24 de marzo de 2026

EL PAPEL DE LA MUJER

Cristóbal Gómez Mayorga y María José Benítez Suarez

La Educación Infantil constituye un territorio privilegiado para sembrar las bases de una cultura igualitaria. En esta etapa, la construcción de la identidad se entrelaza con la experiencia cotidiana y la escuela puede convertirse en un espacio donde los cuidados, la corresponsabilidad y la diversidad se vivan con naturalidad. Como recuerda Vigotsky[i], el aprendizaje se produce en interacción con otras personas, y es precisamente en esas interacciones donde se modelan los significados sociales que acompañarán a las niñas y los niños durante toda su vida.

El 8 de marzo celebramos el Día Internacional de la Mujer. Es necesario reivindicar la importancia de la mujer en la sociedad, tantas veces silenciada y reducida a un simple papel. La aportación de la mujer a la sociedad debe ser reconocida, valorada y difundida. Pero esta onomástica no es solo una celebración: es un tiempo de reflexión sobre la percepción que se ha tenido y se tiene de la mujer. Celebramos el Día de la Mujer para que todas las personas seamos iguales y tengamos los mismos derechos y responsabilidades, independientemente de creencias, ideología, cultura o género.

Obviamente, es imprescindible luchar por la igualdad de todos los seres humanos. Para ello, vamos a empezar haciendo un homenaje a las mujeres que tenemos cerca, muchas veces invisibilizadas: nuestras madres, hermanas, parejas, abuelas…, que fueron imprescindibles en nuestras vidas. Pero este día no es solo para reconocer a quienes caminaron de puntillas por la vida siendo tan esenciales, sino para reivindicar la igualdad entre hombres y mujeres en nuestra sociedad. De eso va el feminismo, y por eso debemos ser feministas mujeres y hombres.

Para construir un mundo más justo es necesaria la colaboración de todas las personas que lo habitamos y el reconocimiento de cada una de ellas. Debemos poner en valor, dentro y fuera de casa, el trabajo de las mujeres habitualmente ninguneadas. Para ello, comencemos por valorar y compartir las tareas del hogar y de cuidado, menesteres a menudo invisibles, desvalorizados, duros, marginados, pero imprescindibles, que históricamente han recaído sobre ellas. La igualdad comienza en casa, compartiendo las tareas del hogar, y debe culminar en el espacio público, revirtiendo leyes, inercias y costumbres que han perjudicado al sexo femenino a lo largo de la historia.

No basta con valorar: debemos pasar a la acción. Quien nunca cocinó, cuidó a alguien dependiente, limpió la casa, puso lavadoras, dobló la ropa o la guardó en el armario, difícilmente puede hablar de feminismo, porque no lo siente. Quien nunca pensó en qué hacer de comer, comprar alimentos y dedicó horas a cocinar, no sabe nada de la vida. Quienes no cuidaron a sus seres queridos en momentos de fragilidad desconocen la ética y la moral. La igualdad comienza cuando nos calzamos los zapatos de quienes cuidan a los más vulnerables.

En asuntos de amor debemos tomar buena nota, porque hay relaciones que no son amor, sino posesión, control y sumisión. El amor tiene mil lecturas. Querer no significa poseer. Si me quieres, no debes limitar mi libertad; si te amo, no debo pretender que me ames igual. El amor es entrega, nunca demanda ni exigencia de correspondencia. El amor no se rige por la ley de la física: “si doy, me das; si te quiero, te necesito y me tienes que corresponder”. No es así como se ama. De esos desajustes surgen tantos desvaríos en forma de “la maté porque eras mía”. De ahí nacen muchas formas de violencia.

La juventud debe aprender a amar desinteresadamente desde temprano. Tanto la escuela como la familia deben educar igualdad, porque el futuro de la humanidad necesita otra forma de amar. Amar rima con dar, nunca con poseer, dominar o controlar.

En el Día de la Mujer reivindicamos la igualdad, para que el amor fluya sin relaciones de poder, sin convertir la intimidad en un instrumento de poder en la salud y en la enfermedad…, sin más mujeres asesinadas.

Educar en igualdad: actividades de aula

La coeducación, entendida desde una perspectiva crítica, no se reduce a actividades puntuales ni a celebraciones anuales. Implica transformar la cultura escolar para que la igualdad sea una práctica cotidiana. En la clase del alumnado de tres años de Educación Infantil, trabajamos la igualdad todos los días del año porque es un tema transversal. Aunque en la fecha señalada hacemos actividades más específicas para visibilizar el papel de la mujer en la sociedad.

Para ello hemos realizado talleres de tareas domésticas en el patio del colegio con la participación de las familias: hacer la cama, cambiar y bañar muñecos, poner enchufes, lavar los platos, usar herramientas, doblar la ropa, barrer y fregar, clavar un clavo, etc. Estas actividades se inscriben en la tradición de la pedagogía de la vida práctica que defendieron Montessori[ii] y Freinet[iii]. Pero aquí adquieren un matiz coeducativo. Se trata de romper la asociación entre género y tarea, permitiendo que niños y niñas experimenten la corresponsabilidad desde la acción.

Otra buena propuesta fue hacer cupones de tareas del hogar. Cada cual se compromete a realizar una tarea en una semana: hacer la cama, tirar la basura, ayudar a poner la mesa… o cuidar a la abuela enferma. Por supuesto hicimos listados con el nombre de la niña o el niño y su compromiso. Cada reto conseguido se premia con un aplauso de la asamblea.

También hacemos talleres de cocina con ayuda de familiares. Para aprender es imprescindible poner las manos en la masa. La salida al mercado del pueblo y la posterior preparación de una macedonia en el aula constituyen experiencias de aprendizaje globalizado, coherentes con el enfoque de proyectos. Pero además, introducen una dimensión ética: la alimentación como acto de cuidado. La igualdad, en este contexto, no se enseña como contenido abstracto, sino que se compra, se cocina, se trocea, se mezcla y se comparte.

También es importante realizar actividades de tareas de casa, grabarlas en vídeo o hacer fotos y llevarlas a la escuela para compartir experiencias de responsabilidad y disfrute.

En asamblea hemos preguntado por nuestra mujer preferida y, aunque se ha colado alguna abuela y alguna protagonista de cuento, la respuesta mayoritaria ha sido “mi mamá”. Para un ser de tres años, la madre es lo más importante, porque nos cuida, acaricia, da cobijo y seguridad. Eso nos dijeron las niñas y los niños del aula. Las hemos invitado al aula para que nos cuenten sus trabajos, tanto dentro como fuera de casa. Fue una experiencia emotiva y enriquecedora.

En los rincones de juego, la vida entra sin pedir permiso. Dos niñas jugaban a las mamás y discutían por un bebé de plástico. Hasta que una dijo: “Pues las dos podemos ser mamás, como las mamás de Ricardo”. Y en ese instante, la diversidad familiar dejó de ser un concepto para convertirse en una escena luminosa.

Es importante acoger en el aula la diversidad de familias existentes. Para ello es imprescindible crear espacios y tiempos que posibiliten la espontaneidad de la infancia. Es necesario crear ambientes de actividades diversas y tiempos libres de juego donde la vida entre en la escuela de forma natural.

También dedicamos tiempo a las mujeres que la Historia olvidó. Las dibujamos, escribimos sus nombres, narramos sus vidas, las soñamos. Hablar en el aula sobre mujeres pioneras en la ciencia, el arte, la cultura o el deporte hará que la mitad de nuestro alumnado se identifique con ellas y tenga referentes para cambiar este mundo tan androcéntrico. Queríamos que las niñas del aula encontraran espejos donde mirarse y que los niños aprendieran que el mundo no lo construyeron solo los hombres. En cada mural, una mujer recupera su lugar y en cada mirada infantil, nace un referente nuevo.

Ojalá llegue el día en que no necesitemos un 8 de marzo. Mientras tanto, la escuela tiene la responsabilidad, y el privilegio, de educar en igualdad desde la vida cotidiana, desde los gestos pequeños, desde la ternura y la justicia. Porque la igualdad no se enseña: se vive. Y en las aulas de Infantil, cada gesto es una oportunidad para construir un mundo más habitable.

Queda mucho por andar. Seguiremos luchando y educando en las escuelas por la igualdad entre todas las personas, para ser más felices, hombres y mujeres, niñas y niños, por igual. Porque no hay igualdad sin corresponsabilidad, ni libertad sin cuidado compartido.



[i] Vygotsky, L. S. (1979). El desarrollo de los procesos psicológicos superiores. Editorial Crítica.

[ii] Montessori, M. (1912). El método Montessori: La pedagogía científica aplicada a la educación de la infancia. Editorial Diana.

[iii] Freinet, C. (1964). La educación por el trabajo. Editorial Laia.

 

No hay comentarios: