1 de marzo de 2026

MI CASA, EL HOGAR DE LA INFANCIA

 Cristóbal Gómez Mayorga y María José Benítez Suárez

La casa, en principio, es algo tangible: paredes, techos, habitaciones, puertas y ventanas. Es un espacio que se puede medir, comprar, vender y reformar. Esta visión representa lo arquitectónico, lo visible, lo material. Pero hay otro concepto de casa: el hogar. Es el lugar que nos protege, nos cuida y marca un límite entre lo personal y el mundo exterior, con lo de afuera, con el peligro, con lo desconocido que debemos conquistar. Y ahí está la escuela como mediadora, como espacio en el que podemos ampliar horizontes a partir de nuestro hogar.

Estar en casa implica seguridad, comodidad y confort. Pero en el desarrollo de la infancia debemos ayudar a salir del nido para conquistar el mundo. De eso va la educación en la primera infancia: acompañar el paso de lo interno a lo externo, de lo material a lo emocional, de lo estable a lo vivido, de la casa al hogar.

La casa es el lugar donde vivimos, pero el hogar es el lugar donde nos sentimos vivos. Porque la casa es estructura, pero el hogar es sentido. Por tanto, debemos trabajar en la escuela proyectos relacionados con la casa para desarrollar la identidad, el vínculo, la seguridad, la pertenencia, el cuidado, la convivencia y la diversidad humana.

No obstante, en la escuela nos percatamos de que llegan personitas que vienen de casas frías, desestructuradas, vacías… casas que no son hogar. Por eso la escuela, la segunda casa de la infancia, no debe ser solo un edificio, sino una experiencia de pertenencia, de construcción de identidad más allá de la familia, que establezca relaciones que cobijen, con normas que no cierren sino que abran puertas, ventanas y horizontes, y que acojan a todas las personas sin exigir que renuncien a su individualidad.

La escuela pública es el lugar donde repartir de nuevo las cartas, donde debemos barajar todas las desigualdades y condicionamientos familiares para que la infancia tenga nuevas posibilidades de ganar.

El proyecto de Las casas del mundo, desarrollado en el aula de 3 años, se fundamenta en una concepción globalizadora del aprendizaje propia de la etapa de Educación Infantil. A través de la elaboración y exposición de una casa representativa de diferentes lugares del mundo, se articula una experiencia que integra desarrollo cognitivo, lingüístico y socioemocional, con la participación activa de las familias.

Desde el enfoque del aprendizaje significativo de David Ausubel, el alumnado construye nuevos conocimientos a partir de sus experiencias previas[1]. La casa, como elemento cercano y cargado de significado emocional, actúa como organizador previo que facilita la comprensión de realidades culturales diversas. El aprendizaje siempre debe partir de lo conocido y vivido.

Asimismo, la propuesta se alinea con la perspectiva sociocultural de Lev Vygotsky, al situar la interacción social como motor del desarrollo[2]. La participación de las familias en la construcción de la maqueta y en su posterior presentación en el aula amplía el contexto de aprendizaje y refuerza la zona de desarrollo próximo, ofreciendo al alumnado un andamiaje afectivo y cognitivo que favorece la autonomía.

En el plano lingüístico, la exposición oral ante el grupo contribuye al desarrollo del lenguaje expresivo y la competencia comunicativa, objetivos prioritarios en esta etapa. El hecho de presentar la casa acompañado por un familiar, si así lo desean, proporciona seguridad emocional, reduce la ansiedad comunicativa y favorece habilidades como mantener la atención del grupo, estructurar un pequeño discurso y utilizar vocabulario específico.

Desde el punto de vista psicomotor y creativo, la elaboración manual de la casa implica manipulación, coordinación óculo-manual y planificación. Estas experiencias potencian la motricidad fina y la función simbólica, aspectos clave en el desarrollo evolutivo a los tres años. La manualidad trasciende el producto final: se convierte en un espacio de interacción familiar, diálogo y construcción conjunta de significado.

Además, el proyecto fortalece la relación familia-escuela, promoviendo una participación activa y corresponsable. La implicación familiar no se limita a una colaboración puntual, sino que se convierte en un elemento estructural del proceso educativo. Diversos estudios señalan que la participación familiar incide positivamente en la motivación, la autoestima y el rendimiento del alumnado en etapas posteriores.

Por consiguiente, esta propuesta contribuye al desarrollo de la identidad personal y social. Al compartir quiénes viven en cada casa, qué ocurre en ella y qué representa para cada persona, el alumnado se siente reconocido en su singularidad. Paralelamente, el contacto con diferentes tipos de viviendas del mundo favorece la educación intercultural y el respeto por la diversidad.

En definitiva, el proyecto Las casas del mundo no constituye únicamente una actividad manual o expositiva, sino una experiencia pedagógica integral que convierte la casa en puente entre el ámbito familiar y el escolar, favoreciendo un desarrollo armónico y contextualizado del alumnado de Educación Infantil.

Construyendo casas en la escuela

En el aula de 3 años estamos desarrollando un proyecto muy especial: Las casas del mundo. Cada niño y niña trae al colegio una casa que ha preparado en familia, una casa que representa algún lugar de la Tierra o un tipo de vivienda del mundo animal. Esta actividad no es solo una manualidad, como una maqueta o un mural, sino una historia compartida desde la que construir conocimiento a partir de lo más emocional: el hogar.

Invitamos a las familias a colaborar construyendo casas de distintos países, de animales, o de lo que deseen. Como siempre, nos sorprendieron con murales y casas elaboradas con sus vástagos: casas de cartón, madera, tela o paja; casas bajas, pisos, tiendas de indios, iglús, casas cueva, apartamentos lujosos, hoteles, castillos o caravanas. También casas de salud, como hospitales. Y casas de animales: establos, madrigueras, enjambres, nidos de pájaros, hormigueros, caparazones de tortuga o conchas de caracol. Incluso casas de cuentos, como la de Los tres cerditos. La educación por proyectos compartidos siempre es enriquecedora.

Cada trabajo realizado es el resultado de tiempos juntos, de conversaciones en la cocina, de cartones que se convierten en paredes, de pinturas que dan forma a ventanas, de manos pequeñas y manos adultas trabajando al mismo ritmo. En ese proceso no solo se construye una casa: se crean vínculos.

Traer la casa al aula significa acercar la vida. Significa dar espacio a que los niños hablen de quién vive con ellos, de qué ocurre en su hogar, de qué sienten cuando están acompañados. La escuela se convierte así en una extensión de su mundo más íntimo. Y el hogar entra en la escuela como algo valioso, digno de ser mostrado y compartido.

Cuando el niño presenta su casa ante sus compañeros, a veces acompañado por su madre, su padre, un abuelo o cualquier familiar que pueda y quiera venir, vive una experiencia profundamente significativa. Aprende a expresarse en público, a sentirse acompañado, a mirar a los demás mientras cuenta algo personal. Y lo hace con orgullo, sintiendo que alguien querido está presente, a su lado, arropándole.

Además, este proyecto genera algo maravilloso: familias que se implican, que preguntan, que buscan información, que comparten ideas entre ellas. Se crea una pequeña comunidad creativa donde todos se ponen manos a la obra para construir una casa mágica, una casa que expondrán en la escuela, una casa que representa su esfuerzo compartido.

Desde la escuela nos hemos comprometido a colaborar en casa con la familia: recoger juguetes, ayudar a hacer la cama, poner la mesa, tirar la basura o ayudar en la colada. Porque la educación implica asumir compromisos y responsabilidades.

Este proyecto nos recuerda que la educación no es solo enseñar contenidos, sino tejer puentes entre las familias y el aula, entre lo que el niño vive en su hogar y lo que aprende con sus iguales, entre la casa y el mundo. Porque cuando un niño siente que su casa también tiene lugar en el colegio, se siente reconocido, valorado y seguro. Y es que la escuela debe ser la segunda casa, donde la seguridad sea la base de todo aprendizaje. Porque en el aula no solo aprendemos sobre casas: construimos un nuevo hogar y nos situamos en el mundo.



[1] Ausubel, D. P. (1976). Psicología educativa: Un punto de vista cognoscitivo. Trillas.

[2] Vygotsky, L. S. (1995). Pensamiento y lenguaje (A. Kozulin, Trad.). Paidós.