6 de diciembre de 2022

QUERERLA ES CREARLA

«Quererla es crearla» es el sugerente título del documental de la directora chilena Cecilia Barriga, estrenado en el Museo Reina Sofía de Madrid y distribuida ahora por todo el planeta sensible a la diversidad. 

La película parte del proyecto de investigación de la Universidad de Málaga «Narrativas emergentes sobre la escuela inclusiva desde el Modelo Social de la Discapacidad. Resistencia, resiliencia y cambio social», dirigido por el profesor titular de la Universidad de Málaga y doctor en Pedagogía Nacho Calderón Almendro.

Las cosas no son lo que son, sino que terminan siendo como queremos que sean. No es solo una «profecía de autocumplimiento» sino que es la lucha por un deseo. Lo que queremos con fuerza, y luchamos para que se produzca, acabará siendo. No basta con querer, también hay que luchar. Ese es el significado del título del documental: querer una escuela inclusiva implica remangarnos para crearla. Porque nadie nos regala nada, todo cambio social se produjo, a lo largo de historia, después de muchas luchas y esfuerzos.

El documental narra, a través de historias entrecruzadas de varias familias españolas, situaciones de vidas reales que reivindican una escuela y una sociedad diversa e inclusiva.

Aunque los derechos de la infancia, se supone, debieran ser concedidos, no suele ser así. Hay familias que han tenido que luchar hasta llegar a la ONU para conseguir el derecho de su hijo a estar en la escuela ordinaria como las demás personas. Eso se cuenta en la película. También se cuenta cómo toda una Ministra de Educación atiende a chicas y chicos que sufrieron rechazos y vejaciones de las instituciones y de la sociedad en nuestro país por ser «diferentes». Pero lo principal que narra el documental es lo fácil que es convivir entre personas diversas cuando hay voluntad, y cómo la diferencia nos abre la mente, cómo la normalidad no debiera ser más que aceptar la diversidad que somos, irremediablemente, los seres humanos.

«La educación inclusiva es un derecho fundamental, que habilita la posibilidad de participar en el mundo», afirma el investigador de la UMA Nacho Calderón, quien señala que, con este film, se demuestra que no es algo lejano e inalcanzable, sino una experiencia real que viven muchas personas diariamente.

El colectivo de las personas con discapacidad asegura que su lucha contra la segregación educativa y social «no surge de un idealismo infundado, sino que se asienta en el derecho internacional, y particularmente en el artículo 24 de la Convención de los Derechos de Personas con Discapacidad».

Parece difícil pero el documental nos muestra que es más fácil de lo que pensamos. Solo hay que dejar que la vida fluya, escuchar a cada persona tal cual se expresa, dejarlas ser como son, atender sus necesidades…, y mucho cariño, empatía, respeto y amor.

Viendo el documental sentí emoción, entusiasmo, optimismo, ilusión…; y salí mejor persona que cuando entré en la sala; es lo que tiene una buena película: que nos solivianta, que nos interroga, que nos invita a hacer malabarismos con nuestras convicciones, que nos cambian por dentro.

Magnífico documental. Me ha encanta, me he emocionado, he aprendido, lo he vivido... Seguidle la pista. No os lo perdáis. La diversidad es la vida misma, por mucho que ciertas instituciones lo impidan. Es una película en la que la gente de cualquier condición se muestran tal y como son, y nos revela lo que somos todas las personas: seres con emociones, deseos, sufrimientos, luchas, sentimientos y cariños. 

Enhorabuena a Cecilia Barriga, la directora, porque ha sabido poner la cámara, sin que se note, en el corazón da cada persona. Mil gracias a las familias que luchan diariamente para que esta sociedad mejore aceptando la evidente diversidad. Gracias Nacho, por ser el hilo invisible que está siempre tejiendo historias de «nadies», visibilizándolos y dándoles voz. Gracias porque estas narraciones son imprescindibles para que la escuela cambie, para que esta sociedad sea cada día más humana y todas las personas seamos más felices.

Ha sido un placer compartir el documental. Es genial. Crea conciencia y nos solivianta el alma, porque está hecho con retazos de verdad.

27 de noviembre de 2022

DE VUELTA CON LAS PANTALLAS

No podemos impedir que las pantallas inunden nuestras vidas. Es lo que hay, es lo que toca. Lo que sí deberíamos hacer, quienes nos dedicamos a la educación, es enseñar a utilizarlas de forma adecuada, despertar el espíritu crítico, analizar posibilidades y ser contundentes con los perjuicios que generan. 

Resulta que, en muchos colegios de Educación Infantil, en la etapa más sensorial y motriz, la generadora de mentes, la que crea identidades, la que desarrolla el cerebro incipiente, la que debe apostar por el desarrollo integral de los futuros ciudadanos…, utilizan las pantallas para apaciguar, para entretener, para evitar conflicto, para desactivar al alumnado inquieto de esta etapa tan vital, para desconectar de la vida.

Se me viene alma al suelo cuando veo a la primera infancia bailando con la pantalla, conectando sus tiernos corazones con el «Cantajuego» o con algún baile de «Tik-Tok». Y es que ahí no hay conexión humana. El baile tiene sentido cuando el espejo refleja conexión de corazones acompasados, cuando conectamos con personas que nos modelan, cuando sentimos nuestro cuerpo en primera persona. Veo, cada vez más, que la infancia está danzando con pantallas, desconectada de lo humano. Y eso no es bailar.

Se me cae el alma cuando veo al alumnado de infantil desayunando mientras contempla, embobado, algún entretenimiento en la gran pantalla, impidiendo estar atentos a las sensaciones que pudieran experimentar: al gusto, al tacto, a lo que saborean cada mañana. Siempre utilicé la actividad del desayuno para que fueran conscientes de lo que comían, de su importancia, de las texturas, ingredientes, de la esencia de sus desayunos y del placer de una comida sana.

Me indigno cuando en muchas escuelas infantiles no se hace psicomotricidad, y se sustituye por movimientos estereotipados que refleja la gran pantalla que preside demasiadas escuelas; porque no hay tiempo, porque hay que hacer el libro, porque las editoriales mandan… porque no escuchamos el alma y las necesidades de la infancia.

Me desilusiono cuando ya no existe gente en la escuela que narre un cuento, con sus ojos conectando, con su ¡entonces! y ¡de pronto!... penetrando el corazón de la infancia.

Porque en la escuela hay que bailar, contar cuentos, mostrarse, darlo todo, arriesgar y desnudarse; hay que mostrar lo que somos, hay que entregarse, hay que ponerse en juego. Solo así traspasaremos la sensible piel de la infancia, adentrarnos en el alma y educar.

Lo dicho: las pantallas nos impiden penetrar en el alma de la infancia para crear la magia del desarrollo humano. Deberíamos pensarlo.

Solo personas amorosas construyen subjetividades, solo ojos penetrantes crean a seres humanos. Y, ya se sabe, las pantallas no tienen ojos ni almas, son solo espejos que la cultura actual nos ha puesto en frente para mirarnos y, al mismo tiempo, desconectarnos.

 

23 de noviembre de 2022

EL «USTED» ES SOLO UN SÍNTOMA

Existen personas de pensamientos simples y otras que sobrevuelan la realidad escudriñando la complejidad de este mundo. Pero, cada vez más, se evidencia la simplicidad de quienes narran de forma elemental este mundo complejo que nos ha tocado vivir. 

Hay políticos que, con tres frases, bien articuladas, sin sentido alguno y emoción simulada, mil veces repetidas, ganan elecciones. He visto televisiones que con diez horteras encerrados varios días en una casa, en una isla o en un plató de televisión, con mediocridad manifiesta y mucho sexo insinuado, consiguen atraer a la tribu, sin apenas decir nada inteligente.

Cuando la realidad se retuerce, cuando la cosa se complica, cuando la cuestión es discutible, en situaciones complejas… llegan, a caballo, los mesías de la simplicidad para explicar, con dos palabras, lo que es mentira y lo que es verdad. Pero la realidad requiere de mentes imaginativas y creativas, capaces de profundizar en la complejidad de la existencia. De lo contrario, solo veremos blancos y negros, sin colores ni matices.

Al pan, pan, y al vino, vino; blanco y en botella; las cuentas claras y el chocolate espeso... El refranero lo confirma: la simplificación entra de forma sutil en mentes poco reflexivas. Así es como afirmaciones pueriles pueblan los pensamientos de una gran parte de la población: los normales y las demás personas; o conmigo o contra mí; los inmigrantes nos roban; los españoles, rusos o catalanes somos los mejores; el diferente es una amenaza y un enemigo; hay gente buena y gente mala y nosotros somos los buenos; las cosas son como son, que es como yo te lo cuento… Sigue funcionando el androcentrismo de otros tiempos. Aún no se ha enterado de que damos vuelta alrededor del sol.

El otro día, en una charla educativa sobre los retos que plantea una nueva educación que dé respuestas a la complejidad de nuestro mundo, alguien dijo que el problema es que se había perdido el respeto al profesorado, porque no le hablábamos con educación, porque ya no se empleaba el «usted». Es un discurso bastante generalizado y simplista porque hace de la anécdota categoría.

No sabía si reír o llorar. Creo que las personas que así piensan son incapaces de comprender que solo con una palabra no se cambia la educación. Porque la realidad es más compleja y difícil de solucionar. Pienso que estas personas, con su mejor intención, se trasladan al pasado y rescatan una palabra mágica que pueden cambiar todo un sistema educativo, eludiendo la situación histórica y régimen político en la que esa palabra no era más que un síntoma.

Suele ocurrir que buscamos en nuestra memoria momentos o circunstancias concretas que percibimos felices para solucionar los complejos problemas del ahora, sin tener en cuenta las circunstancias que contextualizan, los elementos que mediatizan, la compleja realidad en la que se produjeron. Se ensalza el «usted», pero se olvidan del miedo, de los castigos, de lo homogenización, de la selección, de la gran cantidad de alumnado que fracasaron en ese sistema. Recuerdo que, en mi pueblo, en una clase de 25 alumnos llegaron a estudiar en la universidad 2 alumnos, y porque salieron fuera a completar su formación. Alumnas, ninguna.

El «usted», la tarima, la distancia, el poder tiránico, la memorización irreflexiva, la sumisión... (el llamado respeto) no son más que liturgias de una situación de poder, producto de una época que mejor olvidar.

El verdadero respeto al profesorado no depende de una palabra. Siempre me llamaron de tú, siempre fui el maestro Cristóbal, sin usted, sin tarima, sin estrado, sin distancia... Pero siempre sentí respeto a mi trabajo y a mi persona, tanto del alumnado como de sus familias.

Alguien dijo que la realidad es un delirio colectivo. Las cosas son lo que todas las personas decimos que son. Así construimos religiones, naciones, buenos y malos y simplicidades. Y es que la realidad es una construcción social. Pues observo que se está construyendo un relato de la realidad bastante simplista, por gente interesada, que está fomentando una narración falsa de realidad con argumentos como que el problemas está en que se está perdiendo el «usted», y la ciudadanía lo está asumiendo de forma delirante.

Es por eso que necesitamos, hoy más que nunca, una actitud crítica, que contraste información, que ponga en entredicho las narraciones simplistas, que se atreva a pesar de forma autónoma y ose someter sus ideas al veredicto de la ciencia, la reflexión, la filosofía y la crítica; porque es necesario crear pensamientos más solidarios, más empáticos y humanos que acepten la diversidad y la complejidad del mar en el que, irremediablemente, estamos navegando.  

16 de octubre de 2022

LA LANTANA

Recuerdo a un alumno que nos llegó con ocho años y varios fracasos a cuesta de diferentes colegios. Era un chico algo áspero, con espinas, poco sociable, difícil de tratar, como la lantana (esa planta que tengo en mi jardín, leñosa, con espina y un olor poco agraciado, pero con unas florecillas diminutas que forman inflorescencias maravillosas, que solo aprecias si te acercas).

Vislumbré, desde el primer día, sus colores especiales y sus peculiaridades creativas por desarrollar que ya apuntaban maneras. Me dijo que nadie lo quería en los colegios que había estado, y por eso había inventado una pócima para hacerse invisible. Le puse oído y me interesé por sus pesquisas para poder sobrevivir en este mundo tan cruel. Me contó cómo conseguía sus poderes y quedé prendado de una imaginación descomunal, y por las estrategias del ser humano para sobrevivir a la adversidad.

En clase no hacía nada de las rutinas cotidianas. En vez de eso se dedicaba a inventar. Con folios y un rollo de cinta adhesiva era capaz de montar mil historias. Un día construyó una mano articulada con papel. Inmortalicé con mi móvil aquel invento digno de un intrépido arquitecto. Otro día construyó, plegando folios, un muñeco tridimensional. Eso me dijo: es Doraemon en 3D. También hacía comic, cambiando perspectivas y alternando distintos planos. Me dejaban alucinando. Lo dicho, una persona peculiar, un artista. Pero fue objeto de diagnósticos varios y de reprimendas por parte de la Institución Escolar.

Mi trabajo como especialista en Pedagogía Terapéutica fue tratar de convencer al resto de profesorado de sus capacidades especiales y de que no se fijaran en su etiqueta y en sus dificultades para hacer las tareas de clase. En tres años en nuestro colegio comenzó a ser valorado por su trabajo y comenzó a realizar las actividades de clase de manera minuciosa. Sólo había que valorar su inventiva para que aceptara trabajar. Guardo dibujos de él para cuando sea famoso, porque no me cabe la menor duda de que algún día lo será. O quizás acabe siendo un loco, o las dos cosas, que también se da. Todo depende del medio en que habite de cómo lo miren. Sólo de gente diferente podemos esperar algo nuevo en este mundo de mediocridad. Ya lo dijo el loco y artista Vincent Van Gogh:

La normalidad es una ruta pavimentada:

se camina cómodamente,

pero ahí no crecen las flores.

Nuestro trabajo en educación es cultivar todas las plantas, sabiendo que hay flores suaves y ásperas, bellas y fructíferas, amables y difíciles de cultivar. Pero siempre debemos evitar los caminos de asfalto fáciles de transitar.

Recuerdo a menudo una chica de mi colegio con problemas graves de conducta, según su diagnóstico escolar. Intuí que su peculiaridad era ser una «Pippi Calzaslargas».  Cuando su clase se desplazaba en el colegio en fila, ella era la última, y siempre iba dando volteretas. O como ella decía: maestro, es que estoy haciendo la rueda. Pues eso, siempre con las bragas al aire, mostrando sus destrezas, intentando ser alguien especial. En clase se pasaba el día haciendo dibujos, manualidades, creando cuentos y mil historias. Todo el día imaginando pero sin hacer nada de lo que le mandaban. Así se muestra la lantana en mi jardín, como una planta especial, lidiando con las demás plantas y arañando a quienes osen tocarlas, luchado por su identidad.

También me viene a la memoria, mientras riego la lantana de mi jardín, a un chico que venía de otro colegio con un diagnóstico invalidante, de esos que se te queda pegado para toda la vida y te forja un carácter congruente con la etiqueta que te asignaron. Pero siempre lo vi como alguien peculiar. Parecía un científico. Como no hacía las tareas de clase el profesorado nunca se enteró de sus cualidades. Supe que era experto en dinosaurios, en volcanes, en animales, en astrología y mil cosas más. Cada día me venía con una historia que había descubierto y de la que yo no tenía ni la más mínima idea, pero siempre le ponía oído. Era un chico lantana, de eso, no había duda.

Las personas, como las plantas, somos todas diferentes. Y esas diferencias son las que nos hacen singulares. La visión homogeneizadora nos empobrece. La diversidad de la naturaleza es un valor que debemos fomentar. Es por eso que cuido cada planta de mi jardín con algo peculiar, como la lantana; y aprendo de cada persona especial que encuentro en mi escuela porque, gracias a las diferencias, el mundo avanza.

 


28 de septiembre de 2022

SI APRENDEMOS DE LA VIDA...

Si aprendemos de la vida, eso dicen, habrá que crear vida en los centros educativos.

No es suficiente con programar contenidos, porque así no se aprende; no debemos hacer tantos exámenes, porque solo miden memorias que después se olvidan; no es pertinente explicar los temas de los libros de textos, porque solo son pedazos petrificados de vida.

La escuela debe estar viva para que, por inmersión, aprendamos de forma permanente. Nadie duda de que un idioma se aprende viviendo en el contexto de esa cultura. Todo el mundo sabe que aprendemos a hablar, sentir y ser, dentro de un ambiente vital. Porque son las personas que nos rodean las que nos alimentan el alma y nos insufla de vida.

Pues es la escuela, el centro neurálgico de la educación, se olvida de ello con mucha frecuencia; y enseña con técnicas e instrumentos simplistas, como el libro de texto o rituales ancestrales de otros tiempos: copiados, actividades, memorización, exámenes, calificaciones y qué sé yo.

Si lo que educa es el ambiente, el medio social y cultural en el que vivimos, debemos crear ese espacio cultural y natural en las escuelas.

En infantil, cuando las criaturas están construyéndose, necesitan de espacios amorosos para formarse; y es necesario diseñar ambientes cálidos, de confianza, con tierra, agua y naturaleza, con actividades placenteras de interacción, de comunicación, autonomía…, que inviten a relacionarse, a vivir la vida, a aprenderla y aprenderse.  

En nuestra aula, teníamos un rincón de naturaleza, con pecera, un terrario con bichos, frutas de temporada y muchas plantas. Cada día regábamos y dábamos de comer a los animales. Tenemos grabaciones de un sapo comiéndose un saltamontes y de las mariquitas alimentándose de pulgones que cogíamos de los rosales del jardín. Hacíamos fotos del proceso de metamorfosis de los gusanos de seda. Hasta un huevo de gallina tuvimos metido en la caja de luz durante un tiempo; y cada día observábamos por si nacía un pollito. Esos aprendizajes emocionales no se aprenden igual de forma teórica ni en los libros de texto.

También disfrutábamos de un ambiente más cultural en el aula, con una pequeña biblioteca, con un sinfín de libros, ordenador y una máquina de calcar. He visto mil veces cómo se juntan amistades para leer y explicarse un libro de anatomía o de animales. Hasta un sillón para escuchar a Mozart teníamos. Con unos auriculares que provocaba colas de niñas y niños deseando escuchar buena música.

Otro espacio del aula estaba reservado al arte, con pinturas, colores, tijeras, papeles diversos y material de desecho para reciclar. Siempre me sorprendí de la creatividad de la infancia cuando nadie la dirige, construyendo coches, robot, barcos o aviones. Y siempre, compartiendo aprendizajes.

Pero en la escuela nos llegan personas con capacidades diversas, y las hay más tranquilas y más intelectuales. Para ellas, teníamos el ambiente matemático, con juegos lógicos, puzles, el trangram, construcciones, cartas de todo tipo, geoplanos y juegos de mesa.

Y siempre existen personitas más movidas, que no deben quedar sin un lugar para mostrar sus destrezas. Para ello montamos un gimnasio en el corcho, con zancos, cuerdas, rampas, bancos y colchonetas. Un lugar donde permitir el desenfreno sin molestar a los demás.

Y el principal rincón, que no puede faltar en la educación infantil, es el de juego simbólico, con casita, cocina, tienda, hospital, teatro y maquillaje. Porque ahí nos construimos y jugamos a vestirnos de personajes que luego serán personas.

En Primaria, también habría que crear espacios acordes con las necesidades de estas edades, de creatividad, de aprendizajes cooperativos, de interacción con la cultura, de enseñanzas sobre el tiempo en que vivimos, con globos terráqueos, microscopios, mapas del mundo, libros de animales…, que despierten el interés por el conocimiento y desarrollen el placer por la lectura.

En secundaria, habría que montar aulas con retos imposibles. Hacer que el alumnado investigue los enigmas que les inquieta. Ya se sabe que la adolescencia es un tiempo de búsqueda y autoconciencia.

En bachiller y en la universidad es el momento de profundizar sobre los aspectos de la vida que son importantes para seguir viviendo en este mundo con dificultades, para buscar soluciones, para dar sentido a la existencia.

Porque la enseñanza se aprende viviendo proyectos de vida. Da igual en qué curso o universidad estemos. No debemos olvidar que aprendemos de la vida y a ella nos debemos.

18 de septiembre de 2022

DIAGNOSTICANDO LA ESCUELA

Hoy día, la escuela diagnóstica con demasiada generosidad y con multitud de etiquetas a un alumnado cada vez más diverso e indefenso. Pero puede que cada diagnóstico que realiza vislumbre una de sus carencias. Quizás, deberíamos evaluar a la escuela: poner sus diagnósticos como espejo, para que así refleje sus dificultades. 

Una escuela que obliga a estar quietos es lógico que diagnostique a quienes se mueven, y los etiqueten como hiperactivos. Tengo constancia de un profesor que cronometra la velocidad en que su alumnado de educación infantil hacen la tarea, y deriva a salud mental a quienes tardan demasiado. Una locura. Habría que diagnosticar a ese profesor obsesivo, que no respeta los ritmos del desarrollo de cada cual, y está dañando a una infancia irremediablemente diversa. Habría que diagnosticar a una Administración Educativa que permite ejercer a un maestro con evidente discapacidad.

Una escuela que requiere silencio suele castigar a quienes hablan demasiado. Debería mirárselo. Porque no es normal que recrimine a quienes se construyen con lenguaje. Lo ideal es alentar, en esas edades, toda expresión del alumnado. Lo normal, en los primeros años de vida, es que las niñas y niños se comuniquen entre ellos, para desarrollar la socialización, el lenguaje y sus identidades. Es necesario crear espacios y ambientes donde se aliente la comunicación. La escuela que no soporta el ruido natural de la infancia debería ir a salud mental y mirárselo.

Una escuela que, diariamente, manda deberes para casa, responsabilizando a las familias del aprendizaje, debería ser diagnosticada de inoperante. Se supone que es la escuela la que enseña y, por tanto, es responsable de la educación. Bastante tienen las familias con dar alimento, vestido, salud, alegrías, educación y amor, y todo ello, conciliando con sus obligaciones laborales.

Una escuela que hace filas, en la entrada del colegio, para corregir las tareas, después del recreo, para las excursiones, para entrar al comedor… para cualquier actividad, como única forma organizativa, tiene poca confianza en su alumnado. Se debería evaluar su eficacia como centro educativo. Tanto control es un síntoma obsesivo y de poca confianza. Deberíamos diagnosticar esta obsesión por el control.

Una escuela que evita y margina a ciertas chicas y chicos con discapacidad está impidiendo aprender a convivir con lo diverso. Está discapacitando, irremediablemente, a su alumnado. Amén de no aceptar el derecho de toda persona a la educación en igualdad aceptando sus peculiaridades. Deberíamos diagnosticarla como escuela castradora y nada respetuosa con los Derechos Humanos.

Una escuela que pone libros de textos, todos iguales para cada curso, no educa en la diversidad cultural ni respeta las características diferentes del alumnado. Porque hay tantos libros en el mundo, tantas niñas y niños diferentes, y tantas posibilidades de aprender que, el mismo libro para todas las personas es un insulto a la inteligencia. Habría que diagnosticar a esa escuela como homogeneizadora y castradora.

La escuela meritocrática, que hace multitud de rituales para celebrar conquistas y otorgar diplomas, mientras margina a quienes tienen dificultades, es narcisista. Porque solo se mira en su alumnado brillante; en vez de ensalzar a quienes se esfuerzan, aunque no lleguen a lo exigido. Quizás, no debería poner metas a donde llegar, sino desarrollar las máximas capacidades de todas las personas que aprenden en ella. La escuela meritocrática rechaza a quienes muestran dificultades. Se tendría que mirar el rechazo a las personas que son tan brillantes como ella espera. Ya se sabe que el narcisismo es una de las peores discapacidades. El mito de narciso tiene más de dos mil años: Narciso se ahoga en el lago porque no mira la realidad, sino la imagen distorsionada de su propio rostro reflejado.

La escuela exigente diagnostica, a cal y canto, a toda persona que se queda atrás, cuando su misión es alentar a quienes tienen más dificultades. Quienes van sobrados no necesitan beneplácitos. La buena escuela es la que ayuda a todas las personas con sus peculiaridades. Una escuela que premia a quienes tienen buenos resultados debería de ser diagnosticada, porque está castigando a quienes no pueden llegar a la excelencia. Hay colegios que no aceptan al alumnado con dificultades y luego presumen de calidad. Algún diagnóstico habrá para estos centros elitistas que se dicen educativos y tienen tanta discapacidad.

La escuela que no se recicla, que no aprende, que no investiga, que no se pregunta cada día por los cambios que la sociedad experimenta, está anclada en el pasado, vive en un sistema operativo desfasado. Tendría que ponerse al día.

Una escuela que no pone los medios para que aprendan los invidentes es que está ciega. Una escuela que no pone recursos para quienes no escuchan es que está sorda. Una escuela que no comprende el autismo es que está aislada del mundo. Una escuela que no acoge a todo el alumnado hay que diagnosticarla, y tratarla, y mejorarla.

Es necesario: una administración sensible, un ejército de orientación educativa competente y un profesorado comprometido para diagnosticar y tratar a una escuela con tantas necesidades. Porque ya está bien de solo diagnosticar a los más débiles del sistema.

30 de agosto de 2022

COMIENZO DE CURSO, MARIPOSAS EN EL ESTÓMAGO

La gente no lo sabe, pero, el profesorado comienza a trabajar a finales de agosto. Las mariposas en el estómago se han echado a volar y, esa desazón, hace que se ponga a mirar posibilidades, a programar los primeros días, a preparar las reuniones con las familias, a buscar materiales...; porque es mucha la incertidumbre que genera un inicio de curso.

El trabajo de enseñante genera muchas inquietudes. Es un auténtico vértigo bregar con una veintena de infantes requiriendo aprendizaje, con sus familias exigentes y demandantes, con los poderes educativos vigilantes y con nuestra inseguridad, que lidia con una responsabilidad, a menudo, culpabilizadora.

Me gustaría ayudar a quienes afrontáis esta inquietud los primeros días de curso. Os muestro lo que aprendí sintiendo estas emociones en mi larga trayectoria como maestro; por si a alguien le pudiera ayudar.

Lo primero, relajaros. Siempre daréis lo que sois. Así que mostraros tal cual, eso siempre será educativo. Porque educamos con lo que somos y no tanto con lo que sabemos. No hay otra posibilidad. No perdáis el tiempo en disimular. Siempre se nos ve el plumero cuando nos dedicamos a educar. Así que, lo mejor, es afrontar los problemas cuando van llegando, no hay que adelantar acontecimientos. Una cosa es diseñar el curso, que hay que hacerlo, y otra comenzar a sufrir por lo que pueda pasar.

Ya sé que no tenéis el material necesario. Relajaros, al menos tenéis mesas y sillas. Pues también os sobra. Dejad el aula limpia. Lo importante para educar es lo trae el alumnado en sus cabezas y sus corazones. Haced un corro y escuchad las voces de la infancia. Eso es la educación. Porque vuestros oídos harán que las chicas y chicos del aula discutan, confronten información, expresen lo que sienten y saben…; porque aprendemos y educamos cuando nos comunicamos. Hay que darle voz a la infancia, para que las niñas y niños, tengan la edad que tengan, expresen sus miedos, sus ansiedades, sus inquietudes, y digan lo que saben… Que se narren. Así se irán construyendo.

No programéis demasiado. Afina el corazón y el oído. Lo demás irá surgiendo. Ten confianza. Ya estudiaste mucho. Ahora es el momento de dar lo que eres. Ya irás corrigiendo durante el curso, y aprendiendo cada día los retos que vayan surgiendo. Tus lagunas te indicarán el camino para seguir formándote. No aprendemos en soledad. Lo mejor es hacerlo junto a otras compañeras y compañeros. Lo que te pasa a ti le está pasando a quien da clase en el aula de al lado. Compartir emociones y conocimientos es la mejor forma de crecer como educandos.

Atención a las familias los primeros días. Sus angustias, sus miedos, sus incertidumbres son gritos que necesitan ser apaciguados. No las evite. Irremediablemente visitan la clase con los ojos de sus vástagos. Dales confianza. Con la complicidad de la familia habrás tranquilizado el aula. Todo irá bien. Quienes rechazan a las familias no saben que, quieran o no, vienen dentro de las mochilas del alumnado. Aceptarlas es síntoma de inteligencia. Siempre educamos con la comunidad educativa.

Mucha energía y suerte. Porque la vida se pone en juego cada comienzo de curso, no hay otra. Vamos a tener emociones encontradas, situaciones conflictivas y muchas incertidumbres. Así es la vida. Así es, siempre, las relaciones educativas. Por tanto,  ten paciencia y confianza ante la incertidumbre que se genera; y acepta y disfruta cuando sientas mariposas en el estómago. Porque eso significa que vas a educar a las generaciones futuras: la experiencia más importante de la vida.

21 de agosto de 2022

ES UN CAMPEÓN

La labor del especialista en Pedagogía Terapéutica no es, solamente, atender al alumnado con discapacidad. La mayor parte del tiempo, nos dedicamos a cambiar la percepción del profesorado, que lidia cada día con una clase compleja, y de las familias, que no suele reconocer las posibilidades educativas de un aula diversa. Yo calculo que la mitad de mi trabajo se produce en los pasillos, en las charlas informales, en la sala de profesorado, en los recreos, en las entradas y salidas, en las comidas y celebraciones. Porque lo esencial de nuestra labor es cambiar las concepciones sobre el alumnado con discapacidad; y esto se produce, la mayor parte de las veces, en espacios informales. 

Recuerdo a un chico que con unos siete años ya arrastraba un diagnóstico de dislexia y cierto déficit de atención e impulsividad. Eso rezaba su diagnóstico. Eso justificaba sus dificultades en el aula. Eso pensaba su tutora cada vez que lo miraba. Yo siempre lo vi de otra manera. Este chico era como era: impulsivo, cinético, nervioso, en continuo movimiento…, «sinquieto», como dicen en mi pueblo; aunque avispado, inteligente, listo como él solo. Pero la escuela requiere de gente tranquila, sumisa, receptiva… y que esté muy quieta. Aunque, en otro contexto, este chico es un campeón. Os cuento.

Resulta que indago en su historia y me entero de que corre y hace triatlón. Ya ganó algunas carreras por Andalucía. Y es muy valorado y querido cuando se requiere de él que no esté quieto, sino que corra que se las pelas. Pues eso le dije mil veces a su tutora: este chico se mueve porque es un corredor. Menos mal que era receptiva y me escuchó. Y fue entonces cuando, en vez de ver a un chico con dificultades, vio a un triunfador. Y desde ese momento fue comprensiva con sus movimientos, con su letra nerviosa, con su no estarse quieto. Ya no veía a un chico incapacitado sino a un auténtico campeón. Y, entonces, comenzó a comprenderlo, a aceptarlo y a valorarlo por su extraordinaria capacidad, y no por sus dificultades en la escuela.

A partir de entonces, este chico mejoró en el colegio. En un año se puso al nivel de los demás y comenzó a aprobar y a suplir sus dificultades. Y es que la nueva mirada de su tutora mejoró su rendimiento en la escuela. Ya no alteraba el funcionamiento del aula, sino que la maestra comprendió que los atletas necesitan moverse, y lo dejaba ir al baño o a beber cuando lo veía inquieto. Ya no percibía una disgrafía, sino que comprendía que un corredor es rápido hasta escribiendo... Y, percibiéndole como un atleta campeón, comenzó a elogiarlo, motivarlo y valorarlo delante de sus iguales, aceptando sus dificultades como parte de su idiosincrasia. El caso es que este cambio de mirada mejoró, de forma elocuente, los resultados académicos de este chico con dislexia a la vez que corredor.

Cambiar una concepción de déficit por una visión de posibilidades es la esencia de la educación. Eso me enseñó este chico que se mueve en la escuela como un verdadero campeón.

16 de agosto de 2022

LIDIANDO CON EL PODER

A veces, debemos tirar de historias pasadas para saber de dónde venimos. Es necesario aprender que los avances sociales se producen gracias a personas que se enfrentaron al status quo de cada momento. Toda innovación suele producir sufrimiento en quienes osan cambiar lo que siempre se hizo de la misma manera, y es necesario asumirlo si queremos mejorar la educación o cualquier situación social.

Cuando empecé de maestro en un cole, de cuyo nombre no quiero acordarme, me asignaron una clase con veintisiete criaturitas de tres años. Era la época en que se crearon las aulas de estas edades y, por tanto, se dotaban con todo lo necesario: juegos simbólicos, material de psicomotricidad y didáctico, una casita para situaciones emocionales, pinturas, material de ciencias, etc. Pues resulta que llego a mi nuevo destino y estaba el alumnado pero no el material. Raudo, pido que me doten la clase, primero a la directora, siguiendo el orden reglamentario, luego a la inspección. Comienzo a trabajar con cajas de cartón, construimos una casita con ellas y varios juegos, pido material a las familias, me llevo cuentos y música de mi casa…, mientras espero que llegue el material. Pasado un tiempo, pido ver al inspector para que acelere la dotación del aula, porque ya llevo tiempo trabajando con muchas dificultades. Al fin llega el buen hombre a mi cole y le invito a entrar en mi aula para enseñarle las condiciones en las que trabajo. Me promete que ya llegará la dotación, porque es un aula de nueva creación y requiere de tiempo... Me conformo durante varios meses y sigo trabajando con toda la ilusión del mundo pero sin recursos. Después de esperar varios meses sin respuesta, reúno a las familias y les explico que sus hijos tienen derecho, por ley, a una dotación de materiales. Deciden hacer un escrito y entregarlo en la Delegación de Educación con registro de entrada. Aclaran en el escrito que el maestro lleva meses trabajando sin el material necesario, y que ya se le comunicó al señor inspector en su día.

La primera consecuencia que ocurrió es que, en pocas semanas, llegó al colegio la dotación que requería un aula de nueva creación. La segunda consecuencia que ocurrió es que al inspector no le gustó nada el escrito y comenzó a instigarme de manera sutil. Reunió a las familias para contarle lo mal maestro que yo era. Menos mal que las familias estaban de mi parte y de sus vástagos, y se enfrentaron a él y quisieron denunciarlo. Pero yo las paré: dejemos pasar, que no debemos enfrentarnos demasiado al poder. Eso aprendí yo de esta experiencia. Otro castigo que me impuso fue suprimir mi plaza en ese colegio; así que me desplazaron a otro centro cercano, en donde había una dirección afín al partido en el que militaba, para tenerme sometido, algo que descubrí después.

En este nuevo cole tuve una maravillosa clase de infantil de la que guardo muchos recuerdos. Había un chico con tetraplejía con una bella sonrisa y una inteligencia sobresaliente. Pedí a la dirección que gestionara pedir un ordenador para él. Era imprescindible que escribiera como los demás en un medio que podría dominar, ya que el lápiz se resistía a una mano que no le obedecía demasiado. Me dieron largas por mucho tiempo, hasta que comuniqué directamente con el Aula Provincial de Discapacidad de Motóricos de la provincia. Vino al cole la directora del centro, y me dijo que ese chico ya tenía lo que yo le había pedido. Le dije que no tenía constancia. Se fue al despacho del señor director, le arrancó el enchufe del ordenador que tenía delante de sus narices y le dijo: este no es tu cortijo, este ordenador es de ese chico, que lo mandamos el curso pasado.

Entonces, aprendí que ciertos colegios, en aquellos tiempos en los que yo empezaba, eran el feudo de direcciones que se habían apropiado de los servicios públicos. También aprendí que los cambios no se producen a golpe de decretos legales y que la administración suele arrastrar inercias de épocas pasadas. Después de este incidente comenzaron a tolerarme y no osaron molestarme demasiado. Otra cosa que aprendí: es imprescindible tener conocimientos administrativos y legislativos para lidiar con el poder.

Con esta experiencia comprendí que al poder se le lucha con un contrapoder que hay que ejercer y, para ello, tenemos leyes que nos ampara. Porque somos funcionarios, y estamos al servicio de la ciudadanía con leyes que velan por el bien común. Pero hay que tener cuidado y evitar luchas inoperantes cuando no estés armado de conocimientos que te puedan defender, de lo contrario te destruirán. De hecho, he esperado a jubilarme para narrar estas historias que antes no me atreví a contar.

En otro colegio, en la misma época, esa etapa después de la transición en que, aún, permanecían intactas las estructuras organizativas y los modos del caciquismo español, el director del colegio me recomienda que compre unos cuadernillos de pre-escritura. Le cuento que trabajo sin libros de texto, que desarrollo las destrezas manuales con programas de psicomotricidad, bailes, pintura y juegos, y que no los necesito. Meses estuvo insistiendo en que lo debería comprar, y yo que no. Hasta que, un día, me amenaza diciendo que lo ha recomendado el Señor Inspector de la zona y que debo obedecer. Me extrañó que un inspector se preocupase tanto por la Educación Infantil y que recomiende material específico. Sobre todo, me sorprende que insinúe con insistencia que compre determinado libro. Así que indago y pregunto por ahí, a compañeras y compañeros, sobre este ser tan pedagógico que quiere que en su zona todo su alumnado tenga destrezas en sus manos para escribir. Me entero de que este inspector regenta una papelería en propiedad, fotocopia estos cuadernillos (ni siquiera están publicados) y los vende a todo el profesorado de su zona, bajo coacción a las direcciones que están a su cargo. Fue entonces cuando reto a mi director a que haga venir al inspector a mi clase para hablar de los cuadernillos que quiere que compre. Nunca osó venir.

Podría seguir escribiendo historias de inspectores. Pero, como ejemplos, ya es suficiente. Me consta, que hay inspectoras e inspectores que han sido, y siguen siendo, verdaderos impulsores de la innovación educativa. Sólo narro casos que he sufrido, para hacer constar que vamos, poco a poco, mejorando en función del momento histórico que nos ha tocado vivir. Porque los cambios se producen a paso lento, gracias a profesionales valientes que siempre existen en cualquier estamento, que osan enfrentarse al poder establecido cuando ven alguna injusticia; eso sí, con mucho sufrimiento. Nada es gratis en la lucha por la innovación educativa.  

Un conflicto puede hundirte o hacerte crecer. Y yo decidí aprender. Y aprendí cómo funciona la administración, y cómo, a veces, los cargos intermedios hacen suyos el poder y lo ejercen de forma arbitraria. Aprendí cómo nunca debemos enfrentarnos a lo que no podemos cambiar, pero siempre podemos erosionar sus fallas para que quienes vienen detrás hagan grandes huecos por donde podamos avanzar. Ahí radica la inteligencia: saber buscar los resquicios del poder para ir haciendo mella, siempre desde otra posición de poder, de lo contrario te pueden destrozar la vida.

Me hirieron mil veces y aún tengo cicatrices, pero aprendí a navegar en mar revuelto. Quien se enfrenta al poder, o se hunde o crece. Y yo tomé la decisión de aprender y escribirlo después; para que quienes lo pasan mal en la escuela sepan que ninguna lucha puede evitar el sufrimiento, pero siempre produce fruto y placer, pasado un tiempo.

8 de agosto de 2022

«LA VACA NO DA LECHE»

El filósofo chileno Mario Sergio Cortella estudió con Paulo Freire, representante de la pedagogía del oprimido, fue secretario de educación en la ciudad de São Paulo durante los años 90, y nos regaló esta historia, tantas veces repetida, de «La vaca no da leche». 

«Cuando tenga doce años, les contaré el secreto de la vida, decía un campesino a sus hijos cuando eran pequeños. Los niños, intrigados por la aseveración, esperaban pacientemente hasta que cumplían la edad acordada.

El día del decimosegundo aniversario de cada uno de los muchachos, el padre los apartaba y les hacía prometer que no revelarían el secreto a los demás hermanos. Los llevaba al establo, deteniéndose frente a la vaca de la familia, y susurraba en el oído del cumpleañero: El secreto de la vida es que la vaca no da leche.

- ¿Qué es lo que dices? -preguntaba el muchacho -si todas las mañanas vemos cómo llegas a la casa con un gran balde de leche después de estar con la vaca.

-Tal como lo escuchas, hijo -respondió el hombre mayor –la vaca no da leche. Tienes que levantarte a las cuatro de la mañana todos los días. Todos. Sales al campo, caminas por el corral lleno de excremento, te acercas a la vaca, le atas la cola y las patas. Luego te sientas en el banquito, colocas un balde y comienzas la ordeña. Ese es el secreto de la vida; la vaca, la cabra, la oveja no dan leche. O las ordeñas o no la dan.

Hay quienes piensan que, las vacas dan leche. Que las cosas son automáticas y gratuitas. No. La vida no es cuestión de desear, pedir y obtener. Las cosas que uno recibe son el esfuerzo de lo que uno hace. La ausencia de esfuerzo genera frustración»

Esta fábula es muy necesaria en nuestros tiempos, porque las nuevas generaciones viven en una época de bienestar sin haber aprendido que la vida exige esfuerzo; que el confort hay que ganárselo, que los deseos hay que lucharlos. Que la humanidad avanza gracias al trabajo de muchas personas que dieron todo para superar las limitaciones y las trabas que la vida exige.

A veces, se ha utilizado esta magnífica fábula como ideario de una concepción del esfuerzo como única causa del éxito. Nunca una única mirada dice verdad.

Es cierto, como argumenta esta narración, que el esfuerzo es necesario. Es verdadero que el trabajo, cuando consigues lo que deseas, produce bienestar. Es necesario esforzarse al máximo para devolver a la sociedad algo de lo que nos ha regalado…; pero hay gente que se esfuerza y no consiguen lo que desea. No toda persona que se esfuerza triunfa en esta sociedad que solo valora el éxito.

Es indudable que los objetivos exigen esfuerzo. ¡Pero cuidado!, no toda la gente parte de la misma situación. Porque hay clases sociales, hay desigualdades, existen personas con discapacidad, y hay atajos para la gente que está en situación de privilegio, que triunfan sin apenas esfuerzo. Hay quienes se esfuerzan y no consiguen lo que la sociedad les exige. Porque la sociedad actual no siempre gratifica el esfuerzo, sino el éxito final.

Lo que es irrebatible, y debemos vociferar a los cuatro vientos, es que las conquistas con esfuerzo producen satisfacción y orgullo personal. El esfuerzo suele llevarnos a cumbres insospechadas. Quienes se esfuerzan suelen conseguir más de lo que sus posibilidades le presagiaban, siempre llegan más allá de sus expectativas.

Debemos alabar el esfuerzo de quienes logran sus metas, pero, también, de quienes se sacrifican sobremanera para superar sus dificultades. Es necesario valorar al alumnado con discapacidad motórica que cada mañana llega al colegio sorteando mil obstáculos. Debemos alabar el esfuerzo de quien, con inteligencia limitada, se machaca en su habitación para aprender la lección del día siguiente. Debemos dar un premio a la excelencia a quien con autismo lucha cada día para soportar el ruido cotidiano, el lenguaje incomprensible, los estímulos excesivos y los cambios de rutinas. ¡Y qué decir de los invidentes o hipoacúsicos, que cada día nos dan una lección sobre el esfuerzo! O de los empobrecidos, que viven en situación de calamidad...

Deberíamos exaltar a todo el alumnado que se esfuerza, aunque no haya conseguido las expectativas exigidas por la escuela y la sociedad. Porque la vaca no da leche, hay que alimentarla, cuidarla y ordeñarla, pero hay mucha gente que se esfuerza en demasía y no recibe su ración de leche diaria.

27 de julio de 2022

LA TEORÍA DEL ESFUERZO

Qué duro es sentir el fracaso a lo largo de la vida. Qué cruel es pensar que no vales nada, que eres un cero a la izquierda, que, día a día, examen a examen, curso a curso, durante años, fracasas en el sistema educativo. Pues eso les pasa a muchas personitas de nuestras escuelas, más veces de las creemos. Sufren en silencio, mientras la vida les va haciendo mella, poco a poco, en sus almas inexpertas. Lo sé por experiencia. 

Suelen pasar inadvertidas, estas personitas fracasadas, que todo lo que hacen lo tienen subrayado en rojo sangrante en sus libretas, entre tantas buenas notas, premios a la excelencia, exámenes aprobados, felicitaciones, virtuosismos, menciones especiales, estoy orgulloso de ti, enhorabuena… Y se esconden, metiendo la cabeza bajo tierra; o, en el mejor de los casos, volviéndose payasos, apáticos o desafiantes. Todo sea por ser alguien en una organización ¿educativa? en la que solo se valora el triunfo disfrazado de esfuerzo.

Es difícil asumir, cuando somos niñas o niños, que no entiendes lo que te explican, que las letras se te cruzan y no comprendes lo que lees, que los números te aparecen como complejos garabatos sin sentido…, que no llegas. Es difícil soportar, cada día, cada evaluación, cada año, cómo tus compañeras y compañeros salen airosos de los retos de la escuela y sacan buenas notas, son felicitados, triunfan... Qué difícil es soportar tales vivencias, tirando de paciencia, de capacidad de frustración, soportando emociones de ira, evitando sentir tanto pesar…, hasta que el corazón se va volviendo de piedra.

Pues vienen los llamados liberales con la solución perfecta: «La teoría del esfuerzo». Y ponen las carretas delante de los bueyes. Lo que es consecuencia lo ponen como causa. La narrativa del esfuerzo está haciendo mucho daño a estas personitas que fracasan en la escuela. Porque las carencias de una organización educativa anquilosada, que no tiene respuesta educativa para la gente con necesidades y que no atiende a la diversidad de los seres humanos, quedan invisualizadas; y meten, en el cuerpo de la gente con dificultades su incompetencia, sin tener en cuenta las variables biológicas, familiares, económica, sociales e históricas que son verdaderas causas de que mucha gente fracasen en la escuela. Cuando, como es lógico y sabido, quien no obtiene el beneplácito en una actividad académica acaba evitándola. Y así se forma el círculo vicioso del fracaso: si no obtengo resultados, no me esfuerzo, porque nunca llegaré a lo exigido. Y es entonces cuando el fracaso provoca la ausencia de motivación para el esfuerzo, y no al revés. Quienes tienen buenos resultados aumenta su autoestima y, lógicamente, siguen esforzándose para seguir aumentando su ego. Quienes fracasan evitan un esfuerzo que siempre les trajo frustración y dolor.

Seamos honestos. Todos conocemos a personas que se esfuerzan en demasía y que no tienen resultados. También conocemos a alumnado que saca buenas notas sin ningún esfuerzo. Entonces, ¿a qué viene decir que quien triunfa en la escuela es porque se esfuerza? ¿Cómo osamos aseverar que quien fracasa en el sistema educativo es que no se ha esforzado lo suficiente?

Hay un tufillo maloliente en todo esto. Porque, además, resulta que la gente que proclama la teoría del esfuerzo tienen vástagos que no se esfuerzan y los meten en universidades privadas sin pasar por selectividad; o entran en colegios concertados sin aprobar oposiciones; o trabajan en el despacho de abogado de un amigo por enchufe. Todo esto queda camuflado con la teoría del esfuerzo; que viene a decir que quien llega es que se ha esforzado. ¡Mentira!

Las personas con discapacidades, con dificultades educativas, con carencias para la escuela, que provienen de ambientes desfavorecidos, que tienen mil problemas…, no pueden ser responsables de su fracaso. Porque, aunque se esfuercen, aprenden que no llegan, y así, día tras días, acaban desmotivados; porque ¿para qué? Aprenden que en el sistema educativo siempre triunfan quienes tienen capacidad para, apenas sin esfuerzo, recibir cada día el beneplácito del sistema.

La teoría del esfuerzo es un ideario político sin ninguna base científica. Parece mentira que tengamos que argumentar. Es una burda simplicidad que está calando en nuestra sociedad y que convierte a las víctimas en culpables, y a las familias en responsables.

¿Es que, acaso, no vemos a diario el sufrimiento del alumnado que no llega, que no puede, que no tiene herramientas para navegar en este mundo complejo y competitivo?

Es necesario dejar de culpabilizar a las familias y al alumnado con dificultades. La mayor responsabilidad siempre es de quienes tienen poder y conocimiento. Así que quienes, se supone, sabemos de educación, tenemos el deber de mejorar la escuela, para que nadie sufra más de la cuenta. Debemos buscar un cambio de paradigma en el que nadie sufra en la escuela. Porque una escuela que produce sufrimiento no es educativa, es un fracaso de escuela.

6 de julio de 2022

LA NIÑA QUE NO ABRAZABA

Después de jubilarme, fui a la fiesta fin de curso de mi colegio para sentir el eco, que aún pidiera perdurar, de mi labor como maestro de inclusión y aceptación de la diversidad. De pronto, una alumna de poca edad, que asistía a la graduación de su hermana, mi vio y vino corriendo a darme un emotivo abrazo. Me alegró sobremanera porque esta chica no abrazaba. 

En mi cometido como maestro de Pedagogía Terapéutica, tuve que atender a esa niña de primer curso de primaria con supuesta “discapacidad por inteligencia límite”, según ponía en su informe psicopedagógico, aunque nunca compartí este diagnóstico. Era tan solo una chica herida, como tantas personitas que vienen a la escuela. A veces, solo se diagnostica lo aparente, sin profundizar lo necesario.

En estas edades trabajo dentro del aula y ayudo a todo el alumnado que necesita un empujoncito, aunque siempre estuve atento a esta chica con evidentes dificultades. Cuando me siento junto a ella veo que me rechaza de forma abrupta. No me lo tomo a mal. Tengo paciencia y sigo atendiendo a sus compañeras y compañeros de clase sin dejar de mirarla reojo. Es necesario no asumir un rechazo como cuestión personal. ¡Algo le pasa! Eso me digo mientras me pongo a indagar.

Después de muchos tanteos, veo que esta chica no soporta que invada su espacio personal. En cambio, sí acepta a su tutora y la especialista de Audición y Lenguaje, que son mujeres. Nunca me había pasado, suelo caer bien a todo el alumnado. Indago y descubro que sufrió abusos cuando pequeña. Ahora comprendo: tiene recelo a todos los hombres porque sufrió daño de algún varón. Así que la comprendo y guardo distancia, le ayudo lo que me deja, manteniendo su espacio, respetando sus miedos, siempre con cariño, con miradas tiernas, buscando confianza. Casi medio curso me costó acercarme a ella. Mientras tanto, le pusimos una compañera que le ayudara, y fuimos, desde la distancia, acompañándola en sus dificultades y sus recelos.

En la fiesta de graduación de su hermana me ve desde lejos y la veo correr, a cámara lenta, como en un anuncio de colonia. Me llama por mi nombre y me abraza con todo el alma. Después de un año, mi trabajo con esta chica, obró el milagro. Creo que aprendió a diferencia quién le hacía daño y quién le hacía bien. Algo difícil de aprehender cuando la herida es profunda. ¡Es una campeona! Va superando su trauma. Es posible que nuestra comprensión, prudencia y respeto haya tenido influencia. Pero esa es la labor de quienes educamos: estar atentos, comprender, respetar, tener paciencia, saber intervenir justo lo necesario en el momento oportuno. Mientras tanto, no forzar, esperar que el tiempo nos diga dónde está la herida para poder intervenir de forma adecuada. A veces, queremos que nuestro trabajo educativo tenga frutos inmediatos. Pero hay que tener paciencia. La educación siempre tiene efecto a largo plazo.

Grano a grano, su corazón se fue llenando de confianza hasta rebosar en un fructífero gran abrazo. Pechos fundidos que interpreto como evaluación de mi trabajo. Porque un abrazo es, siempre, el más elocuente, preciso, eficiente y objetivo método de evaluación. Eso me enseñó mi alumna que le costaba abrazar y que, ahora, se me pega como lapa, dándome las gracias por la paciencia y la comprensión.

3 de julio de 2022

EL MAYOR DE LOS ABRAZOS

Hoy, me dieron el mayor de los abrazos. Ese pulpo enredado a mi alma era de una chica que fue mi alumna con tres, cuatro y cinco años. Ya es mayor de edad. Compartimos aula en Educación Infantil viviendo mil historias emocionantes. No importa que ya tenga mi estatura, siempre será mi querida alumna. 

Fue un abrazo sentido y emocionado. Dentro de nuestros corazones enlazados, había un sinfín de sensaciones y vivencias compartidas. Es bonito sentir todo lo que cabe en un abrazo; en el nuestro, se fundió lo esencial de la existencia, las tres heridas que cuenta Miguel Hernández: la del amor, la de la vida, la de la muerte.

Resulta que, en mi clase de infantil, había veinte siete personitas y ya solo quedan veinte y seis. Ocurrió que, ya estando en el instituto, el mejor amigo de mi alumna, va y se muere.

Compartían intereses musicales, y quién sabe si algo más. El caso es que mi alumna se quedó huérfana de su íntimo amigo. “Algo se muere en el alma cuando un amigo se va”. Y, a su edad, no podía comprender cómo la vida te desconcierta y te pone a prueba; o, simplemente, la vida es un caos y si te daña el alma, irremediablemente, te duele.

Evidentemente, esta chica quedó impactada. La muerte siempre nos destroza por dentro y, en plena adolescencia, nos mata estando vivos. Estas profundas emociones estaban en el abrazo que yo sentí con mi alumna. 

Sí, se me murió un alumno en plena adolescencia. Sufrí su pérdida, y me hirió profundamente el dolor que sintió su amiga, (del dolor de sus padres aún no me salen palabras de consuelo). Sentí profundamente el amor y la muerte en la vida de mi aula que ahora abrazo, a moco tendido, en el cuerpo de mi alumna. Nunca un abrazo, con tanta historia, fue tan sentido.

Menos mal que, cuando compartimos vivencias en Educación Infantil, traté siempre el tema de muerte, del amor y de la vida. Ya intuía que les podrían hacer falta. Es un aprendizaje que nunca está de más. Lloramos cuando murió nuestro saltamontes o nuestro pez, compartimos emociones cuando la abuela de una compañera nos dejó, aprendimos que el abuelo de otro alumno se quedó seco cuando estábamos trabajando las hojas del otoño (nunca una concepto fue tan certero). El caso es que se hace necesario, siempre, tener presente la muerte, en el aula, para aprender sobre la vida.  

Espero que esta alumna levante cabeza después de tanto sufrimiento y que, lo trabajo en Educación Infantil, le sirva para su duelo.

He aprendido que en la escuela hay que dejar de lado los libros de textos, las fotocopias, los rituales obsoletos, la silla de pensar, las filas para entrar y salir, los castigos absurdos, el rabito de la a, los boletines de notas, el coloreo, las actividades rutinarias…, y aprender sobre lo esencial de la vida.

Todo eso me vino a la cabeza, con emociones encontradas, en el abrazo que, sin mediar palabra, me dio mi alumna y prendió en mi alma para toda la vida. Espero que el abrazo que nos dimos nos dé aliento para curar las tres heridas: la de la muerte, la del amor, la de la vida.

30 de junio de 2022

LA PERVERSIÓN DEL LENGUAJE

Lenguaje y pensamiento, Pensamiento y lenguaje. Piaget y Vigotsky, respectivamente, sembrando la esencia de nuestro tiempo. Porque la nueva forma de dominación no es la esclavitud, ni el feudo, ni el capitalismo que controla los medios de producción, aunque eso también; la nueva forma de control es el lenguaje. Uno suizo y el otro ruso, pero ambos, en la distancia, anticiparon en el siglo pasado una cuestión central de nuestro tiempo: el lenguaje como nueva forma de dominación. 

Las conquistas históricas, que han permitido mejoras en la sociedad del bienestar, corren peligro porque narraciones perversas dominan nuestras mentes. Ya se sabe, pensamos con el lenguaje. Y los medios de comunicación, con sus dueños vigilantes, dominan la alquimia de convertir en verdad las mentiras dichas con palabras precisas. No importa lo que sucede sino cómo narran lo que pasa. Y los poderes lo saben, y se dedican, en cuerpo y ¿alma?, a controlar nuestro pensamiento mediante el verbo.

El verbo se hace carne, lo dice hasta la Biblia. El lenguaje nos configura. Y hay todo un ejército mediático modelando el barro primigenio para recrearnos sumisos, crédulos, ignorantes… Sólo hay que ver como la clase trabajadora vota a partidos que representan a quienes la explota, como los productos más contaminantes nos invaden con anuncios ecológicos con fundo azul y aguas cristalinas; como los grandes poderes de la comunicación adormecen a los ciudadanos con la simpatía de unas realidades inexistentes en las pantallas, cómo las mujeres han quedado borradas de la historia con un lenguaje sexista…, como los centros educativos se llenan la boca de vocablos grandilocuentes de inclusión, diversidad, compensación, educación para la paz, convivencia… y demás palabras vaciadas de contenido; mientras, a la vez, siguen ejerciendo la discriminación, la dominación, la reproducción de clases sociales… y esparciendo la ignorancia por toda la ciudadanía.

La educación emplea un lenguaje cada vez más hueco, carente de realidad. Utiliza términos grandilocuentes sin referentes en la vida real. Estamos en una época de formas y no de esencias. El lenguaje es el traje perfecto en donde esconder la desnudez de la verdadera realidad:

- “La escuela es para todas las personas”, pero quienes tienen más dificultades, fracasan en ella.

- “Los centros educativos compensan desigualdades”, pero seguimos poniendo exámenes iguales para todo el alumnado, sabiendo de antemano quién fracasará.

- “El esfuerzo es lo importante”, pero no tenemos en cuenta las características biológicas, históricas o sociales de cada individuo y solo valoramos los contenidos. ¿Esto implica que quien fracasa no se esfuerza lo suficiente? Estamos negando, con el lenguaje, las causas personales, históricas, psicológicas o sociales que hacen que muchas niñas y niños no puedan cumplir con lo exigido en la escuela, a pesar de su esfuerzo.

- “Trabajamos para mejorar la convivencia”. Pero la legislación impone metodologías, asignaturas, exámenes, libros de texto, currículum, exámenes…, que marginan a quienes tienen más dificultades, y lógicamente se alteran la armonía en las relaciones.

No existen niñas y niños vagos. Ese término no está científicamente probado. Es una simplificación vulgar. Lo que existe es alumnado que fracasa en la escuela porque no tiene las destrezas que ésta requiere, debido a multitud de causas. Si alguien tiene dislexia es normal que tenga faltas de ortografía, si tiene discalculia suele confundir los números, si es tetrapléjico no podrá subir una escalera para ir a su aula del primer piso, si tiene mutismo no podrá expresarse con el habla... La vagancia es una construcción social de un sistema educativo hegemónico que no acepta la diversidad.

El lenguaje mediatiza la cultura y la vida social. Por eso creo que el lenguaje no es solo un medio de comunicación sino un medio de dominación. Porque las palabras son un instrumento que impone un sistema de control. Por tanto, para cambiar la educación debemos desaprender el lenguaje dominante y comenzar a nombrar la realidad de nuevo. Debemos, por consiguiente, crear nuevas palabras y diferentes narraciones: más inclusivas, más justas, más educativas, más humanas.

El lenguaje nos configura, irremediablemente. Por tanto, es necesaria una actitud crítica que desenmascare a la gente desalmada, una mirada perspicaz que vea la realidad sin mediación de un lenguaje adulterado, una nueva narración que evite las construcciones perversas que están creando un mundo tan inhumano.