8 de agosto de 2023

DISTOPÍA VERSUS UTOPÍA

Distopía y utopía son conceptos contrapuestos que, pensándolo bien, nos pueden ayudar a avanzar por el camino correcto.

Dice la RAE que distopía es una representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana. Yo lo aprendí con la novela de  George Orwell «1984». Últimamente, me lo recordó una novela que recomiendo: «Cadáveres exquisitos» de Patricia Highsmith. Porque la distopía puede ser una manera de vislumbrar un nefasto futuro y estar prevenidos para no perecer con las consecuencias de las inmundicias de este mundo.

Inventemos una distopía:

Un poder todopoderoso impone libros de textos con los que debe aprender toda la infancia. Ellos marcan el camino por el que transitar, irremediablemente, las niñas y niños de la comunidad: contenidos tendenciosos, copiar, memorizar, hacer actividades con preguntas cuyas respuestas están en dichos libros y devolver lo memorizado en exámenes. En Educación Infantil es más grave: colorear, no salirse del dibujo, copiar letras sin significado, aprender los colores, bailar a través de la pantalla y poco más.

Esos libros sacrosantos deciden qué deben aprender las nuevas generaciones, conformando un futuro programado, pocas veces acorde con la realidad existente. Van construyendo seres humanos con sus narraciones. En esta distopía se diseña toda una organización escolar: tiempos, espacios, metodologías, contenidos, costumbres, liturgias, etc. Pues resulta que esta supuesta distopía existe en la realidad en demasiados colegios. Ya se sabe que el lenguaje crea el pensamiento, por lo que es necesario crear narraciones, fuera de esta distopía, que amueblen los futuros cerebros.

Borrón y cuenta nueva; frente a la distopía existente, inventemos una utopía.

Recoge, Eduardo Galeano, en su libro Palabras andantes, una frase de Fernando Birri: “La utopía está en el horizonte. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se desplaza diez pasos más allá. Por mucho que camine, nunca la alcanzaré. Entonces, ¿para qué sirve la utopía? Para eso: sirve para caminar”.

Imaginemos que la escuela actual no existes tal como la conocemos, con el lastre de la historia y los poderes ancestrales, con los intereses económicos de algunas editoriales, con el beneplácito de la iglesia amenazante de otros tiempos, con ritos y liturgias que arrastra desde hace siglos y que condicionan lo que hoy es y seguirá siendo, si no lo remediamos. Imaginemos que empezamos de cero y tenemos que educar a la infancia.

¿Qué escuela diseñaremos?

Sabiendo lo que sabemos, que la infancia se está construyendo, abonaríamos la tierra para que la infancia evolucionara de forma natural, creando una cultura acorde con sus necesidades. Dejaríamos tiempos para que crecieran, eso sí, regándolos con mucho amor; dándole autonomía para que aprendan en libertad. Poniendo a su alcance toda la cultura que ha desarrollado los seres humanos a lo largo de la historia, para que acorten el camino ya recorrido por la humanidad. Respetando sus desvaríos como parte del aprendizaje. Creando comunidad, porque debemos ser parte de un todo que avanza sin dejar a nadie atrás. Imprescindibles profesorado entregado: cultos, inteligentes, éticos y buena gente. Lo mejor de cada casa; porque lidiamos con la futura civilización.

Para ello tenemos que partir de lo que verdaderamente necesita la infancia. Deberíamos tener esa oreja verde de Rodari[i], para escuchar sus necesidades, tener una actitud de escucha, apuntar a un futuro en que vivirán felices, cubrir sus necesidades, atender a todas las personitas independientemente de sus peculiaridades…; y dejar de escuchar a políticos que utilizan la educación como mercado.

Así que caminemos hacia el horizonte, supuestamente inalcanzable, con paso firme y certero, con la ilusión de conquistar la utopía. Al menos, caminaremos por el camino correcto, buscando la senda del bienestar de la mayoría de las personas.

 

 

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