Cuenta Miguel Ángel Santos Guerra que “la educación es una tarea intrínsecamente optimista porque parte del siguiente prepuesto: el ser humano puede aprender, el ser humano puede mejorar.” Y añade que “el optimismo en consustancial a la educación, porque sin él se puede ser buen domador, pero no buen educador” [i]. Este pensamiento no es una ingenuidad sino un presupuesto de la educabilidad. “La educación parte de la posibilidad de aprendizaje y mejora de las personas.”[ii]
La
mayoría de las veces, el cansancio, la desidia y la desilusión en nuestra
profesión es debido a la carga de trabajo y no a nuestra tarea. Tener que
sustituir porque falta personal, una ratio elevada, falta de material, presión
de las familias, las exigencias de la administración y mucha actividad
telemática, a menudo inútil, hacen que no disfrutemos de nuestra verdadera
vocación que es contribuir a la enseñanza y la educación del alumnado en el
aula.
Las
narrativas de nuestro tiempo nos presenta un panorama desolador: una infancia
desatenta, hedonista, que no se esfuerza y un profesorado funcionario que no se
preocupa demasiado. Nunca sale en las noticias la gran cantidad de maestras y
maestros que se desviven cada día para ejercer una buena educación. Tengo el
placer de haber compartido experiencias con gran cantidad de ellos.
Me
cuenta mi amiga María José, de Educación Infantil, que su compañera le pregunta
que si lleva poco trabajando. Le respondió que desde el 2003. Y contesta que
cómo es que aún sigue con tanta ilusión y ganas de hacer cosas. Hay maestras,
como mi amiga, que, después de 23 años ejerciendo de maestra de infantil,
siguen ilusionadas. Hay que aprender de ellas. Porque estoy seguro de que no
tienen menos problemas que las demás. Pero sabe que su misión es más importante
que las dificultades que la práctica les presenta. El optimismo educativo no
consiste en negar las dificultades de la escuela, sino en oponerse a aceptar
que esas dificultades determinen el porvenir.
Nuestras
aulas de infantil nunca tuvieron la “j” de jaulas. Siempre volaron por altos
horizontes. Hicimos proyectos sobre el mar, la selva, nuestros pueblos y de
otros países. Estudiábamos lugares cercanos y desconocidos con la esperanza de
un mundo mejor. Porque educar es lanzar la infancia hacia el futuro esperanzador.
Por ello, educamos en vidas saludables, conociendo la naturaleza, ejerciendo la
convivencia, aprendiendo a ser solidarios y esperanzadores en un futuro más
humano.
Paulo
Freire concebía la esperanza, no de forma pasiva, sino vinculada a la acción y
la posibilidad: «Mi esperanza es necesaria, pero no es suficiente. Ella sola no gana la
lucha, pero sin ella la lucha flaquea y titubea».[iii]
Por tanto, concluyo diciendo que, en estos tiempos de pesimismo y desgana, la ilusión y la esperanza de Freire y el optimismo de Santos Guerra son actos revolucionarios que pueden cambiar la educación y la vida. Hagamos pues la revolución educativa, que buena falta nos hace.
Pero
esta lucha debe hacerse con alegría según nos cuenta Benedetti en la canción de
Serrat:
Defender la alegría como una trinchera.
Defenderla del caos y de las pesadillas,
de la ajada miseria y de los miserables... [iv]
Quizás la educación de hoy exija una cierta rebeldía para
conservar el optimismo cuando abundan las razones para el desaliento, mantener la
alegría cuando pesan las dificultades y sostener el entusiasmo cuando amenaza
la rutina. Porque educar consiste, además de enseñar, en mantener viva la fe en
que un mundo mejor sigue siendo posible.
[i] Santos Guerra, M.Á.. (2024) Una tarea optimista, publicado en el periódico La Opinión de Málaga el 28 de septiembre de 2024.
[ii] Santos
Guerra, M. Á. (2008). La pedagogía contra Frankenstein: Y otros textos frente al
desaliento educativo. Graó.
[iii] Freire, P. (1993). Pedagogía de la esperanza: un reencuentro con la pedagogía del
oprimido. Siglo XXI Editores.
[iv] Benedetti, M. (1995). Defensa de
la alegría. En El amor, las mujeres y la vida. Visor Libros.
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