La
vuelta a clase en esta situación de pandemia exige tomar medidas que garanticen
la seguridad sanitaria antes de abrir los colegios. Las principales actuaciones
que es necesario realizar no dependen de la comunidad educativa sino de la
Administración. Para guardar distancia de seguridad hay que bajar la ratio del
aula, habilitar nuevos espacios y contratar personal de limpieza, apoyo, comedor
y más profesorado. Porque en un aula no caben 25 niñas y niños guardando la
distancia recomendada. Es imprescindible personal de limpieza de forma
permanente. Los comedores necesitan hacer varios turnos para guardar distancias
de seguridad, más espacios y extremar la higiene. Los transportes escolares
también necesitan cumplir las normas. Así como el aula matinal o las
actividades extraescolares.
Las
instrucciones que los poderes públicos han dictando cargan la responsabilidad a
las direcciones de los centros y al profesorado. No han adoptado ninguna medida
eficaz, sólo recomendaciones imprecisas sin invertir en todo lo que se necesita.
El
curso está ya cerca y no podemos esperar a que el poder político asuma sus
competencias y den soluciones a tantas necesidades. Ante la complejidad de la
escuela no sirven los protocolos: no es lo mismo infantil que primaria, cada
alumnado es diferente, cada centro es único y no sabemos las circunstancias que
se van a presentar. Los aseos son los que son, las entradas, pasillos, patios,
aulas y demás dependencia ya tenían carencias espaciales desde hace tiempo en
la mayoría de los centros educativos. Como no esperamos respuesta
administrativa a los problemas que se avecinan debemos, en la medida de lo
posible, hacer lo que buenamente sabemos y podemos.
Lo
deseable es reinventar la escuela, porque el confinamiento ya existía en esos
habitáculos cuadrados llenos de sillas y mesas en los que, en pocas ocasiones,
se cumplía la normativa en cuanto a espacio por alumnado. Quizás esta situación
puede ser una oportunidad para generar cambios sustanciales. He aquí algunas
sugerencias para ir pensando:
Lo
principal para educar es estar presentes, mirar a los ojos y escuchar. Para
ello debemos, en primer lugar, escucharnos por dentro, solucionar nuestros
miedos para poder luego atemder a los demás. Las maestras y los maestros
tenemos que soltar nuestra angustia antes de tratar con el alumnado. Así que es
primordial tener cierta seguridad en el trabajo para sentirnos relajados. Antes
que nada, debemos trabajar los vínculos entre el profesorado para luego poder
vincular al alumnado. Deberíamos compensar este tiempo de angustia y el mucho
trabajo telemático que hemos realizado y restaurar todas nuestras heridas para
poder ayudar a nuestros escolares.
Sin
conexión no hay educación. Hay que acercarse emocionalmente para tocar los
corazones de las niñas y niños de la clase. Si nos tapamos la boca con
mascarillas debemos aprender a sonreír con los ojos. Lo que sea, para poder
conectar. La distancia de seguridad necesaria es sólo física. Así que para
compensar se necesita más contacto emocional. Traspasar las mascarillas y las mamparas
requiere de palabras más sensibles. Esta vez se hace necesario, más que nunca,
escuchar individualmente y no sólo al grupo. Cada cual tiene su peculiaridad en
la conquista de su equilibrio emocional.
Las
familias también deben estar conectadas con el profesorado emocionalmente. Sólo
si están relajadas, confiadas y tranquilas tendremos alumnado con posibilidades
educativas. No debemos prejuzgar a las madres y padres de nuestro alumnado
porque cada cual vivió la realidad de forma distinta y no lo sabemos. Debemos
estar tranquilos y cercanos para poder soportar sus inquietudes. Así nos
mandarán al colegio niños y niñas más equilibrados. Tampoco todas las familias tienen las mismas
posibilidades y necesidades. Que los colegios estén abiertos no debe implicar
que tengan que venir a clase todos los días ni a todas horas la totalidad del
alumnado. Abrir variabilidad de asistencia podría ser una posibilidad para
bajar la ratio. Es un momento suficientemente peligroso que requiere buscar
soluciones imaginativas a la masificación de los colegios. Es necesario atender
a quienes tienen menos posibilidades educativas.
Debemos
aprovechar esta realidad tan compleja para realizar los cambios metodológicos
que siempre debimos hacer y que ahora son necesarios. Trabajar con espacios y
materiales naturales no estaría mal. La vuelta a la naturaleza es ahora
imprescindible porque es más saludable que el aula. El patio del colegio es un
lugar que podemos aprovechar para aprender. Es necesario evitar los espacios
cerrados. También podemos salir al campo, a la playa, al bosque o a la ciudad. Concebir la comunidad como espacio educativo
es una buena posibilidad: museos, parques, castillos, mercados, jardines y
plazas.
Los
árboles del colegio pueden ser templos de aprendizaje. A su alrededor podemos
hacer asambleas, contar cuentos o leer. También se podría aprender muchos
contenidos con ellos: hojas flores, frutos, texturas, fotosíntesis, ecología,
insectos, pájaros, coger materiales para realizar actividades plásticas,
aprender del recorrido de las sombras que dibujan en el suelo o percibir las
texturas de su corteza.
El
huerto escolar o el jardín son los mejores lugares para aprender sobre la naturaleza.
La polinización de las flores la podemos ver en directo, así como el milagro de
la germinación o el nacimiento de una flor.
En
el cole no sólo enseñamos, sino que también educamos. Y además de educar
podemos ser agentes de salud si realizamos actividades terapéuticas. Es
necesario trabajar mediante el diálogo y la expresión el miedo que nos ha generado
esta pandemia. Pero, sobre todo, es necesario jugar. El juego es la mejor
medicina para todos los males del alma de la infancia.
Hay
que hacer teatro para dramatizar y sacar fuera toda la angustia que nos provoca
el virus, utilizando el cuerpo y la emoción. Es imprescindible volver a la psicomotricidad
que nunca debió salir de la escuela, para que el alma grite todo lo que lleva
dentro a través del cuerpo, porque con la expresión corporal nos ponemos en
juego y lanzamos al aire todos nuestros enredos.
Trabajar
los cuentos y los textos literarios se hace ahora más importante que nunca,
porque ya se sabe que las historias nos recomponen el alma narrándonos de
nuevo.
La
actividad dialógica es imprescindible para sacar fuera el trauma. Hay que
intentar que el alumnado hable y converse sobre cualquier tema que estemos
trabajando. Es importante dialogar sobre lo que sentimos. Porque si hablamos
pensamos, y quienes hablan con los demás mejoran la mente y diluye sus
emociones derramadas.
Muchos
creen que los medios tecnológicos han sustituido nuestra labor educativa, pero
como técnicas frías y distantes conecta a baja intensidad. Sirven para mandar
deberes y tareas, pero no para educar. ¡Tengámoslo presente! Podemos y debemos
seguir usándolos como herramientas, pero siempre debe existir una persona
humana que medie. Podemos crear en el colegio lugares informatizados para que
busquen, investiguen e indaguen sobre cualquier tema que estemos trabajando. Debe
haber talleres de tecnología para asistir en pequeños grupos. Es necesario
deshomogeneizar las actividades, dejar que cada equipo pueda hacer distintas tareas
en lugares diferentes, para así mantener distancias de seguridad.
Es
sabido que la educación online ha aumentado las diferencias educativas que ya
existían entre el alumnado de distintos estratos sociales, desatendiendo una de
las misiones de la escuela que es compensar necesidades. Es hora de revertir la
tendencia. Es necesario metodologías integradoras que ayuden al alumnado con
más dificultades. Los aprendizajes cooperativos, los grupos interactivos, las
parejas de ayuda mutua o patrullas como los scouts, son posibilidades de organización
a partir de grupos pequeños que se ayudan y que trabajan juntos sobre proyectos
y tareas integrales. Hay que evitar la enseñanza competitiva tan nefasta para
todo el alumnado. Tanto para quienes tienen altas capacidades, que suelen ser
rechazados, como para quienes tienen más dificultades. Debemos trabajar
coordinados, lo hemos aprendido en el confinamiento: todas las personas somos
necesarias y vamos en un mismo barco que es nuestro planeta.
Para
todas estas propuestas hay que romper la estructura hermética de asignaturas y
horarios. No podemos crear burbujas educativas, como propone la administración,
si en cada grupo clase entra especialistas de inglés, francés, educación
física, música y religión, que se pasean por todas las aulas. Si cada media
hora tienen una asignatura distinta con un profesorado diferente la existencia
de una persona infestada se expandiría por todo el colegio. Hay que volver a un
magisterio generalista, trabajando todas las asignaturas juntas por medio de
proyectos, actividades vivenciales o tareas integrales, a través de las cuales
aprendamos sobre un mundo que nunca debió de ser parcelado en materias. Sólo
integrando los saberes aprenderemos de la vida desde una visión
interrelacionada y global.
Ya
sé que es difícil reinventar la educación pero, quizás, esta pandemia nos
permita soñar una nueva escuela, más saludable, solidaria, natural y amable. ¡Debemos
intentarlo!