Presentación del libro Sintiendo la infancia[i]
Cristóbal Gómez Mayorga
Gracias a los asistentes que me
acompañáis en esta presentación, por dedicar un rato de vuestra vida a pensar
en algo que nos concierne profundamente: la infancia. No solo la de los niños y
niñas de nuestras escuelas, sino también, la infancia que nos configuró como
personas y aún nos habita por dentro.
Este
libro que presentamos es continuación y complemento de mi anterior publicación,
Pensando en la infancia[ii]. En la presentación de mi primera
obra, mi amigo, Emilio Andrés, me sugirió que el título debería haber sido Sintiendo la infancia, porque hay mucho
de emoción en él. Pues esta segunda entrega no podría titularse de otra manera
que con la sugerencia de quien, desde su experiencia como psicólogo infantil,
tanto me ayudó a pensar sobre educación en nuestros paseos junto al mar.
Sintiendo la infancia es un compendio de reflexiones
realizadas después de mi jubilación, escritos desde lo vivido en mi etapa como
educador. Reúne textos a partir de recuerdos sentidos de mi práctica; textos,
por tanto, ya reposados, con cierta distancia, con más reflexión y con dosis de
emociones sentidas en los muchos momentos que viví en el aula.
Estos
escritos surgieron a borbotones emocionales. El libro se organiza en capítulos
no previstos, no diseñados en un principio. Yo solo fui escribiendo lo que me soliviantaba
por dentro. Fueron análisis posteriores los que crearon categorías que
conformaron los capítulos. Me ha sido interesante descubrir que escribo sobre
determinados temas esenciales que marcan mi práctica educativa: la diversidad,
la inclusión, el poder, lo esencial en educación, la conexión entre las
personas y, especialmente, sobre lo que nos hace humano.
Sintiendo la infancia, es un viaje a través de la educación entendida como un acto profundamente
humano, un territorio donde se entrelazan la fragilidad y la posibilidad, la dificultad
y la esperanza, la identidad personal y la responsabilidad colectiva. Este
libro nace de una vida dedicada a mirar, escuchar y acompañar a niños y niñas
en la escuela, pero también a quienes educamos: familias, docentes y
comunidades enteras que, a veces sin saberlo, modelan el porvenir.
La obra se articula en siete capítulos que funcionan como ventanas desde donde contemplar la educación en su complejidad. No es un tratado teórico ni un manual de recetas. Es, más bien, un cuaderno
de navegación pedagógica donde la experiencia vivida se encuentra con la
emoción y la reflexión crítica, en un intento de invitarnos a pensar sobre cómo
educamos a la infancia.
Capítulo
1. Sobre lo humano
El primer capítulo comienza explorando cómo se
construye un ser humano, y aborda cuestiones como la importancia del vínculo, la
infancia anestesiada en nuestros días, lo que no se puede medir en la educación,
la irrupción de la inteligencia artificial y lo que es esencial para educar. Aquí
se exploran los cimientos de lo que somos y de lo que podemos llegar a ser. Porque
la educación es un acto de humanización y empieza siempre en la mirada que
reconoce a la otra persona.
Capítulo 2. Supercapaces
Este bloque aborda la diversidad: desmontando
etiquetas, diagnósticos apresurados y normalidades ficticias. Se habla de miedos, expectativas, esfuerzos, talentos invisibles y
heridas silenciosas. Aquí aparece la escuela como espacio que puede potenciar o
limitar, acompañar o desorientar. El capítulo reivindica una idea esencial: todos los niños y niñas son capaces, pero no de lo mismo ni de
la misma manera. La tarea educativa consiste en descubrir y potenciar
posibilidades, no en uniformar.
Capítulo 3. Lo que educa
En estas
páginas se despliega la vida cotidiana de la escuela: las mariposas en el
estómago del comienzo de curso, la necesidad de los límites, la escucha
imprescindible, la psicomotricidad a menudo ausente, la magia educativa o las
pantallas. También se reflexiona sobre el pensamiento crítico, la pasión por
enseñar, la creatividad, la comunidad educadora y los malentendidos que
enturbian la práctica docente. Es un capítulo que recuerda que la escuela educa no
solo por lo que enseña sino, sobre todo, por lo que es.
Capítulo 4. Lidiando con el poder
Me ha encantado las palabras de Miguel Ángel Santos en el prólogo sobre
este tema. Dice así:
No me sorprende su visión crítica de la
Administración Educativa, obsesionada muchas veces por la burocracia que
absorbe un tiempo precioso en tareas aburridas y poco fecundas. Pero sí me
sorprende que haya dejado para después de la jubilación la denuncia de algunas
situaciones abiertamente condenables. Lo digo porque, dada su condición de
funcionario, era fácil objeto de represalias, como sucedía en el caso de aquel
empresario que en una cena de empresa, cuenta un chiste a la hora de los
postres y ve que todos los trabajadores se ríen a carcajadas menos uno que se
queda impasible. El empresario le pregunta:
¿A usted no le ha hecho gracia?
A mí me ha hecho la misma gracia que a todos
los demás, pero es que yo me jubilo mañana.
Pues eso: después de jubilado se es más libre para contar algunas cosas de
la escuela.
Capítulo 5. El “coronacurso”
La pandemia nos puso a prueba, supuso un terremoto
educativo inexplorado. Aquí se recogen vivencias, aprendizajes y heridas de
aquel tiempo extraño: el confinamiento, la función docente, la juventud en las
nubes, las tareas escolares, los rituales que perviven y los que desaparecieron.
Lejos de la nostalgia o el dramatismo, este capítulo sostiene una idea
luminosa: no fue tiempo perdido. La escuela demostró su capacidad de
reinventarse y de seguir siendo hogar, incluso en la distancia. Pero también
demostró que hay rémoras ancestrales en las escuelas que no son necesarias en
la tarea educativa y hay que desterrar.
Capítulo
6. Conexión
Este capítulo es una celebración del vínculo: la
mirada, el asombro, el juego, la emoción, el espejo que somos, los cuentos que
nos construyen... Educar es ponerse en juego, abrir el corazón, permitir que el
otro nos transforme. Aquí la pedagogía se vuelve poética, recordándonos que la
infancia es un territorio sagrado que exige presencia, ternura y autenticidad.
Capítulo
7. Referentes educativos
El libro se cierra con un homenaje a quienes han
marcado mi camino como educador de la infancia: profesorado de universidad,
maestros y maestras, asesoras, alumnado de práctica…, referentes que han dejado
huellas profundas en mi vida educativa. Son textos que combinan gratitud,
memoria y reconocimiento. Porque nadie educa solo; todos somos fruto de las
personas que nos marcan e inspiran en la vida.
En definitiva, Sintiendo la infancia
pretende ser una obra para pensar, sentir y transformar. Es una invitación a
detenernos y a reflexionar, a mirar la escuela con ojos nuevos, a recuperar la
humanidad que a veces se pierde entre prisas, informes y pantallas. En suma, a
recordar que la infancia no es un trámite, sino un territorio complejo donde se
juega el futuro de la humanidad.
Este libro no pretende ofrecer respuestas definitivas.
Busca plantear preguntas, provocar reflexión, despertar conciencia y, sobre
todo, reconciliarnos con el placer de educar. Si logra que miremos a los niños
y niñas con un poco más de ternura, con un poco más de paciencia y un poco más
de respeto, entonces, habrá cumplido su propósito.
Por último, quiero reivindicar el valor de todas las personas que dedican
su tiempo a la educación de la infancia, porque de ellas depende el futuro de
este complejo e incierto mundo.
Gracias por acompañarme en este viaje de pensamientos
y sentimientos sobre la infancia. Ojalá este libro nos recuerde que educar es, siempre,
un acto de generosidad, responsabilidad y de amor.
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