Cristóbal Gómez Mayorga y María José Benítez Suárez
La casa, en
principio, es algo tangible: paredes, techos, habitaciones, puertas y ventanas.
Es un espacio que se puede medir, comprar, vender y reformar. Esta visión
representa lo arquitectónico, lo visible, lo material. Pero hay otro concepto
de casa: el hogar. Es el lugar que nos protege, nos cuida y marca un límite
entre lo personal y el mundo exterior, con lo de afuera, con el peligro, con lo
desconocido que debemos conquistar. Y ahí está la escuela como mediadora, como
espacio en el que podemos ampliar horizontes a partir de nuestro hogar.
Estar en casa
implica seguridad, comodidad y confort. Pero en el desarrollo de la infancia
debemos ayudar a salir del nido para conquistar el mundo. De eso va la
educación en la primera infancia: acompañar el paso de lo interno a lo externo,
de lo material a lo emocional, de lo estable a lo vivido, de la casa al hogar.
La casa es el
lugar donde vivimos, pero el hogar es el lugar donde nos sentimos vivos. Porque
la casa es estructura, pero el hogar es sentido. Por tanto, debemos trabajar en
la escuela proyectos relacionados con la casa para desarrollar la identidad, el
vínculo, la seguridad, la pertenencia, el cuidado, la convivencia y la
diversidad humana.
No obstante, en
la escuela nos percatamos de que llegan personitas que vienen de casas frías,
desestructuradas, vacías… casas que no son hogar. Por eso la escuela, la
segunda casa de la infancia, no debe ser solo un edificio, sino una experiencia
de pertenencia, de construcción de identidad más allá de la familia, que
establezca relaciones que cobijen, con normas que no cierren sino que abran
puertas, ventanas y horizontes, y que acojan a todas las personas sin exigir
que renuncien a su individualidad.
La escuela
pública es el lugar donde repartir de nuevo las cartas, donde debemos barajar
todas las desigualdades y condicionamientos familiares para que la infancia
tenga nuevas posibilidades de ganar.
El proyecto de Las
casas del mundo, desarrollado en el aula de 3 años, se fundamenta en una
concepción globalizadora del aprendizaje propia de la etapa de Educación
Infantil. A través de la elaboración y exposición de una casa representativa de
diferentes lugares del mundo, se articula una experiencia que integra
desarrollo cognitivo, lingüístico y socioemocional, con la participación activa
de las familias.
Desde el
enfoque del aprendizaje significativo de David
Ausubel, el alumnado construye nuevos conocimientos a partir de sus experiencias
previas[1]. La
casa, como elemento cercano y cargado de significado emocional, actúa como
organizador previo que facilita la comprensión de realidades culturales
diversas. El aprendizaje siempre debe partir de lo conocido y vivido.
Asimismo, la
propuesta se alinea con la perspectiva sociocultural de Lev Vygotsky, al situar la interacción social como motor del
desarrollo[2]. La
participación de las familias en la construcción de la maqueta y en su
posterior presentación en el aula amplía el contexto de aprendizaje y refuerza
la zona de desarrollo próximo, ofreciendo al alumnado un andamiaje afectivo y
cognitivo que favorece la autonomía.
En el plano
lingüístico, la exposición oral ante el grupo contribuye al desarrollo del
lenguaje expresivo y la competencia comunicativa, objetivos prioritarios en
esta etapa. El hecho de presentar la casa acompañado por un familiar, si así lo
desean, proporciona seguridad emocional, reduce la ansiedad comunicativa y
favorece habilidades como mantener la atención del grupo, estructurar un
pequeño discurso y utilizar vocabulario específico.
Desde el punto
de vista psicomotor y creativo, la elaboración manual de la casa implica
manipulación, coordinación óculo-manual y planificación. Estas experiencias
potencian la motricidad fina y la función simbólica, aspectos clave en el
desarrollo evolutivo a los tres años. La manualidad trasciende el producto
final: se convierte en un espacio de interacción familiar, diálogo y
construcción conjunta de significado.
Además, el
proyecto fortalece la relación familia-escuela, promoviendo una participación
activa y corresponsable. La implicación familiar no se limita a una
colaboración puntual, sino que se convierte en un elemento estructural del
proceso educativo. Diversos estudios señalan que la participación familiar
incide positivamente en la motivación, la autoestima y el rendimiento del
alumnado en etapas posteriores.
Por
consiguiente, esta propuesta contribuye al desarrollo de la identidad personal
y social. Al compartir quiénes viven en cada casa, qué ocurre en ella y qué
representa para cada persona, el alumnado se siente reconocido en su
singularidad. Paralelamente, el contacto con diferentes tipos de viviendas del
mundo favorece la educación intercultural y el respeto por la diversidad.
En definitiva,
el proyecto Las casas del mundo no constituye únicamente una actividad
manual o expositiva, sino una experiencia pedagógica integral que convierte la
casa en puente entre el ámbito familiar y el escolar, favoreciendo un
desarrollo armónico y contextualizado del alumnado de Educación Infantil.
Construyendo casas en la escuela
En el aula de 3
años estamos desarrollando un proyecto muy especial: Las casas del mundo.
Cada niño y niña trae al colegio una casa que ha preparado en familia, una casa
que representa algún lugar de la Tierra o un tipo de vivienda del mundo animal.
Esta actividad no es solo una manualidad, como una maqueta o un mural, sino una
historia compartida desde la que construir conocimiento a partir de lo más
emocional: el hogar.
Invitamos a las
familias a colaborar construyendo casas de distintos países, de animales, o de
lo que deseen. Como siempre, nos sorprendieron con murales y casas elaboradas con
sus vástagos: casas de cartón, madera, tela o paja; casas bajas, pisos, tiendas
de indios, iglús, casas cueva, apartamentos lujosos, hoteles, castillos o
caravanas. También casas de salud, como hospitales. Y casas de animales:
establos, madrigueras, enjambres, nidos de pájaros, hormigueros, caparazones de
tortuga o conchas de caracol. Incluso casas de cuentos, como la de Los tres
cerditos. La educación por proyectos compartidos siempre es enriquecedora.
Cada trabajo
realizado es el resultado de tiempos juntos, de conversaciones en la cocina, de
cartones que se convierten en paredes, de pinturas que dan forma a ventanas, de
manos pequeñas y manos adultas trabajando al mismo ritmo. En ese proceso no
solo se construye una casa: se crean vínculos.
Traer la casa
al aula significa acercar la vida. Significa dar espacio a que los niños hablen
de quién vive con ellos, de qué ocurre en su hogar, de qué sienten cuando están
acompañados. La escuela se convierte así en una extensión de su mundo más
íntimo. Y el hogar entra en la escuela como algo valioso, digno de ser mostrado
y compartido.
Cuando el niño
presenta su casa ante sus compañeros, a veces acompañado por su madre, su
padre, un abuelo o cualquier familiar que pueda y quiera venir, vive una
experiencia profundamente significativa. Aprende a expresarse en público, a
sentirse acompañado, a mirar a los demás mientras cuenta algo personal. Y lo
hace con orgullo, sintiendo que alguien querido está presente, a su lado,
arropándole.
Además, este
proyecto genera algo maravilloso: familias que se implican, que preguntan, que
buscan información, que comparten ideas entre ellas. Se crea una pequeña
comunidad creativa donde todos se ponen manos a la obra para construir una casa
mágica, una casa que expondrán en la escuela, una casa que representa su
esfuerzo compartido.
Desde
la escuela nos hemos comprometido a colaborar en casa con la familia: recoger
juguetes, ayudar a hacer la cama, poner la mesa, tirar la basura o ayudar en la
colada. Porque la educación implica asumir compromisos y responsabilidades.
Este proyecto
nos recuerda que la educación no es solo enseñar contenidos, sino tejer puentes
entre las familias y el aula, entre lo que el niño vive en su hogar y lo que
aprende con sus iguales, entre la casa y el mundo. Porque cuando un niño siente
que su casa también tiene lugar en el colegio, se siente reconocido, valorado y
seguro. Y es que la escuela debe ser la segunda casa, donde la seguridad sea la
base de todo aprendizaje. Porque en el aula no solo aprendemos sobre casas:
construimos un nuevo hogar y nos situamos en el mundo.
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