspección hecho. Para que no salga, sin querer, todas las heridas que tenemos. De lo contrario, se nos escaparán, sin que nos demos cuenta, todos los males que nos inquietan por dentro.

Para ser educadores debemos trabajarnos emocionalmente, para no echar nuestra inmundicia al alumnado. Porque puede que necesitemos un amor en nuestras vidas y no lo tengamos; o estemos faltos de abrazos o de expresar nuestra ira; o es posible que de pequeño fracasáramos en el colegio... Y entonces, sin querer, demos a las niñas y niños de nuestro cole más achuchones de los debidos o más regañinas de la cuenta.

Es necesario dar los abrazos justos que la infancia necesita y no los que nosotras y nosotros necesitamos. Al cole hay que ir amados para poder dar amor. Ni demasiadas reprimendas ni más abrazos de la cuenta; sólo los que cada niña y niño demanden. Para eso hay que formarse, no solo intelectualmente sino emocionalmente.

Todo esto lo aprendí de mi experiencia. Fueron muchos años analizando lo que me disgustaba de mi actuación en el aula: los enfados desmedidos, los nervios a flor de piel, el no soportar a cierto alumnado, mis prisas y mis agobios... Somos humanos, y en el cole nos mostramos tal como somos en lo más profundo de nuestros ser. Estos desajustes personales pueden servir de acicate para mejorar, pero debemos trabajarlos.

En la formación de futuras maestras y maestros habría que tratar este tipo de cuestiones, buscar espacios para interrogarnos, para elaborar nuestras frustraciones. Es muy importante instruir al futuro profesorado para que eduque desde el equilibrio emocional. Y para ello, lo primero es mirarnos por dentro y elaborar nuestros desajustes emocionales, para no proyectarlos a los demás. Debemos ser personas equilibradas emocionalmente para educar de forma adecuada. Porque, cuando enseñamos, siempre nos ponemos en juego. Porque ya se sabe que educamos más con lo que somos que con lo que sabemos.

 

29 de diciembre de 2021

A VECES, ES MIEDO

Para dar una solución, lo primero es hacer un buen diagnóstico. Hay demasiada gente intentando sanar lo aparente, andando por las ramas, y pocas veces buscando raíces.

Mucho se ha escrito sobre los problemas de conductas en la infancia y, sobre todo, en la adolescencia. Se ofrecen miles de programas para corregirlos. Existen centros específicos para combatirlos. Son demasiadas las consultas psicológicas que dan soluciones a estos comportamientos que nos ponen al límite. Pero, a veces, el problema no es lo que salta a la vista, no siempre las cosas son lo que parecen. A veces, lo tratable no es la conducta observable. A veces, las causas que lo producen, lo esencial, se esconden en lo más profundo de nuestra alma. A veces, el problema es el miedo.

Nuestra alumna se pone arisca cuando nos acercamos a ella. Pensamos que no debe rechazarnos porque queremos ayudarla en una actividad que se le resiste. Pero nos hace un desaire. Creemos que no nos merecemos tal reproche y nos enfadamos. Quizás no sea un tema de conducta. Quizás, alguna vez se le acercó a ella un hombre con otras intenciones. Quizás lo que siente es miedo. En mi caso, fui prudente y esperé a descubrir la causa de su sufrimiento y, poco a poco, fue tomando confianza y aflorando sus sentimientos agazapados en lo más profundo de su alma: el miedo.

Nuestro hijo nos grita porque no conducimos adecuadamente cuando lo llevamos en coche. Parece una conducta de mala educación y que nos falta al respeto. Pero puede que esté sintiendo miedo en la carretera, porque tuvo un accidente o un susto en un vehículo hace años, y no sabe gestionar la emoción que le produce la velocidad, y por eso responda de mala manera. Es necesario indagar más allá de los comportamientos. Porque puede que su desaire se deba al miedo.

Puede que nuestra hija adolescente nos diga con exabruptos que no tiene nada que ponerse. Ya sé que le dimos la posibilidad de comprarse ropa en su momento. Pero nos grita y hace que nos sintamos mal. Y es que la educamos lo mejor que supimos, y no hay derecho... Pero, quizás no tenga mala educación al hablarnos así, aunque no debiera, sino que está aterrorizada por no ser aceptada entre sus iguales en una etapa adolescente en donde se pone en juego su identidad cambiante. Quizás no sea mala conducta sino miedo a no ser aceptada, a no ser nadie, al fracaso, a la muerte en vida.

He visto, algunas veces, a niñas y niños que no hablan o que no miran lo suficiente. Los han tratado especialistas varios sin ningún resultado que solucione sus desvaríos. Pero he descubierto que el problema no estaba en su boca, ni en su vista, ni en su comportamiento. La herida era más profunda. Anidaba en lo más íntimo de su mente. Creo que era miedo. Pues eso, que, a veces, no es la conducta sino el miedo, siempre agazapado bajo la apariencia de desconexión o de ira.

Ya lo dijo Jorge Bucay en el cuento “La tristeza y la furia”. Cuenta que ambas fueron a nadar a la playa y dejaron su ropa en la orilla. Salió del agua, primero, la furia, siempre tan ansiosa, y cogió sin querer, sin pensar, la ropa que encontró, que era de la tristeza. Cuando la tristeza salió del agua se vistió con la ropa que quedaba, que era de la furia. Así que si veis por ahí gente con mucha rabia pensad que, quizás, sea la tristeza vestida con la ropa inadecuada. Eso nos cuenta el cuento; quizás, eso nos pase en la vida. Llevamos ropa que nos protege, pero lo importante nunca está en la apariencia. Hay que indagar en lo más profundo del alma.

Y es que, cuando nos invade el miedo, nos ponemos tristes, o nos sale la furia, o nos volvemos irascibles, o nos metemos para dentro. Por eso hay que diagnosticar descartando lo visible y escudriñando en lo profundo. Porque, muchas veces, lo que hay en el alma es miedo.

 

19 de diciembre de 2021

LA ESCUCHA QUE EDUCA

No educan las palabras. Y menos, si están vacías. No educan las liturgias sin sentido de la escuela tradicional: los libros de textos, las bancas alineadas, las tareas para casa, el timbre de la entrada, los silencios, las filas, los castigos, las copias o los exámenes. Lo que educa no es lo hablado, sino la escucha atenta del educador.

Poner oído, atender la demanda, la oreja alerta, mirar con atención, tener paciencia, escuchar… eso es lo que hace aprender al alumnado. Alguien se construye si es escuchado con deseo por un ser humano. Es la escucha atenta la que construye a una persona, la que crea identidad.

Lo descubrí con Mari Carmen Díez en su libro La oreja verde en la escuela, y en el suplemento dominical La oreja verde, de Paco Abril, en diario La nueva España de Gijón. En la escuela debemos de tener siempre una oreja verde que sea capaz de escuchar el lenguaje de la infancia. Porque no todas las orejas saben escuchar el lenguaje infantil.  Qué bien lo dijo Rodari en su poema La oreja verde.

…Es una oreja de niño, que me sirve para oír
cosas que los adultos nunca se paran a sentir:
Oigo lo que los árboles dicen, los pájaros que cantan,
las piedras, los ríos y las nubes que pasan,
oigo también a los niños, cuando cuentan cosas
que a una oreja madura, parecerían misteriosas…

Es la escucha atenta la que hace aflorar la expresión tímida de las niñas y niños del aula, que tienen mucho que decir pero creen que la escuela no es el lugar adecuado. Porque suele pasar que el profesorado habla, habla y habla; y pocas veces escucha. Y es que la escuela tiene tanto que decir (explicaciones, contenidos, normas, regañinas, actividades, correcciones…) que pocas veces gasta tiempo en poner oído.

Si miras con atención obras el milagro de que el alumnado hable. Y el que habla y dice es quien construye conocimiento, quien aprende, quien se educa. Porque al hilvanar el lenguaje estructuramos el pensamiento. Pero para ello, debe haber un desencadenante, que no es más que la escucha atenta del educando. Hace años que Michael Ende puso en boca de Momo el poder de la escucha:

Momo sabía escuchar de tal manera que a la gente tonta se le ocurrían, de repente, ideas muy inteligentes. No porque dijera o preguntara algo que llevara a los demás a pensar esas ideas, no: simplemente estaba allí y escuchaba con toda su atención y toda simpatía. Mientras tanto miraba al otro con sus grandes ojos negros y el otro en cuestión notaba de repente cómo se le ocurrían pensamientos que nunca hubiera creído que estaban en él.

Así que debemos de emplear en la escuela metodologías y actividades que dejen hablar al alumnado mientras abrimos de par en par nuestras orejas verdes. Debemos hace asambleas en donde el alumnado diga, actividades de grupo donde conversen, hacer interrogantes que provoquen el diálogo y la discusión…, y taparnos la boca para que quienes se expresen y aprendan sean las chicas y chicos del aula.

La escuela, en definitiva, debería ser una gran oreja; un lugar donde toda la comunidad educativa pudiera decir lo que piensa y siente. Un espacio en donde todas las verdades subjetivas se expresasen para encontrar, después del diálogo y la convivencia, la gran verdad. Porque quizás, la verdad verdadera deba surgir de la construcción de pequeñas verdades cotidianas. Pero para ello, es imprescindible crear espacios que escuchen las voces de las chicas y chicos de aula, tantas veces silenciadas.