28 de septiembre de 2022

SI APRENDEMOS DE LA VIDA...

Si aprendemos de la vida, eso dicen, habrá que crear vida en los centros educativos.

No es suficiente con programar contenidos, porque así no se aprende; no debemos hacer tantos exámenes, porque solo miden memorias que después se olvidan; no es pertinente explicar los temas de los libros de textos, porque solo son pedazos petrificados de vida.

La escuela debe estar viva para que, por inmersión, aprendamos de forma permanente. Nadie duda de que un idioma se aprende viviendo en el contexto de esa cultura. Todo el mundo sabe que aprendemos a hablar, sentir y ser, dentro de un ambiente vital. Porque son las personas que nos rodean las que nos alimentan el alma y nos insufla de vida.

Pues es la escuela, el centro neurálgico de la educación, se olvida de ello con mucha frecuencia; y enseña con técnicas e instrumentos simplistas, como el libro de texto o rituales ancestrales de otros tiempos: copiados, actividades, memorización, exámenes, calificaciones y qué sé yo.

Si lo que educa es el ambiente, el medio social y cultural en el que vivimos, debemos crear ese espacio cultural y natural en las escuelas.

En infantil, cuando las criaturas están construyéndose, necesitan de espacios amorosos para formarse; y es necesario diseñar ambientes cálidos, de confianza, con tierra, agua y naturaleza, con actividades placenteras de interacción, de comunicación, autonomía…, que inviten a relacionarse, a vivir la vida, a aprenderla y aprenderse.  

En nuestra aula, teníamos un rincón de naturaleza, con pecera, un terrario con bichos, frutas de temporada y muchas plantas. Cada día regábamos y dábamos de comer a los animales. Tenemos grabaciones de un sapo comiéndose un saltamontes y de las mariquitas alimentándose de pulgones que cogíamos de los rosales del jardín. Hacíamos fotos del proceso de metamorfosis de los gusanos de seda. Hasta un huevo de gallina tuvimos metido en la caja de luz durante un tiempo; y cada día observábamos por si nacía un pollito. Esos aprendizajes emocionales no se aprenden igual de forma teórica ni en los libros de texto.

También disfrutábamos de un ambiente más cultural en el aula, con una pequeña biblioteca, con un sinfín de libros, ordenador y una máquina de calcar. He visto mil veces cómo se juntan amistades para leer y explicarse un libro de anatomía o de animales. Hasta un sillón para escuchar a Mozart teníamos. Con unos auriculares que provocaba colas de niñas y niños deseando escuchar buena música.

Otro espacio del aula estaba reservado al arte, con pinturas, colores, tijeras, papeles diversos y material de desecho para reciclar. Siempre me sorprendí de la creatividad de la infancia cuando nadie la dirige, construyendo coches, robot, barcos o aviones. Y siempre, compartiendo aprendizajes.

Pero en la escuela nos llegan personas con capacidades diversas, y las hay más tranquilas y más intelectuales. Para ellas, teníamos el ambiente matemático, con juegos lógicos, puzles, el trangram, construcciones, cartas de todo tipo, geoplanos y juegos de mesa.

Y siempre existen personitas más movidas, que no deben quedar sin un lugar para mostrar sus destrezas. Para ello montamos un gimnasio en el corcho, con zancos, cuerdas, rampas, bancos y colchonetas. Un lugar donde permitir el desenfreno sin molestar a los demás.

Y el principal rincón, que no puede faltar en la educación infantil, es el de juego simbólico, con casita, cocina, tienda, hospital, teatro y maquillaje. Porque ahí nos construimos y jugamos a vestirnos de personajes que luego serán personas.

En Primaria, también habría que crear espacios acordes con las necesidades de estas edades, de creatividad, de aprendizajes cooperativos, de interacción con la cultura, de enseñanzas sobre el tiempo en que vivimos, con globos terráqueos, microscopios, mapas del mundo, libros de animales…, que despierten el interés por el conocimiento y desarrollen el placer por la lectura.

En secundaria, habría que montar aulas con retos imposibles. Hacer que el alumnado investigue los enigmas que les inquieta. Ya se sabe que la adolescencia es un tiempo de búsqueda y autoconciencia.

En bachiller y en la universidad es el momento de profundizar sobre los aspectos de la vida que son importantes para seguir viviendo en este mundo con dificultades, para buscar soluciones, para dar sentido a la existencia.

Porque la enseñanza se aprende viviendo proyectos de vida. Da igual en qué curso o universidad estemos. No debemos olvidar que aprendemos de la vida y a ella nos debemos.

18 de septiembre de 2022

DIAGNOSTICANDO LA ESCUELA

Hoy día, la escuela diagnóstica con demasiada generosidad y con multitud de etiquetas a un alumnado cada vez más diverso e indefenso. Pero puede que cada diagnóstico que realiza vislumbre una de sus carencias. Quizás, deberíamos evaluar a la escuela: poner sus diagnósticos como espejo, para que así refleje sus dificultades. 

Una escuela que obliga a estar quietos es lógico que diagnostique a quienes se mueven, y los etiqueten como hiperactivos. Tengo constancia de un profesor que cronometra la velocidad en que su alumnado de educación infantil hacen la tarea, y deriva a salud mental a quienes tardan demasiado. Una locura. Habría que diagnosticar a ese profesor obsesivo, que no respeta los ritmos del desarrollo de cada cual, y está dañando a una infancia irremediablemente diversa. Habría que diagnosticar a una Administración Educativa que permite ejercer a un maestro con evidente discapacidad.

Una escuela que requiere silencio suele castigar a quienes hablan demasiado. Debería mirárselo. Porque no es normal que recrimine a quienes se construyen con lenguaje. Lo ideal es alentar, en esas edades, toda expresión del alumnado. Lo normal, en los primeros años de vida, es que las niñas y niños se comuniquen entre ellos, para desarrollar la socialización, el lenguaje y sus identidades. Es necesario crear espacios y ambientes donde se aliente la comunicación. La escuela que no soporta el ruido natural de la infancia debería ir a salud mental y mirárselo.

Una escuela que, diariamente, manda deberes para casa, responsabilizando a las familias del aprendizaje, debería ser diagnosticada de inoperante. Se supone que es la escuela la que enseña y, por tanto, es responsable de la educación. Bastante tienen las familias con dar alimento, vestido, salud, alegrías, educación y amor, y todo ello, conciliando con sus obligaciones laborales.

Una escuela que hace filas, en la entrada del colegio, para corregir las tareas, después del recreo, para las excursiones, para entrar al comedor… para cualquier actividad, como única forma organizativa, tiene poca confianza en su alumnado. Se debería evaluar su eficacia como centro educativo. Tanto control es un síntoma obsesivo y de poca confianza. Deberíamos diagnosticar esta obsesión por el control.

Una escuela que evita y margina a ciertas chicas y chicos con discapacidad está impidiendo aprender a convivir con lo diverso. Está discapacitando, irremediablemente, a su alumnado. Amén de no aceptar el derecho de toda persona a la educación en igualdad aceptando sus peculiaridades. Deberíamos diagnosticarla como escuela castradora y nada respetuosa con los Derechos Humanos.

Una escuela que pone libros de textos, todos iguales para cada curso, no educa en la diversidad cultural ni respeta las características diferentes del alumnado. Porque hay tantos libros en el mundo, tantas niñas y niños diferentes, y tantas posibilidades de aprender que, el mismo libro para todas las personas es un insulto a la inteligencia. Habría que diagnosticar a esa escuela como homogeneizadora y castradora.

La escuela meritocrática, que hace multitud de rituales para celebrar conquistas y otorgar diplomas, mientras margina a quienes tienen dificultades, es narcisista. Porque solo se mira en su alumnado brillante; en vez de ensalzar a quienes se esfuerzan, aunque no lleguen a lo exigido. Quizás, no debería poner metas a donde llegar, sino desarrollar las máximas capacidades de todas las personas que aprenden en ella. La escuela meritocrática rechaza a quienes muestran dificultades. Se tendría que mirar el rechazo a las personas que son tan brillantes como ella espera. Ya se sabe que el narcisismo es una de las peores discapacidades. El mito de narciso tiene más de dos mil años: Narciso se ahoga en el lago porque no mira la realidad, sino la imagen distorsionada de su propio rostro reflejado.

La escuela exigente diagnostica, a cal y canto, a toda persona que se queda atrás, cuando su misión es alentar a quienes tienen más dificultades. Quienes van sobrados no necesitan beneplácitos. La buena escuela es la que ayuda a todas las personas con sus peculiaridades. Una escuela que premia a quienes tienen buenos resultados debería de ser diagnosticada, porque está castigando a quienes no pueden llegar a la excelencia. Hay colegios que no aceptan al alumnado con dificultades y luego presumen de calidad. Algún diagnóstico habrá para estos centros elitistas que se dicen educativos y tienen tanta discapacidad.

La escuela que no se recicla, que no aprende, que no investiga, que no se pregunta cada día por los cambios que la sociedad experimenta, está anclada en el pasado, vive en un sistema operativo desfasado. Tendría que ponerse al día.

Una escuela que no pone los medios para que aprendan los invidentes es que está ciega. Una escuela que no pone recursos para quienes no escuchan es que está sorda. Una escuela que no comprende el autismo es que está aislada del mundo. Una escuela que no acoge a todo el alumnado hay que diagnosticarla, y tratarla, y mejorarla.

Es necesario: una administración sensible, un ejército de orientación educativa competente y un profesorado comprometido para diagnosticar y tratar a una escuela con tantas necesidades. Porque ya está bien de solo diagnosticar a los más débiles del sistema.

30 de agosto de 2022

COMIENZO DE CURSO, MARIPOSAS EN EL ESTÓMAGO

La gente no lo sabe, pero, el profesorado comienza a trabajar a finales de agosto. Las mariposas en el estómago se han echado a volar, y esa desazón hace que los educandos se pongan a mirar posibilidades, a programar los primeros días, a preparar las reuniones con las familias, a buscar materiales...; porque es mucha la incertidumbre que genera un inicio de curso en educación.

El trabajo de enseñante genera muchas inquietudes. Es un auténtico vértigo bregar con una veintena de infantes requiriendo aprendizajes, con sus familias exigentes y demandantes, con los poderes educativos vigilantes y con nuestra inseguridad lidiando con una responsabilidad, a menudo, culpabilizadora.

Lo primero, relajaros. Siempre daréis lo que sois. Así que mostraros tal cual, eso siempre será educativo. Porque educamos con lo que somos y no tanto con lo que sabemos. No hay otra posibilidad. No perdáis el tiempo en disimular. Siempre se nos ve el plumero cuando nos dedicamos a educar. Así que, lo mejor es afrontar los problemas cuando vayan llegando, no hay que adelantar acontecimientos. Una cosa es diseñar el curso, que hay que hacerlo, y otra comenzar a sufrir por lo que pueda pasar.

Ya sé que no tenéis los recursos necesarios. Relajaros, al menos tenéis mesas y sillas. Pues también os sobra. Dejad el aula limpia. Lo importante para educar lo trae el alumnado en sus cabezas y en sus corazones. Haced un corro y escuchad las voces de la infancia. De eso va la educación. Porque vuestros oídos harán que las chicas y chicos del aula se expresen, discutan, confronten información, digan lo que sienten y piensan; porque aprendemos y educamos cuando nos comunicamos. Hay que darle voz a la infancia, para que las niñas y niños, tengan la edad que tengan, expresen sus miedos, sus ansiedades, sus inquietudes, y digan lo que saben y desean. Que se narren. Así se irán construyendo.

No programéis demasiado. Afina el oído y el corazón. Lo demás irá surgiendo. Ten confianza. Ya sabes mucho. Ahora es el momento de dar lo que eres. Ya irás corrigiendo durante el curso, y aprendiendo cada día los retos que vayan surgiendo. Tus lagunas te indicarán el camino para seguir formándote. No aprendemos en soledad. Lo mejor es hacerlo junto a otras compañeras y compañeros. Lo que te pasa a ti le está pasando a quien da clase en el aula de al lado. Compartir emociones y conocimientos es la mejor forma de crecer como personas que se dedican a educar.

Atender a las familias los primeros días es imprescindible. Sus angustias, sus miedos, sus incertidumbres… son gritos que necesitan ser apaciguados. No los evite. Irremediablemente visitan la clase con los ojos de sus vástagos. Dales confianza. Con la complicidad de la familia habrás tranquilizado el aula. Todo irá bien. Quienes rechazan a las familias no saben que, quieras o no, vienen dentro de las mochilas del alumnado. Aceptarlas es síntoma de inteligencia. Siempre educamos con la comunidad educativa.

Mucha energía y suerte. Porque la vida se pone en juego cada comienzo de curso, no hay otra. Vamos a tener emociones encontradas, situaciones conflictivas y muchas incertidumbres. Así es la vida. Así es, siempre, las relaciones humanas. Por tanto, ten paciencia y confianza ante los conflictos que generan el hecho educativo; y acepta y disfruta cuando sientas mariposas en el estómago. Porque eso significa que sientes la responsabilidad de educar a las generaciones futuras: la experiencia más importante de la vida.

 

21 de agosto de 2022

ES UN CAMPEÓN

La labor del especialista en Pedagogía Terapéutica no es, solamente, atender al alumnado con discapacidad. La mayor parte del tiempo, nos dedicamos a cambiar la percepción del profesorado, que lidia cada día con una clase compleja, y de las familias, que no suele reconocer las posibilidades educativas de un aula diversa. Yo calculo que la mitad de mi trabajo se produce en los pasillos, en las charlas informales, en la sala de profesorado, en los recreos, en las entradas y salidas, en las comidas y celebraciones. Porque lo esencial de nuestra labor es cambiar las concepciones sobre el alumnado con discapacidad; y esto se produce, la mayor parte de las veces, en espacios informales. 

Recuerdo a un chico que con unos siete años ya arrastraba un diagnóstico de dislexia y cierto déficit de atención e impulsividad. Eso rezaba su diagnóstico. Eso justificaba sus dificultades en el aula. Eso pensaba su tutora cada vez que lo miraba. Yo siempre lo vi de otra manera. Este chico era como era: impulsivo, cinético, nervioso, en continuo movimiento…, «sinquieto», como dicen en mi pueblo; aunque avispado, inteligente, listo como él solo. Pero la escuela requiere de gente tranquila, sumisa, receptiva… y que esté muy quieta. Aunque, en otro contexto, este chico es un campeón. Os cuento.

Resulta que indago en su historia y me entero de que corre y hace triatlón. Ya ganó algunas carreras por Andalucía. Y es muy valorado y querido cuando se requiere de él que no esté quieto, sino que corra que se las pelas. Pues eso le dije mil veces a su tutora: este chico se mueve porque es un corredor. Menos mal que era receptiva y me escuchó. Y fue entonces cuando, en vez de ver a un chico con dificultades, vio a un triunfador. Y desde ese momento fue comprensiva con sus movimientos, con su letra nerviosa, con su no estarse quieto. Ya no veía a un chico incapacitado sino a un auténtico campeón. Y, entonces, comenzó a comprenderlo, a aceptarlo y a valorarlo por su extraordinaria capacidad, y no por sus dificultades en la escuela.

A partir de entonces, este chico mejoró en el colegio. En un año se puso al nivel de los demás y comenzó a aprobar y a suplir sus dificultades. Y es que la nueva mirada de su tutora mejoró su rendimiento en la escuela. Ya no alteraba el funcionamiento del aula, sino que la maestra comprendió que los atletas necesitan moverse, y lo dejaba ir al baño o a beber cuando lo veía inquieto. Ya no percibía una disgrafía, sino que comprendía que un corredor es rápido hasta escribiendo... Y, percibiéndole como un atleta campeón, comenzó a elogiarlo, motivarlo y valorarlo delante de sus iguales, aceptando sus dificultades como parte de su idiosincrasia. El caso es que este cambio de mirada mejoró, de forma elocuente, los resultados académicos de este chico con dislexia a la vez que corredor.

Cambiar una concepción de déficit por una visión de posibilidades es la esencia de la educación. Eso me enseñó este chico que se mueve en la escuela como un verdadero campeón.

16 de agosto de 2022

LIDIANDO CON EL PODER

A veces, debemos tirar de historias pasadas para saber de dónde venimos. Es necesario aprender que los avances sociales se producen gracias a personas que se enfrentaron al status quo de cada momento. Toda innovación suele producir sufrimiento en quienes osan cambiar lo que siempre se hizo de la misma manera, y es necesario asumirlo si queremos mejorar la educación o cualquier situación social.

Cuando empecé de maestro en un cole, de cuyo nombre no quiero acordarme, me asignaron una clase con veintisiete criaturitas de tres años. Era la época en que se crearon las aulas de estas edades y, por tanto, se dotaban con todo lo necesario: juegos simbólicos, material de psicomotricidad y didáctico, una casita para situaciones emocionales, pinturas, material de ciencias, etc. Pues resulta que llego a mi nuevo destino y estaba el alumnado pero no el material. Raudo, pido que me doten la clase, primero a la directora, siguiendo el orden reglamentario, luego a la inspección. Comienzo a trabajar con cajas de cartón, construimos una casita con ellas y varios juegos, pido material a las familias, me llevo cuentos y música de mi casa…, mientras espero que llegue el material. Pasado un tiempo, pido ver al inspector para que acelere la dotación del aula, porque ya llevo tiempo trabajando con muchas dificultades. Al fin llega el buen hombre a mi cole y le invito a entrar en mi aula para enseñarle las condiciones en las que trabajo. Me promete que ya llegará la dotación, porque es un aula de nueva creación y requiere de tiempo... Me conformo durante varios meses y sigo trabajando con toda la ilusión del mundo pero sin recursos. Después de esperar varios meses sin respuesta, reúno a las familias y les explico que sus hijos tienen derecho, por ley, a una dotación de materiales. Deciden hacer un escrito y entregarlo en la Delegación de Educación con registro de entrada. Aclaran en el escrito que el maestro lleva meses trabajando sin el material necesario, y que ya se le comunicó al señor inspector en su día.

La primera consecuencia que ocurrió es que, en pocas semanas, llegó al colegio la dotación que requería un aula de nueva creación. La segunda consecuencia que ocurrió es que al inspector no le gustó nada el escrito y comenzó a instigarme de manera sutil. Reunió a las familias para contarle lo mal maestro que yo era. Menos mal que las familias estaban de mi parte y de sus vástagos, y se enfrentaron a él y quisieron denunciarlo. Pero yo las paré: dejemos pasar, que no debemos enfrentarnos demasiado al poder. Eso aprendí yo de esta experiencia. Otro castigo que me impuso fue suprimir mi plaza en ese colegio; así que me desplazaron a otro centro cercano, en donde había una dirección afín al partido en el que militaba, para tenerme sometido, algo que descubrí después.

En este nuevo cole tuve una maravillosa clase de infantil de la que guardo muchos recuerdos. Había un chico con tetraplejía con una bella sonrisa y una inteligencia sobresaliente. Pedí a la dirección que gestionara pedir un ordenador para él. Era imprescindible que escribiera como los demás en un medio que podría dominar, ya que el lápiz se resistía a una mano que no le obedecía demasiado. Me dieron largas por mucho tiempo, hasta que comuniqué directamente con el Aula Provincial de Discapacidad de Motóricos de la provincia. Vino al cole la directora del centro, y me dijo que ese chico ya tenía lo que yo le había pedido. Le dije que no tenía constancia. Se fue al despacho del señor director, le arrancó el enchufe del ordenador que tenía delante de sus narices y le dijo: este no es tu cortijo, este ordenador es de ese chico, que lo mandamos el curso pasado.

Entonces, aprendí que ciertos colegios, en aquellos tiempos en los que yo empezaba, eran el feudo de direcciones que se habían apropiado de los servicios públicos. También aprendí que los cambios no se producen a golpe de decretos legales y que la administración suele arrastrar inercias de épocas pasadas. Después de este incidente comenzaron a tolerarme y no osaron molestarme demasiado. Otra cosa que aprendí: es imprescindible tener conocimientos administrativos y legislativos para lidiar con el poder.

Con esta experiencia comprendí que al poder se le lucha con un contrapoder que hay que ejercer y, para ello, tenemos leyes que nos ampara. Porque somos funcionarios, y estamos al servicio de la ciudadanía con leyes que velan por el bien común. Pero hay que tener cuidado y evitar luchas inoperantes cuando no estés armado de conocimientos que te puedan defender, de lo contrario te destruirán. De hecho, he esperado a jubilarme para narrar estas historias que antes no me atreví a contar.

En otro colegio, en la misma época, esa etapa después de la transición en que, aún, permanecían intactas las estructuras organizativas y los modos del caciquismo español, el director del colegio me recomienda que compre unos cuadernillos de pre-escritura. Le cuento que trabajo sin libros de texto, que desarrollo las destrezas manuales con programas de psicomotricidad, bailes, pintura y juegos, y que no los necesito. Meses estuvo insistiendo en que lo debería comprar, y yo que no. Hasta que, un día, me amenaza diciendo que lo ha recomendado el Señor Inspector de la zona y que debo obedecer. Me extrañó que un inspector se preocupase tanto por la Educación Infantil y que recomiende material específico. Sobre todo, me sorprende que insinúe con insistencia que compre determinado libro. Así que indago y pregunto por ahí, a compañeras y compañeros, sobre este ser tan pedagógico que quiere que en su zona todo su alumnado tenga destrezas en sus manos para escribir. Me entero de que este inspector regenta una papelería en propiedad, fotocopia estos cuadernillos (ni siquiera están publicados) y los vende a todo el profesorado de su zona, bajo coacción a las direcciones que están a su cargo. Fue entonces cuando reto a mi director a que haga venir al inspector a mi clase para hablar de los cuadernillos que quiere que compre. Nunca osó venir.

Podría seguir escribiendo historias de inspectores. Pero, como ejemplos, ya es suficiente. Me consta, que hay inspectoras e inspectores que han sido, y siguen siendo, verdaderos impulsores de la innovación educativa. Sólo narro casos que he sufrido, para hacer constar que vamos, poco a poco, mejorando en función del momento histórico que nos ha tocado vivir. Porque los cambios se producen a paso lento, gracias a profesionales valientes que siempre existen en cualquier estamento, que osan enfrentarse al poder establecido cuando ven alguna injusticia; eso sí, con mucho sufrimiento. Nada es gratis en la lucha por la innovación educativa.  

Un conflicto puede hundirte o hacerte crecer. Y yo decidí aprender. Y aprendí cómo funciona la administración, y cómo, a veces, los cargos intermedios hacen suyos el poder y lo ejercen de forma arbitraria. Aprendí cómo nunca debemos enfrentarnos a lo que no podemos cambiar, pero siempre podemos erosionar sus fallas para que quienes vienen detrás hagan grandes huecos por donde podamos avanzar. Ahí radica la inteligencia: saber buscar los resquicios del poder para ir haciendo mella, siempre desde otra posición de poder, de lo contrario te pueden destrozar la vida.

Me hirieron mil veces y aún tengo cicatrices, pero aprendí a navegar en mar revuelto. Quien se enfrenta al poder, o se hunde o crece. Y yo tomé la decisión de aprender y escribirlo después; para que quienes lo pasan mal en la escuela sepan que ninguna lucha puede evitar el sufrimiento, pero siempre produce fruto y placer, pasado un tiempo.

8 de agosto de 2022

«LA VACA NO DA LECHE»

El filósofo chileno Mario Sergio Cortella estudió con Paulo Freire, representante de la pedagogía del oprimido, fue secretario de educación en la ciudad de São Paulo durante los años 90, y nos regaló esta historia, tantas veces repetida, de «La vaca no da leche». 

«Cuando tenga doce años, les contaré el secreto de la vida, decía un campesino a sus hijos cuando eran pequeños. Los niños, intrigados por la aseveración, esperaban pacientemente hasta que cumplían la edad acordada.

El día del decimosegundo aniversario de cada uno de los muchachos, el padre los apartaba y les hacía prometer que no revelarían el secreto a los demás hermanos. Los llevaba al establo, deteniéndose frente a la vaca de la familia, y susurraba en el oído del cumpleañero: El secreto de la vida es que la vaca no da leche.

- ¿Qué es lo que dices? -preguntaba el muchacho -si todas las mañanas vemos cómo llegas a la casa con un gran balde de leche después de estar con la vaca.

-Tal como lo escuchas, hijo -respondió el hombre mayor –la vaca no da leche. Tienes que levantarte a las cuatro de la mañana todos los días. Todos. Sales al campo, caminas por el corral lleno de excremento, te acercas a la vaca, le atas la cola y las patas. Luego te sientas en el banquito, colocas un balde y comienzas la ordeña. Ese es el secreto de la vida; la vaca, la cabra, la oveja no dan leche. O las ordeñas o no la dan.

Hay quienes piensan que, las vacas dan leche. Que las cosas son automáticas y gratuitas. No. La vida no es cuestión de desear, pedir y obtener. Las cosas que uno recibe son el esfuerzo de lo que uno hace. La ausencia de esfuerzo genera frustración»

Esta fábula es muy necesaria en nuestros tiempos, porque las nuevas generaciones viven en una época de bienestar sin haber aprendido que la vida exige esfuerzo; que el confort hay que ganárselo, que los deseos hay que lucharlos. Que la humanidad avanza gracias al trabajo de muchas personas que dieron todo para superar las limitaciones y las trabas que la vida exige.

A veces, se ha utilizado esta magnífica fábula como ideario de una concepción del esfuerzo como única causa del éxito. Nunca una única mirada dice verdad.

Es cierto, como argumenta esta narración, que el esfuerzo es necesario. Es verdadero que el trabajo, cuando consigues lo que deseas, produce bienestar. Es necesario esforzarse al máximo para devolver a la sociedad algo de lo que nos ha regalado…; pero hay gente que se esfuerza y no consiguen lo que desea. No toda persona que se esfuerza triunfa en esta sociedad que solo valora el éxito.

Es indudable que los objetivos exigen esfuerzo. ¡Pero cuidado!, no toda la gente parte de la misma situación. Porque hay clases sociales, hay desigualdades, existen personas con discapacidad, y hay atajos para la gente que está en situación de privilegio, que triunfan sin apenas esfuerzo. Hay quienes se esfuerzan y no consiguen lo que la sociedad les exige. Porque la sociedad actual no siempre gratifica el esfuerzo, sino el éxito final.

Lo que es irrebatible, y debemos vociferar a los cuatro vientos, es que las conquistas con esfuerzo producen satisfacción y orgullo personal. El esfuerzo suele llevarnos a cumbres insospechadas. Quienes se esfuerzan suelen conseguir más de lo que sus posibilidades le presagiaban, siempre llegan más allá de sus expectativas.

Debemos alabar el esfuerzo de quienes logran sus metas, pero, también, de quienes se sacrifican sobremanera para superar sus dificultades. Es necesario valorar al alumnado con discapacidad motórica que cada mañana llega al colegio sorteando mil obstáculos. Debemos alabar el esfuerzo de quien, con inteligencia limitada, se machaca en su habitación para aprender la lección del día siguiente. Debemos dar un premio a la excelencia a quien con autismo lucha cada día para soportar el ruido cotidiano, el lenguaje incomprensible, los estímulos excesivos y los cambios de rutinas. ¡Y qué decir de los invidentes o hipoacúsicos, que cada día nos dan una lección sobre el esfuerzo! O de los empobrecidos, que viven en situación de calamidad...

Deberíamos exaltar a todo el alumnado que se esfuerza, aunque no haya conseguido las expectativas exigidas por la escuela y la sociedad. Porque la vaca no da leche, hay que alimentarla, cuidarla y ordeñarla, pero hay mucha gente que se esfuerza en demasía y no recibe su ración de leche diaria.

27 de julio de 2022

LA TEORÍA DEL ESFUERZO

Qué duro es sentir el fracaso a lo largo de la vida. Qué cruel es pensar que no vales nada, que eres un cero a la izquierda, que, día a día, examen a examen, curso a curso, durante años, fracasas en el sistema educativo. Pues eso les pasa a muchas personitas de nuestras escuelas, más veces de las creemos. Sufren en silencio, mientras la vida les va haciendo mella, poco a poco, en sus almas inexpertas. Lo sé por experiencia. 

Suelen pasar inadvertidas, estas personitas fracasadas, que todo lo que hacen lo tienen subrayado en rojo sangrante en sus libretas, entre tantas buenas notas, premios a la excelencia, exámenes aprobados, felicitaciones, virtuosismos, menciones especiales, estoy orgulloso de ti, enhorabuena… Y se esconden, metiendo la cabeza bajo tierra; o, en el mejor de los casos, volviéndose payasos, apáticos o desafiantes. Todo sea por ser alguien en una organización ¿educativa? en la que solo se valora el triunfo disfrazado de esfuerzo.

Es difícil asumir, cuando somos niñas o niños, que no entiendes lo que te explican, que las letras se te cruzan y no comprendes lo que lees, que los números te aparecen como complejos garabatos sin sentido…, que no llegas. Es difícil soportar, cada día, cada evaluación, cada año, cómo tus compañeras y compañeros salen airosos de los retos de la escuela y sacan buenas notas, son felicitados, triunfan... Qué difícil es soportar tales vivencias, tirando de paciencia, de capacidad de frustración, soportando emociones de ira, evitando sentir tanto pesar…, hasta que el corazón se va volviendo de piedra.

Pues vienen los llamados liberales con la solución perfecta: «La teoría del esfuerzo». Y ponen las carretas delante de los bueyes. Lo que es consecuencia lo ponen como causa. La narrativa del esfuerzo está haciendo mucho daño a estas personitas que fracasan en la escuela. Porque las carencias de una organización educativa anquilosada, que no tiene respuesta educativa para la gente con necesidades y que no atiende a la diversidad de los seres humanos, quedan invisualizadas; y meten, en el cuerpo de la gente con dificultades su incompetencia, sin tener en cuenta las variables biológicas, familiares, económica, sociales e históricas que son verdaderas causas de que mucha gente fracasen en la escuela. Cuando, como es lógico y sabido, quien no obtiene el beneplácito en una actividad académica acaba evitándola. Y así se forma el círculo vicioso del fracaso: si no obtengo resultados, no me esfuerzo, porque nunca llegaré a lo exigido. Y es entonces cuando el fracaso provoca la ausencia de motivación para el esfuerzo, y no al revés. Quienes tienen buenos resultados aumenta su autoestima y, lógicamente, siguen esforzándose para seguir aumentando su ego. Quienes fracasan evitan un esfuerzo que siempre les trajo frustración y dolor.

Seamos honestos. Todos conocemos a personas que se esfuerzan en demasía y que no tienen resultados. También conocemos a alumnado que saca buenas notas sin ningún esfuerzo. Entonces, ¿a qué viene decir que quien triunfa en la escuela es porque se esfuerza? ¿Cómo osamos aseverar que quien fracasa en el sistema educativo es que no se ha esforzado lo suficiente?

Hay un tufillo maloliente en todo esto. Porque, además, resulta que la gente que proclama la teoría del esfuerzo tienen vástagos que no se esfuerzan y los meten en universidades privadas sin pasar por selectividad; o entran en colegios concertados sin aprobar oposiciones; o trabajan en el despacho de abogado de un amigo por enchufe. Todo esto queda camuflado con la teoría del esfuerzo; que viene a decir que quien llega es que se ha esforzado. ¡Mentira!

Las personas con discapacidades, con dificultades educativas, con carencias para la escuela, que provienen de ambientes desfavorecidos, que tienen mil problemas…, no pueden ser responsables de su fracaso. Porque, aunque se esfuercen, aprenden que no llegan, y así, día tras días, acaban desmotivados; porque ¿para qué? Aprenden que en el sistema educativo siempre triunfan quienes tienen capacidad para, apenas sin esfuerzo, recibir cada día el beneplácito del sistema.

La teoría del esfuerzo es un ideario político sin ninguna base científica. Parece mentira que tengamos que argumentar. Es una burda simplicidad que está calando en nuestra sociedad y que convierte a las víctimas en culpables, y a las familias en responsables.

¿Es que, acaso, no vemos a diario el sufrimiento del alumnado que no llega, que no puede, que no tiene herramientas para navegar en este mundo complejo y competitivo?

Es necesario dejar de culpabilizar a las familias y al alumnado con dificultades. La mayor responsabilidad siempre es de quienes tienen poder y conocimiento. Así que quienes, se supone, sabemos de educación, tenemos el deber de mejorar la escuela, para que nadie sufra más de la cuenta. Debemos buscar un cambio de paradigma en el que nadie sufra en la escuela. Porque una escuela que produce sufrimiento no es educativa, es un fracaso de escuela.

6 de julio de 2022

LA NIÑA QUE NO ABRAZABA

Después de jubilarme, fui a la fiesta fin de curso de mi colegio para sentir el eco, que aún pidiera perdurar, de mi labor como maestro de inclusión y aceptación de la diversidad. De pronto, una alumna de poca edad, que asistía a la graduación de su hermana, mi vio y vino corriendo a darme un emotivo abrazo. Me alegró sobremanera porque esta chica no abrazaba. 

En mi cometido como maestro de Pedagogía Terapéutica, tuve que atender a esa niña de primer curso de primaria con supuesta “discapacidad por inteligencia límite”, según ponía en su informe psicopedagógico, aunque nunca compartí este diagnóstico. Era tan solo una chica herida, como tantas personitas que vienen a la escuela. A veces, solo se diagnostica lo aparente, sin profundizar lo necesario.

En estas edades trabajo dentro del aula y ayudo a todo el alumnado que necesita un empujoncito, aunque siempre estuve atento a esta chica con evidentes dificultades. Cuando me siento junto a ella veo que me rechaza de forma abrupta. No me lo tomo a mal. Tengo paciencia y sigo atendiendo a sus compañeras y compañeros de clase sin dejar de mirarla reojo. Es necesario no asumir un rechazo como cuestión personal. ¡Algo le pasa! Eso me digo mientras me pongo a indagar.

Después de muchos tanteos, veo que esta chica no soporta que invada su espacio personal. En cambio, sí acepta a su tutora y la especialista de Audición y Lenguaje, que son mujeres. Nunca me había pasado, suelo caer bien a todo el alumnado. Indago y descubro que sufrió abusos cuando pequeña. Ahora comprendo: tiene recelo a todos los hombres porque sufrió daño de algún varón. Así que la comprendo y guardo distancia, le ayudo lo que me deja, manteniendo su espacio, respetando sus miedos, siempre con cariño, con miradas tiernas, buscando confianza. Casi medio curso me costó acercarme a ella. Mientras tanto, le pusimos una compañera que le ayudara, y fuimos, desde la distancia, acompañándola en sus dificultades y sus recelos.

En la fiesta de graduación de su hermana me ve desde lejos y la veo correr, a cámara lenta, como en un anuncio de colonia. Me llama por mi nombre y me abraza con todo el alma. Después de un año, mi trabajo con esta chica, obró el milagro. Creo que aprendió a diferencia quién le hacía daño y quién le hacía bien. Algo difícil de aprehender cuando la herida es profunda. ¡Es una campeona! Va superando su trauma. Es posible que nuestra comprensión, prudencia y respeto haya tenido influencia. Pero esa es la labor de quienes educamos: estar atentos, comprender, respetar, tener paciencia, saber intervenir justo lo necesario en el momento oportuno. Mientras tanto, no forzar, esperar que el tiempo nos diga dónde está la herida para poder intervenir de forma adecuada. A veces, queremos que nuestro trabajo educativo tenga frutos inmediatos. Pero hay que tener paciencia. La educación siempre tiene efecto a largo plazo.

Grano a grano, su corazón se fue llenando de confianza hasta rebosar en un fructífero gran abrazo. Pechos fundidos que interpreto como evaluación de mi trabajo. Porque un abrazo es, siempre, el más elocuente, preciso, eficiente y objetivo método de evaluación. Eso me enseñó mi alumna que le costaba abrazar y que, ahora, se me pega como lapa, dándome las gracias por la paciencia y la comprensión.

3 de julio de 2022

EL MAYOR DE LOS ABRAZOS

Hoy, me dieron el mayor de los abrazos. Ese pulpo enredado a mi alma era de una chica que fue mi alumna con tres, cuatro y cinco años. Ya es mayor de edad. Compartimos aula en Educación Infantil viviendo mil historias emocionantes. No importa que ya tenga mi estatura, siempre será mi querida alumna. 

Fue un abrazo sentido y emocionado. Dentro de nuestros corazones enlazados, había un sinfín de sensaciones y vivencias compartidas. Es bonito sentir todo lo que cabe en un abrazo; en el nuestro, se fundió lo esencial de la existencia, las tres heridas que cuenta Miguel Hernández: la del amor, la de la vida, la de la muerte.

Resulta que, en mi clase de infantil, había veinte siete personitas y ya solo quedan veinte y seis. Ocurrió que, ya estando en el instituto, el mejor amigo de mi alumna, va y se muere.

Compartían intereses musicales, y quién sabe si algo más. El caso es que mi alumna se quedó huérfana de su íntimo amigo. “Algo se muere en el alma cuando un amigo se va”. Y, a su edad, no podía comprender cómo la vida te desconcierta y te pone a prueba; o, simplemente, la vida es un caos y si te daña el alma, irremediablemente, te duele.

Evidentemente, esta chica quedó impactada. La muerte siempre nos destroza por dentro y, en plena adolescencia, nos mata estando vivos. Estas profundas emociones estaban en el abrazo que yo sentí con mi alumna. 

Sí, se me murió un alumno en plena adolescencia. Sufrí su pérdida, y me hirió profundamente el dolor que sintió su amiga, (del dolor de sus padres aún no me salen palabras de consuelo). Sentí profundamente el amor y la muerte en la vida de mi aula que ahora abrazo, a moco tendido, en el cuerpo de mi alumna. Nunca un abrazo, con tanta historia, fue tan sentido.

Menos mal que, cuando compartimos vivencias en Educación Infantil, traté siempre el tema de muerte, del amor y de la vida. Ya intuía que les podrían hacer falta. Es un aprendizaje que nunca está de más. Lloramos cuando murió nuestro saltamontes o nuestro pez, compartimos emociones cuando la abuela de una compañera nos dejó, aprendimos que el abuelo de otro alumno se quedó seco cuando estábamos trabajando las hojas del otoño (nunca una concepto fue tan certero). El caso es que se hace necesario, siempre, tener presente la muerte, en el aula, para aprender sobre la vida.  

Espero que esta alumna levante cabeza después de tanto sufrimiento y que, lo trabajo en Educación Infantil, le sirva para su duelo.

He aprendido que en la escuela hay que dejar de lado los libros de textos, las fotocopias, los rituales obsoletos, la silla de pensar, las filas para entrar y salir, los castigos absurdos, el rabito de la a, los boletines de notas, el coloreo, las actividades rutinarias…, y aprender sobre lo esencial de la vida.

Todo eso me vino a la cabeza, con emociones encontradas, en el abrazo que, sin mediar palabra, me dio mi alumna y prendió en mi alma para toda la vida. Espero que el abrazo que nos dimos nos dé aliento para curar las tres heridas: la de la muerte, la del amor, la de la vida.

30 de junio de 2022

LA PERVERSIÓN DEL LENGUAJE

Lenguaje y pensamiento, Pensamiento y lenguaje. Piaget y Vigotsky, respectivamente, sembrando la esencia de nuestro tiempo. Porque la nueva forma de dominación no es la esclavitud, ni el feudo, ni el capitalismo que controla los medios de producción, aunque eso también; la nueva forma de control es el lenguaje. Uno suizo y el otro ruso, pero ambos, en la distancia, anticiparon en el siglo pasado una cuestión central de nuestro tiempo: el lenguaje como nueva forma de dominación. 

Las conquistas históricas, que han permitido mejoras en la sociedad del bienestar, corren peligro porque narraciones perversas dominan nuestras mentes. Ya se sabe, pensamos con el lenguaje. Y los medios de comunicación, con sus dueños vigilantes, dominan la alquimia de convertir en verdad las mentiras dichas con palabras precisas. No importa lo que sucede sino cómo narran lo que pasa. Y los poderes lo saben, y se dedican, en cuerpo y ¿alma?, a controlar nuestro pensamiento mediante el verbo.

El verbo se hace carne, lo dice hasta la Biblia. El lenguaje nos configura. Y hay todo un ejército mediático modelando el barro primigenio para recrearnos sumisos, crédulos, ignorantes… Sólo hay que ver como la clase trabajadora vota a partidos que representan a quienes la explota, como los productos más contaminantes nos invaden con anuncios ecológicos con fundo azul y aguas cristalinas; como los grandes poderes de la comunicación adormecen a los ciudadanos con la simpatía de unas realidades inexistentes en las pantallas, cómo las mujeres han quedado borradas de la historia con un lenguaje sexista…, como los centros educativos se llenan la boca de vocablos grandilocuentes de inclusión, diversidad, compensación, educación para la paz, convivencia… y demás palabras vaciadas de contenido; mientras, a la vez, siguen ejerciendo la discriminación, la dominación, la reproducción de clases sociales… y esparciendo la ignorancia por toda la ciudadanía.

La educación emplea un lenguaje cada vez más hueco, carente de realidad. Utiliza términos grandilocuentes sin referentes en la vida real. Estamos en una época de formas y no de esencias. El lenguaje es el traje perfecto en donde esconder la desnudez de la verdadera realidad:

- “La escuela es para todas las personas”, pero quienes tienen más dificultades, fracasan en ella.

- “Los centros educativos compensan desigualdades”, pero seguimos poniendo exámenes iguales para todo el alumnado, sabiendo de antemano quién fracasará.

- “El esfuerzo es lo importante”, pero no tenemos en cuenta las características biológicas, históricas o sociales de cada individuo y solo valoramos los contenidos. ¿Esto implica que quien fracasa no se esfuerza lo suficiente? Estamos negando, con el lenguaje, las causas personales, históricas, psicológicas o sociales que hacen que muchas niñas y niños no puedan cumplir con lo exigido en la escuela, a pesar de su esfuerzo.

- “Trabajamos para mejorar la convivencia”. Pero la legislación impone metodologías, asignaturas, exámenes, libros de texto, currículum, exámenes…, que marginan a quienes tienen más dificultades, y lógicamente se alteran la armonía en las relaciones.

No existen niñas y niños vagos. Ese término no está científicamente probado. Es una simplificación vulgar. Lo que existe es alumnado que fracasa en la escuela porque no tiene las destrezas que ésta requiere, debido a multitud de causas. Si alguien tiene dislexia es normal que tenga faltas de ortografía, si tiene discalculia suele confundir los números, si es tetrapléjico no podrá subir una escalera para ir a su aula del primer piso, si tiene mutismo no podrá expresarse con el habla... La vagancia es una construcción social de un sistema educativo hegemónico que no acepta la diversidad.

El lenguaje mediatiza la cultura y la vida social. Por eso creo que el lenguaje no es solo un medio de comunicación sino un medio de dominación. Porque las palabras son un instrumento que impone un sistema de control. Por tanto, para cambiar la educación debemos desaprender el lenguaje dominante y comenzar a nombrar la realidad de nuevo. Debemos, por consiguiente, crear nuevas palabras y diferentes narraciones: más inclusivas, más justas, más educativas, más humanas.

El lenguaje nos configura, irremediablemente. Por tanto, es necesaria una actitud crítica que desenmascare a la gente desalmada, una mirada perspicaz que vea la realidad sin mediación de un lenguaje adulterado, una nueva narración que evite las construcciones perversas que están creando un mundo tan inhumano.  

20 de junio de 2022

VINCULACIÓN AFECTIVA

Una alumna de Máster de la Universidad de Málaga me pide una entrevista sobre la necesidad afectiva en la tarea de educar. Está investigando los vínculos en las relaciones educativas y le ha parecido relevante mi humilde opinión como maestro de escuela que siempre tiró de la emoción en su función docente.

Me pongo a pensar sobre el tema y me viene a la cabeza, y al corazón, (órganos más vinculados de lo que se cree) que, como decía Pascal, el corazón tiene razones que la razón no entiende. Quiero decir que pensamos irremediablemente con la emoción. Y la razón anda ahí dando argumentos a lo que sentimos en cada momento. Así somos los seres humanos. Por tanto, en todo proceso educativo es imprescindible el vínculo y la conexión emocional entre las personas. Luego vendrá la razón a poner orden y concierto a las emociones derramadas para poder entender lo que nos pasa.

El caso es que conozco a maestras y maestros que sacaron muy buenas notas en las oposiciones de magisterio, que disertaron de forma elocuente sobre el supuesto didáctico que le presentaron, que supieron la legislación educativa perfectamente, que hicieron proyectos teóricos de la más alta calificación…, pero, cuando nadaron en la práctica, no salieron a flote, porque les faltan vinculación con las personitas a las que pretendían educar. Toda su extensa sapiencia no cuaja en la vida real de la infancia. Las niñas y niños del aula delatan, a diario, sus incapacidades.

También conozco a gente poco preparada académicamente que saben conectar con el alumnado a pesar de sus carencias en conocimientos científicos. Son personas con empatía, que intuyen la forma de conectar emocionalmente con la infancia. Ejemplo de ello es la conserje de mi colegio. Es una de las pocas personas a la que mi alumna con TEA abraza, acaricia y besa de forma espontánea. Y es que ilumina a quien se acerca porque irradia una luz especial.

Lo ideal es tener, al mismo tiempo, conocimientos y capacidad emocional para conectar con el alumnado. Porque no podemos enseñar si antes no hemos vinculado. Solo donde hay conexión es posible el milagro de la educación. Sólo donde hay amor es posible educar.

Cada niña, cada niño, tiene necesidad de afecto y vinculación emocional. Quien sabe encontrarlos será una buena educadora, un buen educador. Para quien quiera conectar doy algunas claves que he aprendido con la experiencia: mirar a los ojos, poner oreja, tener paciencia, escuchar, no corregir demasiado, atender sus demandas, tener empatía, comprender otros puntos de vista…, vincular.  Hay mucho de magia en la educación. Solo personas especiales tienen el don de la conexión emocional. Si ya has conectado, sólo entonces, podrás enseñar, mejorar las capacidades de tu alumnado y educar.

Cuántas personas conozco con la titulación pertinente que no saben hablarle a una criaturita de primera infancia. Sé de especialistas que, cuando un infante tiene dificultades de comportamiento, aplican, como dice la teoría más simplista, un programa de modificación de conducta con economía de fichas, sin indagar en qué es lo que, tras la conducta, siente, padece y sufre la criatura.

Lo primero que debemos hacer, para ayudar al alumnado, es poner oreja para saber qué siente y piensa sobre lo que le pasa. No podemos, desde el control de su conducta, con premios y castigos, cambiar la conciencia. Alguien que no sabe conectar con el sufrimiento de una persona no puede educar.

Por el contrario, conozco a otros profesionales que, mediante el juego, son capaces de conectar con la infancia. A partir de ahí comienza el proceso educativo. No somos seres de comportamientos, eso es lo que se ve a simple vista; somos seres sintientes, con toda la complejidad que conlleva la experiencia del sentir. Somos seres emocionales, sociales y con conciencia.

Pues eso le dije a la alumna de Máster que buscaba respuestas: para ejercer el magisterio, primero, hay que conectar, ser una persona vinculante. Porque solo desde el amor podemos educar.

12 de junio de 2022

CONTRA EL RACISMO Y LA GUERRA, DESDE LA ESCUELA

Después de mi jubilación, volví un día al colegio para revivir emociones, para sentir qué quedaba de mi trabajo durante muchos años como maestro de escuela. Y resulta que, una alumna de sexto de primaria, de padres marroquíes, se abalanzó hacia mí y me dio el mayor de los abrazos. No era una alumna de necesidades especiales a las que yo atendía, por eso me extrañó. Pero recordé un incidente en el que, hace tiempo, intervine con ella. Ya se sabe que, la educación tiene efectos inesperados a largo plazo. 

Resulta que un alumno de quinto curso me dijo que una chica de pelo negro rizado, cara preciosa y rasgos magrebíes, le había pegado. Lo primero que hice es hablar con esta niña, que ya apuntaba a mujer, y le argumenté que no está bien hacer daño a un compañero. Lo segundo que hice es escuchar su justificación. Me dice que este chico le llama a menudo «mora» y le increpaba para que se fuera a su país. Acepto su ira. Es duro, habiendo nacido en España, que alguien te diga que tienes que irte de donde naciste. Es humillante que no te acepten como compañera de clase por ser diferente. Le digo que la comprendo pero que eso no justifica resolver los conflictos a golpes.

-Debes hablar con él y decirle cómo te sientes -eso le dije.

Luego hablo con el chico y le argumento que está mal lo que le hizo esta chica pero que debe comprender que le dolió mucho que quisiera que se fuera de España, porque ella nació aquí. Y que se sintió muy dolida, y por eso reaccionó así.

A los dos días viene el chico y me dice que ya ha resuelto el problema. La chica me dijo que su compañero le había pedido perdón y que ya eran amigos de nuevo. Se había resuelto el conflicto sólo hablando y comprendiendo el dolor de cada cual, desarrollando empatía, sin necesidad de castigos. Este chico había aprendido que con sus insultos podía herir a otra persona; además, comprendió que en España vive gente de distintas partes del mundo y que eso nos enriquece. Sé que, en el fondo, le gustaba esa chica pero no fue correspondido. Siempre buscamos justificaciones a nuestro dolor. Y el racismo es una simplicidad muy recurrente que suele utilizarse cuando la vida nos contradice.

Debemos aprender en la escuela que todos fuimos, alguna vez, de otro país. Porque algún antepasado llegó, en tiempos pasados, a nuestra casa, buscando el sustento. Porque los países se formaron a base de guerras y dominaciones para sobrevivir. Porque, en última instancia, todas las personas somos inmigrantes venidos de África, donde se forjó el homo sapiens en tiempos inmemoriales. Y es que todas las personas somos inmigrantes en alguna época de nuestro pasado.

Pero toda la gente vivimos, irremediablemente, en el mismo planeta. Es importante aprenderlo para que, en un futuro, se acaben las guerras. ¡Crucial tarea tiene el profesorado de primera enseñanza! Por eso creo que es importante resolver bien los pequeños conflictos que se generan en la escuela. Porque ahí empieza el camino hacia la paz del mundo. ¡Menuda responsabilidad tenemos las maestras y los maestros de escuela!

3 de junio de 2022

LA MAGIA EDUCATIVA

Argumentan que la educación tiene efectos a largo plazo. Está escrito que para educar hay que crear un vínculo emocional. Dicen que educamos cuando la enseñanza se graba a fuego en el alma de los educandos. Pues, hoy, se han hecho realidad las tres máximas, al mismo tiempo.

Después de meses de jubilación, fui a mi colegio para revivir viejas emociones. Tenía necesidad de ver la evolución de mi antiguo alumnado. Entré como mucha ilusión y algo de miedo, por si las chicas y chicos que yo atendía no me recordaban después de un año de ausencia. Pero ocurrió un acto mágico que me conmovió sobremanera. Mi antiguo alumno de ojos azules que, a veces, le cuesta mirar, que tiene dificultades de conexión, que me costó mucho que sus bellos ojos se fijaran en mí…, cuando me vio, dijo ¡Cristóbal!, y me abrazó. Estuvo un rato mirándome fijo a los ojos, tocándome la cara y recitando mi nombre muy emocionado. Las profes que allí estaban se conmovieron. ¿Cómo es posible que después de tanto tiempo, un chico, que no hay forma de que nos mire, se acuerde de un maestro que trabajó el año anterior con él? ¿Cómo un niño de 4 años, con supuesta incapacidad de conexión, se entusiasma tanto, en contra de lo que reza su diagnóstico?

No soy un santero ni una persona especial. La magia siempre tiene truco. Hay un buen trabajo detrás. Solo soy un profesional que, según lo visto, fui capaz de conectar y llegar al corazón de este niño y de su familia de forma perdurable.

Le cuento a la madre de este alumno el momento emocional que hemos vivido en el aula. Y le digo que algo debe estar pasando en su casa para que me recuerde de manera tan querida porque, de lo contrario, no me lo explico. Y ella me dice que me tiene grabado en canciones que le mandé en videos, que juega con la casita de Los tres cerditos que le regalé, que le habla mucho de mí, que canta las canciones que yo le cantaba, etc. Pues ahí estaba el truco.

Si queremos educar tenemos que conectar con las familias, trazar un puente afectivo para que los deseos de la casa y la escuela se entrelacen. Creo que la educación tiene mucho de magia y amor. Pero, para ello, hay que ser un buen profesional que sepa conectar a todas las personas implicadas en la educación. Es necesario llegar a lo emocional, tener complicidad con las familias, hacer de la escuela un centro de amor y esperanza en las posibilidades de cualquier niño de preciosos ojos azules que le cueste mirar. Porque, si ponemos emoción y empeño, lo educativo trasciende a través del espacio y tiempo.

Gracias, Maribel (mi compañera de Audición y Lenguaje), por tus emocionadas lágrimas y por tu insistencia para que inmortalizara este momento mágico. Pero, ya ves, no es magia, y tú lo sabes. Es un trabajo que todo profesorado deberíamos aprender a realizar: sin conexión verdadera, sin amor, no hay posibilidad de educar. Nos lo enseñó este chico de ojos azules que, a veces, le cuesta mirar. Ese que te hizo llorar cuando contemplaste las consecuencias de una educación emocional, que se produce a largo plazo y quedó grabada a fuego en el alma gracias a una familia que supo crear conexión con la escuela.  


26 de mayo de 2022

¿EDUCAR LAS EMOCIONES?

La educación emocional está de moda. No hay libro, congreso, jornada o programa de perfeccionamiento actual, que no verse sobre el tema. Es una muestra de la influencia de la Psicología sobre la educación. Es conveniente que el profesorado aprenda sobre las emociones pero, en la práctica didáctica no debe ser trabajada como contenido, sino sentirlas y hablar de lo que nos pasa por dentro. He visto, demasiadas veces, a niñas y niños en el aula coloreando dibujos de caras tristes y alegres mientras se aburrían como una ostra.

En mi grupo de trabajo de infantil, desde hace treinta años, nunca hicimos actividades para educar lo emocional. Siempre creímos que la emoción debía de estar enredada en cualquier proyecto o actividad de aula de manera trasversal y omnipresente. Porque somos seres emocionales, no hay otra posibilidad. No es algo que enseñar, sino que debemos tenerlo presente. Lo escribí hace muchos años en mi libro Atando sentimientos con palabras.

Siempre buscamos proyectos en donde lo emocional estaba presente. Porque la emoción no es un tema a aprender, sino una fuerza interior que nos conmueve e incita a devorar conocimientos relevantes en la infancia. Por eso tratamos temas como Los monstruos, porque sabíamos que los miedos estaban agazapados, levantando emociones en los primeros años de vida. También trabajamos muchos cuentos, porque en ellos están implícitos los conflictos emocionales de la vida. Más tarde diseñamos el proyecto Mi casas, mi calles y pueblo, porque es lo conocido, vivido y sentido cada día. Y, además, investigamos sobre Nuestros países, pensando en el alumnado que nos venía de fuera, porque sabíamos que necesitaban conectar emocionalmente con sus orígenes. Siempre estudiamos sobre cuestiones donde lo emocional surgía de forma natural. Nunca nos dedicamos a la emoción como un contenido aislado. Porque la emoción no es un tema de estudio, como está ocurriendo en muchos colegios, sino un estado de ánimo que nos invita a aprender de forma ávida y deseosa. Porque la educación es transitar por un camino emocional sobre las cuestiones importantes para nuestras vidas.

No creemos que trabajar las emociones se pueda hacer de forma aislada, con una actividad o desde una disciplina, y luego pasar a clase de Matemáticas o Lengua sin tenerlas en cuenta. Lo emocional está siempre presente, por lo que debemos formarnos para integrarla en cualquier materia, en todas las actividades, en las relaciones personales, en la diversidad de circunstancias que se dan en la escuela. Pero no solo en el contenido a trabajar está la emoción presente, también en la metodología, en las relaciones sociales que se establecen el aula, en la relación con las familias...

Por tanto, es necesario realizar actividades que hagan  aflorar las emociones: juegos grupales, canciones, teatro, cuentos, magia, pintura, bailes y toda expresión que implique conectar con el cuerpo y el alma. Es imprescindible que todo estado emocional del alumnado sea tenido en cuenta: alegrías y penas, miedos, pesares, tristezas, satisfacción, ira, sosiego y paz. Y tratarlo en las asambleas de clase, en el patio, en el pasillo… en cualquier circunstancia. Hablar de lo que nos pasa, sentimos o nos inquieta. Poner palabras a nuestras emociones derramadas. Así nos vamos construyendo como personas equilibradas y sanas.

 

16 de mayo de 2022

EL APRENDIZAJE DE LOS COLORES O LA CONSTRUCCIÓN DEL ARCO IRIS

Percibimos la realidad con los ojos de la afectividad, o como dice José Antonio Marina en El laberinto sentimental: El mundo es afectivamente construido. Cada niño lleva un proceso de aprendizaje diferente en función de su afectividad. Muchos maestros y maestras hemos olvidado esto y pretendemos enseñar, por ejemplo, los colores, desde una concepción racionalista: a todos los mismos colores siguiendo un orden supuestamente lógico. Fueron mis jóvenes alumnas y alumnos quienes me enseñaron el proceso de aprendizaje de los colores. Yo sólo tuve que estar atento y tomar buena nota. 

Cuando Juani llegó a clase con la esperanza de cumplir 3 años en diciembre, ya sabía el color verde. Lo utilizaba de forma insistente en todos sus dibujos; mezclaba diferentes verdes. El sol, la casa, la flor y las personas siempre eran verdes. Mis intentos para ampliar su gama de colores fueron inútiles. Él era del Betis, que tiene la camiseta verde, como su padre.

Rocío coloreaba de rosa todo lo que tocaba. Rosa como el vestido que su mamá le ponía, rosa como el lacito de su cabeza que su mamá le ataba, rosa como las zapatillas rosas que su madre le calzaba. Durante muchos meses le fue imposible aprender otro color que no fuese el rosa, que de su madre había aprehendido.

A Javi le gusta el color azul, que es de niño, según decía. Su liderazgo en la clase hizo que algunos compañeros comenzaran a aprender este color: azul como Javi. La evolución del aprendizaje de los colores del alumnado dice mucho de la sociología de la clase y del medio cultural del que provienen.

A María no le parecía importante el color sino el hecho de que, por arte de magia, los lápices derramaran su sangre en el papel. Se pasaba horas coloreando de forma aleatoria. Nunca había tenido colores. Cada día me pedía un lápiz y un papel que se llevaba a su casa y me los devolvía, religiosamente, al día siguiente, llenito de colores.

Marta es muy madura; sabe todos los colores, pero siempre pinta de negro. Todos los niños y niñas en algún momento pasan por este color cuando algún conflicto se atraviesa en sus vidas, pero lo de Marta iba para largo, los problemas de su casa estaban oscureciendo su corazón.

Jose pasó rápidamente por los diferentes colores en forma escalonada. Después, descubrió la mezcla y todos sus dibujos dejaron de tener colores definidos. Parecían laberintos multicolores con los que, quizás, expresaba la complejidad de su mente.

Alejandro es un poco glotón y siempre se empeña en pintar con el color «Coca cola». 

 A mitad de curso, una dulce y encantadora niña entró en clase coloreando con un enigmático color lila. Todos lo aprendieron rápidamente. Hasta Mohamed, que parecía incapaz de aprender algún color, llegó un día y me dijo: ¿verdad, maestro, que este color se llama lila? Se había enamorado de ella.

No debemos enseñar los colores de uno en uno, de forma progresiva y lógica, comenzando por los primarios, como nos indican ciertos manuales, sino que debemos proporcionar relación con todos, dando opción cada día a que elijan el color del aro, la pelota, el lápiz o la cuerda que deseen. Cada uno irá construyendo afectivamente unos colores determinados, produciéndose un aprendizaje que respeta la individualidad de cada cual.

El arco iris no se construye montando colores uno encima del otro, sino que es una explosión multicolor que se produce en el cielo y alcanza de forma diferente el corazón de cada persona.

 

2 de mayo de 2022

LA REVOLUCIÓN EDUCATIVA DESDE EL AMOR

Los medios de comunicación nos bombardean creando un imaginario que asocia, en nuestras mentes, revolución con violencia. La revolución suele identificarse con la juventud quemando contenedores y lanzando piedras sobre el orden establecido en forma de RoboCop (no sé por qué, cuando los jóvenes están pelando la pava y haciendo botellón en esos años en que buscan su identidad). Esta es la iconografía que el poder utiliza para desmontar cualquier cambio político, social o educativo, que desea subvertir el statu quo existente en nuestros días: la pobreza, la desigualdad, el analfabetismo, el deterioro de la naturaleza, el racismo, la ignorancia, la privatización de la salud, la meritocracia en educación o la sociedad patriarcal. Esta iconografía sobre lo radical no es baladí. Hay todo un sistema conspirando para desarmar cualquier cambio que implique, de verdad, crear una sociedad sin privilegios, más justa y feliz. 

Pero radical viene de raíz. Y sí, soy radical en educación porque intento llegar a lo más profundo en las relaciones educativas. Y en la raíz de la educación está el amor. Solo desde el amor podemos cambiar las cosas. Es desde el amor a la infancia desde donde podemos ser revolucionarios para rechazar los libros de textos como catecismos de verdades absolutas que tanto daño hacen al pensamiento crítico, y poder abrazar la diversidad como única verdad imprescindible en este mundo insolidario e injusto. Es desde el amor desde donde rechazamos las bancas alineadas y el alumnado de uno en uno, que responden a intereses de la una sociedad individualista. Es desde el amor revolucionario desde donde rechazamos la fila, la sirena de la entrada al colegio, los exámenes estandarizados, los castigos al alumnado y las sillas de pensar, por muy sutiles que sean. Porque el amor a la infancia, a todas las personitas que se hacen un hueco en la vida, implica realizar cambios radicales en una escuela que sigue, desde años inmemoriales, discriminando a quienes más necesidades tienen.

Creo que todo movimiento revolucionario debe estar sustentado en el amor: el amor al otro, el amor al diferente, el amor a la naturaleza, el amor a la humanidad, el amor al conocimiento. Pero el poder, que no entiende de sentimientos, suele ver conspiración en todo intento de desmontar su usura, el negocio sin escrúpulo, la desvergüenza de quienes roban, la política al servicio de las élites, que se creen dueños de este mundo.

Es por eso que necesitamos un cambio radical en la escuela, pero siempre desde el amor. Porque no hay educación sin una actitud crítica. Porque solo desde la conexión profunda con cada personita que habita la escuela podemos hacer la revolución. Porque no hay revolución verdadera si no es desde el amor al prójimo.

Ya sé que suena a ingenuidad y se puede quedar sólo en un deseo. Pero más ingenuo es creer que los dioses de las distintas religiones nos salvarán, que hay un dios verdadero, cuando cada cual tiene el suyo y se pelean por ello, que el cielo nos protege o que los rituales religiosos nos salvarán. Cuando llega una pandemia, nos dejamos de tonterías y abrazamos la Ciencia. Porque el pensamiento mágico es normal en la niñez y en las civilizaciones primitivas. Pero ya es hora de crecer y abrazar la filosofía y el conocimiento científico.

Es necesario tomar conciencia sobre el funcionamiento de nuestra sociedad, sobre cómo operan los poderes existentes, sobre todas sus artimañas para que no cambie nada. La ignorancia crea miedo y el miedo, ira y violencia. Ya lo escribió Freud hace tiempo en El porvenir de una ilusión.  Cuando la ciencia se generalice caerá la religión dominadora. Aunque es complicado porque el poder lucha con uñas y dientes para que los pobres sigan ignorantes, y tengan miedo, y desarrollen violencia. Sólo la cultura nos librará de la servidumbre del pensamiento simple. En esto, la escuela tiene una importante responsabilidad, pero solo, si hacemos la revolución, y el profesorado hace suya la lucha por la emancipación de todas las personas de este mundo independientemente de su sexo, cultura, capacidad o religión. Eso sí, siempre, desde la no violencia y el amor.