18 de septiembre de 2022

DIAGNOSTICANDO LA ESCUELA

Hoy día, la escuela diagnóstica con demasiada generosidad y con multitud de etiquetas a un alumnado cada vez más diverso e indefenso. Pero puede que cada diagnóstico que realiza vislumbre una de sus carencias. Quizás, deberíamos evaluar a la escuela: poner sus diagnósticos como espejo, para que así refleje sus dificultades. 

Una escuela que obliga a estar quietos es lógico que diagnostique a quienes se mueven, y los etiqueten como hiperactivos. Tengo constancia de un profesor que cronometra la velocidad en que su alumnado de educación infantil hacen la tarea, y deriva a salud mental a quienes tardan demasiado. Una locura. Habría que diagnosticar a ese profesor obsesivo, que no respeta los ritmos del desarrollo de cada cual, y está dañando a una infancia irremediablemente diversa. Habría que diagnosticar a una Administración Educativa que permite ejercer a un maestro con evidente discapacidad.

Una escuela que requiere silencio suele castigar a quienes hablan demasiado. Debería mirárselo. Porque no es normal que recrimine a quienes se construyen con lenguaje. Lo ideal es alentar, en esas edades, toda expresión del alumnado. Lo normal, en los primeros años de vida, es que las niñas y niños se comuniquen entre ellos, para desarrollar la socialización, el lenguaje y sus identidades. Es necesario crear espacios y ambientes donde se aliente la comunicación. La escuela que no soporta el ruido natural de la infancia debería ir a salud mental y mirárselo.

Una escuela que, diariamente, manda deberes para casa, responsabilizando a las familias del aprendizaje, debería ser diagnosticada de inoperante. Se supone que es la escuela la que enseña y, por tanto, es responsable de la educación. Bastante tienen las familias con dar alimento, vestido, salud, alegrías, educación y amor, y todo ello, conciliando con sus obligaciones laborales.

Una escuela que hace filas, en la entrada del colegio, para corregir las tareas, después del recreo, para las excursiones, para entrar al comedor… para cualquier actividad, como única forma organizativa, tiene poca confianza en su alumnado. Se debería evaluar su eficacia como centro educativo. Tanto control es un síntoma obsesivo y de poca confianza. Deberíamos diagnosticar esta obsesión por el control.

Una escuela que evita y margina a ciertas chicas y chicos con discapacidad está impidiendo aprender a convivir con lo diverso. Está discapacitando, irremediablemente, a su alumnado. Amén de no aceptar el derecho de toda persona a la educación en igualdad aceptando sus peculiaridades. Deberíamos diagnosticarla como escuela castradora y nada respetuosa con los Derechos Humanos.

Una escuela que pone libros de textos, todos iguales para cada curso, no educa en la diversidad cultural ni respeta las características diferentes del alumnado. Porque hay tantos libros en el mundo, tantas niñas y niños diferentes, y tantas posibilidades de aprender que, el mismo libro para todas las personas es un insulto a la inteligencia. Habría que diagnosticar a esa escuela como homogeneizadora y castradora.

La escuela meritocrática, que hace multitud de rituales para celebrar conquistas y otorgar diplomas, mientras margina a quienes tienen dificultades, es narcisista. Porque solo se mira en su alumnado brillante; en vez de ensalzar a quienes se esfuerzan, aunque no lleguen a lo exigido. Quizás, no debería poner metas a donde llegar, sino desarrollar las máximas capacidades de todas las personas que aprenden en ella. La escuela meritocrática rechaza a quienes muestran dificultades. Se tendría que mirar el rechazo a las personas que son tan brillantes como ella espera. Ya se sabe que el narcisismo es una de las peores discapacidades. El mito de narciso tiene más de dos mil años: Narciso se ahoga en el lago porque no mira la realidad, sino la imagen distorsionada de su propio rostro reflejado.

La escuela exigente diagnostica, a cal y canto, a toda persona que se queda atrás, cuando su misión es alentar a quienes tienen más dificultades. Quienes van sobrados no necesitan beneplácitos. La buena escuela es la que ayuda a todas las personas con sus peculiaridades. Una escuela que premia a quienes tienen buenos resultados debería de ser diagnosticada, porque está castigando a quienes no pueden llegar a la excelencia. Hay colegios que no aceptan al alumnado con dificultades y luego presumen de calidad. Algún diagnóstico habrá para estos centros elitistas que se dicen educativos y tienen tanta discapacidad.

La escuela que no se recicla, que no aprende, que no investiga, que no se pregunta cada día por los cambios que la sociedad experimenta, está anclada en el pasado, vive en un sistema operativo desfasado. Tendría que ponerse al día.

Una escuela que no pone los medios para que aprendan los invidentes es que está ciega. Una escuela que no pone recursos para quienes no escuchan es que está sorda. Una escuela que no comprende el autismo es que está aislada del mundo. Una escuela que no acoge a todo el alumnado hay que diagnosticarla, y tratarla, y mejorarla.

Es necesario: una administración sensible, un ejército de orientación educativa competente y un profesorado comprometido para diagnosticar y tratar a una escuela con tantas necesidades. Porque ya está bien de solo diagnosticar a los más débiles del sistema.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Me ha impresionado tu escrito, Cristóbal. Certero, sin tapujos, contundente, necesario.
Hemos de mirar qué pasa en nuestras escuelas y no adjudicarles a los niños las faltas, porque muchas veces solo son movimientos en un proceso continuo.
Gracias.

Cristóbal Gómez Mayorga dijo...

Gracias, así es. Abrazos